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INTELIGENCIA

EMOCIONAL

en la Educación

 

 

Seminarios destinados a:

  • maestros de la EGB

  • profesores de la escuela secundaria y de la Universidad

FUNDAMENTACIÓN
En 1990, dos psicólogos norteamericanos, el Dr. Peter Salovey y el Dr. John Mayer, acuñaron un término cuya fama futura era difícil de imaginar. Ese término es ‘inteligencia emocional’.

El término Inteligencia Emocional se refiere a la capacidad humana de sentir, entender, controlar y modificar estados emocionales en uno mismo y en los demás. Inteligencia emocional no es ahogar las emociones, sino dirigirlas y equilibrarlas.

Hoy, a
más de diez años de esa ‘presentación en sociedad’, pocas personas de los ambientes culturales, académicos o empresariales ignoran el término o su significado. Y esto se debe, fundamentalmente, al trabajo de Daniel Goleman, investigador y periodista del New York Times (premiado por la Academia Americana de Ciencias por su trabajo de difusión científica), quien llevó el tema al centro de la atención en todo el mundo, a través de su obra ‘La Inteligencia Emocional’ (1995).

El nuevo concepto, investigado a fondo en esta obra y en otras que se sucedieron con vertiginosa rapidez, irrumpe con inusitado vigor y hace tambalear las categorías establecidas a propósito de interpretar la conducta humana (y por ende de las ciencias) que durante siglos se han dedicado a desentrañarla: llámense Psicología, Educación, Sociología, Antropología, u otras. Un ilustre antecedente cercano de la Inteligencia Emocional lo constituye la teoría de ‘las inteligencias múltiples’ del Dr. Howard Gardner, de la Universidad de Harvard, quien plantea ("Frames of Mind", 1983) que las personas tenemos 7 tipos de inteligencia que nos relacionan con el mundo.

Según Salovey y Mayer (1990), este concepto de IE subsume a los conceptos de inteligencia intrapersonal e interpersonal que propone Gardner (1983), pero incluye además el hecho de que son meta
-habilidades que pueden ser categorizadas en cinco competencias o dimensiones:
 

1.- El conocimiento de las propias emociones. Es decir, el conocimiento de uno mismo, la capacidad de reconocer un mismo sentimiento en el mismo momento en que aparece, constituyendo la piedra angular de la IE.

2.- La capacidad para controlar las emociones. La conciencia de uno mismo es una habilidad básica que nos permite controlar nuestros sentimientos y adecuarlos al momento.

3.- La capacidad de motivarse a sí mismo. Con esto Salovey y Mayer, y más tarde Goleman, quieren hacernos entender que el control de la vida emocional y su subordinación a una meta puede resultar esencial para "espolear" y mantener la atención, la motivación y la creatividad. Es decir, esta habilidad ayuda a aumentar la competencia no sólo social sino también la sensación de eficacia en las empresas que se acometen. Este aspecto se relaciona también con el concepto de Inteligencia Exitosa propuesto actualmente por Sternberg (1998).

4.- El reconocimiento de las emociones ajenas. La empatía, es decir, la capacidad para poder sintonizar con las señales sociales sutiles indican qué necesitan o qué quieren los demás.

5.- La habilidad en las relaciones. Es una habilidad que presupone relacionarnos adecuadamente con las emociones ajenas.

 
En más de un ocasión nos habremos preguntado qué es lo que determina que algunas personas, independientemente de su cultura, estrato social o historia personal, reaccionen frente a problemas o desafíos de manera inteligente, creativa y conciliadora. Nunca antes se había considerado incorporar en el análisis un concepto tanto o más importante que el cociente intelectual, como lo es la Inteligencia Emocional.

¿Por qué algunas personas tienen más desarrollada que otras una habilidad especial que les permite relacionarse bien con los demás, aunque no sean las que más se destacan por su inteligencia?

¿Por qué unos son más capaces que otros de enfrentar contratiempos, o superar obstáculos y ver las dificultades de la vida de manera diferente?

El nuevo concepto que da respuesta a éste y otros interrogantes es la Inteligencia Emocional, una destreza que nos permite conocer y manejar nuestros propios sentimientos, interpretar o enfrentar los sentimientos de los demás, sentirnos satisfechos y ser eficaces en la vida, a la vez que crear hábitos mentales que favorezcan nuestra propia productividad.

INTELIGENCIA EMOCIONAL EN LA EDUCACIÓN
El sistema educativo, una de las instituciones sociales por excelencia, se encuentra inmerso en un proceso de cambios enmarcados en el conjunto de transformaciones sociales propiciadas por la innovación tecnológica y, sobre todo, por el desarrollo de las tecnologías de la información y de la comunicación, por los grandes cambios que se producen en las relaciones sociales, y por una nueva concepción de las relaciones tecnología-sociedad que determinan las relaciones tecnología-educación.

Cada época ha tenido sus propias instituciones educativas, adaptando los procesos educativos a las circunstancias. En la actualidad, esta adaptación supone cambios en los modelos educativos, cambios en los usuarios de la formación y cambios en los escenarios donde ocurre el aprendizaje.

Aunque el énfasis de los cambios educativos, lógicamente, está puesto en el impacto que la tecnología está produciendo en nuestras vidas, una corriente paralela y complementaria de la anterior rescata la importancia y la urgencia de la educación de las emociones y los sentimientos.

La experiencia muestra que para facilitar el aprendizaje y la creatividad, es fundamental el desarrollo de la tanto de la vida intelectual como de la emocional, porque no es suficiente contar con las máquinas más modernas y las mejores instalaciones, aun teniendo cierta capacidad intelectual, si falta la motivación, el compromiso, y el espíritu de cooperación.

Cuando la educación no incluye los sentimientos, no pasa de ser una simple instrucción. La ciencia actual refuerza aún más esta convicción de tantos alumnos, padres y maestros.

En los laboratorios de psicología experimental se ha comprobado, desde hace tiempo, el efecto positivo de las emociones, incluso en aspectos de rendimiento académico, como en la consolidación de la memoria, por ejemplo.

Cuando leemos dos textos con una trama compleja, recordamos mejor aquél que tiene un alto contenido emocional. De las invasiones inglesas narradas por nuestras maestras lo que mejor hemos retenido es el episodio del aceite hirviendo volcado sobre los atacantes desde las azoteas de las casas porteñas.

Por algo, en francés, se dice aprender "par coeur", de corazón, cuando se memoriza algo. Las emociones y los sentimientos son esenciales en todo aprendizaje. Lo sabíamos desde siempre, pero ahora hemos comenzado a conocer mejor sus bases biológicas.

La Inteligencia Emocional parte de la convicción de que la escuela debería promover situaciones que posibilitaran el desarrollo de la sensibilidad y el carácter de los alumnos, sobre la base de que en el quehacer educativo se involucra tanto el ser físico como el mental, el afectivo y el social, en un todo.

En el libro ‘Predicciones’, que reúne a 31 grandes pensadores de nuestro tiempo, en el que imaginan cómo será el siglo XXI, Daniel Goleman escribe:

‘...Pronostico que las sociedades desarrolladas ampliarán las competencias de los colegios para que incorporen la educación emocional.

Nuestras habilidades emocionales y sociales siempre se han transmitido de forma vital: a través de los padres, familiares, vecinos y amigos. Pero hoy los niños pasan mucho tiempo solos.

Es obvio que esta transmisión de habilidades básicas no se está produciendo tan bien como antes. Sin embargo, las escuelas proporcionan a la sociedad un vehículo que garantiza que cada generación aprende las artes vitales fundamentales: cómo controlar los impulsos y manejar la cólera, la ansiedad, la motivación, la empatía y la colaboración, y también cómo solucionar los desacuerdos de forma positiva. Ya hay escuelas cuyo programa de estudios va más allá de lo básico para incorporar lecciones sobre estas habilidades esenciales.

Los resultados son bastante alentadores: los niños no sólo mejoran en su autocontrol y en el manejo de sus relaciones, sino que también tienen menos peleas e incidentes violentos, a la vez que aumentan su puntuación en las pruebas académicas.

Dicho en pocas palabras, mi predicción es que habrá un día en el que todos los niños y niñas aprenderán en la escuela, junto con los tradicionales rudimentos académicos, estas artes pragmáticas necesarias para vivir mejor. En los programas escolares la empatía se valorará tanto como el álgebra’.

MAESTROS Y PROFESORES ANTE
LA INTELIGENCIA EMOCIONAL

Es evidente que la enseñanza colectiva y simultánea, orientada exclusivamente al conocimiento, y que tradicionalmente ha venido aplicándose desde el siglo XIX ha resuelto con cierto éxito la necesidad humana de desarrollo intelectual, pero no ha encontrado muchas soluciones a los problemas personales que el desarrollo intelectual conlleva, y ésta es la carencia en la que se enfoca la Inteligencia Emocional, que a la vez puede aportar otros principios -desde el mundo de las emociones y los sentimientos- para mejorar el aprendizaje.

Los maestros y profesores deben ser, en todo momento, fundamentalmente educadores, en el más amplio sentido de la palabra, ni jueces ni miembros de un tribunal calificador. Su acción no puede limitarse a sancionar conductas inadecuadas o puntuar fríamente unos conocimientos del alumno, el diálogo profesor-alumno y alumno-profesor es esencial. Entender al alumno como persona, que tiene una dimensión superior al de mero estudiante, es imprescindible para comprender sus problemas y poder ayudarle a resolverlos.

Por otra parte, el profesor es el mediador en los procesos de aprendizaje, como motivador, como transmisor de mensajes y como seleccionador de los estímulos y refuerzos que llegan al alumno. Sabe además que las aptitudes intelectuales, psico-motoras, procedimentales, estratégicas son importantes pero sólo tienen sentido si están al servicio de las actitudes. Es la actitud mas la amplitud lo que hace competente a la persona en cualquier actividad.

Todos conocemos el gran desafío que implican los llamados "niños (jóvenes)-jóvenes problema". Estos presentan una gama completa de dificultades, no sólo desde el punto de vista académico, sino que se aprecia en ellos falta de integración, carencias afectivas, muy baja autoestima y problemas de conducta en general.

Instrucción no es lo mismo que educación; aquélla se refiere al pensamiento, y ésta principalmente a los sentimientos. Sin embargo, no hay buena educación sin instrucción.

Entre los avances puedo citar el mayor conocimiento de: los mecanismos y procesos de comunicación humana, de los antecedentes sanos para una socialización óptima del niño, la descripción racional de los procesos en las soluciones de los problemas humanos, en las relaciones interpersonales, el crítico papel del autocontrol, las posibilidades del autoconocimiento y de la auto-sensibilización, la revalorización del papel de los sentimientos y de su expresión, etc.

Rescatamos, entonces, la propuesta de la comisión de Jacques Delor para la UNESCO sobre la Educación hacia el siglo XXI, en la que proponen 4 pilares en los que debe fundamentarse la educación y asumimos como filosofía de nuestro Proyecto:

APRENDER A CONOCER, es decir, adquirir los instrumentos de la comprensión de nuestro entorno.

APRENDER A HACER, para poder influir eficiente y efectivamente sobre nuestro propio entorno.

APRENDER A VIVIR JUNTOS, para participar y cooperar con los demás en todas las actividades humanas.

APRENDER A SER, proceso fundamental que recoge todos los elementos de los anteriores y los interioriza, profundizándolos significativamente para asumirlos de manera consciente en la vida diaria.

POR QUÉ LA INTELIGENCIA EMOCIONAL
EN LA EDUCACIÓN

Hablar de Inteligencia Emocional nos recuerda que durante mucho tiempo la inteligencia ha sido entendido como lo contrario a las emociones. Los especialistas coinciden en establecer un pequeño grupo de emociones básicas, de las cuales surgen por combinación todas las demás y que son: el placer, el dolor, el amor, la tristeza, el odio, la ira, el miedo y la culpa.
Las emociones están en la base de todas las habilidades que como hemos comentado forman parte de la inteligencia emocional: las habilidades sociales, el control de la agresividad, la resolución de problemas, el manejo del estrés.

Los problemas emocionales se asocian tradicionalmente al mundo de la psiquiatría y la psicopatología, pero cobra cada vez más importancia comprender las implicaciones educativas, aunque pueda parecer extraño hablar de la educación de las emociones. Lawrence E. Shapiro, en su libro “La Inteligencia Emocional en los Niños: Una guía para padres y maestros”, menciona el denominado ‘Efecto Flim’, consistente en la comprobación de cómo en las últimas décadas el avance de la sociedades occidentales y sus sistemas sociales, de salud y escolares han producido un incremento de las capacidades intelectuales, cifrado en al menos 20 puntos de las escalas al uso para su medición, a la vez que se ha reducido la competencia emocional de esos mismos sujetos, utilizando como indicadores el aumento de la depresión y los suicidios, el consumo de drogas, la comisión de delitos, el abandono de la escuela, etc... entre una población cada vez más joven y esto a pesar de estar comprobado que los aspectos de la inteligencia emocional son incluso más modificables por la experiencia y la influencia educativa que los otros factores intelectuales, supuestamente inmodificables, y que de hecho han evolucionado favorablemente.

Como evidencia podemos presentar el estudio de Jerome Kogan sobre la evolución del temperamento tímido de los niños al nacer en función de las pautas de crianza de sus madres. Demostrándose que madres que rechazaban ser proteccionistas, mostraban su empatía, pero sin reforzar llantos y preocupaciones de sus hijos, y establecían límites firmes e insistían en la obediencia, conseguía que sus hijos desarrollasen un carácter sociable y por tanto, conseguía modificar el desarrollo de su cerebro, por el contrario, los niños tímidos criados de manera proteccionista, seguían siendo tímido años después, con todas las complicaciones que esto acarreaba.

Así pues, la importancia como objetivo educativo del desarrollo de las habilidades emocionales se evidencia al comprender que la evolución no anticipó lo fácil que era provocar la ira en un embotellamiento de tránsito o la depresión por un boletín de notas, por citar algunos ejemplos; o que las emociones sólo nos indican la esencia de la situación-problema y movilizan la energía del individuo, pero que las formas de conducta concretas de afrontar la situación tienen que ser aprendidas y socializadas; cuando comprendemos que las habilidades de la inteligencia emocional han de ser enseñadas preferentemente desde la infancia, porque su desarrollo y mantenimiento no son fruto de algún fenómeno espontáneo, sino de la intervención consciente y planificada de los agentes educativos, la familia y la escuela y, finalmente, por su importancia en el éxito y felicidad en la vida, incluso mas que las capacidades clásicas de la inteligencia, como destaca Goleman con su conocido y polémico test de las golosinas, o su importancia en el éxito escolar, tanto social como académico, como destaca Shapiro.

En todo el mundo, pero principalmente en los países desarrollados de Occidente (Norteamérica y Europa) han surgido iniciativas de incorporar elementos de Inteligencia Emocional en la educación primaria y secundaria. Se destacan los casos de EE. UU., Inglaterra y España.

En este último país, por ejemplo, un documento de la LOGSE (Ley de Ordenación General del Sistema Educativo Español), comenta: ‘resulta motivo de satisfacción reconocer y manifestar como nuestro actual sistema educativo ha recogido los aspectos que venimos comentando, adelantándose a los acontecimientos y promoviendo una transformación del sistema en la línea de las nuevas necesidades educativas de la población. Y así la LOGSE ha planteado como objetivo de la educación el desarrollo pleno de la personalidad, especialmente en la etapa obligatoria, tanto en sus aspectos motrices, cognitivos, afectivos, de relación e inserción social. Sin detenernos mucho, podemos decir que las habilidades de la denominada Inteligencia Emocional, forman parte tanto de los objetivos como de los contenidos, especialmente procedimentales y actitudinales del currículo oficial’.

En Latinoamérica, están comenzando a desarrollarse algunas iniciativas particulares (México, Chile y Brasil). En Argentina el tema está en pañales.

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