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LAS
EMOCIONES Y EL TRABAJO EN EQUIPO
Sigal
Barsade,
profesor de la School of Management de la Universidad de Yale,
realizó una dramática demostración científica de cómo
se extienden las emociones en un grupo y su efecto sobre el
desempeño.
Se
reunió a un grupo de voluntarios, estudiantes de la Facultad, para
representar el papel de gerentes que asignaran bonificaciones.
Cada voluntario tenía dos objetivos: obtener para su
candidato la mayor suma posible y ayudar a la comisión, como
grupo, a dar el mejor uso posible a los fondos para la compañía
en su totalidad.
Lo
que ignoraban era que, entre ellos, se había plantado a un
actor preparado por Barsade. Este gerente siempre hablaba
primero, presentando los mismos argumentos. Pero lo hacía en una
de cuatro claves emocionales: con entusiasmo efervescente,
con una calidez relajada y serena, con deprimida torpeza,
o con una irritabilidad desagradable y hostil. Su verdadero
papel era contagiar al grupo uno u otro de esos estados
emocionales, como si diseminara un virus entre desprevenidas víctimas.
Por
cierto, las emociones se contagiaban como un virus. Cuando
el actor argumentaba con entusiasmo o calidez, esos
sentimientos se extendían por el grupo, provocando en la
gente una actitud más positiva según avanzaba la reunión.
Cuando estaba irritable, la gente se sentía malhumorada.
La depresión, por el contrario, se difundía poco, tal vez porque
se manifiesta en una actitud social retraída, con escaso
contacto visual, por lo que se amplifica poco.
Los buenos sentimientos se extienden con más potencia que los
malos; los efectos eran muy saludables, pues fomentaban la
cooperación, la justicia y un buen desempeño grupal. La mejoría
no era sólo una calidez provocada por los buenos sentimientos: las
mediciones objetivas demostraban que los grupos eran más
efectivos en este caso, más capaces de distribuir el dinero de
las bonificaciones de manera justa y beneficiosa para la empresa.
En el mundo del trabajo, cualquiera sea el asunto que tengamos
entre manos, los elementos emocionales juegan un papel crucial.
La aptitud emocional requiere que seamos capaces de cruzar las
corrientes que siempre están en operación, en vez de dejarse
hundir por ellas.
(Sigal
Barsade: ‘The ripple efect: emotional contagion in
groups’. Estudio Yale School of Management, 1998; Sigal
Barsade and Donald E. Gibson: ‘Group emotion: a view
from the top and botton’, in D. Gruenfeld et al.; RESEARCHS
ON MANAGING GROUPS AND TEAMS, Greenwich, Conn, JAI Press,
1998).
En
un clásico estudio de CI (Cociente Intelectual) grupal,
realizado en la Universidad de Yale por Wendy Williams
y Robert Sternberg, las habilidades interpersonales y la
compatibilidad del grupo surgieron como elemento clave de su
desempeño (resultado que apareció una y otra vez). Williams
y Sternberg descubrieron que los socialmente ineptos, al
no saber sintonizarlos sentimientos de los demás, eran un peso
muerto para el esfuerzo general, sobre todo si carecían de
habilidad para resolver diferencias o comunicarse efectivamente.
Para alcanzar un buen desempeño era esencial contar en el grupo
con un miembro, cuanto menos, dotado de alto CI; pero con eso
no bastaba. Otro riesgo posible era ‘el mandón’: un
miembro demasiado dominante como para permitir que los otros
contribuyeran plenamente.
Robert
Kelley,
de Carnegie-Mellon University, lleva muchos años
preguntando lo mismo a trabajadores de una amplia variedad de
empresas: ‘¿Qué porcentaje del conocimiento que usted
necesita para hacer su trabajo está almacenado en su propia
mente?’
En
1986, la respuesta era, típicamente, alrededor del 75%.
Pero hacia 1997 el porcentaje se redujo hasta llegar a un 15 o
20%. Esto, sin duda, refleja el explosivo crecimiento de la
información. Se dice que el siglo XX ha generado más
conocimiento que toda la historia anterior, y el ritmo de
crecimiento continúa acelerándose.
Las implicancias de esta realidad respecto a las habilidades
sociales y la Inteligencia Emocional son enormes.

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