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LAS
EMOCIONES Y EL PROCESO
DE APRENDIZAJE
La
emoción altera la acción dirigida hacia una meta cada
vez que capta y monopoliza nuestra atención mientras estamos
ocupados en otra cosa. Esto sucede con mayor facilidad cuando
existe una amenaza repentina que irrumpe en la rutina cotidiana. Hamilton (1917), por ejemplo, ideó un experimento
ingenioso. Sus sujetos aprendían a encontrar la salida de
una pieza cerrada con llave por una de cuatro puertas. Tenían
que hallar un principio sencillo que los ayudara a encontrar la
puerta abierta; la puerta que se encontraba abierta en la última
prueba siempre estaba con llave en la próxima prueba. Cuando
a los hombres se les tiraba agua fría de repente, o a los
animales se les daba un fuerte shock eléctrico probaban frenéticamente
todas las puertas, frecuentemente una y otra vez, y parecían
haber olvidado todo cuanto habían aprendido antes.
Hamilton (y otros posteriormente) llamaban a este fenómeno ‘regresión’ y suponían que la emoción reduce el organismo (incluida la
mente) a un nivel de funcionamiento inferior.
Pero
no debemos olvidar que la situación había cambiado
radicalmente en cuanto el agua o el shock eléctrico era
introducido. Antes los hombres habían aprendido el problema
con un fin determinado, es decir, el de encontrar la salida
según algún principio; los animales habían aprendido a
encontrar un camino hacia la comida. En el momento en que el
agua fría o el shock eléctrico los sorprendía, ya no
buscaban la solución antigua, ahora estaban tratando de escapar
de una situación que de repente se había vuelto imprevisible. Lo que antes había sido un juego, ahora se tornaba
amenazante. Ellos no sabían si alguna cosa habría fallado
y podrían estar en grave peligro. Y si un mecanismo puede
fallar, también lo puede otro; ahora cualquier puerta podría
estar abierta o cerrada con llave imprevisiblemente, y lo
único que se podía hacer era tratar de abrirlas todas y
probarlas repetidamente.
Llamar
a este cambio de comportamiento ‘regresión’ y decir que la
emoción hace al ser humano retroceder al nivel que normalmente
se encuentra en los animales inferiores, como lo hace Hamilton,
es una manera pobre de decir que las urgencias emocionales básicas
son iguales en el hombre que en el animal. Si a los seres
humanos se les toma desprevenidos, demostrarán un
comportamiento emocional y no racional. El peligro repentino resultará en una apreciación intuitiva inmediata que no
puede detenerse para la deliberación racional. A la vez, es
posible entrenar aún una apreciación tan inmediata, como es
demostrado en las acciones rápidas como un relámpago de un
conductor hábil que evita un choque antes de tener tiempo de
pensar en él.
Reece
(1954) ha demostrado experimentalmente que la turbación emocional no resulta en la desorganización cuando la situación
está ordenada de forma que la persona pueda aprender un
medio de escape. Permitió a sus sujetos aprender pares de sílabas
sin sentido que aparecían en un test para memoria. Luego
proyectaba estos pares de sílabas por medio de un
taquistoscopio electrónicamente controlado, y registraba el
tiempo que cada individuo empleaba en reconocerlas. Un doloroso
shock era administrado con ciertas sílabas. Un grupo podía
poner término al shock en cuanto pronunciaba las sílabas,
mientras que otro grupo tenía que sufrir el shock se
pronunciaran o no las sílabas. Todos los grupos reconocían
estas sílabas más rápido después del experimento,
pero el grupo que podía ponerle fin al shock al reconocerlas tomaba
un período de tiempo significativamente más corto que el grupo
que no podía controlar el shock.
En
contraste, el grupo que tenía que sufrir el shock durante la
exposición de las sílabas de shock mostraba sólo una leve
mejoría. Durante la entrevista posterior se comprobó
claramente que aquellos que podían poner fin al shock lo
interpretaron como castigo por errores, fracaso en las
respuestas, etc., mientras que los otros simplemente lo
veían como una interferencia desagradable. Pocos de los
sujetos admitían ‘ansiedad’, pero su alarma y dolor eran
evidentes. Demostraban repentina y profusa transpiración, y
pronunciaban mal las sílabas; se restregaban los pies, tenían
carraspera y temblor de voz. Aparentemente, el disturbio era tan pronunciado como el de los sujetos de Hamilton,
sin embargo, aquellos que podían poner fin al shock, indudablemente
aprendían a reconocer las sílabas más rápido que el grupo
control.
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Director del Portal:
Abel Cortese |
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