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LA EMOTIVIDAD COMO RASGO
DE LA PERSONALIDAD

  May (1941) realizó una experiencia importante mediante un test de emotividad. May había observado que las ratas colocadas en situaciones traumatizantes orinaban y defecaban con mayor frecuencia. Tuvo por ello la idea de ubicar las ratas en una situación emotiva, como por ejemplo en el centro de un ambiente muy iluminado: si el hecho de orinar y defecar fuesen signos de emotividad, deberían desaparecer al repetirse la experiencia, y tanto más rápidamente cuanto menos emotivo fuese el animal.

Hall comprobó que este criterio presentaba una correlación muy acentuada con la negativa de recibir alimento, negativa a la que se considera como un inequívoco signo de emotividad; cuando utilizó este criterio en situaciones emotivas muy variadas, comprobó también la presencia de correlaciones muy marcadas. Sirviéndose de este test, May estudió la herencia de la emoción. A partir de un grupo inicial, seleccionó ratas emotivas y no emotivas (en la situación test, las ratas emotivas seguían orinando y defecando durante muchos días). Cruzando en cada grupo a las ratas entre sí, halló los siguientes resultados en 8 generaciones (las cifras indican el número de días durante los cuales las ratas siguieron defecando en el transcurso de 12 ensayos).

 

                                        Emotivas                        No emotivas

G1                                             3,07                               0,46

G2                                             4,72                               1,94

G3                                             3,92                               1,02

G4                                             4,69                               1,40

G5                                             4,96                               0,41

G6                                             6,87                               0,51

         G7                                             7,82                               0,17

G8                                             8,37                               1,07

  Mientras que el grupo de las ratas no emotivas se mantiene estable, el grupo de las emotivas se hace cada vez más emotivo.

La herencia es indiscutible, y otras investigaciones han confirmado este resultado.

Yeakel y Rhoades (1941) estudiaron las diferencias anatómicas entre los dos grupos de ratas, y comprobaron que las suprarrenales, la tiroides y la hipófisis de las ratas emotivas eran más voluminosas que las de las no emotivas.

  Hall y Whiteman (1954) realizaron la siguiente experiencia: tomaron dos grupos semejantes de ratas criadas en las mismas condiciones, con la única diferencia de que durante la primera semana de vida las ratas del grupo experimental habían sufrido los efectos de un sonido muy intenso y agudo. Cuando las ratas maduraron, los autores las examinaron nuevamente mediante el método de May (número de días requerido para que cesen defecación y orina en una situación traumatizante); comprobaron entonces que las que pertenecían al grupo experimental manifestaban respuestas emotivas durante un período más prolongado que las ratas del grupo control.

  Liddell (1956) pudo crear en las ovejas (o en las cabras) estados de emotividad que consideró como neurosis experimentales de efecto durable. Si se aplica un shock eléctrico en la pata de una oveja, se lo precede por una señal de prevención diez segundos antes y se repite esta serie señal-shock durante 5 minutos, al cabo de un cierto tiempo el animal, en lugar de permanecer calmo durante el período que transcurre entre las señales, se agita, las pulsaciones cardiacas y la respiración se hacen irregulares, y reacciona violentamente ante cada shock eléctrico; lo más notable es el hecho de que, fuera del laboratorio, el animal se muestra ansioso, tanto de día como de noche, en el establo como en el campo. Si alguien se le aproxima, huye; durante la noche, en lugar de dormir se mantiene despierto y vigilante, y presenta una aceleración cardiaca ante el menor ruido. Estos efectos son muy durables.

Liddell comprobó que aquellos siguen manifestándose muchos años después de la experiencia. Llama la atención el hecho de que si a los shocks eléctricos no los preceden señales estos fenómenos no se desarrollan.

Se puede observar que en los sujetos emotivos, debido a su constitución o como consecuencia de experiencias penosas, existe una movilización energética difícil de controlar y que frecuentemente engendra respuestas emotivas en circunstancias en las que en sujetos no emotivos o menos emotivos, sólo se observan respuestas adaptadas.

 

 

 

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