Lizabeth
Roemer y Thomas Borkovec, psicólogos de la Universidad Estatal
de Pensilvania, hicieron una investigación sobre la
preocupación -el núcleo de toda ansiedad- planteando el tema
desde el arte a la ciencia de la neurosis. Por supuesto, cuando la
preocupación trabaja, no existe ningún obstáculo; rumiando
una y otra vez un problema -es decir, empleando una reflexión
constructiva que puede parecerse a la preocupación- puede surgir
una solución.
En
efecto, la reacción que se encuentra por debajo de la preocupación
es la vigilancia con respecto a un peligro potencial que,
sin duda alguna, ha sido esencial para la supervivencia en el
curso de la evolución. Cuando el temor pone en marcha el cerebro
emocional, parte de la ansiedad resultante fija la atención en la
amenaza que está a mano, forzando a la mente a obsesionarse
acerca de la forma de enfrentarla, y pasar por alto cualquier otra
cosa, de momento. En cierto sentido, la preocupación es un
ensayo de lo que podría salir mal y cómo enfrentarse a ello;
la tarea de la preocupación es alcanzar soluciones positivas con
respecto a los peligros de la vida anticipándose a los riesgos
antes de que estos surjan.
La
dificultad surge con las preocupaciones crónicas y repetitivas,
el tipo de preocupaciones que vuelve a surgir una y otra vez y
nunca lleva a una solución positiva. Un análisis detallado de la
preocupación crónica sugiere que tiene todos los atributos de
un asalto emocional de tono menor: las preocupaciones parecen
surgir de la nada, son incontrolables, generan un murmullo de
ansiedad, son impermeables a la razón y bloquean a la persona en
un único e inflexible punto de vista acerca del tema que le
preocupa. Cuando este mismo ciclo de preocupación se intensifica
y persiste, se hace más confusa la línea que lo separa de los
auténticos asaltos nerviosos, los trastornos de la ansiedad:
fobias, obsesiones y compulsiones, ataques de pánico.
En
cada uno de estos trastornos la preocupación se fija de una
forma definida; en el caso de la fobia, las ansiedades se
fijan en la situación temida; en el caso de la obsesión se fijan
en evitar alguna calamidad temida; y en los ataques de pánico, la
preocupación se concentra en un temor a la muerte o en la
posibilidad de tener el ataque mismo.
En
todos estos estados, el común denominador es la preocupación
que causa estragos. Por ejemplo, una mujer tratada por un
trastorno obsesivo-compulsivo tenía una serie de rituales que le
llevaban la mayor parte del tiempo que pasaba despierta: duchas de
cuarenta y cinco minutos varias veces al día, lavado de las manos
durante cinco minutos veinte veces al día o más. Nunca se
sentaba a menos que antes hubiera limpiado el asiento, fregándolo
con alcohol para esterilizarlo. Tampoco tocaba a los niños ni
a ningún animal, ya que ambos eran ‘demasiado sucios’.
Todas estas compulsiones eran provocadas por su malsano y
subyacente temor a los gérmenes; se preocupaba constantemente por
el hecho de que si ella no lavaba y esterilizaba lo que tocaba, se
contagiaría alguna enfermedad y moriría
(Temor
a los gérmenes: David Riggs y Edna Foa,
‘Obsessive-Compulsive Disorder’ en David Barlow, de., CLINICAL
HANDBOOK OF PSYCHOLOGICAL DISORDERS, Guilford Press, 1993).
Una
mujer que estaba siendo tratada por ‘trastorno de ansiedad
generalizada’ -la nomenclatura psiquiátrica que define a una
persona que se preocupa constantemente- respondió de la siguiente
forma cuando se le pidió que expresara su preocupación en voz
alta durante un minuto:
‘Esto podría salirme mal. Podría
ser tan artificial que no diera la pauta de la cosa real y
necesitamos acercarnos a la cosa real... Porque si no llegamos a
lo real, no lo haré bien. Y si no lo hago bien, jamás seré
feliz’.
En
este increíble despliegue de preocupación por las
preocupaciones, la solicitud misma de preocuparse durante un
minuto, al cabo de algunos breves segundos se había convertido en
la posibilidad de una catástrofe de por vida: ‘jamás seré
feliz’. Por lo general las preocupaciones siguen ese
curso, una narrativa dirigida a uno mismo que salta de preocupación
en preocupación y con mucha frecuencia incluye las catástrofes
imaginando alguna tragedia terrible. Las preocupaciones se
expresan casi siempre en el oído de la mente, no en su ojo -es decir en palabras, no en imágenes-, hecho que tiene
importancia para el control de la preocupación.
Borkovec y
sus colegas comenzaron a estudiar la preocupación en sí misma
mientras trataban de encontrar un tratamiento para el insomnio. La
ansiedad, según han señalado otros investigadores, se presenta
en dos formas: COGNITIVA o pensamientos preocupados, y SOMATICA,
los síntomas fisiológicos de la ansiedad, como sudoración,
aceleración del ritmo cardíaco o tensión muscular. El principal
problema con los insomnes, descubrió Borkovec, no era la
excitación somática. Lo que los mantenía despiertos eran los
pensamientos impertinentes. Eran personas que se preocupaban
de una manera crónica y no podían dejar de preocuparse, al
margen del sueño que sintieran. Lo único que servía para
ayudarlos a conciliar el sueño era apartar las preocupaciones de
su mente, concentrándola en las sensaciones producidas por un método
de relajación. En síntesis, las preocupaciones podían cesar
distrayendo su atención.
Sin
embargo, la mayor parte de las personas que se preocupan
constantemente pueden no dar la impresión de que lo hacen.
En opinión de Borkovec, el motivo tiene que ver con una
compensación parcial de la preocupación que refuerza en gran
medida el hábito. Al parecer, existe algo positivo en las
preocupaciones: estas son formas de enfrentarse a las posibles
amenazas y a los peligros que pueden interponerse en el camino de
cada uno. La tarea de preocuparse -cuando tiene éxito- es
ensayar cuáles son esos peligros, y reflexionar en las formas de
enfrentarse a ellos. Pero la preocupación no funciona así de
bien.
Las
soluciones nuevas y las formas renovadas de considerar un
problema, no surgen típicamente de la preocupación, menos aún
de la preocupación crónica. En lugar de encontrar soluciones
a estos problemas potenciales, las personas que se preocupan en
exceso simplemente reflexionan sobre el peligro mismo, sumergiéndose
de una forma discreta en el temor asociado con este mientras
permanecen en la misma rutina de pensamiento. Las personas que
se preocupan en exceso y de una manera crónica lo hacen con
respecto a una amplia gama de asuntos, la mayoría de los
cuales casi no tienen posibilidades de ocurrir; estas personas ven
en la vida peligros que otros jamás perciben.
Sin
embargo, las personas que se preocupan de una manera crónica le
dicen a Borkovec que la preocupación los ayuda, y que sus
preocupaciones se autoperpetúan y son una curva interminable de
pensamiento dominado por la angustia. ¿Por qué la preocupación
debería convertirse en lo que parece ser una adicción mental?
Por extraño que parezca, como lo señala Borkovec, el hábito
de la preocupación proporciona un refuerzo en el mismo sentido en
que lo hacen las supersticiones. Dado que la gente se preocupa
por muchas cosas que tienen muy pocas probabilidades de ocurrir en
la vida real -que un ser querido muera en un accidente de
aviación, que vaya a la bancarrota, y cosas por el estilo-
existe, al menos para el primitivo cerebro límbico, algo mágico
con respecto a eso. Como un amuleto que nos protege
anticipadamente de algún mal, la preocupación tiene fama de
evitar psicológicamente el peligro por el cual se obsesiona.
(‘Worry:
Unwanted Cognitive Activity That Controls Unwanted Somatic
Experience’, en Wegner y Pennebaker, HANDBOOK OF MENTAL
CONTROL).