Una regla inusual
para padres
que
trabajan
fuera de su casa
:
"LA
norma de los 30 minutos"
Cuenta John Rosemond, psicólogo y terapeuta familiar que lo consultó una
joven pareja, con respecto a su pequeña de cuatro años, que
buscaba, en forma obsesiva, ser el centro de atención. Esos
padres se veían asediados por sus interrupciones, toda
variaciones sobre el tema : "Mírenme". Si no atendían
de inmediato las exigencias de la pequeña, ésta empezaba a
lloriquear ; y eso no daba resultados, se ponía a
saltar, agitando los brazos y gritando a viva voz. Sin duda,
un espectáculo capaz de resultar de los más alarmante para
padres inexpertos.
Estos
padre - ambos trabajaban - se sentían atrapados entre la
espada y la pared. Por un lado, a pesar de que su hija estaba
en una de las mejores guarderías de la ciudad, sentían que
sus trabajos privaban a la niña del tiempo y de la atención
que necesitaba. Deducían que su constante demanda de atención
era la expresión de su inseguridad. Por desgracia, que
trabajaran no era una opción sino una necesidad económica.
-
¿Qué podemos hacer ?- preguntaron
-
Ante todo, díganme qué están haciendo ahora.
-
Bien- dijo la esposa- cuando llegamos a casa, nos dedicamos
por completo a ella. Jugamos con ella, le leemos cuentos, la
sacamos a pasear. Después de estar separada de nosotros todo
el día, sentimos que merece que estemos a su disposición.
-
No me diga nada más- respondió Rosemond.
-Creo que hemos descubierto cuál es el problema.
Les
contó de unos amigos que hace algunos años establecieron una
regla inusual : Durante 30 minutos, contados a partir del
momento en que llegan a casa, los niños no pueden ingresar al
living, o a la cocina, o dónde sus padres estén. Pueden
jugar en sus cuartos o, cuando el tiempo lo permite, afuera de
la casa. Sus padres usan ese tiempo para relajarse, conversar
y preparar la cena.
Antes
de establecer esa norma de los 30 minutos, estos padres se
sentían obligados a dedicarse a sus hijos durante toda la
velada. Sin embargo, cuanta más atención daban a los niños,
tanto más exigentes, egocéntricos y desobedientes éstos se
volvían. Llegó un momento en que se dieron cuenta , y en
buena hora, de que los hijos habían pasado a dominar la
familia. Tratando de
ser buenos padres, habían creado pequeños monstruitos.
Volvieron
a dar a su matrimonio un lugar prioritario en la estructura
familiar.
Cuando
los niños trataron de violar esa norma, los padres se
pusieron firmes.
Pusieron
un despertador; tan pronto sonaba la alarma los niños
regresaban corriendo a la cocina, ansiosos por acaparar la
atención de sus padres. Con el corre del tiempo el intervalo
entre la alarma y la aparición de los niños comenzó a
prolongarse, hasta que ya no hacía falta poner el reloj. Los
niños llegaban a casa y encontraban en qué ocuparse hasta la
hora de la cena, después de comer volvían a sus actividades
hasta la hora de dormir, cuando pedían a sus padres que los
arropasen, les contasen un cuento o charlaran hasta que llega
el momento de apagar la luz.
Los
niños son ahora chicos independientes, seguros,
comunicativos, alegres, maduros, juguetones, obedientes,
corteses...
Los padres los curaron de su adicción a la atención permanente,
ubicando su relación matrimonial en el lugar pertinente que
le correspondía. Haciéndolo, desafiaron toda una serie de
convenciones que rigen a muchas de las parejas donde ambos
trabajan fuera de la casa.
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