La
vergüenza: una emoción universal
Las
investigaciones sobre la comunicación no verbal se han acumulado rápidamente
en la última década. El uso del video ha sido especialmente útil para
los científicos que estudian las señales que las personas se mandan
unas a otras con la cara o con el cuerpo.
Paul
Ekman y sus asociados han hecho una valiosa contribución a esta
investigación. En su libro, The Face of Man ("El rostro del
hombre"), Ekman decidió estudiar si cualquier tipo de emoción podría
entenderse universalmente. Por ejemplo, ¿si a un nativo de Nueva Guinea
se le mostrara un retrato de un ciudadano francés, podría reconocer si
está enojado? Des cubrió que muchos sentimientos poseen características
universales. Los ciudadanos de áreas igualmente "primitivas" o
"desarrolladas", reconocieron con gran precisión las emociones del
otro con sólo mirar una fotografía.
Ekman
estudió seis emociones en detalle: felicidad, sorpresa, tristeza,
disgusto, ira y miedo. Tiene la teoría de que la vergüenza y la
turbación son experiencias universales, dice:
"Encontramos
su expresión con tanta frecuencia... que nos sentimos seguros de que
sus manifestaciones también son parecidas en muchas culturas, Un signo
común de turbación o embarazo es voltearse y cubrirse la cara con las
manos."
Otro
investigador, C. E. Izard, estudió los sentimientos de
vergüenza y humillación. En el libro Face of Emotion ("El
rostro de la emoción"), Izard sostiene que en la mayoría de las
culturas las personas podían seleccionar correctamente la emoción-
vergüenza-humillación entre un grupo de fotografías que mostraban
diferentes emociones.
Sin
embargo, Silvan Tomkins ha demostrado
mejor que nadie que la vergüenza es una experiencia universal. Ha estado escribiendo desde 1960 sobre cómo las emociones aparecen
principalmente en la cara. En el libro que escribió para el libro
titulado The Many Faces of Shame ("Los múltiples rostros de la
vergüenza"), Tomkins sostiene que ésta disminuye el interés y la
excitación. La persona que deja caer la cabeza y baja los ojos
experimenta menos excitación. Esta necesidad de disminuir el entusiasmo
ocurre en situaciones en las cuales mostrar demasiado placer sería
socialmente inaceptable o podría provocar que la persona se sintiera
demasiado vulnerable, escribe Tomkins.
La
vergüenza desconecta temporalmente a las personas unas de otras. Por
ejemplo, las mujeres de América y de muchas otras sociedades,
modestamente desviarán la vista cuan do notan que alguien les demuestra
interés sexual, aun en el caso de que ellas estén interesadas en esa
persona. El mensaje que están enviando (sólo en determinadas
circunstancias, por supuesto), es que su sexualidad es demasiado
poderosa para expresarla abiertamente en público. En forma similar, las
personas por lo general evitan el contacto ocular cuando una determinada
situación amenaza ser muy fuerte.
¿Cuándo
empieza a responder un niño a un estímulo exagerado y desagradable
bajando los ojos o desviando la vista? Donald Nathanson,
en el capítulo que escribió para el libro The Many Faces of Shame,
cita estudios que documentan que los niños responden a esos estímulos
cuando tienen ocho meses. Él piensa que los niños nacen con mecanismos
corporales innatos que los preparan para lo que más tarde conocerán
como vergüenza. Nathanson señala que entre más estudiemos a los niños
comprenderemos mejor que empezamos a interactuar con los demás desde el
nacimiento. Si un niño puede hacer contacto con su madre o su padre
desde el nacimiento, entonces es muy posible que también pueda des
conectarse.
Muchos
padres recuerdan el momento cuando por primera vez miraron a sus hijos
recién nacidos a los ojos. Esa mirada compartida es electrificante,
todo el cuerpo del padre o de la madre responde al impacto de los
efectos físicos de ese lazo. Esa mirada les dice a los padres que ese
niño les pertenece y que deben amarlo y protegerlo, mientras que al niño
le proporciona un sentido de pertenencia a este mundo, El contacto
ocular une a dos seres humanos desde e momento del nacimiento.
Pero
el bebé que mira directamente a sus padres, a veces también desvía la
mirada. Estos momentos inquietan a los padres. "Quisiera que nuestro
bebé me mirara con tanta frecuencia como lo hace con su madre", dice
un padre frustrado. Más adelante en el curso de la vida, es muy posible
que alguno de los padres le diga al niño: "Mírame cuando te hablo,
Odio que te quedes mirando al piso." Creemos que hasta un recién
nacido se da cuenta en forma instintiva que rompiendo el contacto ocular
"puede disminuir el calor" en las situaciones que son demasiado
estimulantes.
La
vergüenza y la depresión bioquímica