El
componente físico de la vergüenza
El
sentimiento repentino de una vergüenza enorme es una experiencia
abrumadora. Un momento antes uno se siente bien, lleno de energía,
autoestima y alegría, y repentinamente algo malo sucede; puede ser algo
tan trivial como advertir una mancha en la camisa o la blusa, o tal vez
algo más obvio como que nuestro jefe nos grite por un error cometido.
Son momentos en los que quisiéramos quedarnos tranquilos y serenos,
pues en estas situaciones nada desearíamos más que responder con
dignidad, gracia y compostura,
Quisiéramos
que nuestros cuerpos cooperaran, pero en lugar de eso sentimos que
nuestra cara está muy caliente. Por alguna razón no podemos hacer que
nuestros ojos miren de frente, insisten en seguir la dirección de
nuestra cabeza, que apunta hacia el suelo. En ocasiones se percibe una
Opresión en el pecho. Al mismo tiempo el corazón empieza a latir
aceleradamente; en ese momento no tenemos control sobre nuestro cuerpo.
Algunos tenemos una sensación de vacío en el estómago, y el tiempo
parece arrastrarse con lentitud mientras nos retorcemos presas de una
aguda conciencia de nosotros mismos. Casi no podemos hablar. Tenemos
vergüenza.
Es
bastante desagradable vivir este primer ataque de vergüenza. Sin
embargo, una vez que nos damos cuenta cabal estas sensaciones, es
posible que lleguemos a sentirnos peor todavía. Ahora nos avergonzamos
de nuestra vergüenza aunque tratemos desesperadamente de calmarnos,
nuestro cuerpo se niega a obedecer. El calor de la cara se transforma en
un incendio, nos sonrojamos de pena. Nuestra mirada se dirige hacia
abajo, tenemos que luchar contra la terrible urgencia de escapar, de
darle la espalda a todo el asunto Quizá empecemos a sentir nausea En
realidad, nos estamos enfermando por causa de nuestra vergüenza.
No
todos los ataques son tan dolorosos. Pero se puede decir que casi
siempre es un evento físico, Las formas más sutiles incluyen breves
vacilaciones en el lenguaje, mirar hacia otro lado mientras se habla con
alguien, cambios ligeros de conversación y una sensación imperceptible
de rubor e incomodidad. La vergüenza es ante todo un sentimiento.
Hay
otras dos respuestas físicas comunes en un ataque de vergüenza.
Primero, la sensación de hacernos cada vez más chiquitos. Segundo, la
impresión de que las personas que nos rodean se hacen más grandes, más
fuertes y peligrosas. Es como si nos encogiéramos. Lo que realmente
pasa es que nos hemos empequeñecido, instintivamente ocupamos me nos
espacio encogiendo nuestros brazos y piernas. Tratamos de protegernos
haciéndonos chiquitos. Todos los que han experimentado estas
sensaciones nos dicen que cuando se avergüenzan se sienten como niños
pequeños.
Las
personas avergonzadas se sienten vulnerables, desprotegidas y expuestas
aun a pesar del esfuerzo por retraerse. Esto es mucho más que un
pensamiento: es una respuesta corporal que suele ser muy incómoda. La
mirada de los demás es como algo tangible que casi las toca. Es como si
la piel se volviera transparente de modo que los otros pueden ver a través
de ellas. La persona avergonzada desearía intensamente volverse
invisible. En cambio, se siente completamente abierta a la inspección
de los demás.
Pero
la vergüenza es más que un sentimiento. Los sentimientos
desconcertantes suscitan pensamientos dolorosos con los que por lo
general ya está muy familiarizada la persona avergonzada y que sólo
aumentan sus problemas. Estos pensamientos confirman los sentimientos de
devaluación que son característicos de la vergüenza.
Pensamientos
sobre la vergüenza