4.
Desafía los antiguos mensajes de deficiencia con nuevos mensajes que
reflejen autovaloración
Lo
mejor que nos puede pasar si provenimos de una familia dominada por la
vergüenza es crecer. No importa qué tan terrible sea nuestra situación,
pocas veces somos tan dependientes y desvalidos como cuando éramos niños.
Como adul tos, podemos retar los mensajes negativos que recibimos cuando
niños. Es posible que anteriormente no hayamos tenido opciones para
aceptar estos mensajes, pero ahora podemos remplazarlos por otros más
saludables.
Recuerda
que estos mensajes se originaron fuera de ti. Los has tenido dentro de
la cabeza por años, pero no empezaron allí. Puedes separar estos
mensajes que recibiste en la niñez y conscientemente desechar algunos.
Piensa
en cómo recibe un bebé la comida. Totalmente de pendiente de sus
padres, el bebé no tiene más opción que tragarse el alimento. De
igual manera tuvimos que tragarnos los poderosos mensajes de vergüenza
de las figuras parentales. Como señalan Erving y Miriam Polster en su
libro, Géstala Therapy Intégrate ("Terapia estructural
integrada"), esos mensajes de vergüenza fueron absorbidos del
exterior e internalizados, dando como resultado el concepto que uno
tiene de sí mismo, Parece como si estos mensajes nos pertenecieran pero
en verdad nosotros no los escogimos. Ahora necesitamos revaluar el papel
que juegan actualmente en nuestra vida.
Al
desafiar los mensajes de vergüenza que provienen de nuestra familia,
podremos seguir los siguientes pasos:
.
Primero, localiza y estudia cada mensaje de vergüenza en específico.
.
Segundo, identifica a la persona o personas que enviaron cada mensaje.
.
Tercero, desafía la idea de que el mensaje debe ser verdadero porque
proviene de los padres.
.
Cuarto, considera el mensaje y acéptalo o recházalo,
.
Quinto, sustituye los viejos mensajes de vergüenza por otros nuevos y
positivos que no te hagan sentir vergüenza.
Por
ejemplo, como niños tal vez nos tragamos el mensaje (de los padres o de
otras personas en posiciones de poder y confianza) de que éramos tan
malos y tan débiles que sólo inspirábamos lástima. Primero, date
cuenta con cuánta frecuencia nos decimos lo mismo y cómo afecta
nuestra vida. Después trata de recordar dónde y cuándo recibiste el
mensaje y, particularmente, quién te lo dio. Después podremos ver cómo
empezamos a creerlos: "Mis padres me dijeron que era débil y digno de
lástima. Todo esto empezó cuando me enfermaba durante mi infancia. Por
supuesto que les creí y empecé a actuar como si realmente estuviera
desvalido."
Ent.,
ices podremos decidir qué tan verdadero es el mensaje ahora, Ahora me
doy cuenta de que puedo cuidarme a mí mismo. Ya no tengo que creer que
soy incompetente. Por último, puedes remplazar la vieja idea con un
nuevo auto concepto que refleje orgullo y dignidad. Soy un ser humano
competente y capaz de hacer cosas por mí mismo.
Algunos
de los antiguos mensajes nos llegaron en la infancia, antes de que
aprendiéramos a hablar. Este tipo de mensajes dieron como resultado un
sentimiento de vergüenza que ha sido almacenado en el cuerpo, pero que
parece no tener nombre. Por ejemplo, nos encogemos y nos sentimos pequeños
cada vez que nos señala una mujer. Esto puede provenir de cuando
nuestra madre nos apuntaba con el dedo de modo acusatorio cuando éramos
bebés. Este tipo de sentimiento de vergüenza es más difícil de
desafiar que los mensajes verbales, porque se aprendió muy temprano en
la vida. Sin embargo, la misma curación puede funcionar para éste. Una
manera para desafiar esta vergüenza consiste en alterar la respuesta
corporal a un acontecimiento potencialmente vergonzoso; por ejemplo,
manteniendo alta la cabeza y respondiendo directa- menté a la mujer que
te ha señalado en vez de encogerte y salir huyendo.
5.
Cambia tu conducta para que sea coherente con estos mensajes nuevos y más
sanos.