¿QUÉ
HE DE HACER? ¿CUÁNDO?
¿DÓNDE? ¿CON QUIÉN?
¡Ah...!
Ojalá tuviésemos el programa detallado, el mapa que nos dijese por dónde
navegar en los encuentros sociales imprevisibles... Pero, por desgracia,
el estudio de la conducta humana no ha progresado hasta ese extremo.
Incluso es muy improbable que podamos decirle algún día con exactitud lo
que debe hacer, con quién y en qué circunstancias, para estar seguro del
efecto que causa en la gente. Existen demasiados ambientes distintos,
demasiados tipos diferentes de personas con historias diversas, y
demasiadas combinaciones posibles de señales verbales y no verbales, pan
meterlo todo en una gigantesca ecuación.
Pero
en las relaciones sociales no pueden aplicarse normas específicas. Y
aunque pudiesen aplicarse, servirían de poco, pues las rápidas
decisiones que hay que tomar en una situación social no le dan al
interesado mucho tiempo para buscar en su índice mental y encontrar la
norma adecuada. Lo único que existe son tilas
indicaciones generales sobre el efecto que produce un tipo de conducta en
ciertas situaciones, y la persona tiene la responsabilidad de decidir cómo
aplicar esas indicaciones, observar el resultado y modificar algún
elemento específico de su conducta según el contexto concreto.
¿Cómo
puede usted hacerse socialmente hábil y adecuadamente expresivo, y
librarse de su timidez? ¿Qué reglas hay que aplicar? ¿Qué estrategias
debería adoptar? Antes que nada, lo que debe usted recordar es que
incluso la persona más hábil, la menos tímida, sólo sale con bien de
las situaciones sociales el ochenta por cien to de las veces. Esto
significa, naturalmente, que por hábil que sea usted en la aplicación de
sus conocimientos sociales, no se sentirá completamente satisfecho de su
actuación más allá del ochenta por ciento del tiempo. Pero lo
fundamental es cómo se explique usted sus fracasos. El atribuir esos
fracasos a alguna deficiencia personal no hará más que desanimarle para
la experiencia siguiente, pues será un golpe negativo para su autoestima.
Por otra parte, si atribuye su fracaso al hecho de no haberse esforzado lo
suficiente para valorar y decidir correctamente, podrá usted seguir
enfrentándose a su ambiente social y aprenderá a alcanzar éxitos con
mayor facilidad.
Hablemos
ahora un poco de los primeros encuentros. En las relaciones de este tipo,
no es correcto ni prudente mostrar sentimientos intensos. No es costumbre
expresar gran simpatía hacia la otra persona, ni ningún sentimiento
intenso, sobre la única base de una presentación y unas breves palabras
y, a menudo, el simple hecho de que una cosa no sea la acostumbrada basta
para hacerla socialmente inaceptable. Supongamos, por ejemplo, que usted
expresa verbalmente su simpatía hacia una persona, diciéndole: «Oye, es
agra dable estar contigo. Me haces sentir a gusto». Si se lo dice con una
voz suave y expresiva, y si está muy cerca de ella, mirándola a los
ojos, la persona percibirá una simpatía intensa. Y si se trata de su
primer encuentro, es probable que le vea a usted como un tipo raro o, en
el mejor de los casos, como una persona de modales extraños, incluso
extravagantes. Y ello sólo por un ex ceso de mensajes no verbales.
Los
encuentros iniciales y las entrevistas periódicas pero muy breves se
desarrollan mejor si se sigue la norma de la reciprocidad. Esta norma dice
que debe existir una igualdad en la expresión de simpatías, de
preferencias y de sentimientos. El ejemplo que hemos dado antes muestra un
exceso de franqueza en un momento en que la relación no estaba todavía
madura. Las personas que dicen muchas cosas demasiado pronto ponen a los
demás en una situación incómoda y embarazosa. Esta incomodidad es
motivada no sólo porque la otra persona no sabrá seguramente qué
actitud tomar, sino porque sentirá que se le exige una reciprocidad en
los sentimientos expresados. La persona ante la que se demuestra un exceso
de franqueza se siente molesta por ello, y lo que pretendía ser un
cumplido amable lleno de sentimientos positivos se convierte en motivo de
desagrado y de rechazo.
Debería
usted saber también que, si no se muestra expresivo, ya sea verbalmente o
no verbalmente, y permanece quieto como una momia durante el curso de una
reunión social, será rápidamente catalogado de tímido e inhibido. De
la misma forma, si sus reacciones son exageradas y comunica usted
demasiadas cosas con las manos, el cuerpo, la cara y el tono de la voz,
puede ser tachado de inmaduro y quizá de histérico.
¿Cómo
evitar los dos excesos, el de comunicar poco y el de comunicar demasiado?
La respuesta está en el principio del equilibrio. La persona no tímida
tiene la habilidad de equilibrar los mensajes verbales y los no verbales
de una manera muy natural, inconscientemente. Por ejemplo, para comunicar
un cierto grado de empatía, la persona no tímida se acercaría a la
otra, pero bajaría la mirada. O bien, en el curso de una conversación
amistosa con una persona del sexo opuesto, podría rozarle el codo o el
brazo, pero cambiaría el cuerpo de posición, apartándolo un poco de la
otra persona, o retrocedería ligeramente Esta mezcla o equilibrio de los
componentes de comunicación verbales y no verbales permite la variedad y
la expresividad, y evita causar en el otro una impresión demasiado
intensa. La habilidad social significa saber no sólo cómo equilibrar
estas señales, sino también cómo utilizarlas de varias maneras según
la situación y la persona de que se trate.
DESARROLLANDO
LA HABILIDAD SOCIAL