LAS
MUCHAS CARAS DE LA TIMIDEZ
Es
una lástima que la timidez no sea considerada una enfermedad. Cuando se
piensa que, en Norteamérica, más de cien millones de personas se sienten
de alguna manera solas o angustiadas ante la
sociedad, sería lógico pensar que hubiera debido hallarse, hace mucho
tiempo, una vacuna contra esas afecciones. Pero la timidez no está sujeta
a impuestos, ni es un elemento importante para nuestra economía, ni se
puede atribuir a una deficiencia hereditaria o biológica. Demasiado fácilmente,
sus manifestaciones son enmascaradas por la vanidad. La persona tímida
puede disfrazarse pasando por «reservada», «modesta» o «independiente».
Y,
por otra parte, no todo el mundo está dispuesto a reconocer su timidez.
¿A quién le agrada decir que «le da miedo la gente»? Pero, si se les
pregunta con amabilidad y comprensión, las personas dan respuestas
sinceras. Explican lo que significa ser tímido; y explican dónde, cuándo
y con quién aparece su timidez. Y así empiezan a aparecer algunos
esquemas interesantes.
Por
ejemplo, en la inmensa mayoría de los casos, la timidez está compuesta
por tres elementos, y en toda persona tímida pueden predominar uno o dos
de ellos.
Estos
tres elementos son:
- La
escasa habilidad social.
¿Qué tal se le da iniciar una conversa con una persona desconocida?
¿O con una persona del sexo opuesto? ¿Le resulta fácil mantener
animada una conversación una vez ésta ha empezado? ¿Sabe arreglárselas
para dar a un incidente un final tranquilo y favorable? ¿Evita usted
los grupos porque se siente segur0 o insegura en ellos?
2.
La angustia ante los contactos sociales.
La mayoría de las personas, incluso aquellas que no son típicamente tímidas,
reconocen sentir algún temor cuando hablan por primera vez con alguien
del sexo contrario. En el caso de la persona tímida, ese temor se
multiplica por diez, y el resultado es la angustia y una gran tristeza.
Los síntomas de la persona tímida y de la que no lo es, son los mismos:
aceleración del ritmo cardíaco, transpiración, temblores, náuseas y
tensión. La única diferencia es que los tímidos experimentan estos síntomas
con mayor intensidad. Pero, para entender verdaderamente lo que hay detrás
de ese miedo, hay que mirar lo que ocurre en su mente. La expresión técnica
que utilizamos para definir eso es «temor a la valoración negativa», es
decir, miedo al ridículo, miedo a que los demás descubran algún fallo
suyo en el terreno social y se burlen de ellos, miedo a no agradar, miedo
a ser rechazados, miedo a ser comparados con los demás y considerados
inferiores.
3.
Los prejuicios.
Las personas tímidas piensan en negativo. Cuando sus relaciones sociales
no se desarrollan como ellos quisieran, se echan la culpa a sí mismos.
Pocas veces aprovechan la oportunidad de establecer contactos nuevos, y no
se esfuerzan mucho por responder a las exigencias sociales. Y si los
resultados de su actividad no son perfectos, se desaniman fácilmente y
abandonan toda iniciativa. Debido a este prejuicio negativo, se sustraen a
sí mismos un elemento esencial que, a la larga, podría proporcionarles
el éxito social: esta piedra angular de la adaptación social es la
esperanza. Si usted no espera o no puede esperar que su vida social mejore
algún día, irá abandonando el intento de insertarse en la realidad
social. Y si rehuye los contactos sociales, se
impide a sí mismo desarrollar su desenvoltura o habilidad en el trato con
las personas.
Para
algunas personas, la timidez es algo que aparece y desaparece, según lo
familiarizados que estén con el contexto social en el que se mueven. Para
otros, la timidez es algo que recuerdan haber superado con el paso de los
años. Según una encuesta hecha sobre una amplia muestra representativa
de los norteamericanos, hombres y mujeres, el cuarenta por ciento de esas
personas fueron tímidas en el pasado, pero ya no lo son. ¡Vaya un dato
interesante! ¿Qué es lo que hicieron? ¿Cómo lograron superar su
timidez? ¿Se tomaron alguna píldora mágica dos veces al día, durante
seis meses, hasta que desaparecieron todos sus síntomas? Una cosa es
segura: esas personas no se limitaron a quedarse en casa esperando que el
problema desapareciese por sí solo. Si consiguieron superar la timidez
por si mismas fue porque, de algún modo, sabían las siguientes cosas:
1)
Que los trastornos emocionales y los problemas sociales que padecían como
consecuencia de su timidez eran algo que debían resolver ellas mismas;
2)
que el hecho de relacionarse con la gente implicaba unos riesgos, y que
esos riesgos suponían un cierto grado de temor y preocupación;
3)
que, si no intentaban cambiar, tenían mucho que perder: desde el
bienestar emocional al éxito en su profesión.
Los
afortunados miembros de ese cuarenta por ciento, que estaban lo bastante
motivados como para luchar contra sus dificultades sociales, su malestar,
su escasa desenvoltura y habilidad, su falta de confianza en sí mismos y
su monótona vida social, fueron capaces de cambiar por sí solos, sin
ayuda de ninguna medicación, psicoterapia, terapia de grupo ni esas
maratonianas sesiones de los fines de semana. El proceso de superación de
la timidez sin ayuda alguna tiene dos denominadores comunes. El primero es
la decisión de intensificar las relaciones sociales y de afrontar el
riesgo y la incertidumbre que ello trae consigo. El segundo es la
capacidad de ver que los éxitos sociales que se alcanzan son resultado de
los propios esfuerzos y de la conciencia de que sólo se pueden atribuir
esos éxitos a los propios méritos cuando para conseguirlos se ha
arriesgado algo.
¿Y
qué les ocurre a los demás, al sesenta por ciento de los encuestados que
carecen del valor o de la motivación suficientes
para intentar superar solos la timidez? Algunos aprenden a vivir con su
problema; se crean un círculo de amigos, pequeño pero seguro y estable,
y nunca se alejan demasiado de los ambientes que les son familiares. Otros
siguen siendo tímidos, pero sin aprender nunca a aceptar su timidez, y
padecen eternamente la sensación de inadaptación social. Están siempre
angustiados cuando se encuentran entre otras personas, y se preocupan cada
día por el encuentro inesperado que puede producirse a la hora del
bocadillo.
En
otros casos, el problema se agrava aún más. La timidez se convierte en
una preocupación dominante que va invadiendo gradualmente aspectos
sociales y no sociales de la vida del individuo. A la larga, estas
personas se apartan incluso de las más breves y ritualiza das
experiencias sociales, como el hecho de decirle «hola» a un vecino o
compañero de trabajo; se van volviendo cada vez más solitarias y
depresivas. A veces, las consecuencias de este aislamiento de la sociedad
son tan graves que la persona se queda con sus ensueños y fantasías como
único consuelo. No es éste el alimento adecuado para mantener el
bienestar y el equilibrio emocional, pues, a la larga, hasta las fantasías
pueden volverse amargas y dejar una sensación de va cío. Al encontrarse
sin ninguna esperanza en el futuro y con el desaliento como único compañero,
algunos tratan de escapar definitivamente. Leemos esas noticias en los
periódicos en forma de discretas esquelas. Otros hacen lo mismo, pero
planean su muerte de modo que ésta atraiga el máximo de atención. En
estos casos, la noticia aparece en la primera página del periódico, y
suscita inmediatamente el interés general. En estos casos, el
comportamiento del individuo suele dirigirse contra la sociedad y contra
la gente en general, en un intento simbólico de destruir la realidad
social en la que tanto le costaba integrarse. Si está resentido hacia el
mundo, puede convertirse en un francotirador; si no está resentido, se
arrojará desde un puente; si está re sentido y deprimido a la vez, puede
cometer varios asesinatos y guardar el último disparo para sí mismo.
No
es necesario estar loco para disparar sobre varias personas y suicidarse
después; sólo hay que estar muy trastornado.
Créanme
que no les estoy diciendo esto simplemente para dramatizar. Sólo quiero
advertirles de los límites extremos de lo que puede ocurrir si una
persona es muy tímida, si no hace nada por cambiar y si el aislamiento la
lleva cada vez más a la soledad y a la depresión. No se asusten, porque
las probabilidades de que una persona llegue a este punto son mínimas.
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