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CÓMO INICIAR UNA CONVERSACIÓN

Si es usted como muchos tímidos que hemos conocido, el aprender a mantener una conversación una vez ha logrado iniciarla representa para usted un problema. A veces, una persona se abstiene de iniciar una conversación precisamente a causa de esto, y no por que no sepa cómo empezarla. Pero el aprender todos los trucos para mantener una conversación es algo que requiere práctica, y eso es exactamente lo que usted va a tener que hacer si quiere adquirir confianza en este terreno. Todo lo que yo puedo darle es una serie  estructurada de ejercicios prácticos para que se prepare; en realidad, es usted el que tendrá que hacer todo el trabajo. Las personas que parecen tener una capacidad «natural» para mantener animada una conversación no nacieron así. Sin darse cuenta, viendo hablar a los demás, asumiendo pequeños riesgos al principio, y a fuerza de pruebas y errores, han llegado gradualmente a encontrar un estilo adecuado a su personalidad, un estilo que pueden usar con facilidad y con fianza.

Voy a descubrir en esta sección varios componentes de estas técnicas de conversación, ilustrándolos con ejemplos tomados de la vida real. Cuando haya comprendido usted estos componentes, le mostraré cómo condensar veinte años de experiencia social en un problema que contiene los elementos esenciales de esta técnica.

Recuerde que la manera exacta en que debe usted iniciar una conversación depende del contexto: la situación material (el trabajo, actividades de los ratos de ocio, la iglesia, el autobús o una reunión informal), la hora del día (el desayuno, el almuerzo, la hora del café, la salida del trabajo, un día laborable, el fin de semana) y de la persona en cuestión (hombre, mujer, irás joven, de la misma edad o mayor que uno, un subordinado, un colega, un superior, una persona soltera, comprometida, casada, divorciada). Afortunadamente, existen algunas constantes y ciertos elementos sociales invariables que facilitan la tarea de decidir qué hay que decir y hacer. Por ejemplo, el tipo de persona que podría usted encontrar en una discoteca un jueves por la tarde es muy diferente de la que podría conocer en un salón de té elegante o en una biblioteca pública. Pero, si usted es tímido, puede que le falte la experiencia para saber cuáles son esas diferencias.

Existen varias maneras en que pueden comenzar tas relaciones sociales. Usted puede ser presentado a alguien, o puede abordar usted mismo a esa persona. Quizá abordará usted a alguien expresándole claramente sus motivos, o se valdrá de un pretexto. También puede usted hacerle a la persona una pregunta referente a una actividad o tarea común. Decirle, por ejemplo: "Hola... ¿Verdad que tú vives en la calle tal, enfrente de mi casa? [Pausa para la respuesta del otro.] ¿Sabrías por casualidad por dónde pasa el autobús?". Aun cuando su pregunta haya sido respondida, quedará abierta la puerta para una relación más in formal y comunicativa. El pretexto del autobús ha cumplido su función. En una situación laboral, dos personas pueden reunirse para hablar de alguna tarea o algún asunto de la empresa. Abordar a alguien con un pretexto es una manera muy segura de empezar una relación, y puede "esconder" adecuadamente los verdaderos motivos.

Otra táctica consiste en abordar a alguien más di rectamente para una conversación en sociedad, y dejar claro desde el principio que ésta es su intención. Observemos la siguiente manera de iniciar un contacto social verdaderamente corriente.

John se ha fijado en Rosemary, una compañera de clase, y lleva quince días pensando acercarse a ella y pedirle que almuerce con él. La aborda un día después de la clase, y le dice lo siguiente: "¡Hola, Rosemary!" [Pausa para que ella responda algo]. No quiero que pienses que soy un atrevido, pero hace días que vengo pensando en invitarte a almorzar. Me he fijado en que sueles almorzar sola o con tu amiga Joan, y como hoy Joan no ha venido he pensado que quizá querrías almorzar conmigo. Lo único que quiero es estar un rato contigo. Me gustaría charlar un rato y pasar agradablemente la hora del almuerzo, en plan amistoso. Me alegraría mucho que aceptases mi oferta, pero espero que no te sientas de ninguna manera obligada a aceptar».

Aunque la explicación de John es muy sincera, pues expone totalmente sus motivos, no por ello deja de ser totalmente inadecuada. Es contraria a una serie de normas que existen acerca de los encuentros iniciales en ese contexto concreto. Si a usted se le hiciese una petición así, quizá pensaría que se trata de una persona rara y le respondería que no, o pensaría tal vez que hablaba en serio respecto a su deseo de tener compañía, y usted sospecharía que le esperaba un rato no demasiado agradable durante la hora del almuerzo. Aunque a la mayoría de las personas les gusta estar acompañadas durante sus ratos libres, no les agradan las situaciones directamente encaminadas a satisfacer necesidades «declaradas» de contacto humano. Tener estas necesidades es una condición biológica del ser humano, pero revelarlas no es prerrogativa de todos.

Habitualmente, cuando una persona se muestra demasiado directa al hablar de sus intenciones en una relación social, la otra persona siente un cierto temor a tener que enfrentarse a una solicitud tan importante. En la mayoría de las situaciones, lo más adecuado en camuflar las intenciones para que la otra persona pueda salvar las apariencias y no sentirse abrumada por tales peticiones. Por otra parte, las actividades del tiempo libre deberían ser agradables, divertidas e intrascendentes. Incluso, si hemos de admitir la validez y utilidad del término, los ratos de ocio y las reuniones informales tienen el objetivo específico de ser superficiales, si entendemos por superficialidad la ausencia de una visceral y profunda inmersión en una cié haga de pensamientos y sentimientos privados. Es mejor que reserve todo eso para su sacerdote, para su amigo psicólogo o para la persona con la que mantiene una relación próxima, íntima y solidaria.

Observemos ahora la forma en que Alex prepara un modo de abordar a Helen y lo consigue con éxito. He- len es una atractiva joven, compañera suya de clase, con la que él deseaba hacer amistad desde hacía tiempo. Por fin encuentra la oportunidad, cuando se le ocurre que le hablará de los comentarios de ella en la clase ese día. Al pensar en ello, decide que su táctica será empezar por decirle que la considera «un genio» y que da la impresión de tener grandes conocimientos sobre el tema en cuestión.

Después de la clase, Alex espera a que Helen salga del aula, y cuando acaba de cruzar la puerta se le acerca y le dice: «Oye, sabes mucho de este tema... ¡Podrías especializarte en él!».

Helen le responde: «Ah, sí. Al cabo de un tiempo, uno llega a haber leído un montón, y todo se complementa».

Mex sonríe y dice: «Espero que no te molestes, pero no estoy de acuerdo en todo lo que has dicho».

Curiosa, Helen le replica: «Ah, ¿no? [Se ríe.] Y, ¿con qué no estás de acuerdo?».

Ahora los dos están avanzando por el pasillo en la misma dirección, y siguen hablando de temas estrictamente académicos e intelectuales. Mex no sabe si Helen tiene un rato libre o si debe irse corriendo a alguna parte. No quiere invitarla a tomar café con él, pues teme que su petición sea tomada como una invitación demasiado clara a la relación personal, y teme también, si ella le responde que tiene prisa, no saber si eso es cierto o si la ha asustado con su forma de actuar demasiado rápidamente.

 

Alex se decide, pues, por una estrategia de compro miso, y dice: "Bueno, es que ahora no sé si tenemos tiempo de hablar. Podríamos continuar la conversación en otro momento. ¿Tú tienes otra clase ahora mismo?". De este modo, da la impresión de que le interesa continuar la discusión pero está dispuesto a aplazarla para otro rato. Deja la puerta abierta a la posibilidad de seguir hablando con la joven en aquel mismo momento.

Helen le responde: «No, no tengo clase hasta más tarde».

Entonces, Alex le dice: «Iba a tomarme un café. ¿Quieres venir conmigo? Así podremos hablar». Alex consiguió hacer su petición de un modo muy informal. No quería que Helen se sintiese presionada, pues la joven apenas le conocía y posiblemente no desearía verse en una situación embarazosa en la cual quizás hubiese de «frenarle» si él iniciaba algo.

Mientras toman café, Helen y Mex siguen hablando de temas relacionados con sus estudios durante unos diez minutos, y después él cambia ligeramente el tema de la conversación preguntando: «¿Piensas hacer la tesis sobre este tema?». Ésta es la primera señal para un cambio en el tono general de la conversación. En pocos momentos, su forma de comunicarse cambia y pasa de una discusión convencional a una charla más informal y amistosa. Esto era lo que Alex se había pro puesto desde el principio, pero, para hacérselo más fácil a sí mismo y a Helen, había tenido que ofrecer un pretexto aceptable.

A diferencia de algunas corrientes de pensamiento, no consideramos esta maniobra carente de honradez. La consideramos, por el contrario, como una táctica muy adecuada que cumple una función positiva a la hora de iniciar una relación. Desde el punto de vista es mucho más adecuada y convencional -y por tilo más útil para «ocultar» inicialmente los verdaderos motivos, y facilitar después el comienzo de la relación- que el saltarse todas las barreras sociales y hablar con absoluta franqueza, lo cual, en la práctica, demasiado fuerte para ser aceptado.

Algunas personas habrían recomendado a Alex que dirigiese a Helen y le dijese: «Hola. Hoy, en la da se me he fijado en ti. Si tienes un momento, ¿por qué no bajamos a tomar un café?».

Esta inhabitual forma de iniciar una relación debería reservarse para los grupos donde la franqueza y la sinceridad no amenazan a otras personas, y donde a persona que hace la petición no se siente rechazada si la otra le responde: "Gracias, eres muy amable, pero tengo el tiempo justo para ir al lavabo y correr a tomar el autobús. Podríamos dejarlo para otro momento, quizá para mañana. ¿Qué te parece?". Este tipo de conversaciones directas, francas y sin compromiso dependen más de sus protagonistas que de la peculiaridad de cada contexto social. Pero lo que importa es que existen demasiados grupos en los que la gente reacciona con suspicacia, inquietud y a veces resentimiento ante este tipo de peticiones. En consecuencia, la decisión de utilizar este modo de iniciar relaciones sociales debería basarse en una previsión de las reacciones que podría suscitar en el otro. Los elementos sociales que en un grupo son estables pueden no ser tácticas útiles ni válidas en otro grupo.

Las habilidades verbales para iniciar con delicadeza una relación en un bar o en una discoteca pueden, por ejemplo, implicar algo como lo siguiente: si usted está junto a una persona del sexo opuesto, tomando una copa y pensando qué puede hacer para conocerle o conocerla, quizá sean adecuadas las siguientes fórmulas:

1. «s.f... (pausa de unos segundos). ¡Qué calor hace aquí!»

2. «Oye... (pausa de unos segundos). Esa bebida tuya parece realmente sensacional. ¿Qué es?»

3. «Es buena la música de aquí, ¿verdad?»

4. «(Perdona (espera a obtener la atención del otro), ¿tienes fuego? (o bien: ¿Qué hora es? o ¿A qué hora cierran aquí?).»

 

En todas estas frases introductorias, es importante esperar a que la persona a la que usted se dirige haya terminado de hablar con los demás y pueda atender a lo que usted le dice. También es importante esperar a obtener la atención de dicha persona una vez ha pronunciado usted la primera frase, en vez de seguir diciendo apresuradamente lo que tenga usted pensado. Si es usted tímido, quizá suelte rápidamente lo que lleve preparado, sin, esperar a que la otra persona le mire. Las personas más capaces socialmente se sien ten muy tranquilas, y se toman su tiempo; hacen pausas y esperan que se les envíen señales no verbales de aceptación antes de decir lo que tienen pensado. In tente imitarles y tomárselo con calma.

Estoy seguro de que usted habrá visto que algunas personas se arriesgan a abrir el fuego con una frase inicial y directa como la siguiente: «Hola. ¿Cómo estás? ¿Cómo te llamas?» La persona a la que se dirigen estas preguntas puede sentirse intimidada por esta audacia y deducir en el otro un cierto grado de arrogancia. A la mayoría de las personas no les agrada tener que enfrentarse a tanta seguridad. Incluso las personas físicamente atractivas fracasan a menudo cuando utilizan la arrogancia; lo que el otro supone inmediatamente es que se trata de alguien presuntuoso. A la gente no suele gustarle la presunción y la vanidad, pues siente que el tratar con una persona demasiado según de sí misma les coloca en una situación de desventaja; sienten que tienen que competir y esforzarse por mantener el mismo nivel de seguridad de que hace gala el otro. La persona que no se presenta con demasiada decisión, sino que muestra un cierto grado de reticencia y vacilación al presentarse en público, suele ser mucho mejor recibida.

Por otra parte, las mujeres deberían comprender que, cuando los hombres se comportan de una manera audaz y autoritaria, ello se debe generalmente a razones defensivas. Algunos hombres creen que es mejor ser des corteses que ser rechazados después de haber sido corteses. En algunas ocasiones, muy pocas, cuando dos personas acaban de conocerse, se juega a «a ver quién es el mejor» o a «a ver quién puede asustar primero al otro» en un tono gracioso y divertido. Se intercambian una serie de bromas y tomaduras de pelo, y se juega a inofensivos «yo lo hago mejor que tú». Sin embargo, aunque estos juegos pueden ser agradables y cumplen la función de romper el hielo, casi nunca salen bien del todo, y debería usted evitarlos a no ser que esté dispuesto a correr grandes riesgos y que no tema el fracaso.

La mayor parte de la gente va a los bares, a los bailes para solteros y a las discotecas con el propósito fundamental de relacionarse y conocer a gente nueva. Los ambientes laborales, al contrario de los ambientes sociales, se orientan hacia el trabajo, de modo que las relaciones informales y sociales son a menudo más difíciles. Pero hay algunas personas que, en el trabajo o en situaciones convencionales en las que hay que realizar alguna tarea, no pueden hacer abstracción de su en torno inmediato, y por ello nunca emprenden relaciones sociales o informales. Pueden cruzarse con compañeros en el pasillo y no saludarles nunca, ni dirigirles siquiera una sonrisa. En el otro extremo están aquellos que pueden relacionarse de manera social e informal y que nunca parecen capaces de adoptar formas de relación orientadas hacia el trabajo: el bromista de la clase, el payaso de la oficina o la persona que sólo puede ser muy campechana, ligera o superficial, seguramente resultarán difíciles a la hora de relacionarse con ellos cuando el contexto exige trabajo y funciones orientadas a un fin específico.

Si usted hubiese de analizarlo, descubriría que, en el curso de un día cualquiera, entra en contacto con varios -por no decir muchos- ambientes sociales, cada uno de los cuales requiere un tipo diferente de relación. El saludar a un compañero del sexo opuesto por primera vez, una mañana, implica un tono informal. Sin embargo, media hora después, la relación puede ser más formal y laboral cuando los dos hablan del informe anual que hay que elaborar. Una hora más tarde, quizá les toque ser rivales en una reunión de trabajo en la que tienen que reunir información, hacer sugerencias o tomar alguna decisión. Más tarde, sus relaciones pueden darse durante la hora del almuerzo, en la que el interés se centra en el concurso de patinaje artístico del día anterior. Y, por la tarde, a la hora del café, quizás acaben por hablar de la caza de focas en primavera.

Cada contexto social lleva consigo alguna especificación de qué postura o personalidad social debería usted adoptar para estar a la altura de las circunstancias. El ser capaz de cambiar de actitud y de adoptar diferentes papeles, y de relacionarse de un modo correcto y adecuado al ambiente es una característica de las personas bien adaptadas socialmente. Este tipo de versatilidad les permite entrar y salir de diferentes ambientes con gran facilidad, y mostrarse siempre a la altura de las circunstancias. Ésta es una cualidad que se encuentra entre quienes han superado sus problemas de timidez. Si usted carece de ductilidad o es poco flexible en sus formas de relacionarse, se verá obligado a comportarse de la misma manera en ambientes sociales muy diferentes entre sí, o acabará por evitar todas las situaciones sociales nuevas que requieran habilidades sociales que no posee: con la primera opción presentará usted una imagen agradable y previsible, lo cual es muy respetable pero también muy aburrido y socialmente deprimente cuando es lo único que puede mostrar su personalidad; con la segunda opción, se encamina usted hacia el ostracismo y la soledad.

LAS PAUSAS DEL ALMUERZO

 

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