Desarrollar
la autoestima de los demás
Aunque
cada uno de nosotros es el responsable último de su autoestima, tenemos
la oportunidad de apoyar o atacar la autoconfianza y el autorrespeto de
cualquier persona que tratemos, así como los demás también tienen la
misma opción en sus relaciones con otros.
Probablemente
todos recordemos ocasione en que alguien nos tratço de un modo que reconocía
tanto nuestra divinidad como la suya. Y también podemos recordar
ocasiones en que alguien nos trató como si el concepto de dignidad humana
no existiera. Sabemos bien qué diferente sensación nos dejan estas dos
clases de experiencia.
Si
damos la vuelta a este ejemplo, probablemente todos recordemos ocasiones
en que tratamos a alguien con un espíritu de dignidad mutua. Y quizás
recordemos otras en las que, a causa del miedo o la ira, descendimos a un
nivel de comunicación apenas humano, en el que la dignidad perdió todo
su significado. Y también sabemos de qué modo tan diferente se viven
esos dos tipos de experiencias.
Cuando
nuestras relaciones humanas tienen dignidad, las gozamos más; y cuando nosotros
manifestamos dignidad, nos gustamos más a nosotros mismos.
Cuando
nos comportamos de tal manera que acabamos elevando la autoestima de los otros,
también estamos aumentando la nuestra.
Veamos
algunas de esas maneras:
Hay
ciertos psicoterapeutas que pueden provocar un profundo impacto en la
autoestima de la gente que los consulta. Quizás practiquen orientaciones
teóricas muy diversas y empleen técnicas muy diferentes, y sin embargo
en su presencia el paciente se siente impulsado a elevar su autoestima, a
medida que descubre nuevas posibilidades de funcionamiento que antes nunca
había considerado como reales.
Si
comprendemos algunas de las características más importantes del modo en
que se relacionan estos terapeutas con la gente, podremos aplicar esos
principios a nuestras propias interacciones. En este conocimiento no hay
nada de esotérico. Idealmente, debería ser accesible a todos. Mi sueño
personal es que algún día se enseñe en las escuelas.
A
través de los años muchas veces he preguntado a mis pacientes (y también
lo han hecho numerosos estudiantes) cuáles de mi conductas eran, según su
experiencia, las más provechosas para el fortalecimiento de su autoestima.
Algunas de estas conductas eran mencionadas una y otra vez. Ninguna es de
mi exclusividad. Podrán identificarlas en cualquier psicoterapeuta que
sepa cómo provocar el desarrollo de la autoestima.
Para
comenzar, tratamos a los seres
humanos con la premisa del respeto.
Para mí, este es el primer imperativo de una psicoterapia eficaz. Eso
se transmite en el modo en que saludo a mis pacientes cuando llegan al
consultorio, y en mi manera de mirarlos, de hablarles y de escucharlos.
Abarca cosas como la cortesía,
el contacto visual, no ser condescendiente, no ser moralista, escuchar con
atención, preocuparse por comprender y ser comprendido, ser adecuadamente
espontáneo, rechazar el papel de autoridad omnisciente, negarse a creer
que el paciente es incapaz de evolucionar.
El respeto es constante, sea cual fuere la conducta del paciente. Con ello
se transmite este mensaje: un ser humano es una entidad que merece
respeto. Un paciente para el cual verse tratado de esta manera pueda
resultar una experiencia rara o incluso única, tal vez se sienta
estimulado, con el tiempo, a reestructurar el concepto que tiene de sí
mismo.
Recuerdo
a un hombre que me dijo cierta vez: "Reflexionando sobre nuestra
terapia, creo que nada de lo que he hecho impidió que siempre me sintiera
respetado por usted. Yo hice todo lo que pude para despreciarme y
considerarme un inútil. Trataba de que usted actuara como mi padre. Pero
usted se negó a colaborar. De algún modo tuve que hacer frente a eso; al
principio me resultó difícil, pero cuando lo logré, la terapia empezó a
surtir efecto." Recordé que en una de nuestras primeras sesiones el
hombre había observado: "Mi padre le hablaría a cualquier ayudante de
cocina con más cortesía que la que jamás ha empleado conmigo".
Cuando
un paciente describe sus sentimientos de miedo, dolor o ira, no lo ayudo
si le respondo: "¡Oh, no debería sentir eso!" Un terapeuta no es
un animador. Es muy valioso (para cualquier tipo de paciente) expresar
los propios sentimientos sin tener que hacer frente a críticas, condenas,
burlas o sermones. A
menudo el proceso de expresión es ya intrínsecamente reparador. Un
terapeuta que se siente incómodo cuando un paciente expresa sentimientos
intensos necesita trabajar consigo mismo.
Saber escuchar con serenidad y comprensión es algo básico en las artes
curativas. También es básico para la autentica amistad, y para el amor.
Compárese
esta actitud con la de aquello amigos que, cuando alguien intenta
comunicarles emociones intensas, lo interrumpen para darle un sermón, o
una serie de consejos, o cambian de tema directamente; como si esos amigos
no tuvieran confianza en nadie, ni siquiera en sí mismos.
Considero
que una de mis principales tareas como terapeuta es crear un contexto en
el que las personas que vienen a mí puedan expresar sus pensamientos y
opiniones sin miedo al ridículo o al reproche. Pero es claro que una
política semejante no debería quedar reducida a los psicoterapeutas. Si
está usted de acuerdo en que no gana nada consiguiendo que la gente tenga
miedo de hablar en su presencia, pregúntese si ha logrado crear o no un
contexto abierto. Una de las experiencias que muchas personas esperan
tener en la terapia (y también fuera de ella) es la de ser
visibles: ser vistas y comprendidas.
Quizás se hayan sentido alienadas e invisibles desde la infancia, y ansían
percibirse de una forma diferente. Respeto este deseo y comprendo su
legitimidad; por ello, trato de responder apropiadamente compartiendo mis
observaciones con el paciente y proporcionándole una realimentación que
le permita sentirse visto y oído. "Me
pareció oírle decir." "Imagino que usted estará sintiendo."
"En este momento parece como si usted." "Permítame decirle cómo
entiendo yo su punto de vista.", etcétera.
Sin
duda, esto es comunicación humana, y no sólo comunicación
psicoterapéutica. Todos necesitamos la experiencia de la visibilidad y
la comprensión. ¿No deberíamos tratar de ofrecérnosla mutuamente,
para que forme parte natural de las relaciones humanas?
Los
terapeutas eficaces juzgan, pero no enjuician. Juzgan, en cuanto es obvio
que evalúan unas conductas como superiores a otras desde el punto de
vista de la felicidad y el bienestar a largo plazo del paciente. No son
tan hipócritas como para pretender que carecen de parámetros, o que o
hay cosas que les gustan y otras que les disgustan. Pero no moralizan y
no tratan de cambiar una conducta provocando sentimiento de culpa. Así,
no dicen: "Solo un enfermo podría hacer eso". O bien: "¿Sabe lo
inmoral que es usted?" O: "Mientras no reconozca que es un depravado,
no podré ayudarlo". O: "Usted no es muy inteligente, ¿verdad?"
Cuando
bombardeamos a la gente con nuestras evaluaciones de su carácter,
inteligencia y cosas parecidas, podremos intimidarla pero no ayudarla a
evolucionar, adquirir confianza o aumentar su autorrespeto. Y la
alternativa de ser moralista y juez no consiste en bombardearla con
cumplidos y elogios fuera de lugar: a menudo esto intensifica los
sentimientos de minusvalía (o de invisibilidad) en quien lo recibe, ya
que sabe que el que habla no es sincero. Podemos aprender a decir que algo
o alguien nos gusta o no nos gusta, que lo admiramos o no lo admiramos,
sin calificar, atacar o alabar de un modo irrealista.
"Realmente disfruto cuando usted.", "No me siento cómodo cuando
usted.", "Me sentí herido cuando usted.", "Me sentí
inspirado por su.", etcétera.
En
mi experiencia, los buenos terapeutas son compasivos pero no
sentimentales, y no estimulan la pasividad ni la autocompasión. Muchos de
mis pacientes han comentado la importancia de esta distinción para su
progreso en la terapia. Yo pregunto: "¿Qué
alternativas ve para usted?", "¿Qué cree que podría hacer para
mejorar sus situación?", "¿Qué accionista dispuesto a realizar?"
Si la persona está empezando a expresar su sufrimiento, no la
interrumpo con tales preguntas, pero por lo general siempre llega un
momento en que hay que hacerlas. Creo que una parte de mi trabajo
consiste en despertar en el paciente una orientación hacia la acción.
En
el trato con la familia, los amigos o los socios, siempre surgirán
ocasiones en las que podamos ayudarlos, si así lo queremos, transmitiéndoles
esta perspectiva.
Los
terapeutas eficaces son amables pero no permiten que sus pacientes abusen
de ellos. Por ejemplo, no dejan que los llamen a cualquier hora del día
o de la noche por asuntos triviales. No admiten ser explotados en el orden
económico. Exigen que se reconozca el valor de su tiempo. No dejan de
enfrentarse a un paciente que los ha tratado con hostilidad o en forma
agraviante (a menos que se trate de una estrategia de tiempo
limitado con fines terapéuticos). Trazan líneas de demarcación y
establecen límites. Como hacen los buenos padres. Como hacen los amigos
inteligentes. Como hacen las personas que se respetan a si mismas en todos
los ámbitos. Al cuidar debidamente de sí mismos, de sus propias
necesidades y de su tiempo, los terapeutas dan un ejemplo. Dicen: así es
como me trato yo, y así es como debería tratarse usted. De ese modo no
se produce ningún choque entre el egoísmo racional (honorable respeto
por los propios intereses), por un lado, y la responsabilidad profesional,
por el otro.
Esto
es importante para todos nosotros. Así como los padres autosacrificados
no dan un buen ejemplo a sus hijos ("Renuncié a mi vida por ti"), sino
que sélo les enseñan que es positivo considerarse objetos de sacrificio
-lo cual tiende a generar resentimiento, odio y sentimientos de culpa en
los hijos-, del mismo modo los amigos autosacrificados ("Mis necesidades
no importan") son una carga, y no una alegría, ni una inspiración, ni
un ejemplo de cualquier cosa positiva que deseemos aprender.
Estoy
profundamente convencido de que incluso la más indeseable de las
conductas produce en algún nivel un beneficio funcional, dentro del
conocimiento y el contexto del individuo en cuestión. Por lo tanto, deseo
comprender el modelo de sí-mismo-en-el-mundo a partir del cual obra el
paciente, renunciando a la mera descalificación de su conducta por
"descabellada". Por ejemplo, los gritos airados de una esposa, que
pueden ser muy desagradables para el que los escucha, tienen su propio,
triste sentido si sabemos que no logra atraer con ninguna otra cosa la
atención de su marido, y que ignora si hay una alternativa que quizá le
daría mejores resultados.
Para
repetir un punto ya tratado anteriormente, si nos limitamos a calificar a
una persona de "corrupta", "irreflexiva", "inmoral", etcétera,
no la comprenderemos. Para comprenderla, es necesario que conozcamos el
contexto en el cual su conducta adquiere algún sentido o se vuelve
conveniente o incluso necesaria par ella, aunque objetivamente sea por
completo irracional.
En
el nivel de las relaciones personales, esto significa ayudar a una persona
que se está comportando inadecuadamente a identificar cuáles son sus
motivos para hacerlo, averiguar qué necesidades está tratando de
satisfacer; en otras palabras, proporcionar a esa persona la comprensión
y la compasión que, según sugerí antes, debemos darnos a nosotros
mimos. "¿Qué sentía usted en ese
momento?", "¿Qué opciones tenia?", "¿Qué pensaba usted que
estaba diciendo esa persona contra la cual reaccionó con tanta
violencia?", "¿Cómo veía usted la situación?"
Obviamente, no podemos practicar esta política del mismo modo con todas
las personas; pero con los que amamos o realmente nos importan -o quizás
con gente que trabajamos- es una arma poderosa.
Recuerde
que el sentimiento de culpa paralizador no sirve para nada. Y con esto no
quiero decir que debe hacerse caso omiso de las actuaciones equivocadas o
alentar la amoralidad. Hay veces en que necesitamos decir: "Su conducta
me resulta completamente inaceptable", o aun: "No quiero asociarme con
usted". Pero si nuestra meta es provocar un cambio de conducta y un
aumento de la autoestima para apoyar ese cambio, la estrategia antes
sugerida es la más recomendable en muchos casos.
Una
de las características de los terapeutas eficaces, como de los mejores
maestros y entrenadores, es que saben que sus pacientes poseen mayores
potencialidades que las que ello mismos (los pacientes) pueden
reconocer. "¿Usted no se cree capaz de aprender el álgebra? Yo creo
que podrá." "¿No se cree capaz de saltar más alto? inténtelo otra
vez." "¿Dice usted que no se atreve a actuar en contra de las
creencias de sus padres? Yo creo que usted es capaz de pensar por sí mismo
y responsabilizarse de su propia vida." En otras
palabras, no se dejan convencer por el concepto negativo que tiene, de sí
misma, la persona. Éste es un punto de máxima importancia.
Una
vez, un paciente dijo esto a un joven psicólogo que estudiaba conmigo:
"Si usted me preguntara cuáles son, en mi opinión, los factores más
determinantes del éxito de la terapia, pondría en primer lugar la
convicción de Nathaniel de que yo podía hacer todas las cosas que, a
mi juicio, no podía hacer. Yo ni siquiera pensaba que podría ganarme la
vida haciendo algo que me gustara. Ahora lo estoy haciendo. Jamás pude
imaginarme feliz en el amor; ahora lo soy. Solía decirle a Nathaniel que
para mí no había esperanzas, y él me respondía más o menos así: Ya lo
he oído. ¿Seguimos?´"
Si
deseamos alimentar la autoestima de otra persona, hemos de relacionarnos
con ella desde nuestra concepción de lo que merece y lo que vale,
proporcionándole una experiencia de aceptación y respeto. Debemos
recordar que la mayoría de nosotros tendemos a subestimar nuestros
recursos interiores, y guardar este pensamiento en un lugar central de
nuestra conciencia. Estamos más capacitados de lo que creemos. Si tenemos
presente esto, los demás podrán adquirir este conocimiento a partir de
nosotros, casi por contagio.
Podemos
aprender, por ejemplo, a escuchar la expresión de los sentimientos de una
persona, aunque esos sentimientos consistan en dudas sobre sí misma y su
seguridad. Y podemos escucharla sin ceder al impulso de sermonear o
discutir, porque comprendemos que el reconocimiento pleno y la experiencia
de los propios sentimientos indeseados es el primer paso para superarlos.
Desde
luego, a veces una persona puede hacer observaciones despectivas sobre sí
misma como una treta para que nosotros discrepemos con ella y le hagamos
cumplidos. Podemos negarnos a participar en ese juego, diciendo:
"Me pregunto cuál será el beneficio que obtiene usted maltratándose
así".
Puede
resultar muy difícil seguir creyendo en otra persona si ella no cree en sí misma. Sin embargo, uno de los más grandes regalos que podemos hacerle
a alguien es nuestra negativa a aceptar su pobre concepto de sí mismo,
zambulléndonos en su interior hasta llegar al sí-mismo
más profundo y más
intenso, aunque sólo se trate de una potencialidad. Quizá nunca lo
consigamos. Lo único que podemos hacer es intentarlo. Lo óptimo seria que
pudiéramos sacar a la luz lo mejor que yace oculto en el interior de una
persona, pero como mínimo, podremos fortalecer lo mejor que hay dentro de
nosotros mismos.
Por
último, cualquiera que sea nuestra capacidad de ser racionales,
coherentes y firmes en nuestro trato con la gente, les presentaremos una
impresión inteligible y comprensible de la realidad (y todo
psicoterapeuta competente, como todo ser humano que se respete a sí mismo,
se esfuerza por ofrecer esta cordura en sus interacciones). Al obrar así,
le estamos diciendo: su mente es apta para tratar conmigo; no le ofrezco
una impresión abrumadora y contradictoria de la realidad, que podría
dejarlo confundido, impotente y desanimado.
Y si somos racionales y
coherentes, por supuesto que nuestra autoestima saldrá beneficiada.