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CÓMO MEJORAR 
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Basado en las Investigaciones de Nathaniel Branden

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Desarrollar la autoestima de los demás

Aunque cada uno de nosotros es el responsable último de su autoestima, tenemos la oportunidad de apoyar o atacar la autoconfianza y el autorrespeto de cualquier persona que tratemos, así como los demás también tienen la misma opción en sus relaciones con otros.

Probablemente todos recordemos ocasione en que alguien nos tratço de un modo que reconocía tanto nuestra divinidad como la suya. Y también podemos recordar ocasiones en que alguien nos trató como si el concepto de dignidad humana no existiera. Sabemos bien qué diferente sensación nos dejan estas dos clases de experiencia.

Si damos la vuelta a este ejemplo, probablemente todos recordemos ocasiones en que tratamos a alguien con un espíritu de dignidad mutua. Y quizás recordemos otras en las que, a causa del miedo o la ira, descendimos a un nivel de comunicación apenas humano, en el que la dignidad perdió todo su significado. Y también sabemos de qué modo tan diferente se viven esos dos tipos de experiencias.

 

Cuando nuestras relaciones humanas tienen dignidad, las gozamos más; y cuando nosotros manifestamos dignidad, nos gustamos más a nosotros mismos.

Cuando nos comportamos de tal manera que acabamos elevando la autoestima de los otros, también estamos aumentando la nuestra.

Veamos algunas de esas maneras:

Hay ciertos psicoterapeutas que pueden provocar un profundo impacto en la autoestima de la gente que los consulta. Quizás practiquen orientaciones teóricas muy diversas y empleen técnicas muy diferentes, y sin embargo en su presencia el paciente se siente impulsado a elevar su autoestima, a medida que descubre nuevas posibilidades de funcionamiento que antes nunca había considerado como reales.

Si comprendemos algunas de las características más importantes del modo en que se relacionan estos terapeutas con la gente, podremos aplicar esos principios a nuestras propias interacciones. En este conocimiento no hay nada de esotérico. Idealmente, debería ser accesible a todos. Mi sueño personal es que algún día se enseñe en las escuelas.

A través de los años muchas veces he preguntado a mis pacientes (y también lo han hecho numerosos estudiantes) cuáles de mi conductas eran, según su experiencia, las más provechosas para el fortalecimiento de su autoestima. Algunas de estas conductas eran mencionadas una y otra vez. Ninguna es de mi exclusividad. Podrán identificarlas en cualquier psicoterapeuta que sepa cómo provocar el desarrollo de la autoestima.  

Para comenzar, tratamos a los seres humanos con la premisa del respeto. Para mí, este es el primer imperativo de una psicoterapia eficaz. Eso se transmite en el modo en que saludo a mis pacientes cuando llegan al consultorio, y en mi manera de mirarlos, de hablarles y de escucharlos. Abarca cosas como la cortesía, el contacto visual, no ser condescendiente, no ser moralista, escuchar con atención, preocuparse por comprender y ser comprendido, ser adecuadamente espontáneo, rechazar el papel de autoridad omnisciente, negarse a creer que el paciente es incapaz de evolucionar. El respeto es constante, sea cual fuere la conducta del paciente. Con ello se transmite este mensaje: un ser humano es una entidad que merece respeto. Un paciente para el cual verse tratado de esta manera pueda resultar una experiencia rara o incluso única, tal vez se sienta estimulado, con el tiempo, a reestructurar el concepto que tiene de sí mismo.

Recuerdo a un hombre que me dijo cierta vez: "Reflexionando sobre nuestra terapia, creo que nada de lo que he hecho impidió que siempre me sintiera respetado por usted. Yo hice todo lo que pude para despreciarme y considerarme un inútil. Trataba de que usted actuara como mi padre. Pero usted se negó a colaborar. De algún modo tuve que hacer frente a eso; al principio me resultó difícil, pero cuando lo logré, la terapia empezó a surtir efecto." Recordé que en una de nuestras primeras sesiones el hombre había observado: "Mi padre le hablaría a cualquier ayudante de cocina con más cortesía que la que jamás ha empleado conmigo".

Cuando un paciente describe sus sentimientos de miedo, dolor o ira, no lo ayudo si le respondo: "¡Oh, no debería sentir eso!" Un terapeuta no es un animador. Es muy valioso (para cualquier tipo de paciente) expresar los propios sentimientos sin tener que hacer frente a críticas, condenas, burlas o sermones. A menudo el proceso de expresión es ya intrínsecamente reparador. Un terapeuta que se siente incómodo cuando un paciente expresa sentimientos intensos necesita trabajar consigo mismo. Saber escuchar con serenidad y comprensión es algo básico en las artes curativas. También es básico para la autentica amistad, y para el amor.

Compárese esta actitud con la de aquello amigos que, cuando alguien intenta comunicarles emociones intensas, lo interrumpen para darle un sermón, o una serie de consejos, o cambian de tema directamente; como si esos amigos no tuvieran confianza en nadie, ni siquiera en sí mismos.

Considero que una de mis principales tareas como terapeuta es crear un contexto en el que las personas que vienen a mí puedan expresar sus pensamientos y opiniones sin miedo al ridículo o al reproche. Pero es claro que una política semejante no debería quedar reducida a los psicoterapeutas. Si está usted de acuerdo en que no gana nada consiguiendo que la gente tenga miedo de hablar en su presencia, pregúntese si ha logrado crear o no un contexto abierto. Una de las experiencias que muchas personas esperan tener en la terapia (y también fuera de ella) es la de ser visibles: ser vistas y comprendidas. Quizás se hayan sentido alienadas e invisibles desde la infancia, y ansían percibirse de una forma diferente. Respeto este deseo y comprendo su legitimidad; por ello, trato de responder apropiadamente compartiendo mis observaciones con el paciente y proporcionándole una realimentación que le permita sentirse visto y oído. "Me pareció oírle decir." "Imagino que usted estará sintiendo." "En este momento parece como si usted." "Permítame decirle cómo entiendo yo su punto de vista.", etcétera.

Sin duda, esto es comunicación humana, y no sólo comunicación psicoterapéutica. Todos necesitamos la experiencia de la visibilidad y la comprensión. ¿No deberíamos tratar de ofrecérnosla mutuamente, para que forme parte natural de las relaciones humanas?

Los terapeutas eficaces juzgan, pero no enjuician. Juzgan, en cuanto es obvio que evalúan unas conductas como superiores a otras desde el punto de vista de la felicidad y el bienestar a largo plazo del paciente. No son tan hipócritas como para pretender que carecen de parámetros, o que o hay cosas que les gustan y otras que les disgustan. Pero no moralizan y no tratan de cambiar una conducta provocando sentimiento de culpa. Así,  no dicen: "Solo un enfermo podría hacer eso". O bien: "¿Sabe lo inmoral que es usted?" O: "Mientras no reconozca que es un depravado, no podré ayudarlo". O: "Usted no es muy inteligente, ¿verdad?"

Cuando bombardeamos a la gente con nuestras evaluaciones de su carácter, inteligencia y cosas parecidas, podremos intimidarla pero no ayudarla a evolucionar, adquirir confianza o aumentar su autorrespeto. Y la alternativa de ser moralista y juez no consiste en bombardearla con cumplidos y elogios fuera de lugar: a menudo esto intensifica los sentimientos de minusvalía (o de invisibilidad) en quien lo recibe, ya que sabe que el que habla no es sincero. Podemos aprender a decir que algo o alguien nos gusta o no nos gusta, que lo admiramos o no lo admiramos, sin calificar, atacar o alabar de un modo irrealista. "Realmente disfruto cuando usted.", "No me siento cómodo cuando usted.", "Me sentí herido cuando usted.", "Me sentí inspirado por su.", etcétera.

En mi experiencia, los buenos terapeutas son compasivos pero no sentimentales, y no estimulan la pasividad ni la autocompasión. Muchos de mis pacientes han comentado la importancia de esta distinción para su progreso en la terapia. Yo pregunto: "¿Qué alternativas ve para usted?", "¿Qué cree que podría hacer para mejorar sus situación?", "¿Qué accionista dispuesto a realizar?" Si la persona está empezando a expresar su sufrimiento, no la interrumpo con tales preguntas, pero por lo general siempre llega un momento en que hay que hacerlas. Creo que una parte de mi trabajo consiste en despertar en el paciente una orientación hacia la acción.

En el trato con la familia, los amigos o los socios, siempre surgirán ocasiones en las que podamos ayudarlos, si así lo queremos, transmitiéndoles esta perspectiva.

Los terapeutas eficaces son amables pero no permiten que sus pacientes abusen de ellos. Por ejemplo, no dejan que los llamen a cualquier hora del día o de la noche por asuntos triviales. No admiten ser explotados en el orden económico. Exigen que se reconozca el valor de su tiempo. No dejan de enfrentarse a un paciente que los ha tratado con hostilidad o en forma agraviante (a menos que se trate de una estrategia de tiempo limitado con fines terapéuticos). Trazan líneas de demarcación y establecen límites. Como hacen los buenos padres. Como hacen los amigos inteligentes. Como hacen las personas que se respetan a si mismas en todos los ámbitos. Al cuidar debidamente de sí mismos, de sus propias necesidades y de su tiempo, los terapeutas dan un ejemplo. Dicen: así es como me trato yo, y así es como debería tratarse usted. De ese modo no se produce ningún choque entre el egoísmo racional (honorable respeto por los propios intereses), por un lado, y la responsabilidad profesional, por el otro.

Esto es importante para todos nosotros. Así como los padres autosacrificados no dan un buen ejemplo a sus hijos ("Renuncié a mi vida por ti"), sino que sélo les enseñan que es positivo considerarse objetos de sacrificio -lo cual tiende a generar resentimiento, odio y sentimientos de culpa en los hijos-, del mismo modo los amigos autosacrificados ("Mis necesidades no importan") son una carga, y no una alegría, ni una inspiración, ni un ejemplo de cualquier cosa positiva que deseemos aprender.

Estoy profundamente convencido de que incluso la más indeseable de las conductas produce en algún nivel un beneficio funcional, dentro del conocimiento y el contexto del individuo en cuestión. Por lo tanto, deseo comprender el modelo de sí-mismo-en-el-mundo a partir del cual obra el paciente, renunciando a la mera descalificación de su conducta por "descabellada". Por ejemplo, los gritos airados de una esposa, que pueden ser muy desagradables para el que los escucha, tienen su propio, triste sentido si sabemos que no logra atraer con ninguna otra cosa la atención de su marido, y que ignora si hay una alternativa que quizá le daría mejores resultados.

Para repetir un punto ya tratado anteriormente, si nos limitamos a calificar a una persona de "corrupta", "irreflexiva", "inmoral", etcétera, no la comprenderemos. Para comprenderla, es necesario que conozcamos el contexto en el cual su conducta adquiere algún sentido o se vuelve conveniente o incluso necesaria par ella, aunque objetivamente sea por completo irracional.

En el nivel de las relaciones personales, esto significa ayudar a una persona que se está comportando inadecuadamente a identificar cuáles son sus motivos para hacerlo, averiguar qué necesidades está tratando de satisfacer; en otras palabras, proporcionar a esa persona la comprensión y la compasión que, según sugerí antes, debemos darnos a nosotros mimos.  "¿Qué sentía usted en ese momento?", "¿Qué opciones tenia?", "¿Qué pensaba usted que estaba diciendo esa persona contra la cual reaccionó con tanta violencia?", "¿Cómo veía usted la situación?" Obviamente, no podemos practicar esta política del mismo modo con todas las personas; pero con los que amamos o realmente nos importan -o quizás con gente que trabajamos- es una arma poderosa.

Recuerde que el sentimiento de culpa paralizador no sirve para nada. Y con esto no quiero decir que debe hacerse caso omiso de las actuaciones equivocadas o alentar la amoralidad. Hay veces en que necesitamos decir: "Su conducta me resulta completamente inaceptable", o aun: "No quiero asociarme con usted". Pero si nuestra meta es provocar un cambio de conducta y un aumento de la autoestima para apoyar ese cambio, la estrategia antes sugerida es la más recomendable en muchos casos.

Una de las características de los terapeutas eficaces, como de los mejores maestros y entrenadores, es que saben que sus pacientes poseen mayores potencialidades  que las que ello mismos (los pacientes) pueden reconocer. "¿Usted no se cree capaz de aprender el álgebra? Yo creo que podrá." "¿No se cree capaz de saltar más alto? inténtelo otra vez." "¿Dice usted que no se atreve a actuar en contra de las creencias de sus padres? Yo creo que usted es capaz de pensar por sí mismo y responsabilizarse de su propia vida." En otras palabras, no se dejan convencer por el concepto negativo que tiene, de sí misma, la persona. Éste es un punto de máxima importancia.

Una vez, un paciente dijo esto a un joven psicólogo que estudiaba conmigo: "Si usted me preguntara cuáles son, en mi opinión, los factores más determinantes del éxito de la terapia, pondría en primer lugar la convicción de Nathaniel de que yo podía hacer todas las cosas que, a mi juicio, no podía hacer. Yo ni siquiera pensaba que podría ganarme la vida haciendo algo que me gustara. Ahora lo estoy haciendo. Jamás pude imaginarme feliz en el amor; ahora lo soy. Solía decirle a Nathaniel que para mí no había esperanzas, y él me respondía más o menos así: Ya lo he oído. ¿Seguimos?´"

Si deseamos alimentar la autoestima de otra persona, hemos de relacionarnos con ella desde nuestra concepción de lo que merece y lo que vale, proporcionándole una experiencia de aceptación y respeto. Debemos recordar que la mayoría de nosotros tendemos a subestimar nuestros recursos interiores, y guardar este pensamiento en un lugar central de nuestra conciencia. Estamos más capacitados de lo que creemos. Si tenemos presente esto, los demás podrán adquirir este conocimiento a partir de nosotros, casi por contagio.

Podemos aprender, por ejemplo, a escuchar la expresión de los sentimientos de una persona, aunque esos sentimientos consistan en dudas sobre sí misma y su seguridad. Y podemos escucharla sin ceder al impulso de sermonear o discutir, porque comprendemos que el reconocimiento pleno y la experiencia de los propios sentimientos indeseados es el primer paso para superarlos.

Desde luego, a veces una persona puede hacer observaciones despectivas sobre sí misma como una treta para que nosotros discrepemos con ella y le hagamos cumplidos. Podemos negarnos a participar en ese juego, diciendo: "Me pregunto cuál será el beneficio que obtiene usted maltratándose así".

Puede resultar muy difícil seguir creyendo en otra persona si ella no cree en sí misma. Sin embargo, uno de los más grandes regalos que podemos hacerle a alguien es nuestra negativa a aceptar su pobre concepto de sí mismo, zambulléndonos en su interior hasta llegar al sí-mismo más profundo y más intenso, aunque sólo se trate de una potencialidad. Quizá nunca lo consigamos. Lo único que podemos hacer es intentarlo. Lo óptimo seria que pudiéramos sacar a la luz lo mejor que yace oculto en el interior de una persona, pero como mínimo, podremos fortalecer lo mejor que hay dentro de nosotros mismos.

Por último, cualquiera que sea nuestra capacidad de ser racionales, coherentes y firmes en nuestro trato con la gente, les presentaremos una impresión inteligible y comprensible de la realidad (y todo psicoterapeuta competente, como todo ser humano que se respete a sí mismo, se esfuerza por ofrecer esta cordura en sus interacciones). Al obrar así, le estamos diciendo: su mente es apta para tratar conmigo; no le ofrezco una impresión abrumadora y contradictoria de la realidad, que podría dejarlo confundido, impotente y desanimado. 

Y si somos racionales y coherentes, por supuesto que nuestra autoestima saldrá beneficiada. 

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