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RITMOS CORPORALES

Del mismo modo que otros especialistas en cinesis, el profesor William Condón ha investigado en base a películas estudiando, analizando y buscando patrones.  De sus estudios surgió un fenómeno sorprendente y fascinante: en formas mínimas, el cuerpo del hombre baila continuamente al compás de su propio lenguaje.   Cada vez que una persona  habla, los movimientos de sus manos y dedos, los cabeceos, los parpadeos, todos los movimientos del cuerpo coinciden con este compás. Resulta interesante saber que este ritmo suele alterarse cuándo se trata de casos patológicos o de daños cerebrales.   Los esquizofrénicos, los niños autísticos, las personas afectadas por el mal de Parkinson, epilepsia leve o afasias, y los tartamudos, están fuera de sincronía consigo mismos.  La mano izquierda puede seguir el ritmo del lenguaje mientras que la derecha está completamente desfasada. El resultado, tanto en la vida real como en las películas, es una rara impresión de torpeza, un sentimiento de que algo no está completamente bien en la forma en que se mueve el individuo.

"Después de haber pasado miles de horas mirando películas -narra Condón- comencé a encontrar la clave en forma de visión periférica.  El que escucha también se mueve al mismo tiempo que el relato del que habla.  Entonces empecé a examinar este hecho sistemáticamente, y éste fue el comienzo del estudio de la sincronía interaccional."

La sincronía de interacción resulta difícil de creer hasta que no se la ve en películas, puesto que en la vida real generalmente se produce en forma veloz y es demasiado sutil para ser captada. Sin embargo, en todos los filmes analizados por Condón (cerca de un centenar), siempre se encontró presente la sincronía interaccional ya se tratara de norteamericanos de clase media, de esquimales, o de bosquimanos del África.

 

Se produce continuamente cuando la gente está conversando. Aunque puede parecer que el que escucha está sentado perfectamente quieto, el microanálisis revela que el parpadeo de los ojos o las aspiraciones del humo de la pipa, están sincronizados con las palabras del que habla. Cuando dos personas conversan, están unidas no sólo por las palabras que se intercambian mutuamente sino por ese ritmo compartido. Es como si fueran llevados por una misma corriente. Algunas veces aun durante intervalos de silencio, la gente se mueve simultáneamente, porque en apariencia reacciona ante claves visuales en ausencia de otras verbales. Es posible realizar un pequeño experimento para comprobar la sincronía interaccional, mediante una técnica muy simple: pídale a un amigo que marque un ritmo con los dedos y luego comience a hablarle. Los repiquetees de él coincidirán inmediatamente con los acentos o las divisiones silábicas de las palabras de usted. Los ritmos del lenguaje humano, aparentemente, pueden ser tan irresistibles como los de un violento rock.

La sincronía interaccional es algo sutil, no es simplemente una imitación de los gestos -a pesar de que esto sucede también algunas veces- sino que se trata de un ritmo compartido. La cabeza del que habla se mueve hacia la derecha y exactamente en ese momento el oyente levanta una mano. En el mismo instante en que se invierte el movimiento de la cabeza, la mano cambia de dirección. Si la cabeza se apresura, también lo hace la mano y quizás el pie o la otra mano se adaptan al ritmo.

Naturalmente uno se pregunta qué propósito puede tener la sincronía interaccional puesto que la gente casi nunca está enterada de que ella existe. Condón considera que es el basamento sobre el que está edificada la comunicación humana y que sin ella la comunicación sería completamente imposible. Sirve para indicar a la persona que habla que el oyente lo está escuchando realmente. Si el oyente se distrae, la sincronía fallará o desaparecerá por completo. Condón posee una película de dos psiquiatras conversando y moviéndose al mismo ritmo. Luego de un tiempo, aparecen en escena otras dos personas; los psiquiatras interrumpen su diálogo para conversar con los recién llegados. En el instante en que comienzan a prestar atención a nuevas conversaciones, se quiebra la sincronía mutua. Unos minutos después, cuando los psiquiatras retoman la conversación original, entre ellos vuelve a aparecer el ritmo primitivo.

La sincronía interaccional es variable. Algunas veces está presente sólo de manera muy leve y otras se nota en forma más acentuada. Dos personas que están sentadas pueden mover solamente sus cabezas al compás; luego pueden agregar movimientos de pies o de manos, hasta que finalmente parecen acompañarse con todo el cuerpo. La experiencia interna en un momento así es un sentimiento de gran armonía, de que realmente uno llega a comunicarse con la otra persona -a pesar de que la conversación puede parecer enteramente trivial-. Por lo tanto en un nivel subliminal, la sincronía interaccional expresa variaciones sutiles aunque muy importantes en una relación.

Condón trabajó ocho largos y penosos años para aprender todo lo que sabe sobre esta sincronía. Durante todo este tiempo, su laboratorio ha estado en el Instituto Psiquiátrico y Clínico del Oeste en Pittsburgh (Western Psychiatric Institute and Clinic, WPIC), donde es profesor e investigador asociado de comunicación humana.

Me previno, cuando lo entrevisté, de que sus estudios todavía deben ser considerados "tentativos". Poseen la misma validez que las observaciones que Konrad Lorenz realizara sobre animales salvajes. Condón ha corroborado sus descubrimientos en más de cien películas, y otras personas que las han visto también han descubierto la existencia de la sincronía. Pero las pruebas todavía no están reflejadas en términos experimentales o en estadísticas.

Condón me mostró una serie de estas películas en una habitación algo más grande que un placard. La primera era sobre una conversación filmada entre un hombre blanco y un negro, que no se conocían entre sí; habían sido llevados al laboratorio WPIC y se les pidió que se sentaran y conversaran para obtener datos acerca de la comunicación humana. Ambos hombres, bien vestidos, se sentaron uno frente a otro. El negro era joven: un estudiante. El blanco era algo mayor. Echándose hacia atrás en el asiento comenzaron a discutir amablemente acerca de los posibles beneficios de una educación universitaria. El estudiante estaba a favor de ella, en contraposición con el blanco que defendía la tesis de la especialización laboral.

Condón me mostró la película mediante un proyector manual, pasando una vez tras otra los mismos cuadros. En cámara lenta, el sonido era semejante al del Pato Donald; otras veces se parecía al silbar del viento o al grito de las focas. Pero la cadencia era siempre clara, aunque las palabras no lo fueran. En forma gradual comencé a notar que cada uno de los hombres tenía su propio ritmo de moverse al hablar; luego, repentinamente y por el rabillo del ojo, capté que realmente lo hacían al mismo compás. El hombre blanco hablaba, y a pesar de que el negro permanecía aparentemente inmóvil, cada vez que se movía lo hacía coincidiendo con alguna acentuación en las palabras de la frase que estaba pronunciando su interlocutor.

Condón me explicó que, como en esta primera parte del filme ambos personajes estaban intercambiando ideas, no había mucha sincronía. Divorciados de las palabras, los gestos parecían algo agresivos al señalar, enfatizar y cortar el aire. El blanco se contradijo: "Yo quiero... yo no quiero..." y pude notar que su cabeza se movía hacia atrás, mientras enseñaba los dientes y levantaba las cejas; luego en un gesto enfático, parecido a una bofetada, golpeó el aire.

Inmediatamente el hombre negro se enderezó en su asiento. A partir de ese momento, el tono del encuentro fue totalmente diferente. Donde antes había una sincronía esporádica, ahora ambos hombres se movían juntos al ritmo de sus frases, de sus palabras y hasta de las sílabas, en una danza creciente e intrincada. Se notaba un complejo juego de manos. Luego de una pausa, uno de los dos comenzó a hablar, y el otro mediante un movimiento de su cuerpo retomó la conversación al compás en el momento preciso. El estudiante buscó la pipa en su bolsillo y el ritmo del gesto fue tan claro como "da-da-da-dum", y reflejó de manera igualmente clara las palabras del otro.

La primera parte de la película, según Condón, refleja una lucha de dominio-sumisión. Es difícil precisar qué fue lo que pasó exactamente en el momento de la bofetada pero, indudablemente, algo cambió. Tal vez este solo y enérgico gesto dirimió la cuestión del dominio.

Luego Condón pasó otro grupo de películas cortas, esta vez mostrando a la etóloga Jane Goodall acompañada por un par de chimpancés salvajes. En cuclillas, Jane trata de arrebatar un cacho de bananas a uno de los monos. Éste echa hacia atrás la cabeza, mostrando los dientes y procura darle una bofetada de manera muy semejante a la escena filmada entre los dos hombres.

Volviendo a la película anterior, Condón me señaló algunas sutiles diferencias culturales en la manera en que emplean el cuerpo los blancos y los negros. Cada vez que un blanco movía simultáneamente la cabeza y las manos, estos se sacudían al mismo compás. En el negro, algunas veces se notaban síncopas: las manos se movían algo más rápido pero no obstante guardaban relación con el movimiento de la cabeza. En un momento dado; una de las manos del estudiante se movía casi al doble de velocidad que la otra. Esto resulta prácticamente imposible para los blancos, me explicó Condón, aun cuando se empeñen en hacerlo. Cuando blancos y negros se reúnen, tienen menos inconvenientes si cada uno trata de acomodarse a las sutiles diferencias de los movimientos corporales del otro.   

Los investigadores están comenzando a probar que los negros norteamericanos y los blancos se mueven realmente en forma diferente.   Los negros, en general, son más rápidos, más sutiles y más sensibles a matices no-verbales.  Parece ser que muchas veces transmiten numerosos mensajes mediante movimientos mínimos de los hombros, de las manos o de los dedos.  Varios investigadores han señalado que también pueden existir importantes diferencias en el comportamiento visual.  Entre las familias de origen pobre, la gente se mira menos directamente a los ojos que entre las familias blancas de clase media.  Esto explicaría el hecho de que al encontrarse los negros con los blancos, los primeros se sienten observados en forma impertinente, mientras que los segundos notan que los negros tratan de evitar sus miradas.   Las diferencias en los movimientos corporales, por cierto, no causan prejuicios; sin embargo, no contribuyen a una mejor comprensión interracial.

Paul Byers, antropólogo de la Universidad de Columbia, me había mostrado antes una película filmada en un jardín de infantes. En ella, durante una secuencia de diez minutos, una niñita negra había tratado de captar la mirada de la maestra blanca, unas treinta y cinco veces, contadas una por una, y sólo lo consiguió cuatro veces. En el mismo lapso, una criatura blanca logró hacerlo ocho veces en sólo catorce intentos, pese a que no se trataba de un caso de favoritismo. El análisis demostró que la oportunidad de la niña blanca era simplemente más adecuada; la niñita negra, continuaba mirando fijamente a su maestra, aun cuando ésta estuviera ocupada ayudando a otro niño, mientras que la blanca esperaba la oportunidad más favorable para hacerlo. Una y otra vez, en este filme, la maestra trataba de acercarse a la niña negra, pero cada intento se transformaba en una especie de fracaso, ya sea porque la maestra dudaba a último momento, como si no estuviera segura de que su contacto sería bien recibido, o porque la criatura mediante un gracioso y casi invisible gesto de hombros, trataba de escabullírsele de la mano. Byers considera que el filme demuestra no un prejuicio, sino problemas en la interpretación de los movimientos corporales.

La tercera película que me mostró Condón era un ejemplo de sincronía perfecta. Un hombre y una mujer, el empleador y la aspirante a un puesto, sentados frente a frente en una secuencia que a velocidad normal mostraba una abundante variación de posiciones. Al principio el hombre cruzaba y descruzaba las piernas y la mujer estaba inquieta en su asiento. Pero al volver a pasar la película cuadro por cuadro, se notó claramente la sincronía. En un mismo cuadro, ambos se inclinaban hacia adelante, se interrumpían exactamente en el mismo momento, levantaban la cabeza y luego se echaban hacia atrás en los asientos, volviendo a quedar inmóviles nuevamente. Se parecía mucho a la danza del galanteo de algunas aves. Según una de las analogías favoritas de Condón era como una exhibición de marionetas suspendidas en el aire por el mismo juego de hilos. Condón me explicó que este tipo de sincronía amplificada se produce a menudo entre macho y hembra. Durante el galanteo entre el hombre y la mujer es una de las numerosas maneras de manifestar mutuo agrado sin emitir palabra alguna.

Los hombres y las mujeres poseen distintos estilos de sincronía, añade Condón. En los encuentros entre hombre-hombre que ha estudiado hasta ahora, el rebote y el ritmo son completamente diferentes de los que se observan entre hombres y mujeres. Los movimientos son más moderados entre hombres, y éstos suelen emplear las manos con mayor frecuencia; la proporción del cuerpo que está involucrada en el movimiento no es tanta y el ritmo no se entrelaza tan estrechamente.

"Parecería ser que la vida humana está profundamente integrada al movimiento rítmico compartido que la circunda", ha escrito Condón. El bebé dentro del vientre de la madre se mueve mediante los movimientos de ésta. Después del nacimiento, el movimiento compartido y el ritmo continúan...

La cinesis ha demostrado a Condón que los bebés también poseen una sincronía propia. A pesar de que sus movimientos parecen casuales y entrecortados, todas las partes de su cuerpo responden a un mismo compás. A los tres meses y medio y posiblemente antes, el bebé se mueve al ritmo de las palabras de su madre.

"En realidad, entre la madre y el hijo existe una sincronía amplificada -dice Condón-, intrincada, relajada y extensa. Se encierran durante largos períodos de tiempo en una participación de movimientos. Las películas de las chimpancés que cuidan a sus crías nos blindan el mismo efecto."

En el próximo grupo de películas que me mostró Condón, había ejemplos de la clase de patología que bloquea la sincronía interaccional. La primera de ellas, mostraba a una preciosa niñita de tres años, de hermosos ojos enormes y de cabello largo y oscuro. La trajeron al laboratorio WPIC porque se sospechaba que podía ser sorda, a pesar de que las pruebas de rutina no habían demostrado nada en concreto. Condón pensaba que las películas indicarían si la niña oía en forma normal, ya que se movería al ritmo del lenguaje de las personas que la rodeaban. Sin embargo la película señaló, por el contrario, que no se movía en absoluto al compás de la voz humana, sino que reaccionaba con extrema sensibilidad ante los sonidos inanimados. Su madre desparramó un collar de cuentas sobre la mesa, de manera que cayó en secciones, haciendo un ruido semejante a un suave tamborileo; los hombros y la cabeza de la niñita respondieron rítmicamente al compás de las cuentas. Una pediatra tamborileó con los dedos sobre la mesa y la niña se movió de acuerdo a ese ritmo. Los niños normales no reaccionan de esta manera ante el sonido. Condón ha probado esto mediante ruidos intensos, golpeando varios libros fuertemente, y sin embargo ellos no se adaptan al ritmo.

Más tarde la niña del filme fue declarada autista.  "Pobrecita -dijo Condón-, era como si su mundo estuviera compuesto de sonidos, y ella reaccionaba ante ellos de la misma manera que la gente normal reacciona ante el lenguaje hablado."

En la película siguiente, una mujer que tenía un vestido escotado estaba sentada junto a un hombre en un sofá, mientras que en primer plano un niño jugaba en el suelo. La mujer se quejaba porque el niño siempre había constituido un problema por la forma de alimentarse. Por el tono de su voz, que por momentos adquiría un nivel agudo e irritante al referirse a su hijo y por un gesto especial que ejecutaba como "apuñalando" con un dedo, expresaba su rechazo hacia el niño. A medida que ella hablaba, el niño movía el cuerpo al ritmo exacto de las palabras maternas, y luego desapareció de la escena para regresar después de unos segundos, trayendo un pequeño almohadón que ofreció a su madre, lo que parecía ser un gesto de ruego o de pacificación. Sin embargo la mujer tomó el almohadón y puso un rostro duro, severo y frío, que recordé por mucho tiempo.

El próximo filme presentaba a una mujer, madre de mellizas, una de las cuales era esquizofrénica. En los treinta minutos que duró la película, la madre y la hija normal se movieron al mismo ritmo, y compartieron posiciones el noventa y cinco por ciento del tiempo; incluso se acomodaron la ropa en un mismo cuadro de la película. La hija esquizofrénica rara vez coincidía con su madre o con su hermana. Más aun, cada vez que trataba de adoptar una postura coincidente con la madre, ésta inmediatamente cambiaba y adoptaba otra, como si de esta manera mantuviera cierta distancia entre ambas. Siempre que la madre se refería a la hija esquizofrénica, gesticulaba hacia ella manteniendo las palmas de las manos hacia abajo, como si golpeara, en un movimiento que indicaba claramente: "aléjate". Algunas veces, la niña reaccionaba volviendo enérgicamente la cabeza hacia un lado y excluyéndose más que antes de la conversación.

"Éstos son mensajes mayores -me dijo Condón sobriamente-. Cuando usted ha visto suficientes películas de este tipo, comienza a aceptarlas como parte de la realidad."

Me previno, sin embargo, que no existe una simple relación causa-efecto en estos procesos. La reacción de la madre no produjo la esquizofrenia de la hija. De hecho, la niña enferma puede haberse comunicado mal desde un principio. Pero Condón tenía otra película de un par de mellizos de ocho años, uno normal y otro no, que mostraba el mismo esquema de exclusión rítmica y corporal. También ha coleccionado varias películas de madres de mellizos normales, en las que la madre se comporta en forma equilibrada frente a ambos. Puede ser, entonces, que la sincronía interaccional no sólo sea una forma de demostrar armonía sino una manera de incluir o excluir a otros.

En otra película sobre un adolescente perturbado y sus padres, la madre y el hijo mostraban claramente por su comportamiento que estaban aliados en contra del padre. De hecho, en un momento dado, el muchacho comenzó a discutir con el padre, y la madre reforzó esta actitud adoptando la misma postura de su hijo y moviéndose en estrecha sincronía con él. En otro momento, el padre y la madre concordaron maravillosamente, y de inmediato, el muchacho enojado dijo a la madre: "Bueno, antes me hiciste cerrar la boca, así que ahora puedes hacer que la abra nuevamente", lo que nos proporciona, dice Condón, una verificación más amplia de que existe en este caso tanto una inclusión como una exclusión.

Condón especula en base al hecho de que adaptarse al ritmo de otra persona puede tener a grosso modo el mismo efecto que compartir una postura, ya que promueve un sentido de intimidad y de armonía. La gente es muy sensible ante la forma en que se mueve otra persona. Edward Hall posee una colección de fotografías tomadas en una galería de arte en las que las personas, sin darse cuenta, adoptan las posturas de las esculturas expuestas.

Las personas poseen esta sensibilidad especial y ni siguiera lo saben -sugiere el doctor Condón-. Puede haber, por lo que conozco, varios cientos de niveles diferentes para expresar intimidad o alejamiento en una relación -posturas, sincronía, contacto visual y otros-. La vida puede tornarse cada vez más fascinante a medida que uno estudia esto; puede llegar a ser extremadamente agradable. Pienso que a medida que la gente conozca estas sutilezas, accederá a matices de placer, de relación compartida que todavía no conocemos, ya que nuestra sensibilidad se verá acrecentada.

La más notable de todas las películas que me mostró Condón fue la última. En ella aparecían dos sujetos conectados a un EEG (electroencefalógrafo), de tal manera que se podía registrar sus ondas cerebrales a medida que hablaban. Una cámara enfocaba el encuentro a nivel humano, y la otra las agujas del EEG, mientras dibujaban los temblorosos trazos en el papel cuadriculado que corría bajo ellas. Resultaron dos películas distintas. Sobre la pantalla que reflejaba los trazos del EEG, se veían los rasgos alineados de doce indicadores: los seis de la derecha correspondían al hombre y los seis de la izquierda a la mujer. Se asemejaban bastante a la estela que dejan dos esquiadores acuáticos no muy hábiles, que esquían al compás de una música que no se oye. Todos no se movían a derecha o a izquierda en el mismo instante, pero en general, lo hacían en forma bastante sincronizada; también aumentaban o disminuían la velocidad en forma pareja. De una manera casi mágica, era como si los indicadores hablaran entre sí.

Esto me recordó una aseveración que hizo Paul Byers, medio en broma: la sincronía interaccional o los ritmos compartidos podrían brindar una explicación de la comunicación existente entre el hombre y las plantas. Ese extraño fenómeno, en base al cual ciertas personas al concentrar su cuidado en alguna planta -tal vez amándola- logran hacerla crecer mucho mejor que a una planta tipo, que es observada en un laboratorio a la que se trata en forma similar, recibe la misma proporción de agua, e igual cantidad de sol, etc. Byers dice: "¿Qué somos nosotros, después de todo -nuestras acciones, nuestras percepciones- sino nervios que efectúan descargas eléctricas, ritmos?" Sugiere asimismo que, cuando los jóvenes hablan de "estar en onda", o "estar fuera de onda", están reconociendo inconscientemente este fenómeno.

Condón es muy cauteloso acerca de las películas filmadas en base al sistema EEG. Todo lo que se puede decir, me previno, es que resulta sugestivo y que es un fenómeno que merece estudiarse. Sin embargo, existen problemas al trabajar basándose en este tipo de películas. Nadie puede decir en forma precisa qué es lo que miden, excepto que reflejan la actividad eléctrica del cerebro, complicada por la contracción del músculo del ojo que parpadea. Un científico ha expresado que tratar de explorar el cerebro mediante el EEG, es como tratar de descifrar el funcionamiento de un motor aplicando un estetoscopio al capó del automóvil. No obstante, los registros de EEG realizados por Condón muestran complejas configuraciones de cambio que se relacionan al fluir de las palabras, y Condón está empeñado en realizar nuevos estudios con el objeto de identificar estas relaciones existentes.

Condón está convencido de que lo bioeléctrico -el sistema nervioso del cuerpo que funciona mediante descargas eléctricas de los nervios- capta la sincronía interaccional y está profundamente involucrado en él. Piensa que el sistema nervioso vibra rítmicamente en respuesta al lenguaje, y compara todo este mecanismo a dos motores eléctricos, conectados en forma sincronizada, de tal manera que si se produce una alteración en la oscilación de uno de ellos, el otro la producirá también. De igual manera que los motores se conectan mediante cables, los seres humanos están conectados entre sí por el sonido.

"Los seres humanos son increíblemente sensibles al lenguaje y a los sonidos -explica Condón-. Éste es el proceso más evolucionado. Considero que lo que se produce por debajo de ese nivel se cierra automáticamente de tal manera que todo el organismo está engranado y no existe una separación real entre el lenguaje y la cinesis."

Aparentemente las personas que sincronizan mutuamente, no lo hacen porque anticipan el tipo de conversación, sino porque emiten una reacción repentina semejante a un reflejo. En películas proyectadas a una velocidad de veinticuatro a cuarenta y ocho cuadros por segundo, la sincronización parece ser instantánea. Los movimientos combinados comienzan en el mismo cuadro de la película; pero cuando se emplea una cámara de alta velocidad, a noventa y seis imágenes por segundo, se comienza a notar un retraso entre el lenguaje y el gesto. Es como si el sonido llegara al oyente y fuera procesado en un instante, en un nivel neurológico inferior, donde produce el impacto en su ritmo. Tal vez sea esta la explicación de porqué el ritmo compartido nunca llega a un nivel consciente.

Guando interactúan dos personas que no hablan un mismo idioma, no existe sincronización; solamente se nota una manera entrecortada y apagada. No sólo el patrón hablado de uno es extraño al del otro, sino qué posiblemente en un nivel biológico más básico, los ritmos resultan algo incompatibles, ya que el lenguaje, los movimientos del cuerpo y el EEG parecen estar conectados tan maravillosamente; otros ritmos fisiológicos, como el latido del corazón, pueden estar también afectados. Existe cierta evidencia que brinda apoyo a esta teoría. Diversos ritmos fisiológicos, en el hombre y en los animales, pueden ponerse en fase mediante un metrónomo. Los estudios realizados sobre seres humanos que escuchan canciones de cuna -ya sea en alemán, chino, inglés o cualquier otro idioma (aparentemente una canción de cuna no es más que eso en cualquier idioma) -, indican que a medida que la gente las oye, su respiración se hace cada vez más liviana y regular, como durante el sueño, y se acompasa al ritmo de la letra de la canción; al mismo tiempo, el ritmo del corazón disminuye y el GSR (Galvanic Skin Response) se mantiene inalterable. Cuando en idénticas condiciones, se expone a la gente al sonido de la música de jazz, su respiración y el GSR se tornan irregulares. Tal vez los ritmos fisiológicos básicos del hombre siguen el ritmo de su lenguaje, de tal manera que su cadencia, así sea francesa o norteamericana, existe no solamente en el lenguaje sino en todo su sistema.

Según dice Condón, sus experimentos han sido "muy micros" durante años; sin embargo en la actualidad se están volviendo "macros". A medida que trabaja en lapsos más prolongados, ha descubierto que ciertos intervalos rítmicos ocurren con tanta frecuencia que uno siente la tentación de pensar que forman parte del organismo en sí. En consecuencia, una vez por segundo se produce, un gran compás que tiene aproximadamente el ritmo del latido del corazón humano. Este efecto no es tan regular como para que uno pueda hablar simplemente de sincronía interaccional como de vibración por segundo -la exactitud del ritmo del movimiento corporal es demasiado precisa para esto- pero con frecuencia el ritmo del latido del corazón siempre está presente.

La explicación de esto podría encontrarse en el hecho de que el bebé vive durante nueve meses en el útero de la madre, al ritmo constante del corazón materno, y se ha comprobado que después de nacer, los recién nacidos que escuchan la grabación del sonido del latido del corazón lloran menos y aumentan más de peso que otros bebés de la misma edad. Por lo tanto, no es aventurado decir que el latido del corazón es un ritmo humano básico.

Adam Kendon ha analizado varias películas de sincronía interaccional y ha sugerido que cuando dos personas adoptan un mismo ritmo no siempre significa que existe entre ellas total armonía o que es una señal de que una ha logrado la atención completa de la otra. Algunas veces dicho ritmo comunica algo mucho más sutil. Por ejemplo, cuando un hombre comienza a hablar, durante los primeros segundos su interlocutor puede mostrar una sincronía  amplificada tal vez, hasta el extremo de repetir exactamente los gestos del que habla, indicando que presta gran atención. Luego puede echarse hacia atrás y mantenerse inmóvil por un  tiempo, apenas moviendo un músculo. Pero en cuanto hay alguna indicación de que el que habla está llegando a una conclusión definitiva, el oyente comienza a moverse nuevamente en forma conspicua.  Esta vez, sus movimientos siguen el ritmo del otro, pero no imitan exactamente los gestos de él. En lugar de ello, casi inmediatamente, el que habla comienza a imitar al oyente.  En ese instante, el oyente que comienza a moverse, indica que ahora es él quien quiere hablar. Sus movimientos pueden ayudarle también a intercalar sus primeras palabras. De la misma manera que un músico marca el ritmo con el pie mientras espera el momento de entrar, al compás, la gente puede tomar el ritmo de otra persona para estar lista para hablar en el instante adecuado.

Kendon, Condón y otros interesados en el estudio de la sincronía interaccional, creen que todavía hay mucho por aprender acerca de ella. Condón proyecta trabajar en dos direcciones hacia un microanálisis más compacto en sus investigaciones del sistema nervioso, y hacia un macroanálisis de películas de psicoterapia y de terapia familiar. En estos filmes ya ha brindado una clara evidencia sobre la forma en que una persona puede "identificarse" con otra -un hijo con su padre, un estudiante con su profesor-. El adolescente de la película citada anteriormente había adquirido algunos de los gestos de su madre, en especial la costumbre que tenía ésta cuando estaba indecisa, de juguetear primero con la mano derecha y luego con la izquierda. El hijo imitaba este hábito aun cuando la madre no estuviera presente. Esa mímica inconsciente es muy común y con frecuencia el individuo adopta gestos, una forma de reírse o una variación en la entonación de otra persona a quien admira.

"Por lo tanto, podemos comenzar a demostrar la identificación en términos de comportamiento -la hallaremos en la entonación y en otras cualidades vocales, así como también en movimientos corporales-. Cada día descubro identificaciones de este tipo entre los jóvenes del laboratorio", dice Condón, aludiendo a que se imita una parte del comportamiento del personal jerárquico.

"He observado una configuración de gestos particular y una manera de reír que yo mismo he imitado. A veces me sorprende oírme y pienso: ¡Oh. . . caramba. . .!"

Los descubrimientos de Condón se emplean ahora para entrenar a psicoterapeutas. Los jóvenes terapeutas observan en las películas la forma en que un psiquiatra experimentado subraya un tema: el paciente llega al punto crucial y el terapeuta se inclina hacia adelante y comienza a moverse en sincronía amplificada. Los buenos terapeutas emplean sus cuerpos de esta manera instintivamente, y por lo tanto en las lecciones de cinesis se trata de entrenar el analista novato para que tenga la capacidad de interpretar el comportamiento corporal de su paciente, más que de enseñarle a usar su propio cuerpo.

Mientras estaba en el aeropuerto, esperando el avión que me llevaría rumbo a mi hogar, después de haber observado durante horas películas sobre sincronía interaccional, encontré un ejemplo vivo de ella en un bar de las inmediaciones: Dos aviadores algo mayores y una llamativa azafata rubia, que evidentemente eran viejos amigos, estaban de pie juntos y ocasionalmente se tocaban mientras estaban compenetrados en una animada conversación; sus cabezas y manos danzaban en armonía en un claro ejemplo de sincronía amplificada.

LOS RITMOS DE LOS ENCUENTROS HUMANOS

 

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