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LOS RITMOS 
DE LOS ENCUENTROS HUMANOS

Imagínese que lo están entrevistando por .algún motivo: un nuevo trabajo, un ascenso o lo que sea. Usted ha llegado algo nervioso, pero, ¡oh, maravilla!, el entrevistador ha resultado ser un oyente perfecto. Permanece allí sentado, atento, amable, brindándole toda su atención y dejándolo hablar libremente. Cada vez que usted se interrumpe para ver su reacción, él preguntará algo para indicarle a usted que quiere oír mucho más. Esto hace que usted se sienta muy bien.

Pero, repentinamente, todo cambia: Usted hace una pausa y espera ansiosamente que el hombre le diga algo, y él permanece allí imperturbable. El silencio se prolonga hasta llegar a ser incómodo. Pensando que tal vez no le entendió, usted repite la última frase. Aun así, él permanece silencioso. Entonces usted trata de iniciar otro tema de conversación. Lo hace durante un minuto y luego se vuelve a interrumpir. Nuevamente: silencio. Temeroso de preguntar qué sucede, usted comienza a hablar ahora nerviosamente y los momentos se eternizan mientras busca algo que decir que vuelva a despertar el interés de su interlocutor, y que merezca una respuesta. Por fin usted parece haber dado en el clavo, porque cuando hace una nueva pausa, su entrevistador abre la boca para efectuarle una pregunta interesante y alentadora. Pero ahora, usted se siente acalorado, ruborizado y poco feliz; y antes de que pueda darse cuenta, habrá comenzado a despacharse acerca de la manera en que lo trataba su jefe anterior y todos los jefes en general. Pero ahora cada vez que usted haga una pausa, el hombre formulará una pregunta que exprese interés, y en forma gradual usted volverá a calmarse y olvidará su descontento anterior.

El tipo de entrevista que he descripto no es habitual en modo alguno. Se denomina "entrevista de interacción programada", un medio complejo y muy seguro de diagnosticar. Cualquier información que el sujeto -en este caso usted- pueda brindar es completamente irrelevante. E incluso su interlocutor que está atento en forma aparente recordará muy poco de ella. Lo importante no es lo que se dice, sino la oportunidad y la duración de lo dicho. Siempre que el sujeto habla, un observador o el mismo entrevistador registra la duración de una afirmación. Cada vez que él le formula una pregunta, toma nota de cuánto tiempo tarda usted en responder.

 

La técnica de registro en sí es sumamente simple. Se efectúa mediante una pequeña cajita negra, del tamaño de una caja de fósforos. A pesar de que la cajita puede parecer totalmente inocente, está conectada a un grabador y a una computadora. Cada vez que el sujeto habla, el observador aprieta un botón marcado con la letra "A". Al responder, el entrevistador toca un botón marcado con la letra "B". Los botones también se oprimen para asentimientos de la cabeza, sonrisas y otros comportamientos no verbales si éstos parecen estar claramente vinculados a las respuestas de la conversación. El resultado final es un registro cronológico exacto, una especie de índice que establece cuánto tiempo y con qué frecuencia respondió cada persona (en términos científicos "actuó"), y también figuran los silencios, las interrupciones, etc. En este registro el comportamiento del entrevistador podrá tomarse como patrón constante porque ha sido entrenado para contestar en el momento preciso, conversar el tiempo necesario y permanecer en silencio oportunamente.

Los seres humanos son tremendamente regulares en el hábito de hablar y de escuchar. Si un hombre que pasa por esta entrevista de diagnóstico es reentrevistado nuevamente semanas, meses o aun un año después, se comportará de manera muy similar en la segunda oportunidad. Hablará menudo, y cada vez que lo haga, será por un intervalo aproximadamente igual y reaccionará de la misma manera a la tensión. Aparentemente, el ritmo de la conversación de mí hombre es una de sus características más constantes y predecibles y según lo registrado mediante la "entrevista de interacción programada" quedará revelada la forma en que el entrevistado se relaciona con las otras personas.

Todos empleamos el ritmo de la conversación para interpretar las relaciones humanas. Si nos detenemos a pensar, podemos definir a casi todas las personas que conocemos por su manera de hablar. Hay personas que responden luego de una meditada pausa y hablan lentamente durante lapsos prolongados, como si, en forma deliberada, fueran tomándose tiempo para pensar mientras hablan. Otras tratan de concluir las ideas que alguien ha iniciado y toman luego por  una tangente propia para concluir su afirmación en forma tan abrupta como la comenzare: Si imaginamos a dos personas tratando de mantener una conversación mutua, tendremos una idea cabal de la forma en que la acción recíproca de los  diferentes  ritmos  interaccionales puede  afectar  su relación. Los efectos de esta acción recíproca son a menudo mucho más sutiles y más predecibles de lo que uno podría pensar, y por supuesto ejercen su influencia en un nivel subconsciente. Las palabras son una gran fuente de distracción para la mayoría de nosotros. Estamos demasiado preocupados por lo que dice la otra persona como para fijarnos en la forma en que actúa mientras habla. Sin embargo, si fuera posible negar las palabras -substituir sílabas sin sentido -el significado de los "cuándo" y de los "por cuánto tiempo" se notaría en forma clara.

Los  psicólogos  reclutaron  a  tres estudiantes, les dieron un tema de discusión y luego los filmaron en video-tape mientras conversaban.   Luego se trajo a más de cien "jueces".  A la mitad de ellos se les mostró el video, a la otra mitad, sólo se les exhibió un show de luces, en panel que tenía tres luces que se prendían y apagaban el sonido. Cada una de las luces representaba a uno de los estudiantes y las tres reproducían exactamente el encuentro. Cuando se encendía la primera luz, significaba que un estudiante había comenzado a hablar. Si, a los pocos segundos, se encendía una segunda luz, éste había sido interrumpido. Cuando no había luces prendidas, era porque estaban en silencio. Todos los jueces, tanto los que vieron el video-tape como los que observaron el panel de las luces, fueron invitados a llenar un cuestionario. Una de las principales preguntas fue: ¿Cuál de los estudiantes es el más dominante y cuál el más sumiso? Los jueces que sólo habían visto el panel de luces no tuvieron más dificultad para contestar la pregunta, que los que habían observado el video-tape.

La cantidad de tiempo que habla una persona y la forma en que lo hace son factores determinantes para establecer la forma en que la gente reacciona frente a ella. Estudios psicológicos han demostrado que en un grupo, la persona que más habla es la que tiene más status, y en consecuencia, tiene mayores posibilidades de ser elegida líder. También es cierto que los otros miembros del grupo se reservan sus sentimientos ambivalentes respecto a ella. El que interrumpe a menudo probablemente desea dominar; el que tercia ansiosamente en cuanto se produce una oportunidad es normalmente un individuo emprendedor o como se dice en la jerga de los ejecutivos tiene un "arranque automático". Estos conocimientos son casi obvios; sin embargo, el ritmo interaccional de una persona nos revelará asimismo muchas otras características más sutiles de su personalidad.

El antropólogo Eliot Chapple es el hombre que "descubrió" los ritmos interaccionales, e inventó no sólo los métodos para medirlos sino también una computadora para analizarlos, denominada cronógrafo de la interacción. El doctor Chapple desarrolló el primitivo modelo del cronógrafo en los últimos años de la década del treinta y lo empleó durante mucho tiempo para seleccionar personal para grandes tiendas y empresas. Desde 1961 ha sido director de un departamento del hospital de Rockland County que utiliza el cronógrafo para diagnosticar y tratar a adolescentes perturbados, y para evaluar a adultos psicópatas.

Cuando visité el hospital de Rockland, para enfermos mentales, que está situado al norte de Manhattan, el doctor Chapple me explicó parte de la biología básica que respalda su trabajo. El cuerpo humano es una intrincada madeja de ritmos que se producen constantemente a diferentes niveles de

tiempo, desde los ciclos menstruales hasta el ritmo respiratorio y cardíaco, que se mide en inspiraciones y latidos por minuto, e incluso los diez escalofríos por segundo que constituyen la acción de tiritar. La mayoría de los sistemas internos del cuerpo humano están regidos por ritmos cíclicos

de un día de duración que llegan a un punto máximo cada veinticuatro horas. Para cada individuo hay un momento del día en que su temperatura es más baja y el latido de su corazón más lento. La glucemia, la actividad glandular, el metabolismo, la división celular, la sensibilidad hacia las drogas y muchas otras cosas varían de acuerdo a ciclos predecibles dentro de las veinticuatro horas. Algunas personas trabajan mejor por la mañana, mientras otras están más avispadas durante la noche porque el sistema de sus cuerpos alcanza su punto máximo de eficiencia a cierta hora. No resulta sorprendente que períodos de actividad o de inactividad sean paralelos a otros ritmos del organismo y de igual manera sigan un ciclo de un día de duración.

Los ritmos biológicos existen en cada uno de los escalones de la evolución, desde la ameba hasta el hombre, así como las plantas. Varían entre cada especie y dentro de cada una de ellas; pero para un mismo individuo son muy regulares y característicos. Más aun, si se aísla una sola célula del cuerpo, se podrán detectar en ella los ritmos cíclicos diarios de la persona a que pertenece, lo que constituye una evidencia de que los factores biológicos que diferencian a una persona de otra comienzan a nivel celular.

No resulta difícil aceptar el hecho de que la temperatura del cuerpo fluctúa de acuerdo a estos ritmos cíclicos; pero uno se resiste a la idea de que los patrones de interacción sean igualmente predecibles. Nos gusta pensar que hablamos porque tenemos algo que decir y que callamos al concluir nuestra idea. Sin embargo, las experiencias llevadas a cabo por Chapple durante largos años, analizando a miles de casadas; al cabo de ese tiempo la mujer comenzó a quejarse de que no podía extraer de su marido una contestación; tardaba tanto en responder, que ella se ponía furiosa mientras esperaba. Él afirmó que nunca había sido muy conversador y que ella lo sabía cuando se casaron. Éste es un caso en que la tensión era acumulativa, y a medida que crecía, hacía que ambos individuos se tornaran más inflexibles e incapaces de adaptarse, hasta que los ritmos desavenidos que no tuvieron importancia en un principio comenzaron a pesar en el descontento mutuo.

También es cierto que los individuos no mantienen relaciones aisladas con otras personas aisladas, sino que viven en medio de todo un sistema de relaciones humanas de tal manera que el desequilibrio rítmico en un punto puede compensarse con el equilibrio rítmico en otro. De esta manera, el hombre que tiene una mujer charlatana podrá tener una buena relación si él es taciturno o si tiene suficiente cantidad de amigos que le permitan expresar sus sentimientos. Si pierde a algunos de esos amigos, puede comenzar a encontrar su matrimonio inaguantable.

Originariamente, los patrones de interacción del doctor Chapple fueron registrados en situaciones naturales. Se observó conversaciones entre parejas casadas, entre amigos o desconocidos. Sin embargo, aunque por lo general es posible determinar el ritmo interaccional en una situación precisa, mediante trabajosos análisis estadísticos, es difícil lograrlo puesto que continuamente una persona trata de adaptarse a la otra. Cuando Chapple trató de utilizar entrevistadores, e incluso psiquiatras experimentados que efectuaban las mismas preguntas, el ritmo individual era notablemente diferente en cada caso. De este modo, Chapple comenzó a entrenar entrevistadores que programaran sus propios comportamientos eliminando así el factor personal. Descubrió que los entrevistadores a los que se les enseñó no sólo lo que debían decir, sino cuánto debían tardar en decirlo, cuánto tiempo esperar antes de contestar y cómo controlar sus expresiones faciales, lograban registros consistentes y acertados.

De esta manera, se desarrolló la entrevista de diagnóstico standard. Mediante ella se registra antes que nada el compás básico de cada individuo. Luego se lo somete en forma precisa a exactas medidas de tensión para determinar sus patrones de reacción característicos. A partir de allí, es posible descubrir mucho acerca de su personalidad y acerca de la manera en que se relaciona con otras personas.

Por lo general, no se aclara el motivo de esta entrevista  los individuos que son sometidos a ella. El procedimiento está dividido en cinco períodos y comienza con quince minutos previos de conversación complementaria y profunda, ya que los entrevistadores de Chapple están entrenados para responder en perfecta sincronía y demostrar un interés concentrado en un solo propósito. Luego viene el período de no-respuesta, descripto anteriormente. Cada vez que el examinado deja de hablar, se produce un silencio mortal. Durante quince segundos el entrevistador hace una pausa completa a menos que el entrevistado la haga primero. Esto sucede doce veces en total, a pesar de que hay un momento de pausa después de quince minutos.

Muchas personas equiparan la no-respuesta a un rechazo y se sienten muy perturbadas cuando ésta sucede repetidamente. Cada individuo tiene una manera especial de reaccionar. Algunos rompen el silencio cada vez con más frecuencia, mediante acotaciones breves. Es como si la tensión apresurara su "tempo" o como si se provocara a la otra persona para que responda. Ésta fue la reacción del sujeto, de la entrevista que describí anteriormente. La persona que reacciona ante la falta de respuesta acelerando la tensión suele ser la que tiene gran dificultad en delegar responsabilidades. Al encontrar en los otros una falta inmediata de respuesta, prefiere hacer el trabajo ella misma. Otras personas, al recibir este tratamiento desarrollan una imperiosa necesidad de hablar. Cada vez que el entrevistado se interrumpe en su turno de hablar, ellas arremeterán mediante acotaciones propias que duran cada vez más. El enojo parece ser el factor desencadenante de esta situación. Otra  situación común es provocar una falta de respuesta con otra respuesta: esperar que el otro hable en medio de silencio tenso y una retirada llena de sospechas. Estas reacciones representan situaciones extremas. La mayoría de la gente tiene respuestas mixtas; unas veces aceleran el "tiempo", otras lo reducen, o tratan tanto de hablar como de callar, en un intento de lograr restablecer el equilibrio de una conversación normal. Existen también aquellos individuos afortunados que se mantienen totalmente ajenos a lo que sucede alrededor de ellos.

Una vez terminado el período de no-respuesta, el entrevistador vuelve a la complementación, a ese patrón maravilloso y sincronizado del primer período. El propósito no es tanto darle un respiro al individuo, sino lograr un índice del grado de tensión, puesto que la tensión se nota al comparar el ritmo de este período con el ritmo del período número uno. Algunas personas vuelven al mismo patrón casi inmediatamente, en apariencia, poco perturbadas por la tensión; pero son mucho más comunes las que muestran signos evidentes de tensión.

Una vez terminado el período de complementación de cinco minutos, el entrevistador introduce un nuevo patrón.  El sujeto comienza a hablar y luego de tres segundos es interrumpido  en   forma  precisa.    Si  ignora  la   interrupción y continúa hablando, el entrevistador habla durante cinco segundos más y luego se detiene.   Cuando el sujeto termina lo que está diciendo, le hace otra pregunta cortés, espera tres segundos y lo vuelve a interrumpir.   Por otra parte, si el sujeto se calla al ser interrumpido la primera vez, el entrevistador habla durante cinco segundos, y le da una oportunidad para reanudar la conversación y luego vuelve a interrumpirlo.  El período termina después de doce interrupciones o es suspendido después de quince minutos. La interrupción, por supuesto, es un intento de dominar; es clara evidencia de  agresividad.   La gente reacciona de diversas maneras ante el intento de dominación.  Muy pocas personas son persistentes y hablan durante más tiempo y más fuerte cada vez que se las interrumpe.  Más usual es la reacción escalonada: el sujeto que es interrumpido duda y luego se encierra en sí mismo.   Cada vez se interrumpe un poco,  antes, de manera que el "tiempo" es más rápido.   Este tipo de competición, donde una persona interrumpe a la otra antes de que ésta pueda terminar lo que quiere decir, es típico de las rencillas. Otra reacción común es la de

sumisión. Si puede, el individuo se interrumpe y huye. Si no puede, se pone muy dubitativo y efectúa largas pausas, mientras inventa algo para decir.

El doctor Chapple ha descubierto que regular el tiempo de una interrupción es particularmente importante. Es mucho más perturbador ser interrumpido cuando uno recién ha comenzado a hablar. Una vez que se está bien encaminado en la conversación, uno puede evadir con mayor facilidad las interrupciones de la otra persona. No obstante, se puede lograr entrecortar a la otra persona, hacerla hablar por períodos cada vez más cortos e interrumpirla repetidamente justo cuando está por terminar su exposición. Presumiblemente, la otra persona considera estas interrupciones como una expresión de impaciencia y esto la hace sentir cada vez más insegura de sí misma.

El período de interrupción o dominación es seguido por otro período complementario, que mide exactamente hasta dónde ha sido alejado el ritmo de interacción de un individuo de su nivel normal. Algunas personas reaccionan de manera negativa. Pueden parecer casi normales pero su ritmo es algo más rápido y sus acciones son un poco cortas; resulta difícil sincronizar con ellas. Todos conocemos personas así, que después de una discusión muestran, por esta actitud, que el conflicto no ha sido superado. Otra reacción común es la petulancia. La persona se pone muy tensa y sin deseo de hablar y mantiene esta actitud aunque haya superado todas las interrupciones. Otras -éstas son generalmente las resentidas- dejan pasar largos intervalos de silencio antes de responder una pregunta. En contraste, otras hablan compulsivamente y se tornan muy impulsivas y excitadas. Las reacciones transitorias ante el intento de ser dominado pueden ser importantes. Si un hombre discute con su esposa y enseguida se encuentra con un amigo, su comportamiento puede ser tan distinto al habitual que el amigo a su vez puede ponerse molesto o enfadarse.     

Los entrevistadores y observadores de Chapple son entrenados cuidadosamente. Los primeros practican para lograr una duración exacta en sus actuaciones. Se los ayuda mediante una pantalla colgada de una pared que está fuera de la vista del entrevistado. Manejada mediante una "caja lógica" que está ubicada en la habitación contigua -una pequeña computadora pre-programada- la pantalla se ilumina y muestra una columna de números en clave que le indican al entrevistador la etapa exacta en que se halla, cuántas interrupciones ha efectuado, cuánto tiempo ha transcurrido, etc. Los resultados finales de la "entrevista de diagnóstico" se obtienen mediante una computadora y se expresan en términos matemáticos.

Ha sido comprobado que el cronógrafo de Chapple puede predecir patrones de interacción, no a través de sus propios estudios, sino por otros realizados por investigadores británicos y por José Matarazzo, de la Universidad de Oregón. Las conclusiones acerca de la personalidad que se extraen de estos patrones se utilizan constantemente. Además, los años de experimentos que Chapple lleva como consultor de empresarios proporcionan una cierta evidencia práctica. Su trabajo, realizado entre personal de grandes tiendas es bastante acertado, puesto que la habilidad para vender se puede probar en dólares y centavos. En sucesivas oportunidades los aspirantes fueron seleccionados en entrevistas secretas. Después de ellas se hicieron las predicciones de su capacidad como vendedores, es decir que las empresas los tomaron sin conocer esas predicciones. Luego pudo comprobarse que en una tienda los resultados de la técnica de Chapple fueron acertados en un 96,8 por ciento cuando predijo que los candidatos tenían buenas condiciones para ser vendedores y en un 85,4 por ciento cuando predijo que tenían "capacidad mediana". Al predecir que no servirían, la técnica fue correcta en un 97,7 por ciento de los casos. Como es de esperar en casos de duda, en el grupo de los que eran de "capacidad mediana" las predicciones resultaron acertadas solamente en un 61,5 por ciento.

Chapple descubrió que para las grandes tiendas se requieren diferentes tipos de personalidad para cada tipo de artículo. La chica que está detrás de un mostrador tiene que atender a una cantidad de clientes simultáneamente. Para ella, es importante ser capaz de mantener un "tempo" flexible y de rápida interacción. Por otra parte, la persona encargada de vender modelos de alta costura debe esperar, conversando, mientras la cliente se prueba los diferentes modelos, y debe estar capacitada para advertir cuándo reacciona favorablemente ante un modelo determinado y emplear todos sus recursos en la venta de ese artículo. Por lo tanto, en el caso de la alta costura, es necesario un cierto grado de dominio.

Chapple se ocupó de los puestos para ejecutivos de la misma manera. Daba mayor importancia a lo que el aspirante tenía que enfrentar en términos básicos de interacción, más que a los conocimientos que el empleador consideraba que el aspirante debía poseer. En una oportunidad, los especialistas de negocios de una escuela aconsejaron que uno de los directores de personal debía ser reentrenado, porque no encuadraba dentro del criterio usual para ejercer ese cargo: no parecía comprensivo, era incapaz de comunicarse fácilmente con su gente, etc. La firma consultó a Chapple, quien entrevistó al hombre, descubriendo que era algo rígido y taciturno pero que poseía una increíble capacidad para escuchar. Cuando Chapple examinó en qué consistía el trabajo del hombre, descubrió que el 80 por ciento de su tiempo lo pasaba entrevistando a representantes gremiales, casi todos sumamente charlatanes, especialmente cuando presentaban sus quejas. Después de la entrevista, se llegó a la conclusión de que el director era la persona más indicada para ese puesto, si era necesario, y porque era capaz de escuchar quejas todo el día y de no ceder en nada.

Actualmente Chapple está empleando el procedimiento de cronógrafo interaccional para hacer terapia. En Rockland, él su equipo están trabajando con muchachos adolescentes que tienen problemas por su comportamiento violento y antisocial. Antes que nada Chapple realiza una entrevista para diagnosticar el problema de cada paciente. Mediante esta entrevista, descubre que uno de ellos no puede soportar ser interrumpido y reacciona violentamente en el período mediato posterior a la interrupción. Entonces emplea computadoras para preparar un programa por el que dosifica gradualmente los momentos de dominación en entrevista individuales o de grupo, hasta que el muchacho aprende a reconocer la tensión y su propia reacción, y a controlar esta reacción. En general, Chapple ha descubierto que la mayoría de los adolescentes son capaces de dominar esa tensión después de aproximadamente doce sesiones, y lo más importante, es que el aprendizaje conduce a situaciones en que no necesitan más tratamiento. Esta terapia bastante pragmática, tiende más a modificar el comportamiento que a producir un conocimiento interior, y está incluida en una gran cantidad de programas de escuelas especiales y de talleres de reformatorios, donde los muchachos perciben dinero por su trabajo. También se emplea en lugares de recuperación intermedia que tratan de asegurar que una vez que los individuos son devueltos a la comunidad, no volverán a padecer los mismos problemas que los llevaron inicialmente a Rockland.

Estas tentativas también se efectúan en la comunidad misma -en los hogares, en la escuela y en los distintos barrios-. En un proyecto especial en Bronx, los entrevistadores de Chapple, provistos de grabadores portátiles, siguen a los adolescentes mientras éstos desarrollan sus actividades normales y toman notas de su interacción. A través de las entrevistas de diagnóstico, Chapple ya conoce cuál es la clase de tensión que perturba a los muchachos. También quiere registrar esa tensión en el momento en que se produce, ver cuándo, por qué y con qué frecuencia tiene lugar, y de qué modo los afecta para considerar el cúmulo de relaciones que compone el total de la red de intercomunicación. Luego trata de relacionar estos descubrimientos con las entrevistas de diagnóstico originales.

No es fácil relacionar el trabajo realizado por Chapple con el que efectúan otros especialistas en comunicación. Por una parte, su investigación parece ocupar un lugar intermedio entre la comunicación verbal y la no-verbal. Por otra, él no enfoca su trabajo en un código sino en el individuo y en la forma en que juegan las diferencias individuales básicas, los ritmos biológicos de cada individuo en frente a frente.

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