El
hombre no nace hablando. Sus primeras experiencias con el mundo que lo
rodea y sus primeras comunicaciones con él son necesariamente
no-verbales. Aprende a mirar y a tocar por la manera en que lo
sostienen, esto constituye sus primeras y más importantes lecciones de
la vida. Estas lecciones comienzan aun antes de nacer, mientras el bebé
todavía habita el útero materno.
En
el momento de nacer, ya ha experimentado la diferencia entre la luz y la
oscuridad, puesto que dentro del útero no hay mucha luz pero no es
totalmente oscuro. Ha aprendido a absorber líquidos -al ingerir líquido
amniótico que algunas veces hasta le llega a producir hipo- y tal vez
también a chuparse el pulgar. Habrá adquirido la habilidad de
adaptarse a los movimientos maternos y también podrá rascarse y
revolverse o estirarse al sentirse sacudido o empujado.
Protegido
dentro de su mundo acuoso, el feto siente el calor del líquido amniótico
contra la piel de su cuerpecito y escucha los movimientos internos del
cuerpo de su madre. El doctor Joost Meerloo ha descripto al útero como
un "mundo de sonidos rítmicos", puesto que desde el primer
vestigio de vida, el feto vive al compás del corazón de su madre, en síncopa
con el suyo propio, que late a un ritmo de casi el doble de velocidad.
El bebé mismo, se mueve rítmicamente dentro del útero; flota, se
hamaca, y algunas veces hasta casi podría decirse que baila en los
primeros meses, cuando todavía tiene suficiente espacio como para
hacerlo libremente.
En
épocas más avanzadas de la vida, cuando las personas reaccionan en éxtasis
al ritmo del rock o del jazz, puede ser porque se sienten retrotraídos,
aunque sea brevemente, al paraíso perdido del útero materno. El
descubrimiento de William Condón de que la gente se mueve
constantemente al ritmo de los demás -los bebés suelen hacerlo en
sincronía con su madre- sugiere que esta experiencia prenatal con los
ritmos humanos pueda influenciarnos profundamente durante el resto de la
vida. "El bebé nonato tiene capacidad para aprender a un ritmo muy
veloz" -ha escrito el fetólogo H. M. I. Liley- y llega a
aseverar que el feto oye una gran variedad de sonidos:
Hemos
descubierto que el útero es un lugar muy ruidoso. El feto está
expuesto a una variedad de sonidos que incluyen el latido del corazón
de la madre, su voz y hasta los ruidos externos de la calle. Si su madre
no ha engordado demasiado, el bebe llega a percibir una gran variedad de
sonidos del exterior: choques de automóviles, sonidos ultrasónicos, música,
etc. El ruido sordo que producen los movimientos intestinales de su
madre, están constantemente presentes. Cuando ella toma un vaso de
champán o de cerveza, para el feto será como el sonido de fuegos
artificiales que estallan a su alrededor.
Debido
a que el líquido amniótico es mejor conductor del sonido que el aire,
las conversaciones de la madre serán perfectamente audibles para el
hijo. El doctor Henry Truby, profesor de Pediatría, Lingüística y
Antropología de la Universidad de Miami ha sugerido que el aprendizaje
del lenguaje podría comenzar dentro del útero materno. Extensas
investigaciones efectuadas en Estocolmo por el doctor Truby y otros
colegas han demostrado no solamente que el bebé es capaz de oír dentro
del vientre materno, por lo menos durante la última parte del embarazo,
sino que un feto nacido al quinto mes de gestación será capaz de
llorar. Si se inyecta una burbuja de aire en el útero de una mujer
embarazada, ésta se ubica, aparentemente, sobre la boca del niño que
se la traga, pues se percibe claramente un vagido proveniente del seno
materno. Puesto que oír y llorar son los precursores del lenguaje, el
doctor Truby considera que no sería aventurado afirmar que el ambiente
lingüístico que rodea al feto en los últimos tres o cuatro meses de
embarazo, posea influencia en el desarrollo del lenguaje y la capacidad
de conversación del niño. Específicamente, especula con el hecho de
que si, justo antes del nacimiento o inmediatamente después, el niño
es transportado a otro ambiente lingüístico totalmente distinto al
propio -por ejemplo de un lugar donde se hable exclusivamente chino a
otro donde sólo se hable inglés- al comenzar a hablar existirían
sutiles diferencias que podrían detectarse, si no por el oído común,
mediante instrumentos que realizaran un análisis del sonido, y esto
ocurriría aun cuando desde su nacimiento no hubiera vuelto a oír una
sola palabra de su "lengua materna". El doctor Truby ha pasado
catorce años estudiando e investigando el llanto de los recién
nacidos. En la actualidad está en condiciones de predecir, mediante análisis
efectuados en el momento del nacimiento, posibles lesiones cerebrales y
otros defectos en el futuro desarrollo del niño y aun acerca de su
futura personalidad y comportamiento. En entrevistas realizadas a niños
cuyo llanto había registrado diez años antes, en el momento de su
nacimiento, por lo que resultaba de hecho la primera entrevista, logró
afirmar una cantidad de datos acertados. Tan sólo a través del informe
que poseía del momento del nacimiento, podía predecir si el niño sería
abúlico o hiperactivo. En uno de los casos y basándose solamente en el
llanto, descubrió que el niño tenía una fisura palatina y sería algo
retardado mentalmente.
La
posible importancia del aprendizaje prenatal del lenguaje se advierte en
trabajos realizados en una clínica de París que desde hace por lo
menos diez años trata niños mudos, criaturas de tres o cuatro años
que jamás han producido un sonido inteligible. Cada niño es ubicado en
una pequeña habitación silenciosa acompañado por un terapeuta y
escucha la voz de su madre, grabada con anterioridad mediante un micrófono
de contacto ubicado contra su abdomen, mientras ella habla normalmente y
de manera audible. Esta imitación del lenguaje "filtrado" a
través del útero suena confuso y extraño pero posee un efecto
sorprendente sobre algunos de estos niños. Unos comenzaron a hablar de
manera inteligible, o pudieron trazar garabatos o ambas cosas a la vez;
nunca antes habían llegado a eso en sus cortas vidas. También se logró
disminuir gran variedad de impedimentos para el aprendizaje. El doctor
Truby, que visitó la clínica por primera vez en 1962, comparte la
opinión de su director, el doctor Alfred Tomatis. Ambos concuerdan en
que es como si los niños fueran llevados nuevamente a recorrer un
camino que por algún motivo no habían recorrido antes. También se
empleó este método de volver a "recorrer un camino" para
tratar otros tipos de alteraciones en el desarrollo de los niños. Jóvenes
esquizofrénicos, por ejemplo, han sido envueltos en pañales
nuevamente, alimentados con biberón, mantenidos en brazos y mecidos
como bebés, independientemente de la edad o el tamaño. El psicoanálisis
en sí es una especie de "volver a recorrer" un camino ya
recorrido.
Todo
esto nos hace meditar acerca de la predicción del doctor Bentley Glass,
anterior presidente de la Asociación Americana para el Progreso de las
Ciencias, quien sugiere que para fines de este siglo se logrará la
gestación de seres humanos en probetas en el laboratorio, en lugar del
útero humano. Aun conviniendo en que los científicos lograran
reproducir con total exactitud el ambiente químico del útero, no debería
dejar de prestarse rigurosa atención al entorno sensorial. Si no se
hiciera así o no pudieran lograrlo, ¿qué especie de criatura podrá
surgir de un tubo de ensayo?
El
hecho de nacer es un shock para el ser humano, probablemente el mayor
que deba soportar durante su existencia. Si al hacerlo se encuentra en
un ambiente similar en muchos aspectos al del útero del que acaba de
ser expelido violentamente, parece obvio que el shock será menor. Sin
embargo, en nuestra cultura se realizan pocos esfuerzos para tratar de
ayudar al recién nacido en una etapa tan importante de la vida. En su
fascinante libro Tawching, Ashley Montagu sostiene que éste puede ser
un peligroso error.
Dentro
del útero, el niño es sostenido y rodeado -en realidad siente
presiones por todos lados- del calor del vientre materno. Lo que más
se asemeja a esta experiencia en el mundo exterior es estar en brazos de
su madre. No obstante, en la mayoría de las clínicas norteamericanas
el niño es inmediatamente separado de su madre y ubicado sobre la
superficie plana y desprotegida de una cunita, que no le proporciona
apoyo alguno.
Cada
vez que su madre se mueve, el bebé se hamaca suavemente dentro de su
vientre y continuamente oye el rítmico latir de su corazón. Pero en el
momento de nacer, repentinamente lo agreden una cantidad de sensaciones
extrañas y a la vez abrumadoras y totalmente inesperadas. Han
desaparecido para ellos ritmos fijos y adormecedores de su existencia
prenatal. De manera experimental se les ha hecho escuchar a los recién
nacidos grabaciones del ritmo cardíaco, y los que fueron expuestos a
este tratamiento aumentaron de peso y lloraron menos que los otros.
También presentaron menos problemas digestivos y respiratorios y su
respiración era más profunda y regular.
La
mayoría de las mujeres parecen comprender instintivamente la necesidad
de una experiencia rítmica y automáticamente hamacan y palmean a sus
hijitos. Más aun, cuando una madre mece a su hijo, tendrá una
tendencia a hacerlo siguiendo el ritmo de su propia respiración o de la
del niño; al palmearlo, este ritmo reproducirá también el ritmo cardíaco
de la madre o del niño. La cuna mecedora, raramente empleada en
nuestros días, solía brindar una sensación de seguridad basada en el
ritmo. Hasta casi el final del siglo xix, era considerada indispensable.
Sin embargo, a fines de 1890 los pedíatras comenzaron a objetar su
empleo, acusándola de ser formadora de hábito y a condenar el mecer a
los niños como una "práctica malsana". Eventualmente la
confortable mecedora fue reemplazada por la rígida extensión
desprotegida de una cuna. Montagu es un ardoroso defensor de la vuelta
al uso de la mecedora.
Montagu
también considera que los bebés norteamericanos no son tocados ni
tenidos en brazos el tiempo suficiente. Para muchos mamíferos las
primeras experiencias táctiles son literalmente una fuente de vida. El
animal recién nacido es cuidadosamente lamido y aseado inmediatamente
después de nacer y luego con frecuencia, esto no es tanto una medida
sanitaria como un estímulo tangible necesario. La piel es masajeada y
los impulsos sensoriales llegan al sistema nervioso central y despiertan
los centros respiratorios y otras funciones. Este despertar constituye
una necesidad del animal recién nacido. El que no reciba este
tratamiento, es muy posible que muera. Montagu sostiene que en los seres
humanos, las prolongadas contracciones del útero que constituyen el
trabajo de parto, cumplen la misma función que la lamida después del
nacimiento en los animales. Ambos ponen en funcionamiento los sistemas
vitales del ser.
Sin
embargo, la necesidad del contacto táctil estimulatorio no termina a
los pocos días del nacimiento. Los famosos experimentos de Harry Harlow
prueban que por lo menos para los monos, el continuo contacto de la piel
es extremadamente importante. Harlow separó a monitos recién nacidos
de sus madres y los colocó en jaulas con dos madres sustitutas
artificiales. Una de estas figuras hecha de alambre, periódicamente les
proveía leche. La otra, confeccionada con felpa, no les proporcionaba
alimento alguno, sin embargo, los monitos no preferían la figura que
les proporcionaba comida, sino que se acercaban, con mucha más
frecuencia, a recibir el contacto de la felpa, que al parecer les
proporcionaba consuelo. Aparentemente, para ellos, era tan importante el
contacto corporal como el alimento.
El
contacto corporal es también muy importante para los seres humanos recién
nacidos. Si se los separa de sus madres inmediatamente después de nacer
y se los interna en alguna institución, padecerán lo que se conoce
como síndrome de la "privación materna". El desarrollo
mental, emocional y aun físico de estos pobres niños, está amenazado.
Los niños de orfelinato son demasiado tranquilos y duermen en exceso.
Desde que tienen cinco meses, hasta los ocho, tendrán una tendencia a
consolarse solos mediante un balanceo monótono similar al que realiza
un adulto sumido a una gran pena. El bebé huérfano hasta reacciona en
forma distinta al ser tomado en brazos. Dos científicos que efectuaron
estudios de este problema escribieron: "No se adaptan bien a los
brazos de los adultos, no parecen querer acurrucarse y hasta se nota una
falta de flexibilidad. . . Parecen muñecos rellenos de aserrín; se
mueven y flexionan correctamente las articulaciones pero se los siente
algo rígidos, como si fueran de madera". Al igual que los
cachorros de animales, los niños parecen necesitar que se les estimule
el sistema nervioso de alguna manera para poder desarrollarse
normalmente.
A
pesar de que en nuestros días son pocos los niños norteamericanos que
padecen de ausencia materna, Montagu piensa que aun los bebés normales
en nuestra cultura no reciben el estímulo táctil suficiente.
Ciertamente, si comparamos la forma en que son tratados los niños en
otras culturas, descubriremos que los norteamericanos figuran entre los
que reciben menor proporción de contacto. Los bebés balineses, por
ejemplo, pasan sus días dentro de una faja que sus madres, sus padres o
alguna otra persona lleva colgando a la espalda. Por la noche,
duermen en brazos de los adultos. Las madres esquimales de Netsilik
mantienen a sus bebés desnudos con excepción de un pañal, sobre su
espalda, metidos dentro de su parka que tiene un cinturón especial que
la convierte en una bolsa muy adecuada. En los Estados Unidos, por el
contrario el bebé es llevado en un cochecito, atado ocasionalmente al
asiento de un auto, o librado a su propio albedrío en una cuna movible
o un "corralito".
Cuando
duerme, lo hace solo. Esta temprana separación del bebé y la mamá en
nuestra cultura, probablemente contribuye al sentimiento de estar
aislado en el adulto, que se siente aun dentro de la familia.
Montagu
no es muy afecto al modo de criar los niños en el mundo occidental. Más
aun, cree que la privación del contacto táctil de los bebés
norteamericanos produce un adulto torpe en el arte de hacer el amor y
una mujer que, con frecuencia, está más interesada en el acto en sí
por el contacto corporal que entraña, que por la gratificación sexual
que pueda obtener de él. Algunas mujeres que se convierten en ninfómanas,
lo hacen en un aparente deseo ferviente de ser acariciadas y estrechadas
entre los brazos; realmente un desesperado deseo infantil.
La
evidencia de la pobreza táctil surgió en uno de los pocos estudios
naturalistas realizados con respecto al contacto. Vidal Starr Clay
observó el comportamiento táctil de madres con sus hijos en lugares públicos.
Descubrió, como era de esperar, que los niños son tocados cada vez
menos a medida que crecen. No obstante, los que mayor contacto físico
tenían con sus madres no eran los llamados "niños de
brazos", sino los más grandecitos; los de menos de dos años que
ya sabían caminar. En nuestra cultura, hay una cantidad de cosas que se
interponen entre la madre y el niño: biberones, pañales, cunas,
cochecitos, etc. El niño comienza a disfrutar de un período
satisfactorio de contacto cuando comienza a caminar y luego éste
disminuye progresivamente hasta decaer casi totalmente a la edad de
cinco o seis años. Las observaciones de Clay mostraron también que la
mayoría de los contactos entre la madre y el niño se producen a través
de los gestos que aquélla realiza para atenderlo -limpiarle la nariz,
arreglarle las ropas- más que expresiones de afecto. Asimismo comprobó
que las niñitas eran tocadas con mayor frecuencia que los varones.
Otros estudios revelaron que las niñas son sometidas a mayor número de
demostraciones de cariño que los varones y que aquéllas mantienen
durante más tiempo la alimentación maternal. Así como a los varones
se les permite una mayor independencia física, a las niñas se les
proporciona una mayor independencia emocional. La madre norteamericana
parece tan empeñada en no sobreestimular a sus hijos varones ni sexual
ni emocionalmente, que en realidad probablemente peque de lo contrario.
Tal vez ésa sea la razón que lleva a las americanas adultas a sentirse
más cómodas con respecto al contacto corporal que los hombres.
''Para
el bebé, ser tenido en brazos representa amor. Pero a medida que crece
la forma en que lo sostienen representa mucho más que eso. Le indica
muchas cosas acerca de la persona que lo sostiene; se da cuenta cuándo
el que lo maneja está nervioso y no está acostumbrado a tratar con bebés.
Puede sentir la tensión que acompaña a la ira y captar el letargo de
la depresión. A temprana edad, comienza a absorber los sentimientos de
su madre hacia el sexo, que le son transmitidos de manera no-verbal. El
psiquiatra Alexander Lowen explica que si una madre siente vergüenza de
su cuerpo, podrá transmitir ese sentimiento al amamantar a su hijo, por
la forma tensa y poco graciosa en que lo haga. Si los órganos genitales
le resultan repulsivos, lo demostrará al cambiar los pañales de su niño.
Debe ser difícil, casi imposible, tratar de esconder estas reacciones básicas
ante la ávida atención del infante.
Los
bebés aprenden rápidamente todas las experiencias sensoriales que se
les ofrecen, a pesar de que tenemos una tendencia a despreciar esa
habilidad, de la misma manera que ignoramos la capacidad de aprender del
feto. El psicólogo Jerome Bruner considera que los infantes captan
muchos más detalles del medio ambiente que los rodea que lo que los
adultos suponen. También sostiene que los niños más pequeños
inventan sus propias teorías para explicar lo que perciben. Un niño de
sólo tres semanas aparecerá perturbado si, mediante un micrófono o
ventrilocuismo, la voz de la madre pareciera provenir no del lugar donde
se encuentra ésta sino de otro. Ya tiene formada una teoría que une la
dirección del sonido con lo que percibe. Bruner sostiene que los bebés
poseen una capacidad innata para construir teorías lógicas partiendo
de trozos de evidencia. A pesar de que esta idea es relativamente nueva,
los científicos han considerado desde hace muchos años otras posibles
reacciones innatas. Por ejemplo, han señalado que desde una edad muy
temprana los niños sienten una enorme atracción hacia el rostro
humano, especialmente los ojos. Esta reacción hacia los ojos es una
secuencia vital del comportamiento que se produce en las primeras etapas
de la vida de todo ser humano normal.
En
el momento de nacer, el niño sólo podrá distinguir formas entre la
luz y la sombra; no obstante, aproximadamente a las cuatro semanas
aprenderá a fijar la mirada y lo que sucede entonces es uno de los
hechos más pequeños pero más trascendentes de su vida. Un día,
mirará a su madre directamente a los ojos y sonreirá. Aun los niños
ciegos tienen una reacción similar a la misma edad. Ante esto, las
madres reaccionarán indefectiblemente con gran alborozo y alegría.
Algunos científicos creen que estas pautas de comportamiento son
innatas: el contacto ocular, la sonrisa del bebé y aun la alegría
materna. El argumento que se esgrime es que esta reacción de alegría
de la madre tiene un valor de supervivencia, ya que para los seres
humanos la maternidad entraña un período prolongado, exigente,
agotador y con frecuencia poco reconocido. Puede resultar crucial para
la madre en ese momento, percibir que está recibiendo una respuesta
positiva de su hijito; algo así como parte de pago por sus servicios
inacabables.
En
un intento de ubicar exactamente ante cuáles aspectos del rostro humano
reaccionan los niños y a qué edad, los investigadores han realizado
experimentos en los que les presentan láminas especialmente diseñadas.
Han descubierto que bebés de sólo dos meses de edad sonreirán si se
les muestra una tarjeta con dos puntos pequeños bien delineados y
ubicados horizontalmente; en otras palabras, una representación gráfica
de un par de ojos. También han probado que a esa edad es más probable
que reaccionen ante una imagen de ese tipo que ante todo un rostro. El número
de puntos no parece tener importancia; tampoco parece tenerla la forma
de la tarjeta. Pero a medida que el bebé crece, el estímulo debe
semejarse cada vez más a un rostro humano para despertar su interés.
Deberá tener una boca, tendrá que moverse y, eventualmente, a la edad
de siete meses, deberá también sonreír.
Mientras
que la atracción básica de los ojos puede ser innata, es posible
explicarla sin tal comportamiento. El bebé reaccionará favorablemente
ante cualquier estímulo que le sea familiar y al mismo tiempo
suficientemente complejo como para interesarlo. A1 nacer, su radio de
visión está limitado a unos veinticinco centímetros desde la punta de
su nariz y es ésa la distancia a la que se presenta el rostro de su
madre mientras lo alimenta y en muchas otras ocasiones durante el día.
Al principio puede ser que el rostro le resulte demasiado complejo para
asimilarlo en su totalidad, pero los ojos, brillantes, movedizos,
surgiendo de su propia imagen borrosa debido a lo inmaduro de su visión,
atraerán poderosamente su atención. Ellos podrán, como dice el psicólogo
inglés lan Vine, "proporcionar una base que incite a una mayor
investigación y percepción total del rostro".
A
medida que el bebé crece, comienza a distinguir no sólo los rostros
familiares, sino a reconocer las expresiones y en poco tiempo estará
capacitado para interpretar el lenguaje no-verbal de manera más hábil,
tal vez, que en toda su existencia. Como escribiera Desmond Morris en su
libro The Naked Ape: En las etapas pre-verbales, antes de que toda la
maquinaria de la comunicación simbólica y cultural se nos haya
impuesto, nos dejaremos guiar mucho más por pequeños movimientos,
cambios de postura y tonos de voz, que lo que necesitaremos más tarde
en nuestra vida... Si la madre realiza movimientos tensos y agitados,
sin importar cuánto procure disimularlos, se los comunicará al niño.
Si al mismo tiempo muestra una amplia sonrisa, no lo engañará sino que
lo confundirá más aun.
El
bebé se transforma en niño y continúa siendo extremadamente sensible
a los mensajes faciales. Puesto que todavía no ha aprendido a mirar
fijamente a otra persona a la cara y porque aún no se distrae por las
palabras, como los adultos, es capaz de leer la excitación, el temor,
la vergüenza o la alegría. La importancia que los niños otorgan al
rostro está demostrada en los típicos dibujos que realizan en la edad
pre-escolar. La figura humana está coronada por una enorme cara
cuidadosamente detallada. Nueve de cada diez niños, al ser tocados
simultáneamente en la mano y el rostro y luego interrogados acerca del
lugar donde se los tocó, indicarán el rostro, mientras que entre
adultos normales la proporción será del cincuenta por ciento. Silvan
Tomkins (ha sugerido que el primer motivo de temor en la niñez no son
las palabras de enojo o una voz amonestadora, sino un rostro que
demuestre ira. Lo explica así: He tratado a niños en los que se notaba
claramente que el temor ante el rostro enojado o de falta de cariño o
vergüenza de uno de los padres, era tanto mayor que el temor a una
palmada u otro castigo, y hasta parecería que los niños buscaran este
tipo de reprimenda, con tal de evitar el aspecto condenatorio del rostro
que los asusta. Puesto que el rostro paterno suele suavizarse después
de descargada la agresión, algunos niños provocaban esa descarga
mediante la vía más inocua, como ser enviados a su cuarto o recibir
unas palmadas, con tal de no tener que enfrentar la temida interacción
facial.
Ésta
es una nueva manera de explicar un fenómeno notado por los psiquiatras:
el niño que busca ser castigado. La explicación más común de estos
especialistas es que secretamente se siente culpable y el castigo lo
releva de su culpa; pero esto no quiere decir que no prefiera unas
palmadas a tener que ver la cara enojada de su padre o de su madre.
Los
niños de dos y tres años suelen tener terror a las máscaras.
Esto se debe, en parte, a un reflejo de lo que la psicoanalista Selma
Fraiberg, especialista en niños llama: "el pensamiento mágico".
El niño piensa que si el rostro ha cambiado, también puede haber una
persona distinta detrás. Pero puede deberse, asimismo, a que los niños
dependen extraordinariamente de los rostros de otras personas, y buscan
en ellos la clave de sus reacciones. Algunas veces, también
desarrollan prejuicios contra ciertos rostros; esta reacción es
perfectamente lógica por cuanto ellos "ven" más de lo que
pueden apreciar los adultos. Cuando mi hija tenía cuatro o cinco
años, por ejemplo, solía decirme de algún adulto que "no le
gustaba su cara". Casi siempre resultaba que lo que producía
esa reacción no era una falta de atractivo en el sentido que le damos
los adultos, sino una expresión habitual de enojo, hastío o
descontento.
Resulta
desconcertante para una madre (o un padre) darse cuenta de que
constantemente se comunica con su hijo pequeño a través de canales no
verbales y que con frecuencia le transmite sensaciones y reacciones de
las cuales ni siquiera está consciente. Esta idea, logró transtornarme
durante un tiempo, especialmente cuando tropecé con la literatura que
se refería a profecías que siempre se cumplen.
La
investigación de dichas profecías comenzó a principios de la década
del treinta con un caso clásico: el de un niño de seis años que
insistía en querer irse de su casa. Cada vez que retornaba, el padre
escuchaba los detalles de su aventura. A pesar de que lo castigaba después,
parecía evidente que le agradaban las hazañas de su hijo. A raíz de
los trabajos realizados desde entonces sobre comunicaciones no-verbales,
es fácil explicar cómo se reflejaba ese placer a través de sus
expresiones faciales; por las posturas que adoptaba y el ritmo que seguían
sus movimientos al escuchar las narraciones de su hijo.
Asombrados
ante este claro ejemplo, dos psiquiatras de Chicago se dedicaron a
buscar otros problemas de comportamiento y descubrieron niños que
robaban, otros que provocaban incendios, algunos que tenían
desviaciones sexuales y otros finalmente que hasta llegaron a cometer crímenes;
todos actuaban impulsados por deseos inconscientes de sus padres.
Cualquier adulto que se haya enfrentado aunque sea brevemente con sus
propias fantasías, hallará esta idea demoledora. La madre
sobreprotectora será algunas veces la culpable de que su hijo haga las
cosas que ella más detesta. La madre que no soporta las mentiras, será
la más propensa a tener un hijo mentiroso.
No
obstante, las emociones reprimidas y las ambiciones subconscientes son
parte del contexto psicológico de todo adulto normal. Los padres
siempre han comunicado cosas de este tipo a sus hijos y la mayoría de
ellos las han soportado bastante bien. En el futuro, seguramente, los
estudios sobre la interacción entre padres e hijos nos enseñarán
mucho más acerca de la forma en que se comunican las familias, pero
pasará mucho tiempo hasta que logremos establecer la forma de enseñar
a los padres a no transmitir ciertos sentimientos de manera no-verbal.
Además, por supuesto, antes de lograr ser capaces de no comunicarlos,
uno debe enfrentar valientemente el hecho de que los posee. En cuanto se
refiere al aprendizaje no-verbal de los bebés, si tomamos seriamente
los argumentos de Ashley Montagu ( y yo lo hago), debemos llegar a la
conclusión de que todo nuestro sistema merece ser revisado. Los padres,
los médicos y los hospitales deben tratar de lograr un medio para
proveer al infante de una transición más suave desde el útero materno
al mundo exterior. Debemos asegurarnos, según me parece, antes de
llevar a niños pequeños a guarderías donde los tengan todo el día,
de que serán convenientemente tratados, sostenidos en brazos,
estrechados y en general "amados", "queridos" en
proporción suficiente. Es maravilloso ofrecer a una criatura de edad
pre-escolar un caudal de estímulo intelectual y la oportunidad de
aprender a una edad temprana, como sucede en los buenos centros de
atención infantil; pero el aprendizaje no-verbal que realiza en sus
primeros años es tal vez más importante aun y la mejor forma de
lograrlo es mediante una buena relación con los adultos que gozan de su
compañía y tienen tiempo para dedicársela.