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LAS LECCIONES INTRAUTERINAS

El hombre no nace hablando. Sus primeras experiencias con el mundo que lo rodea y sus primeras comunicaciones con él son necesariamente no-verbales. Aprende a mirar y a tocar por la manera en que lo sostienen, esto constituye sus primeras y más importantes lecciones de la vida. Estas lecciones comienzan aun antes de nacer, mientras el bebé todavía habita el útero materno.

En el momento de nacer, ya ha experimentado la diferencia entre la luz y la oscuridad, puesto que dentro del útero no hay mucha luz pero no es totalmente oscuro. Ha aprendido a absorber líquidos -al ingerir líquido amniótico que algunas veces hasta le llega a producir hipo- y tal vez también a chuparse el pulgar. Habrá adquirido la habilidad de adaptarse a los movimientos maternos y también podrá rascarse y revolverse o estirarse al sentirse sacudido o empujado.

Protegido dentro de su mundo acuoso, el feto siente el calor del líquido amniótico contra la piel de su cuerpecito y escucha los movimientos internos del cuerpo de su madre. El doctor Joost Meerloo ha descripto al útero como un "mundo de sonidos rítmicos", puesto que desde el primer vestigio de vida, el feto vive al compás del corazón de su madre, en síncopa con el suyo propio, que late a un ritmo de casi el doble de velocidad. El bebé mismo, se mueve rítmicamente dentro del útero; flota, se hamaca, y algunas veces hasta casi podría decirse que baila en los primeros meses, cuando todavía tiene suficiente espacio como para hacerlo libremente.

En épocas más avanzadas de la vida, cuando las personas reaccionan en éxtasis al ritmo del rock o del jazz, puede ser porque se sienten retrotraídos, aunque sea brevemente, al paraíso perdido del útero materno. El descubrimiento de William Condón de que la gente se mueve constantemente al ritmo de los demás -los bebés suelen hacerlo en sincronía con su madre- sugiere que esta experiencia prenatal con los ritmos humanos pueda influenciarnos profundamente durante el resto de la vida. "El bebé nonato tiene capacidad para aprender a un ritmo muy veloz" -ha escrito el fetólogo H. M. I. Liley- y llega a aseverar que el feto oye una gran variedad de sonidos:

Hemos descubierto que el útero es un lugar muy ruidoso. El feto está expuesto a una variedad de sonidos que incluyen el latido del corazón de la madre, su voz y hasta los ruidos externos de la calle. Si su madre no ha engordado demasiado, el bebe llega a percibir una gran variedad de sonidos del exterior: choques de automóviles, sonidos ultrasónicos, música, etc. El ruido sordo que producen los movimientos intestinales de su madre, están constantemente presentes. Cuando ella toma un vaso de champán o de cerveza, para el feto será como el sonido de fuegos artificiales que estallan a su alrededor.

 

Debido a que el líquido amniótico es mejor conductor del sonido que el aire, las conversaciones de la madre serán perfectamente audibles para el hijo. El doctor Henry Truby, profesor de Pediatría, Lingüística y Antropología de la Universidad de Miami ha sugerido que el aprendizaje del lenguaje podría comenzar dentro del útero materno. Extensas investigaciones efectuadas en Estocolmo por el doctor Truby y otros colegas han demostrado no solamente que el bebé es capaz de oír dentro del vientre materno, por lo menos durante la última parte del embarazo, sino que un feto nacido al quinto mes de gestación será capaz de llorar. Si se inyecta una burbuja de aire en el útero de una mujer embarazada, ésta se ubica, aparentemente, sobre la boca del niño que se la traga, pues se percibe claramente un vagido proveniente del seno materno. Puesto que oír y llorar son los precursores del lenguaje, el doctor Truby considera que no sería aventurado afirmar que el ambiente lingüístico que rodea al feto en los últimos tres o cuatro meses de embarazo, posea influencia en el desarrollo del lenguaje y la capacidad de conversación del niño. Específicamente, especula con el hecho de que si, justo antes del nacimiento o inmediatamente después, el niño es transportado a otro ambiente lingüístico totalmente distinto al propio -por ejemplo de un lugar donde se hable exclusivamente chino a otro donde sólo se hable inglés- al comenzar a hablar existirían sutiles diferencias que podrían detectarse, si no por el oído común, mediante instrumentos que realizaran un análisis del sonido, y esto ocurriría aun cuando desde su nacimiento no hubiera vuelto a oír una sola palabra de su "lengua materna". El doctor Truby ha pasado catorce años estudiando e investigando el llanto de los recién nacidos. En la actualidad está en condiciones de predecir, mediante análisis efectuados en el momento del nacimiento, posibles lesiones cerebrales y otros defectos en el futuro desarrollo del niño y aun acerca de su futura personalidad y comportamiento. En entrevistas realizadas a niños cuyo llanto había registrado diez años antes, en el momento de su nacimiento, por lo que resultaba de hecho la primera entrevista, logró afirmar una cantidad de datos acertados. Tan sólo a través del informe que poseía del momento del nacimiento, podía predecir si el niño sería abúlico o hiperactivo. En uno de los casos y basándose solamente en el llanto, descubrió que el niño tenía una fisura palatina y sería algo retardado mentalmente.

La posible importancia del aprendizaje prenatal del lenguaje se advierte en trabajos realizados en una clínica de París que desde hace por lo menos diez años trata niños mudos, criaturas de tres o cuatro años que jamás han producido un sonido inteligible. Cada niño es ubicado en una pequeña habitación silenciosa acompañado por un terapeuta y escucha la voz de su madre, grabada con anterioridad mediante un micrófono de contacto ubicado contra su abdomen, mientras ella habla normalmente y de manera audible. Esta imitación del lenguaje "filtrado" a través del útero suena confuso y extraño pero posee un efecto sorprendente sobre algunos de estos niños. Unos comenzaron a hablar de manera inteligible, o pudieron trazar garabatos o ambas cosas a la vez; nunca antes habían llegado a eso en sus cortas vidas. También se logró disminuir gran variedad de impedimentos para el aprendizaje. El doctor Truby, que visitó la clínica por primera vez en 1962, comparte la opinión de su director, el doctor Alfred Tomatis. Ambos concuerdan en que es como si los niños fueran llevados nuevamente a recorrer un camino que por algún motivo no habían recorrido antes. También se empleó este método de volver a "recorrer un camino" para tratar otros tipos de alteraciones en el desarrollo de los niños. Jóvenes esquizofrénicos, por ejemplo, han sido envueltos en pañales nuevamente, alimentados con biberón, mantenidos en brazos y mecidos como bebés, independientemente de la edad o el tamaño. El psicoanálisis en sí es una especie de "volver a recorrer" un camino ya recorrido.

Todo esto nos hace meditar acerca de la predicción del doctor Bentley Glass, anterior presidente de la Asociación Americana para el Progreso de las Ciencias, quien sugiere que para fines de este siglo se logrará la gestación de seres humanos en probetas en el laboratorio, en lugar del útero humano. Aun conviniendo en que los científicos lograran reproducir con total exactitud el ambiente químico del útero, no debería dejar de prestarse rigurosa atención al entorno sensorial. Si no se hiciera así o no pudieran lograrlo, ¿qué especie de criatura podrá surgir de un tubo de ensayo?

El hecho de nacer es un shock para el ser humano, probablemente el mayor que deba soportar durante su existencia. Si al hacerlo se encuentra en un ambiente similar en muchos aspectos al del útero del que acaba de ser expelido violentamente, parece obvio que el shock será menor. Sin embargo, en nuestra cultura se realizan pocos esfuerzos para tratar de ayudar al recién nacido en una etapa tan importante de la vida. En su fascinante libro Tawching, Ashley Montagu sostiene que éste puede ser un peligroso error.

Dentro del útero, el niño es sostenido y rodeado -en realidad siente presiones por todos lados- del calor del vientre materno. Lo que más se asemeja a esta experiencia en el mundo exterior es estar en brazos de su madre. No obstante, en la mayoría de las clínicas norteamericanas el niño es inmediatamente separado de su madre y ubicado sobre la superficie plana y desprotegida de una cunita, que no le proporciona apoyo alguno.

Cada vez que su madre se mueve, el bebé se hamaca suavemente dentro de su vientre y continuamente oye el rítmico latir de su corazón. Pero en el momento de nacer, repentinamente lo agreden una cantidad de sensaciones extrañas y a la vez abrumadoras y totalmente inesperadas. Han desaparecido para ellos ritmos fijos y adormecedores de su existencia prenatal. De manera experimental se les ha hecho escuchar a los recién nacidos grabaciones del ritmo cardíaco, y los que fueron expuestos a este tratamiento aumentaron de peso y lloraron menos que los otros. También presentaron menos problemas digestivos y respiratorios y su respiración era más profunda y regular.

La mayoría de las mujeres parecen comprender instintivamente la necesidad de una experiencia rítmica y automáticamente hamacan y palmean a sus hijitos. Más aun, cuando una madre mece a su hijo, tendrá una tendencia a hacerlo siguiendo el ritmo de su propia respiración o de la del niño; al palmearlo, este ritmo reproducirá también el ritmo cardíaco de la madre o del niño. La cuna mecedora, raramente empleada en nuestros días, solía brindar una sensación de seguridad basada en el ritmo. Hasta casi el final del siglo xix, era considerada indispensable. Sin embargo, a fines de 1890 los pedíatras comenzaron a objetar su empleo, acusándola de ser formadora de hábito y a condenar el mecer a los niños como una "práctica malsana". Eventualmente la confortable mecedora fue reemplazada por la rígida extensión desprotegida de una cuna. Montagu es un ardoroso defensor de la vuelta al uso de la mecedora.

Montagu también considera que los bebés norteamericanos no son tocados ni tenidos en brazos el tiempo suficiente. Para muchos mamíferos las primeras experiencias táctiles son literalmente una fuente de vida. El animal recién nacido es cuidadosamente lamido y aseado inmediatamente después de nacer y luego con frecuencia, esto no es tanto una medida sanitaria como un estímulo tangible necesario. La piel es masajeada y los impulsos sensoriales llegan al sistema nervioso central y despiertan los centros respiratorios y otras funciones. Este despertar constituye una necesidad del animal recién nacido. El que no reciba este tratamiento, es muy posible que muera. Montagu sostiene que en los seres humanos, las prolongadas contracciones del útero que constituyen el trabajo de parto, cumplen la misma función que la lamida después del nacimiento en los animales. Ambos ponen en funcionamiento los sistemas vitales del ser.

Sin embargo, la necesidad del contacto táctil estimulatorio no termina a los pocos días del nacimiento. Los famosos experimentos de Harry Harlow prueban que por lo menos para los monos, el continuo contacto de la piel es extremadamente importante. Harlow separó a monitos recién nacidos de sus madres y los colocó en jaulas con dos madres sustitutas artificiales. Una de estas figuras hecha de alambre, periódicamente les proveía leche. La otra, confeccionada con felpa, no les proporcionaba alimento alguno, sin embargo, los monitos no preferían la figura que les proporcionaba comida, sino que se acercaban, con mucha más frecuencia, a recibir el contacto de la felpa, que al parecer les proporcionaba consuelo. Aparentemente, para ellos, era tan importante el contacto corporal como el alimento.

El contacto corporal es también muy importante para los seres humanos recién nacidos. Si se los separa de sus madres inmediatamente después de nacer y se los interna en alguna institución, padecerán lo que se conoce como síndrome de la "privación materna". El desarrollo mental, emocional y aun físico de estos pobres niños, está amenazado. Los niños de orfelinato son demasiado tranquilos y duermen en exceso. Desde que tienen cinco meses, hasta los ocho, tendrán una tendencia a consolarse solos mediante un balanceo monótono similar al que realiza un adulto sumido a una gran pena. El bebé huérfano hasta reacciona en forma distinta al ser tomado en brazos. Dos científicos que efectuaron estudios de este problema escribieron: "No se adaptan bien a los brazos de los adultos, no parecen querer acurrucarse y hasta se nota una falta de flexibilidad. . . Parecen muñecos rellenos de aserrín; se mueven y flexionan correctamente las articulaciones pero se los siente algo rígidos, como si fueran de madera". Al igual que los cachorros de animales, los niños parecen necesitar que se les estimule el sistema nervioso de alguna manera para poder desarrollarse normalmente.

A pesar de que en nuestros días son pocos los niños norteamericanos que padecen de ausencia materna, Montagu piensa que aun los bebés normales en nuestra cultura no reciben el estímulo táctil suficiente. Ciertamente, si comparamos la forma en que son tratados los niños en otras culturas, descubriremos que los norteamericanos figuran entre los que reciben menor proporción de contacto. Los bebés balineses, por ejemplo, pasan sus días dentro de una faja que sus madres, sus padres o alguna  otra persona lleva colgando a la espalda. Por la noche, duermen en brazos de los adultos. Las madres esquimales de Netsilik mantienen a sus bebés desnudos con excepción de un pañal, sobre su espalda, metidos dentro de su parka que tiene un cinturón especial que la convierte en una bolsa muy adecuada. En los Estados Unidos, por el contrario el bebé es llevado en un cochecito, atado ocasionalmente al asiento de un auto, o librado a su propio albedrío en una cuna movible o un "corralito".

Cuando duerme, lo hace solo. Esta temprana separación del bebé y la mamá en nuestra cultura, probablemente contribuye al sentimiento de estar aislado en el adulto, que se siente aun dentro de la familia.         

Montagu no es muy afecto al modo de criar los niños en el mundo occidental. Más aun, cree que la privación del contacto táctil de los bebés norteamericanos produce un adulto torpe en el arte de hacer el amor y una mujer que, con frecuencia, está más interesada en el acto en sí por el contacto corporal que entraña, que por la gratificación sexual que pueda obtener de él. Algunas mujeres que se convierten en ninfómanas, lo hacen en un aparente deseo ferviente de ser acariciadas y estrechadas entre los brazos; realmente un desesperado deseo infantil.

La evidencia de la pobreza táctil surgió en uno de los pocos estudios naturalistas realizados con respecto al contacto. Vidal Starr Clay observó el comportamiento táctil de madres con sus hijos en lugares públicos. Descubrió, como era de esperar, que los niños son tocados cada vez menos a medida que crecen. No obstante, los que mayor contacto físico tenían con sus madres no eran los llamados "niños de brazos", sino los más grandecitos; los de menos de dos años que ya sabían caminar. En nuestra cultura, hay una cantidad de cosas que se interponen entre la madre y el niño: biberones, pañales, cunas, cochecitos, etc. El niño comienza a disfrutar de un período satisfactorio de contacto cuando comienza a caminar y luego éste disminuye progresivamente hasta decaer casi totalmente a la edad de cinco o seis años. Las observaciones de Clay mostraron también que la mayoría de los contactos entre la madre y el niño se producen a través de los gestos que aquélla realiza para atenderlo -limpiarle la nariz, arreglarle las ropas- más que expresiones de afecto. Asimismo comprobó que las niñitas eran tocadas con mayor frecuencia que los varones. Otros estudios revelaron que las niñas son sometidas a mayor número de demostraciones de cariño que los varones y que aquéllas mantienen durante más tiempo la alimentación maternal. Así como a los varones se les permite una mayor independencia física, a las niñas se les proporciona una mayor independencia emocional. La madre norteamericana parece tan empeñada en no sobreestimular a sus hijos varones ni sexual ni emocionalmente, que en realidad probablemente peque de lo contrario. Tal vez ésa sea la razón que lleva a las americanas adultas a sentirse más cómodas con respecto al contacto corporal que los hombres.

''Para el bebé, ser tenido en brazos representa amor. Pero a medida que crece la forma en que lo sostienen representa mucho más que eso. Le indica muchas cosas acerca de la persona que lo sostiene; se da cuenta cuándo el que lo maneja está nervioso y no está acostumbrado a tratar con bebés. Puede sentir la tensión que acompaña a la ira y captar el letargo de la depresión. A temprana edad, comienza a absorber los sentimientos de su madre hacia el sexo, que le son transmitidos de manera no-verbal. El psiquiatra Alexander Lowen explica que si una madre siente vergüenza de su cuerpo, podrá transmitir ese sentimiento al amamantar a su hijo, por la forma tensa y poco graciosa en que lo haga. Si los órganos genitales le resultan repulsivos, lo demostrará al cambiar los pañales de su niño. Debe ser difícil, casi imposible, tratar de esconder estas reacciones básicas ante la ávida atención del infante.

Los bebés aprenden rápidamente todas las experiencias sensoriales que se les ofrecen, a pesar de que tenemos una tendencia a despreciar esa habilidad, de la misma manera que ignoramos la capacidad de aprender del feto. El psicólogo Jerome Bruner considera que los infantes captan muchos más detalles del medio ambiente que los rodea que lo que los adultos suponen. También sostiene que los niños más pequeños inventan sus propias teorías para explicar lo que perciben. Un niño de sólo tres semanas aparecerá perturbado si, mediante un micrófono o ventrilocuismo, la voz de la madre pareciera provenir no del lugar donde se encuentra ésta sino de otro. Ya tiene formada una teoría que une la dirección del sonido con lo que percibe. Bruner sostiene que los bebés poseen una capacidad innata para construir teorías lógicas partiendo de trozos de evidencia. A pesar de que esta idea es relativamente nueva, los científicos han considerado desde hace muchos años otras posibles reacciones innatas. Por ejemplo, han señalado que desde una edad muy temprana los niños sienten una enorme atracción hacia el rostro humano, especialmente los ojos. Esta reacción hacia los ojos es una secuencia vital del comportamiento que se produce en las primeras etapas de la vida de todo ser humano normal.

En el momento de nacer, el niño sólo podrá distinguir formas entre la luz y la sombra; no obstante, aproximadamente a las cuatro semanas aprenderá a fijar la mirada y lo que sucede entonces es uno de los hechos más pequeños pero más trascendentes de su vida.  Un día, mirará a su madre directamente a los ojos y sonreirá.  Aun los niños ciegos tienen una reacción similar a la misma edad. Ante esto, las madres reaccionarán indefectiblemente con gran alborozo y alegría.  Algunos científicos creen que estas pautas de comportamiento son innatas: el contacto ocular, la sonrisa del bebé y aun la alegría materna. El argumento que se esgrime es que esta reacción de alegría de la madre tiene un valor de supervivencia, ya que para los seres humanos la maternidad entraña un período prolongado, exigente, agotador y con frecuencia poco reconocido. Puede resultar crucial para la madre en ese momento, percibir que está recibiendo una respuesta positiva de su hijito; algo así como parte de pago por sus servicios inacabables.

En un intento de ubicar exactamente ante cuáles aspectos del rostro humano reaccionan los niños y a qué edad, los investigadores han realizado experimentos en los que les presentan láminas especialmente diseñadas. Han descubierto que bebés de sólo dos meses de edad sonreirán si se les muestra una tarjeta con dos puntos pequeños bien delineados y ubicados horizontalmente; en otras palabras, una representación gráfica de un par de ojos. También han probado que a esa edad es más probable que reaccionen ante una imagen de ese tipo que ante todo un rostro. El número de puntos no parece tener importancia; tampoco parece tenerla la forma de la tarjeta. Pero a medida que el bebé crece, el estímulo debe semejarse cada vez más a un rostro humano para despertar su interés. Deberá tener una boca, tendrá que moverse y, eventualmente, a la edad de siete meses, deberá también sonreír.

Mientras que la atracción básica de los ojos puede ser innata, es posible explicarla sin tal comportamiento. El bebé reaccionará favorablemente ante cualquier estímulo que le sea familiar y al mismo tiempo suficientemente complejo como para interesarlo. A1 nacer, su radio de visión está limitado a unos veinticinco centímetros desde la punta de su nariz y es ésa la distancia a la que se presenta el rostro de su madre mientras lo alimenta y en muchas otras ocasiones durante el día. Al principio puede ser que el rostro le resulte demasiado complejo para asimilarlo en su totalidad, pero los ojos, brillantes, movedizos, surgiendo de su propia imagen borrosa debido a lo inmaduro de su visión, atraerán poderosamente su atención. Ellos podrán, como dice el psicólogo inglés lan Vine, "proporcionar una base que incite a una mayor investigación y percepción total del rostro".

A medida que el bebé crece, comienza a distinguir no sólo los rostros familiares, sino a reconocer las expresiones y en poco tiempo estará capacitado para interpretar el lenguaje no-verbal de manera más hábil, tal vez, que en toda su existencia. Como escribiera Desmond Morris en su libro The Naked Ape: En las etapas pre-verbales, antes de que toda la maquinaria de la comunicación simbólica y cultural se nos haya impuesto, nos dejaremos guiar mucho más por pequeños movimientos, cambios de postura y tonos de voz, que lo que necesitaremos más tarde en nuestra vida... Si la madre realiza movimientos tensos y agitados, sin importar cuánto procure disimularlos, se los comunicará al niño. Si al mismo tiempo muestra una amplia sonrisa, no lo engañará sino que lo confundirá más aun.

El bebé se transforma en niño y continúa siendo extremadamente sensible a los mensajes faciales. Puesto que todavía no ha aprendido a mirar fijamente a otra persona a la cara y porque aún no se distrae por las palabras, como los adultos, es capaz de leer la excitación, el temor, la vergüenza o la alegría. La importancia que los niños otorgan al rostro está demostrada en los típicos dibujos que realizan en la edad pre-escolar. La figura humana está coronada por una enorme cara cuidadosamente detallada. Nueve de cada diez niños, al ser tocados simultáneamente en la mano y el rostro y luego interrogados acerca del lugar donde se los tocó, indicarán el rostro, mientras que entre adultos normales la proporción será del cincuenta por ciento. Silvan Tomkins (ha sugerido que el primer motivo de temor en la niñez no son las palabras de enojo o una voz amonestadora, sino un rostro que demuestre ira. Lo explica así: He tratado a niños en los que se notaba claramente que el temor ante el rostro enojado o de falta de cariño o vergüenza de uno de los padres, era tanto mayor que el temor a una palmada u otro castigo, y hasta parecería que los niños buscaran este tipo de reprimenda, con tal de evitar el aspecto condenatorio del rostro que los asusta. Puesto que el rostro paterno suele suavizarse después de descargada la agresión, algunos niños provocaban esa descarga mediante la vía más inocua, como ser enviados a su cuarto o recibir unas palmadas, con tal de no tener que enfrentar la temida interacción facial.

Ésta es una nueva manera de explicar un fenómeno notado por los psiquiatras: el niño que busca ser castigado. La explicación más común de estos especialistas es que secretamente se siente culpable y el castigo lo releva de su culpa; pero esto no quiere decir que no prefiera unas palmadas a tener que ver la cara enojada de su padre o de su madre.

Los niños de dos y tres años suelen tener terror a las máscaras.  Esto se debe, en parte, a un reflejo de lo que la psicoanalista Selma Fraiberg, especialista en niños llama:  "el pensamiento mágico".   El niño piensa que si el rostro ha cambiado, también puede haber una persona distinta detrás. Pero puede deberse, asimismo, a que los niños dependen extraordinariamente de los rostros de otras personas, y buscan en ellos la clave de sus reacciones.   Algunas veces, también desarrollan prejuicios contra ciertos rostros; esta reacción es perfectamente lógica por cuanto ellos "ven" más de lo que pueden apreciar los adultos.  Cuando mi hija tenía cuatro o cinco años, por ejemplo, solía decirme de algún adulto que "no le gustaba su cara".  Casi siempre resultaba que lo que producía esa reacción no era una falta de atractivo en el sentido que le damos los adultos, sino una expresión habitual de enojo, hastío o descontento.

Resulta desconcertante para una madre (o un padre) darse cuenta de que constantemente se comunica con su hijo pequeño a través de canales no verbales y que con frecuencia le transmite sensaciones y reacciones de las cuales ni siquiera está consciente. Esta idea, logró transtornarme durante un tiempo, especialmente cuando tropecé con la literatura que se refería a profecías que siempre se cumplen.

La investigación de dichas profecías comenzó a principios de la década del treinta con un caso clásico: el de un niño de seis años que insistía en querer irse de su casa. Cada vez que retornaba, el padre escuchaba los detalles de su aventura. A pesar de que lo castigaba después, parecía evidente que le agradaban las hazañas de su hijo. A raíz de los trabajos realizados desde entonces sobre comunicaciones no-verbales, es fácil explicar cómo se reflejaba ese placer a través de sus expresiones faciales; por las posturas que adoptaba y el ritmo que seguían sus movimientos al escuchar las narraciones de su hijo.

Asombrados ante este claro ejemplo, dos psiquiatras de Chicago se dedicaron a buscar otros problemas de comportamiento y descubrieron niños que robaban, otros que provocaban incendios, algunos que tenían desviaciones sexuales y otros finalmente que hasta llegaron a cometer crímenes; todos actuaban impulsados por deseos inconscientes de sus padres. Cualquier adulto que se haya enfrentado aunque sea brevemente con sus propias fantasías, hallará esta idea demoledora. La madre sobreprotectora será algunas veces la culpable de que su hijo haga las cosas que ella más detesta. La madre que no soporta las mentiras, será la más propensa a tener un hijo mentiroso.

No obstante, las emociones reprimidas y las ambiciones subconscientes son parte del contexto psicológico de todo adulto normal. Los padres siempre han comunicado cosas de este tipo a sus hijos y la mayoría de ellos las han soportado bastante bien. En el futuro, seguramente, los estudios sobre la interacción entre padres e hijos nos enseñarán mucho más acerca de la forma en que se comunican las familias, pero pasará mucho tiempo hasta que logremos establecer la forma de enseñar a los padres a no transmitir ciertos sentimientos de manera no-verbal. Además, por supuesto, antes de lograr ser capaces de no comunicarlos, uno debe enfrentar valientemente el hecho de que los posee. En cuanto se refiere al aprendizaje no-verbal de los bebés, si tomamos seriamente los argumentos de Ashley Montagu ( y yo lo hago), debemos llegar a la conclusión de que todo nuestro sistema merece ser revisado. Los padres, los médicos y los hospitales deben tratar de lograr un medio para proveer al infante de una transición más suave desde el útero materno al mundo exterior. Debemos asegurarnos, según me parece, antes de llevar a niños pequeños a guarderías donde los tengan todo el día, de que serán convenientemente tratados, sostenidos en brazos, estrechados y en general "amados", "queridos" en proporción suficiente. Es maravilloso ofrecer a una criatura de edad pre-escolar un caudal de estímulo intelectual y la oportunidad de aprender a una edad temprana, como sucede en los buenos centros de atención infantil; pero el aprendizaje no-verbal que realiza en sus primeros años es tal vez más importante aun y la mejor forma de lograrlo es mediante una buena relación con los adultos que gozan de su compañía y tienen tiempo para dedicársela.

EL CÓDIGO NO-VERBAL DURANTE LA NIÑEZ

 

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