Una
estudiante de enfermería está sentada en una habitación a oscuras,
mirando esa clase de película que se considera digna de una pesadilla.
En la pantalla se ve un ser humano que tiene la cara y el cuerpo
horriblemente quemados mientras soporta el agónico dolor ocasionado
cuando le arrancan diferentes capas de piel.
La
chica no está sola durante el experimento. Hay otra mujer encargada de
entrevistarla, que está sentada en el otro extremo de la habitación,
enfrentando una pared blanca. Ha sido ubicada en ese lugar pues desde
allí no puede ver ni a la estudiante, ni a la pantalla.
El
dramático filme continúa y la chica se revuelve en el asiento,
mientras los segundos transcurren lentamente y en silencio. Luego, por
fin aparece un subtítulo en la pantalla: las instrucciones. Debe
describir la película, falseando la verdad, como si hubiera estado
viendo flores, o niños jugando en un parque. Se oye el ruido de roces
de ropa, una silla que se corre y finalmente la mujer que la entrevista,
respondiendo a una señal, se da vuelta y enfrenta a la estudiante. La
chica finge una sonrisa valiente y comienza: "Debe ser primavera;
nunca he visto tantas flores hermosas".
Este
ingenioso experimento fue ideado por Paul Ekman, joven, dinámico, muy
conocido, y probablemente el más importante en el campo de la
comunicación no-verbal. Su centro de investigaciones está ubicado en
el Instituto Langley Porter de San Francisco, en una antigua casona de
ladrillos, de altos cielos rasos, de revestimientos de roble y de largas
escaleras de madera. La atmósfera es confortable; hay aproximadamente
veinte investigadores en mangas de camisa; el equipo que utilizan es
formidable. Otros científicos se refieren casi con veneración a la
computadora, combinada con video tape que posee Ekman. Fue diseñada por
él mismo y sus colaboradores que sólo tienen que hacerle una consulta
-solicitar por ejemplo todo material archivado acerca de gestos de la
mano hacia la boca- y en cuestión de segundos éstos aparecen en la
pantalla de televisión. Se puede pasar las imágenes más lentamente o
detenerlas a voluntad, para estudiarlas en detalle.
El
interés de Ekman por la comunicación se remonta a 1953, cuando empezó
a buscar una forma de evaluar lo que sucede durante una sesión de
terapia de grupo. Se convenció de que lo que se dice durante ella no
proporciona ninguna respuesta real, así que comenzó a investigar el
comportamiento no-verbal. Desde hace siete años, Wallace Friesen ha
estado colaborando con él en todos sus proyectos. A pesar de que han
analizado juntos todos los movimientos corporales, se han concentrado
especialmente en el rostro.
El
propósito que lo llevó a este experimento filmado fue tratar de
aprender algo acerca del engaño. Cuando una persona miente, ¿cuáles
son en su expresión los detalles mínimos que la delatan? La estudiante
de enfermería fue filmada mientras hablaba sobre la película. Había
hecho dos sesiones previas en el laboratorio, durante las que le habían
mostrado películas bastante inocuas y hasta alegres y se le dijo que
las describiera tal como las veía. De esta manera, podrían comparar
los movimientos de su cuerpo en ambas sesiones; en la que dijo la verdad
y en la que se le pidió lo contrario, para ver si de alguna manera
demostraba que estaba mintiendo.
Todas
las personas seleccionadas por Ekman para este experimento eran
estudiantes de enfermería porque, según él dice "no es la clase
de espectáculo que me gusta mostrar a cualquier persona, excepto a
alguien que debe acostumbrarse a este tipo de cosas". La mayoría
de las futuras enfermeras mentían apasionadamente porque intentaban no
reaccionar visiblemente ante la mutilación física. Los resultados, sin
embargo, demostraron que podían catalogarse en tres categorías:
algunas eran extremadamente hábiles para fingir. Al principio, el
cuidadoso análisis de su comportamiento no dio ninguna clave que
indicara que estaban mintiendo. Otras, aparentemente incapaces de
mentir, claudicaban rápidamente durante la sesión y decían la verdad.
Otras, en cambio, mentían pero no del todo bien. Una pista fueron los
gestos. Realizaron menos de los que habitualmente acompañan una
conversación: marcar el compás, dibujando figuras en el aire, señalar,
dar ideas de dirección o tamaño. En cambio, la mayoría de los
movimientos que hicieron tendían a ser nerviosos o sobresaltados: se
pasaban la lengua por los labios, se frotaban los ojos, se rascaban, etcétera.
Un
análisis preliminar de las expresiones de las chicas sugirió que las
claves se hallaban al comenzar, al terminar y durante la sesión. En
otras palabras, la mayoría de las personas sabe fingir una expresión
alegre, triste o enojada, pero lo que no sabe es cómo hacerla surgir súbitamente,
cuánto tiempo mantenerla, o en qué instante hacerla desaparecer. Lo
que los novelistas llaman una "sonrisa estereotipada" es un
excelente ejemplo de esto.
El
hombre es capaz de controlar su rostro y utilizarlo para transmitir
mensajes. Deja trasuntar su carácter puesto que las expresiones
habituales suelen dejar huellas. El rostro como transmisor de emociones
ha interesado a los psicólogos. Con el correr de los años, su interés
se ha volcado fundamentalmente en dos aspectos: ¿Trasmite el rostro
emociones? Y si es así, ¿el género humano envía y comprende
universalmente este tipo de mensajes? En su reciente libro, Emotion in
the Human Face, Paul Ekman examina los experimentos realizados sobre el
rostro en los últimos cincuenta años, y concluye que, reanalizados y
tomados en conjunto, prueban que las expresiones faciales son un índice
confiable de ciertas emociones básicas. Para el lego, esto puede
parecer como trabajar sobre lo obvio; pero para Ekman es un punto de
comprobación muy importante, puesto que gran parte de su trabajo actual
está basado en la creencia de que existe una especie de vocabulario
facial.
Más
de mil expresiones faciales diferentes son anatómicamente posibles. Los
músculos de la cara son extremadamente sensibles y en teoría una
persona podría demostrar todas las expresiones en sólo dos horas. Sólo
unas pocas, sin embargo, poseen un sentido real e inequívoco y Ekman
considera que esas pocas se ven en toda su intensidad en la cocina, en
el dormitorio o en el baño, puesto que la etiqueta exige que sean
controladas en casi todas las circunstancias. (Deténgase a buscar la
diferencia entre un verdadero rugido de furia, una exagerada expresión
que muestra todos los dientes y que se ve sólo en momentos de emoción
extrema, y el controlado gruñido y la boca tensa que son más comunes.)
El
problema de Ekman consistió en encontrar un método eficiente de
codificar las expresiones. Eventualmente, mientras trabajaba con Wallace
Friesen y el psicólogo Silvan Tomkins, encontró una solución
ingeniosa. Una especie de atlas del rostro llamado FAST (Facial Affect
Scoring Technique). FAST cataloga las expresiones faciales usando
fotografías en vez de descripciones verbales, dividiendo el rostro en
tres áreas: la frente y las cejas; los ojos; y el resto de la cara:
nariz, mejilla, boca y mentón. Para la emoción de "la
sorpresa", FAST ofrece fotografías de frentes fruncidas por encima
de las cejas arqueadas; de ojos muy abiertos, y de bocas abiertas en
distintos grados en el "oh" de la sorpresa. El que quiera
catalogar una expresión facial, podrá comparar el rostro que le
interese, área por área, con las fotografías de FAST. No son
necesarias las explicaciones escritas.
Ekman
está empleando ahora el FAST en una especie de entrenamiento de
sensibilidad visual. El objetivo es enseñar a diferentes personas
-vendedores, abogados o cualquiera que tenga interés- para que
logren reconocer las expresiones faciales en la conversación cotidiana. Ekman comienza enseñando las expresiones básicas; luego las mezcla de
manera que mientras un área del rostro denota una emoción, las otras
presentan emociones distintas. (Por ejemplo, unos ojos y cejas enojados
sobre una boca sonriente.) El mismo efecto se produce cuando las
diferentes expresiones se suceden rápidamente. Se producen las mezclas
cuando ambas emociones son simultáneas o cuando la costumbre las liga
entre sí. Para un hombre, la ira puede estar íntimamente ligada al
temor si su propia ira lo asusta; para otro, el temor puede estar ligado
a la vergüenza.
Ekman
entrena a sus alumnos para que identifiquen las diferentes expresiones,
que son fáciles de confundir, como ser la ira o el disgusto, el dolor y
la sorpresa, y reconocer las emociones que se han tratado de disimular.
La piéce de résistance, sin embargo, es la que enseña a distinguir
una expresión honesta de otra que no lo es. Para el entrenamiento se
emplean muchas imágenes, tanto en video tape como en fotografías.
Luego se les toma una prueba en video tape del experimento del engaño a
los que se entrenaron. Al mostrarles las fotografías donde aparecen
exclusivamente las cabezas de las enfermeras, por lo general pueden
distinguir por su expresión facial cuándo las chicas mienten o cuándo
dicen la verdad. Las personas no entrenadas, por lo general, no notan
ninguna diferencia.
Es
probable que el FAST resulte un instrumento de inmenso valor para los
psicólogos que estudian las emociones. Es difícil estar seguro de lo
que siente otro ser humano en un momento dado. Se le puede preguntar,
pero puede negarse a contestar; puede mentir o tal vez ni siquiera saber
qué es lo que siente. En el laboratorio un investigador puede medir el
ritmo cardíaco o respiratorio de una persona mediante el sistema GSR (Galvanic
Skin Response), pero si bien estos datos indican la presencia de
emociones, no logran diferenciar unas de otras. Algunas veces el
investigador puede considerar la situación en que se encuentra el
paciente, y tratar de adivinar cuál es su verdadera emoción, pero los
abismos son obvios.
Antes
de que los científicos puedan considerar al FAST como un método
seguro, deberá comprobarse que es realmente confiable. Una de las
preguntas que podríamos formular es si todas las personas entrenadas en
su utilización extraen las mismas conclusiones sobre lo que ven. Los
experimentos de Ekman han demostrado que es así. La próxima pregunta
es más difícil de contestar. ¿Puede el FAST realmente medir la
intensidad del sentimiento de una persona? La dificultad reside, como ya
lo hemos mencionado anteriormente, en la imposibilidad de saber con
certeza cuáles son los sentimientos de un individuo, puesto que no
podemos basarnos exclusivamente en lo que nos dice.
El
interrogante sobre las expresiones universales ha preocupado a los
investigadores de las expresiones faciales; y durante años, ha habido
una polémica entre Paul Ekman y Ray Birdwhistell. Ekman considera que
ha probado a través de estudios comparativos entre diferentes culturas,
que efectivamente existen gestos universales: los hombres de todo el
mundo se ríen cuando están alegres o quieren parecerlo, y fruncen el
ceño cuando están enojados o pretenden estarlo. Como ya he dicho,
Birdwhistell sostiene que algunas expresiones anatómicas son similares
en todos los hombres, pero el significado que se les da difiere según
las culturas. Sin embargo, ésta es una opinión minoritaria. (La mayoría
de los científicos considera que por lo menos algunas expresiones son
universales.)
La
prueba más citada por aquellos que creen en las expresiones universales
es el estudio realizado en niños ciegos de nacimiento. Se ha observado
que todos los bebés realizan una especie de sonrisa a partir de las
cinco semanas, aun los ciegos, que de ninguna manera pueden imitar a las
personas que los rodean. Los niños ciegos de nacimiento también ríen,
lloran, fruncen el ceño y adoptan expresiones típicas de ira, temor o
tristeza.
La
evidencia de Ekman, por el contrario, se basa en un estudio comparativo
entre diferentes culturas que realizó con Friesen. Utilizando fotografías
de rostros cuidadosamente seleccionados que muestran claramente las
expresiones básicas -alegría, sorpresa, furia, tristeza, desprecio,
disgusto o contento-, pidió a personas oriundas de Norteamérica,
Brasil, Japón, Nueva Guinea y Borneo que identificaran las distintas
expresiones, y la mayoría de ellas lo logró sin diferencias
apreciables. Incluso tuvo éxito con la tribu neolítica Fore de Nueva
Guinea, que ha estado aislada del resto del mundo hasta hace tan sólo
doce años. Mientras Ekman realizaba sus estudios en las selvas del Pacífico
Sur y en universidades norteamericanas, otro psicólogo, Carrol Izard,
investigaba entre diez culturas alfabetizadas logrando el mismo
resultado positivo.
Ekman,
sin embargo, no pretende que la sonrisa de un Fore es un gesto
invariable de placer. (En todas las culturas existen lo que él denomina
"reglas demostrativas", que definen cuáles son las
expresiones apropiadas a cada situación. Estas reglas pueden exigir que
una expresión sea disimulada, exagerada, ocultada o tal vez suprimida
por completo. Y cada cultura cuenta además, no solamente con sus
propias reglas, sino con sus propios estilos faciales, Los italianos,
cuyo comportamiento facial es extremadamente volátil y expresivo,
suelen encontrar difícil de sondear el rostro parco de los ingleses.)
Las
reglas demostrativas fueron comprobadas con claridad en un experimento
realizado recientemente por Ekman en Norteamérica y en el Japón, donde
la etiqueta exige una sonrisa en casi todas las situaciones. El entorno
elegido por Ekman era idéntico en ambos lados del Pacífico. Los
individuos seleccionados estaban sentados a solas en una habitación
para observar una película del tipo de la que se les mostró a las
aspirantes a enfermeras, sólo que algo menos impresionante. Mientras la
observaban, fueron filmados y grabados sin tener idea de que esto
estuviera sucediendo. Luego penetró en la habitación un hombre para
entrevistarlos, japonés en el caso del Japón y norteamericano en el
otro. Se solicitó a cada una de las personas que describiera lo que había
visto. Mientras observaban la película, japoneses y norteamericanos habían
mostrado las mismas reacciones faciales, moviendo los mismos músculos
faciales en iguales situaciones. Durante la entrevista los
norteamericanos continuaron reaccionando visiblemente, recorriendo toda
la gama de expresiones de sorpresa y de desagrado; en cambio los
japoneses describieron lo que habían visto con una amable sonrisa en el
rostro. De tanto en tanto, cuando miraban hacia otro lado tratando de
organizar sus ideas, se notaba un relampagueo fugaz de emoción, de
desagrado o de enojo, que solamente podía captarse al pasar la película
en cámara lenta.
El
concepto de Ekman acerca de las reglas demostrativas y la admisión por
parte de Birdwhistell de que desde el punto de vista anatómico existen
realmente expresiones universales, parecen aproximar ambos polos de esta
polémica, a pesar de que los puntos de vista y los métodos de
investigación empleados son muy diferentes. Lo que para Birdwshistell
es una evidencia, para Ekman es meramente anecdótico. Por su parte,
Birdwhistell considera que los experimentos realizados en laboratorios
son a menudo artificiales, planeados y no guardan relación con la vida
real.
La
pregunta lógica que surge es: ¿si verdaderamente hay expresiones
faciales universales para el género humano, cómo se desarrollaron?
Charles
Darwin comenzó la investigación en 1872 con su libro The Expresión of
the Emotions in Man and Animals. Comparó las expresiones faciales de
un determinado número de mamíferos, incluido el hombre, y sugirió que
todas las expresiones humanas primarias podían remontarse hasta algún
acto funcional primitivo. El gruñido de furia, por ejemplo, puede
provenir del acto de enseñar los dientes antes de morder.
La
evolución de la sonrisa es más difícil de explicar y se ha aventurado
una serie de teorías diferentes. Richard Andrew, por ejemplo, parte del
hecho de que algunos primates, al verse amenazados, emiten un agudo
grito de protesta, ruido característico producido con los labios
estirados hacia atrás, en lo que parece una sonrisa. Los monos Rhesus
hacen también esto y algunas veces emplean esa mueca
defensiva-amenazante pero sin molestarse siquiera en emitir sonido
alguno. El hombre suele emplear una sonrisa defensiva como gesto de
pacificación. Pensemos en el invitado que sonríe avergonzado cuando
llega tarde a una cena. Por más débil que parezca su sonrisa es un
importante paragolpes que amortigua la agresión, ya que la sonrisa
constituye un medio de comunicación sutil, pero vital entre los seres
humanos. Existen diferentes historias de guerra que narran cómo un
soldado preparado para el combate, al sorprender al enemigo, fue
literalmente desarmado por éste con una sonrisa o el ofrecimiento de
algo para comer.
La
sonrisa de verdadero placer es más difícil de explicar que la sonrisa
defensiva, pero Andrew sugiere que puede provenir de la mueca que efectúan
automáticamente muchos mamíferos, incluso el hombre, cuando se
sobresaltan. Aquella mueca de sorpresa podría haber evolucionado hasta
transformarse en una amplia sonrisa de placer; el humor de los adultos
depende del factor sorpresa.
En
1966, dos psicólogos, Ernest Haggard y Kenneth Isaacs informaron que
mientras pasaban en cámara lenta películas de psicoterapia, habían
notado expresiones en el rostro de los pacientes que aparecían por un
instante para volver a desaparecer inmediatamente en una fracción de
segundo. Las expresiones no eran visibles al pasar la película a
velocidad normal; al pasarla nuevamente en cámara lenta, a más o menos
un sexto de la velocidad normal, podían ser detectadas en la mayoría
de la gente. Estudios posteriores revelaron que estas fugaces
expresiones eran reveladoras. Se notó que generalmente ocurrían en
pacientes con conflictos. "Yo no estaba enojado", diría al
mismo tiempo que se lo veía momentáneamente muy molesto. Por lo
general las personas no tenían escapatoria al enfrentar las expresiones
faciales que las ponían al descubierto. Mientras que un paciente
comentaba cuánto apreciaba a otra persona, su expresión solía pasar
vertiginosamente del placer a la ira y nuevamente al placer. Haggard e
Isaacs sugirieron que estas expresiones, que denominaron "micromentarias"
o "micros", no constituyen de por sí mensajes, conscientes o
inconscientes sino que son filtraciones de sentimientos verdaderos. En
realidad, pueden servir como una válvula de escape que permite a una
persona expresar, aunque sea muy brevemente, sus impulsos o sentimientos
considerados inaceptables.
Aparentemente,
los micros no son necesariamente invisibles. Desde 1890 numerosos
experimentos sobre percepción subliminal han demostrado que con
frecuencia vemos mucho más de lo que creemos ver. Muchas personas
recuerdan el revuelo producido en torno a la persuasión subliminal en
el año 50. Un investigador de mercado, norteamericano, aseguraba haber
aumentado las ventas de Coca-Cola y de maíz tostado proyectando en un
cinematógrafo repetidamente sendos carteles que rezaban "Tome
Coca-Cola" o "Coma maíz tostado" mientras pasaban la película.
Los
avisos se pasaban sólo por espacio de un tres milésimo de segundo; en
realidad eran prácticamente invisibles. Cuando el experimento tomó
estado público, muchos norteamericanos protestaron y se preocuparon por
el peligro que significaba la persuasión subliminal Las implicancias
políticas eran aterradoras. Sin embargo, otros experimentos han
indicado que ésta no es la forma más eficiente de convencimiento
subconsciente. El límite entre lo visible y lo subconsciente varía
entre una persona y otra y en cada individuo según las diferentes
situaciones. Un mensaje que se irradia el tiempo suficiente para ser
captado en forma subconsciente por la mayoría de la audiencia,
probablemente será visto claramente y de manera consciente sólo por
algunas personas.
Estas
diferencias individuales en la percepción fueron claramente demostradas
en un experimento realizado por Paul Ekman. En éste, su primer ensayo
sobre investigación de expresiones micromentarias, exhibió una película
a un grupo de estudiantes universitarios y de enfermeras que incluía
varios micros. Los estudiantes no lograron captar los micros cuando la
película fue proyectada a velocidad normal, pero sí cuando se la pasó
en cámara lenta. En cambio las enfermeras, que tenían aproximadamente
diez años de experiencia, descubrieron los micros durante la proyección
a velocidad normal.
Al
partir de esta base, Ekman comenzó a estudiar los micros mediante un
taquitoscopio, aparato que puede reproducir fotografías sobre una
pantalla a velocidades que llegan a un centésimo de segundo. Cuando
pasaba sus fotografías de rostros a velocidad máxima, las personas
insistían en que no veían absolutamente nada.
El
experimento con el taquitoscopio es mi juego de magia preferido, dice el
doctor Ekman. Usted se lo muestra a una persona y ella pensará que está
mirando una pantalla en blanco. Entonces hará lo que ella insiste que
son conjeturas y luego usted le explica. "Ahora le probaré que la
mayor parte de lo que dijo era acertado". Lee sus primeras diez
respuestas y ella quedará asombrada.
Todos
poseemos un aparato de percepción capaz de descifrar rostros a una
velocidad de un centésimo segundo, lo que ofrece un interrogante de
especial interés: ¿por qué no lo empleamos? Yo pienso que sistemáticamente
le enseñamos a la gente desde su infancia a no prestar atención a las
expresiones faciales mínimas, porque son demasiado reveladoras.
Obviamente,
esta enseñanza se efectúa de manera subconsciente. En cierta forma, el
taquitoscopio representa la imagen bastante real de un rostro, puesto
que las expresiones faciales pueden variar en sólo medio o un cuarto de
segundo, y siempre están relacionadas con las expresiones que las
preceden y las que les siguen, acompañadas además de una serie de
palabras y de movimientos corporales que distraen la atención. El ojo
humano tiene que ser muy veloz para captarlas, y un rostro proyectado
por el taquitoscopio es quizás más cercano a lo que se nos presenta en
la vida real que las fotografías que podemos estudiar con tiempo.
En
el transcurso de sus experimentos con el taquitoscopio el doctor Ekman
descubrió un fenómeno muy interesante. Aproximadamente la mitad de las
personas entrevistadas perdían continuamente una emoción. Cada
individuo parecía tener un punto débil particular. Lograba captar casi
todo correctamente pero pasaba por alto las imágenes de rostros que
demostraban ira o desagrado. Siempre se trataba de una expresión
desagradable; ninguno pareció pasar por alto la alegría. Obviamente,
había un mecanismo de bloqueo subconsciente, y parecía estar
relacionado con la personalidad del individuo y con el humor en que se
hallaba en ese momento.
Ekman
investigó este bloqueo en mayor profundidad en otro estudio preliminar
en que examinó a treinta individuos mediante el taquitoscopio, y luego
les brindó la oportunidad de relajarse tomando un trago y fumando un
cigarrillo. Diez de ellos tenían una proporción mucho mayor de alcohol
en su bebida; otros diez fumaron cigarrillos de tabaco mezclado con
marihuana; y el resto tomó bebida sin alcohol y fumó cigarrillos
comunes, un doble efecto de placebo. Cuando todos los individuos
volvieron a ser sometidos a la prueba del taquitoscopio, el último
grupo reaccionó en forma similar a la inicial. El grupo alcohólico
tuvo mayor dificultad para reconocer todas las emociones, excepto la de
desagrado, y en ésta, parecían ahora mucho más precisos. Pero lo que
más interesó a Ekman fue la reacción del grupo que había fumado
marihuana, ya que es creencia popular que su uso acrecienta notablemente
la sensibilidad. En realidad, el grupo se comportó notablemente peor en
el reconocimiento de la tristeza, del temor y de la ira. Ekman recalca
que éste fue un estudio preliminar. No estaba investigando los
diferentes estados de ánimo -tanto la marihuana como el alcohol
producen efectos totalmente diferentes según las circunstancias-, así
que trató de intensificar el estudio de las reacciones.
La
mayoría de los investigadores dedicados al estudio de la comunicación
no-verbal que conocí, consideran que realizan trabajos científicos básicos
y creen que aún falta mucho tiempo para que se pueda dar una aplicación
práctica a su trabajo. Sin embargo, Paul Ekman piensa que los estudios
de la comunicación no-verbal serán un "campo muy candente"
durante unos años, hasta que se logre develar los interrogantes
fundamentales. En cuanto a su aplicación práctica, predice que se
emplearán en muchos estudios psicológicos sobre la emoción,
utilizando como parámetro la expresión facial.
Ekman
considera asimismo que no habrá grandes progresos relacionados con la
psicoterapia, puesto que los terapeutas ya están empleando los
conocimientos existentes sobre la comunicación; piensa además que
surgirá una tremenda explotación comercial.
Puedo
prever la aparición de institutos dedicados a entrenar vendedores y
aspirantes a diferentes puestos. También creo que se empleará la
observación de las expresiones faciales durante las entrevistas de
personal.
Pienso
que la medida de las expresiones se utilizarán para probar la reacción
ante distintas propagandas comerciales; ya he sido abordado a ese
respecto. No he aceptado. Creo que veremos un creciente entrenamiento
del comportamiento facial de los empleados en todo el mundo de los
negocios. Considero que es posible enseñar a las personas para que
aprendan a engañar mejor.
Algunas
de estas predicciones no son muy halagüeñas, pero cuando así se lo
comenté, Ekman me dijo que en cuanto la comunicación no-verbal pase a
ser parte del conocimiento popular, comenzará a cambiar. En cuanto se
publiquen estudios que describan las formas en que la gente disimula que
está fingiendo, esas maneras comenzarán a desaparecer para dejar lugar
a otras. Esto presenta un nuevo problema para los investigadores de
ciencias sociales. Sus estudios sobre el comportamiento pueden
precipitar cambios de conducta que a su vez quitarán validez a sus
investigaciones anteriores.
La
idea de que exista una persona para entrevistar al personal que esté
entrenada para registrar expresiones faciales, es algo escalofriante y
nos recuerda el 1984 de George Orwell, donde un hombre cometió un
"crimen facial" cuando su rostro dejó traslucir que estaba
imaginando pensamientos prohibidos. Al explicar a la gente que los
movimientos corporales producen una comunicación, ésta se siente
desamparada, expuesta y al descubierto aun en completo silencio; después
de todo, uno puede negarse a hablar, pero es difícil permanecer inmóvil
y sin tensar un solo músculo. Freud escribió: "Aquel que tenga ojos
para ver y oídos para escuchar, podrá convencerse de que ningún
mortal puede guardar un secreto. Si sus labios mantienen silencio,
conversará a través de las puntas de sus dedos; la traición brotará
de todos sus poros. Una vez oí que un hombre le dijo a una mujer: ¿Te
has dado cuenta de que acabas de cruzar las piernas y los brazos al
mismo tiempo? Obviamente te has puesto a la defensiva". Ésta es
una irrupción en la intimidad, tan incorrecta como leer o discutir la
correspondencia ajena.
Mucha
gente se sentirá menos feliz ante la perspectiva de vivir en un mundo
en el que algunas personas aprenden a leer el rostro, y otras a mentir
con la expresión facial. Sin embargo, este proceso cultural, que es una
especie de "diente por diente", es probablemente tan antiguo
como la humanidad misma; un hombre aprendía a usar la lanza; otro
inventaba el escudo; el primero mejoraba la lanza y así sucesivamente.
De
cualquier manera, yo considero que los beneficios potenciales de esta
ciencia sobrepasarán en mucho las mínimas deficiencias que provengan
de su uso indebido. Ya que, a medida que las personas se vuelvan más
conscientes de sus rostros, ¿cómo podrán dejar de sentirse más próximas
a los sentimientos de los demás? Marido y mujer, paciente y terapista,
podrán interpretarse mejor uno al otro y captar más rápido la desazón,
la ira o el placer para determinar con más claridad la impresión que
causan en el otro.
Si
al mismo tiempo, las personas se tornan más responsables de lo que
hacen con sus propios rostros, terminarán tomando un contacto más íntimo
con sus sentimientos personales. Eso es verdaderamente lo que se trata
de conseguir en la actualidad mediante la terapia de grupo, la
psicoterapia, los encuentros juveniles y otros fenómenos de la vida
moderna.