En
sus estudios sobre animales, los etólogos han desarrollado técnicas de
campo, que les permiten observar y registrar el comportamiento de manera
muy objetiva y detallada, sin nociones preconcebidas. El etólogo se
interna en el ambiente salvaje de los animales y permanece allí hasta
que éstos lo aceptan como parte de su hábitat. Luego comenzará a
tomar notas sobre pautas de comportamiento, observando qué acción
precede cada uno de sus actos y cuáles son sus consecuencias. Sobre el
terreno mismo o tal vez más tarde, mediante el análisis por
computadoras, se extraerán los patrones de estas pautas, que llevarán
a describir e identificar todos los elementos que intervienen en ellos:
por ejemplo, en el ataque, la postura, la expresión facial, el
comportamiento ocular, el efecto de los sonidos, etc. Una vez que todos
estos patrones han sido identificados y señalados a un observador, las
acciones aparentemente casuales de los animales adquieren un nuevo
significado para él; literalmente, los verá de manera diferente.
Para
los expertos en etología humana, los niños de jardín de infantes
constituyen excelentes sujetos, puesto que son mucho más activos y
desinhibidos que los adultos. Juegan juntos, forman pequeñas bandas, se
atacan entre ellos y luego se baten en retirada; y en todo momento se
comunican ampliamente por medio de expresiones faciales y gestos, rara
vez con palabras.
Uno
de los primeros estudios etológicos sobre niños fue realizado en
1963-1964 por N. G. Blurton Jones, que pasó meses observando en
silencio desde un rincón, el comportamiento de los alumnos de un jardín
de infantes en Londres, registrando en una libreta los mínimos detalles
físicos y de comportamiento. Logró efectuar algunas curiosas
comparaciones entre las actividades de los seres humanos jóvenes y las
de los otros primates. Pudo notar, por ejemplo, que algunas de las
expresiones faciales de los niños, son curiosamente parecidas a las de
otros primates. Fijar la mirada, con el ceño levemente fruncido y las
cejas juntas, muestra de la "cara de ataque", es muy similar
en el niño y en el mono. La sonrisa de la "cara de juego" del
niño -una mueca con la boca abierta que, sin embargo, no muestra los
dientes- también se asemeja a la "sonrisa" de la "cara
de juego" de los otros primates jóvenes. No obstante, Jones señaló
que entre los seres humanos cuyas edades oscilan entre los tres y los
cinco años, no parece existir un verdadero equivalente a la jerarquía
que rige entre los primates, aunque puede ser que esta dominación
exista entre niños mayores.
Jones
notó también que, al igual que a los monos, a los niños les encanta
realizar juegos bruscos, revolcándose por el suelo en una imitación de
lucha. Existen evidencias que demuestran y confirman la naturaleza
juguetona de este comportamiento, tanto entre los chicos como entre los
monos. Los niños, por ejemplo, mantienen su "cara de juego".
Se ríen y saltan con ambos pies juntos. Sólo tratan de aparentar que
se agreden. Cuando se persiguen, lo hacen turnándose entre perseguidos
y perseguidores, y así sucesivamente. Los monos actúan de manera
similar.
Los
monitos pequeños a los que se priva de jugar de esta manera con otros
animales de su edad, se transforman en criaturas solitarias y
antisociales, mucho peor aun que los niños separados de sus madres pero
que tienen oportunidad de jugar con otros pequeños de su edad. Para los
monitos, parece ser más importante la compañía de otros animales de
su edad que la de su madre, en lo que se refiere al comportamiento
social. Jones sugiere que también debe ser vital para los seres
humanos, puesto que el repertorio no-verbal de los niños mientras
juegan es mucho más extenso.
Jones
observó que algunos de los niños no participaba en absoluto de esos
juegos bruscos. Hablaban bien y con frecuencia con cualquiera que
quisiera escucharlos; leían mucho y jugaban solos la mayor parte del
tiempo. Como los patrones motores de estos juegos bruscos y sus
expresiones aparecen ya a los dieciocho meses, o aun más temprano en
algunos casos, Jones se preguntó si estas criaturas habrían sido
privadas de esta experiencia vital en una edad crítica y ahora serían
demasiado crecidos para asimilarla.
Otro
grupo de etólogos reunido por el doctor Michael Chance en Birmingham,
Inglaterra, se ha dedicado a estudiar niños de jardín de infantes. La
descripción etológica está claramente ilustrada por el informe del
equipo, acerca de la manera en que un grupo de niños se pelean por un
juguete. Según éste, uno de los niños tendrá el ceño fruncido
-con las cejas hacia abajo en los ángulos internos- y echará la
cabeza y el mentón hacia adelante, manteniendo los labios apretados y
echados hacia adelante. Presentará "el rostro iracundo".
También podrá agredir al otro niño mediante un golpe característico.
Este golpe es típico entre los niños de edad pre-escolar: el brazo
levantado, los dedos apretados y las palmas hacia adelante. El niño
agredido con frecuencia se agachará, llorará o emprenderá la fuga,
manteniendo en su rostro todo el tiempo una expresión de huida. Las
cejas más bajas en los extremos exteriores, la boca abierta y algo
cuadrada y el rostro congestionado. Cuando los seres humanos están por
atacar, raramente aparecen congestionados; según Desmond Morris es más
frecuente que se pongan pálidos. El rubor suele ser un indicio de
derrota.
El
golpe de los niños suele ir precedido por lo que se llama "posición
para pegar": la mano levantada hasta el nivel de la cabeza y
mantenida allí por varios segundos. Si la mano se mantiene hacia atrás
y lejos de la cabeza, es muy probable que se propine el golpe. Si la
mano se mantiene hacia atrás y próxima a la cabeza, puede ser
simplemente un gesto defensivo. Los etólogos citan otra gran variedad
de posiciones de las manos entre estos extremos y, aparentemente, de eso
depende la representación del equilibrio entre el deseo de atacar y el
de huir. Ésta es, evidentemente, una señal de que el otro niño está
preparado, pues al verse enfrentado con esta "posición de
pegar", algunas veces girará sobre sus talones y huirá antes de
que se produzca el golpe o podrá responder adoptando a su vez una
postura defensiva para enfrentarlo.
El
equipo de Birmingham prestó considerable atención a las expresiones
faciales de los niños. De sus observaciones se deduce que existen seis
maneras diferentes de fruncir el ceño, y que cada una de ellas
corresponde específicamente a una posición de las cejas y una forma de
arrugar la frente. También registraron ocho maneras diferentes de sonreír
y cada una de ellas se emplea en una situación particular. Estos gestos
faciales, aparentemente, se mantienen inalterables durante la vida del
adulto.
La
sonrisa más común es la empleada al saludarse; involucra solamente el
labio superior y deja ver solamente los dientes de arriba. Sin embargo,
existen variaciones sobre ella: por ejemplo, si se trata de una
presentación formal, no será necesario mostrar los dientes; solamente
se levantará levemente el labio superior. Al mismo tiempo, si se trata
del encuentro entre dos amantes o cuando un niño corre alborozado hacia
su madre, la boca podrá estar algo más abierta, aunque sólo se enseñarán
los dientes superiores. La sonrisa del labio superior se transforma en
la sonrisa con los labios hacia adentro, al hundir levemente el labio
inferior sobre los dientes. La gente suele emplear este tipo de sonrisa
cuando se encuentran con personas a quienes consideran sus superiores.
La "sonrisa de gran intensidad" que deja ver tanto los dientes
de arriba como los de abajo, se produce durante momentos de agradable
excitación y es algo diferente de la "sonrisa radiante" en
que la boca está totalmente abierta pero los dientes están cubiertos.
Los niños emplean en sus juegos estos dos tipos, pero la versión de la
"sonrisa de gran intensidad" parece ser la que mejor concuerda
con la "cara de juego". Los etólogos registran también una
sonrisa no sociable. La denominan la sonrisa simple y es la mueca enigmática
de la Mona Lisa, que parece reflejar una alegría interior. Los labios
se curvan hacia arriba pero la boca permanece cerrada. Probablemente es
la sonrisa empleada por el individuo cuando está a solas. Una sonrisa
fría es la que interesa solamente la boca. Los pequeños cambios
sutiles que se producen alrededor de los ojos, son los que proveen
calidez a la expresión. Aun una "sonrisa radiante" será poco
convincente si los ojos se mantienen inalterables y no va acompañada
por un arqueamiento de las cejas.
A
pesar de que los niños mantienen algunas de estas expresiones hasta la
edad adulta, otros gestos de la niñez desaparecen o se transforman. La
posición para "golpear" raramente se encuentra entre niños
mayores de seis años, a pesar de que pueden hallarse rastros de ella
aun en el comportamiento de algunos adultos. Cuando una persona se toca
el mentón o la mejilla con el pulgar e índice y la palma de la mano
vuelta hacia afuera, en una posición incómoda, probablemente lo hará
porque se siente amenazada. Dos de los etólogos de Birmingham,
Christopher Brannigan y David Humphries han escrito:
En
situaciones más defensivas, la mano se mueve hacia atrás en la postura
de golpear, pero esto se disimula colocando la palma de la mano sobre la
parte de atrás del cuello. Si usted se encuentra en una situación
similar, examine sus motivaciones: se dará cuenta de que está muy a la
defensiva. Entre las mujeres, especialmente, el movimiento de la mano
hacia la nuca puede aparecer combinado con la acción de arreglar el
cabello de forma sofisticada. Similarmente, un conductor que realice una
falsa maniobra y sobrepase a otro coche demasiado rápido, con
frecuencia efectuará un instintivo movimiento de la mano hacia la nuca,
como queriendo acomodarse el peinado.
El
significado social de los movimientos de la mano hacia la cabeza resulta
algunas veces fácil de identificar, tanto en los niños como entre los
adultos, puesto que el movimiento está destinado a cumplir una función:
cubrirnos los ojos cuando no deseamos ver algo; taparnos la boca cuando
nos preocupa hablar o tratamos de disimular una sonrisa. Gestos menos
obvios como pasarnos los dedos entre los cabellos, rascarse la cabeza,
frotarse la nariz o masajearse suavemente el mentón -o mesarse la
barba cuando un individuo la posee- parecen relacionados con el
cuidado del cuerpo pero en realidad se realizan cuando estamos indecisos
o tratando de tomar una resolución.
Los
expertos en cinesis norteamericanos han notado que la acción de
frotarse la nariz se produce con frecuencia cuando una persona está por
reaccionar de manera negativa. También señalan que acomodarse el
cabello, indica una tendencia al deseo de galantear. Los etólogos británicos,
en cambio, relacionan el arreglo del cabello con la indecisión. Afirman
que pasarse los dedos por el cabello, por ejemplo, suele producirse en
un momento de equilibrio, cuando el individuo se encuentra frente a la
alternativa de tomar una decisión. Un niñito del jardín de infantes
que estaba por tirarle de las trenzas a una compañera cuando la maestra
lo llamó, se pasó los dedos por el cabello y luego dejó a la niña
para ir hacia la maestra. Rascarse la cabeza, por otra parte, parece ser
más un índice de frustración que de indecisión.
En
nuestros días, la etología humana está refrescando algunas prácticas
sumamente eficientes. Se emplean métodos etológicos para estudiar a
los enfermos mentales, muchos de los cuales están imposibilitados o
simplemente no desean hablar; esto hace que su lenguaje no-verbal
adquiera gran importancia. Un científico británico, Ewan Grant, observó
y registró una entrevista entre paciente y médico, realizó un análisis
estadístico de los datos obtenidos y descubrió que podía agrupar
todas las pautas de comportamiento observadas en cinco grandes unidades:
afirmación, huida, relajamiento, contacto y autocontacto (arreglarse el
cabello, etc.). También notó lazos de unión entre las unidades. La
"huida", por ejemplo, puede estar relacionada con el
"contacto" mediante la mirada. Una persona que parece decidida
a rehuir una relación puede, luego de mirar directamente a la otra
persona, comenzar a sonreír o mostrar otras señales representativas de
un comportamiento de "contacto".
Aplicando
el sistema de análisis de Grant, Christopher Brannigan y Kate Currie
trabajaron con una criatura autista, una niñita de cinco años. Como
muchas otras criaturas de su misma condición, hablaba raramente y era
sumamente retraída. Pocas veces se aproximaba a los investigadores por
su propia voluntad y en lo posible eludía hasta sus miradas. En términos
etológicos, era completamente deficiente en su "comportamiento de
contacto y afirmación". Brannigan y Currie decidieron tratar de
condicionar a la criatura mediante nexos de comportamiento; aproximación
y miradas, para ver si luego se realizaban los comportamientos de
contacto. Mediante trozos de chocolate y cariñosas palabras como
recompensa, le enseñaron primero a aproximarse a ellos y luego a
mirarlos y sonreír. La sonrisa es un nexo entre el contacto y los
comportamientos de afirmación y una vez que la criatura comenzó a
sonreír, pasó luego a fruncir el ceño en señal de enojo, echar la
cabeza hacia adelante y "golpear" -todas éstas, señales de
afirmación-. Esto representó un gran adelanto para la criatura, aun
cuando todavía no lograron que hablara.
Los
estudios etológicos sobre niños realizados en Gran Bretaña,
representan un comienzo fascinante a pesar de que todavía queda mucho
trabajo por realizar. Por ejemplo, lograr saber qué extensión de
lenguaje no-verbal deberá poseer un niño a determinada edad. Se ha
logrado una respuesta parcial a un interrogante más interesante aun: ¿cómo
hacen los niños para aprender este código? Las investigaciones de
William Condon sugieren que los niños lo aprenden porque sus padres
los gratifican de manera no-verbal cuando realizan los movimientos
adecuados: mediante una sonrisa o tal vez echándose hacia adelante y
moviéndose en armoniosa sincronía. La presencia de estas lecciones
inconscientes acerca de capacidades que también lo son, es fácilmente
identificable en cuanto los investigadores comienzan su labor.