El
lenguaje, por sobre todas las otras diferencias, es lo que separa al
hombre del resto de los animales. Sin él, la cultura, la
historia -casi todo aquello que hace del hombre lo que es- serían
imposibles. En la conversación frente a frente, sin embargo, el
lenguaje se desarrolla en un marco de comunicación no-verbal que es
parte indispensable del mensaje. Esto debería resultar obvio; algunos
científicos han llegado a afirmar que el lenguaje hablado sería
imposible sin los elementos no-verbales.
Tal
aseveración parece algo arriesgada en esta era de teléfonos y máquinas
de enseñar. Evidentemente, se puede intercambiar información con otra
persona sin verla; efectuar citas por teléfono, transmitir noticias y
lograr muchos otros objetivos. Pero esta comunicación queda seriamente
limitada. Una breve consideración sobre el papel que juegan los
ingredientes no verbales en la conversación, debería dejar bien
aclaradas todas las dudas que el lector pueda tener acerca de cómo se
complementan los diferentes elementos de la comunicación.
Toda
relación cara a cara, con excepción tal vez de las más fugaces,
tiende a lograr su propio equilibrio. Algunos puntos como el status de
cada uno de los interlocutores, el grado de intimidad que piensan
lograr, el papel que jugará cada uno en la conversación y los temas
que abordarán, se van eslabonando hasta llegar a un entendimiento mutuo
y sobreentendido. Con frecuencia, la selección se realiza aun antes que
los individuos se encuentren, de manera que cuando lo hacen, ya conocen
sus respectivas posiciones. Si un hombre se encuentra con su cuñado en
la calle, por lo general no será necesario renegociar esa relación.
Una mujer no mantendrá el mismo tipo de conversación con el cartero
que con su madre y en cada caso, la situación -papel que corresponde
a cada uno- está perfectamente definida de antemano.
Sin
embargo, algunas veces, se logra un nuevo equilibrio a través de
negociaciones no-verbales sutiles que se producen durante los primeros
segundos del encuentro. Dice Ray Bird-whistell, que en la mayoría de
los casos, los primeros quince a cuarenta segundos son definitorios; es
decir, representan una afirmación de una relación preexistente o una
negociación. Un científico que examine estos primeros segundos de un
encuentro podrá emplearlos para predecir la forma en que se relacionarán
los participantes entre sí durante el resto del encuentro. Algunas
veces se produce una especie de reajuste de la relación pero esto no es
lo común.
Uno
de los puntos más importantes que se definen en los primeros segundos
de un encuentro es el relativo al status de cada uno. Los
científicos especializados en ciencias sociales que saben
exactamente cuáles son los detalles que deben
observarse, podrán identificar fácilmente a la persona que ejercerá
predominio en el grupo. El "individuo
alfa" -término etológico para el líder del grupo- habla más
y con mayor frecuencia e interrumpirá la conversación más a menudo.
El resto de los presentes parece mirarlo más que a los demás y sus
gestos serán más vigorosos y llenos de vida. En
negociaciones de predominio probablemente adoptará una
actitud relajada, con la cabeza levantada y una expresión seria; otros
demostrarán sumisión al bajar la cabeza y sonreír como tratando de
apaciguar los ánimos. "Alfa" también tratará de
demostrar su predominio haciéndole bajar la mirada a otra persona; en
general, tendrá más espacio ocular y su "burbuja" personal
será mayor.
La
forma más efectiva de afirmar el predominio es la no-verbal. Esto ha
sido demostrado por científicos mediante un experimento empleando
video-tapes. Para comenzar, se filmó a un grupo de personas leyendo
tres mensajes diferentes. El contenido del primero era autoritario; el
segundo parecía pedir disculpas y el tercero era neutral. También
variaba sistemáticamente la manera de entregar los mensajes. El
comportamiento no-verbal variaba y era según los casos dominante,
subordinado o neutral o no comprometido. Cuando se le pidió a ciertos
árbitros que calificaran cada una de las grabaciones en una escala de
inferior a superior, de amistosa a hostil, se descubrió que la forma en
que se difundió el mensaje, la variable no-verbal que lo acompañaba,
tenía mayor impacto que el contenido del mensaje en sí; más aun,
cuando el mensaje fue transmitido en forma autoritaria, el contenido
pasaba a ser irrelevante.
De
la misma manera en que se negocia el predominio o simplemente se lo
afirma, se establece un nivel de intimidad mutuo. Éste es
afectado, por supuesto, por el status -el cadete no podrá
hablar en iguales términos que el vicepresidente de
la empresa- y también por el hecho de que los interlocutores sientan
o no una mutua simpatía. Las pautas de comportamiento que
se utilizan para expresar o negociar la intimidad, son las que emplean
las personas para hacer saber a las demás si son de su agrado o no.
Esto rara vez se realiza en lenguaje hablado. Dos personas indican
una circunstancia de mutuo agrado por la mera adopción de posturas
iguales; parándose una cerca de la otra; enfrentándose claramente cara
a cara; mirándose con frecuencia y con una expresión de especial
interés; moviéndose en un alto grado de sincronía; recostándose una
hacia la otra; rozándose o por el tono de la voz. Algunas
de éstas son maneras de indicar asimismo cuándo una persona está
prestando atención. Lo que las transforma en un índice de
intimidad, es una cuestión de intensidad y el contexto en que se dan.
Con excepción de casos de apasionado romance, rara vez se emplea toda
la gama de señales de intimidad al mismo tiempo. Dos psicólogos
ingleses, Michael Argyle y J. Dean han sugerido que existe una especie
de ecuación de intimidad donde el nivel es igual a la función de todas
las pautas de comportamiento -proximidad, contacto visual, sonrisa, tópicos
personales de conversación, etc.- tomados al mismo tiempo. Si
se varía uno de los componentes, habrá que compensar los cambios,
manteniendo los otros al mismo nivel. Por ejemplo, si se requiere de dos
personas que no tienen un cierto grado de intimidad, que se sientan cómodas
al estar juntas de pie, por lo general deberá evitarse el contacto
visual así como la sonrisa. Ésta es una de las razones por las
que se puede aseverar que ninguna pauta de comportamiento tiene un
significado único e invariable. El mero hecho de estar parados
uno junto a otro puede representar una cantidad de cosas y su
significación podrá ser refrendada o aun contradicha por otros
comportamientos corporales. Para descifrarlo se deberá
tomar toda la ecuación en su conjunto.
Las
emociones también se transmiten o
comparten en gran medida en forma no-verbal. En sus
gestos laxos un individuo dejará entrever su total
abatimiento; de igual manera otro dejará traslucir su miedo
a través de su cuerpo tenso. Teóricamente, no es absolutamente
necesario el equilibrio emocional en una relación; sin embargo, la
conversación se hace bastante difícil sin la presencia de éste.
Tratemos de imaginar un encuentro entre un individuo que sufre la pérdida
de un ser querido y otro que acaba de ganarse la lotería y
comprenderemos el significado de lo dicho en el párrafo anterior.
Las emociones son contagiosas y si se les da un cierto lapso para
asimilarlas, cada uno de los participantes comenzará a absorber algo de
la coloración emocional del otro.
Las
señales no-verbales definen los papeles que le tocará jugar a cada
uno. Tratamos a las personas de manera distinta, según su sexo, edad y
clase social; también nos comportamos de acuerdo a lo que se espera de
nosotros y de nuestro papel en la vida. Algunas personas desempeñan
el suyo de manera obsesiva y nunca varían su comportamiento,
independientemente de la situación que les toca vivir. Hay
mujeres que constantemente parecen cortejar a los hombres o, para
emplear uno de los clásicos ejemplos de Birdwhistell, el médico que
insistirá en desempeñar su papel profesional aun en una reunión
social. Su porte, su manera de moverse y penetrar en nuestro
propio espacio, parece insistir para que se le pregunte cuál es su
ocupación; si eso no ocurre, él lo dirá de cualquier manera.
También se da el caso de una maestra recordada y querida de nuestra
infancia, que nos demostrará al visitarla, al cabo de muchos años, que
no puede dejar de actuar como tal. Hablará con demasiada precisión
para una persona corriente y su porte será algo exagerado.
Por
supuesto, existen personas que tratan de afirmar constantemente su
femineidad o masculinidad a través del lenguaje no-verbal, con
definiciones genéricas que pueden ser parte de una negociación
(definir si una relación será o no sexual) y otras que
simplemente reflejan aseveraciones básicas que nuestra sociedad hace al
distinguir entre hombres y mujeres. Las diferencias en el lenguaje
corporal entre el hombre y la mujer son profundas y fascinantes.
Las mujeres en nuestra cultura tienen una tendencia a pararse más cerca
una de la otra; a tocar más a la otra persona; a mirarla más
directamente, con mayor frecuencia e intensidad; a mezclarse más íntimamente
en los ritmos corporales. Su comportamiento no-verbal refleja, en
general, que son más abiertas las relaciones personales y que les
atribuyen mayor importancia. Claro está que el papel de los sexos se
está transformando cada vez en algo menos rígido, y es posible que en
el futuro las diferencias del código corporal entre los sexos sean cada
vez menos notables.
Hemos
recorrido tan solo algunas de las formas en que los seres humanos se
comunican entre sí de manera no-verbal cuando están frente a frente.
Si nos detenemos a pensar en todo lo que se expresa mediante el lenguaje
no-verbal, nos parecerá raro que la gente se preocupe tanto por lo que
se dice mediante el lenguaje hablado. Aparentemente, los primates no
humanos no tienen problema en comunicarse sus emociones e intenciones.
Lo hacen mediante expresiones faciales, posturas, gestos y gritos
característicos. Michael Argyle ha sugerido que el lenguaje es
innecesario para transmitir emociones y actitudes comunicativas y que
debe haberse desarrollado para otros fines; probablemente para comunicar
hechos producidos a la distancia y para referirse a objetos ausentes.
Claro está que luego se extendió a la expresión de hechos más
inmediatos, pero Argyle sugiere que no es la forma más efectiva de
hacerlo.
Por
supuesto, la comunicación no es tan simple como para enviar información
por un canal verbal y las emociones por otro que no lo sea. En el nivel
verbal, las emociones pueden ser definidas y tratadas de manera precisa.
No solamente enviamos señales de nuestra emoción, sin darnos cuenta de
ello, sino que también las recibimos de otros sin ser conscientes de
que reaccionamos ante ellas; podemos llegar a la conclusión de que otra
persona está enfadada cuando en realidad no lo está; transmitir
nuestra desaprobación sin intención y no indicarlo con suficiente
claridad cuando realmente así lo pensamos; todo esto ofrece un amplio
margen de desentendimiento.
También
existen algunas señales no-verbales como las "señas" o el
"sistema de stress" descubierto por Birdwhistell, que están
contenidos en el lenguaje verbal y no tendrían ningún significado
fuera de él. Más aun, existen claves no-verbales únicamente para
regular el lenguaje hablado, de la misma manera que las luces regulan el
tránsito en las calles. Éstas son indispensables en la conversación
cotidiana. Antes de que dos personas puedan empezar a hablar, ambas
deberán indicar que están prestando atención; deberán estar ubicadas
a una distancia razonable, dirigir sus cabezas o sus cuerpos una hacia
la otra e intercambiar miradas de tanto en tanto. Cada uno necesitará
del otro una cierta proporción de aprobación no-verbal mientras habla;
una mirada relativamente fija y ciertas pautas de comportamiento:
movimientos de asentimiento con la cabeza, reacciones faciales adecuadas
y tal vez ciertos murmullos de aprobación como "m-hm..." y
"sí..." Si nos encontráramos con la total ausencia de estos
ingredientes, la conversación se interrumpiría repentinamente. Hay señales
no-verbales que regulan el fluir de una conversación de tal manera que
cada persona hable cuando es su turno y se produzcan pocas
interrupciones o silencios incómodos y prolongados. Este método de
hablar cada uno a su turno es sutil y complejo. En la conversación
diaria, la gente lo hace sutilmente -no dicen "ahora le toca a
usted" o "basta, ahora es mi turno"- no obstante, la
mayor parte del tiempo el que escucha está listo para tomar el hilo de
la conversación cuando finaliza el que habla, como si respondiera a un
código preestablecido. Algunas veces habrá comenzado a mirar hacia
otro lado, cambiando la posición de la cabeza o de otras mil maneras
habrá anticipado que se aproxima su turno. ¿Cómo puede saber que el
otro le cederá el terreno?
Hace
algunos años, un estudio realizado por Adam Kendon (descripto
anteriormente) indicaba que el comportamiento visual era parte del código
de señales. Durante una conversación entre dos personas, el que habla
mirará a su interlocutor cada tanto y luego volverá a mirar hacia otro
lado; estas miradas hacia otro lado duran tanto como las de contacto
mutuo. Al llegar al final de un párrafo, mirará a su interlocutor por
un lapso algo más prolongado y esto aparentemente le indica que está
listo para tomar la palabra.
Estudios
más recientes han demostrado que existe toda una serie de indicadores
para tomar la palabra. El profesor de la Universidad de Chicago
Starkey
Duncan Jr. realizó un trabajo con dos video-tapes de conversaciones;
una entre un terapeuta y un posible paciente y la otra entre el mismo
terapeuta y un colega. En cada caso, Duncan efectuó un análisis
exhaustivo de los primeros diecinueve minutos del tape. Tardó casi dos
años en transcribir el comportamiento verbal y no-verbal, pero al
terminar había hallado indicadores para la toma de la palabra en
movimientos corporales, en lo que se decía y en la forma en que se lo
hacía.
Observando
lo que se decía, descubrió que cada uno de los que hablaba empleaba
frases estereotipadas que indicaban que estaba listo para
ceder la palabra. Parecían poco claras y definidas
-"pero...", "algo así..."
o "ya sabe usted.. ."- y con frecuencia se
modulaban en un tono de voz que parecía desprenderse del párrafo
expresado. También se notaron claves gramaticales, como
efectuar una pregunta al interlocutor. Duncan descubrió
que, en general, cuando el que habla completa su idea, su tono de voz se
eleva (como al formular una pregunta) o baja. Una ligera carraspera, una
cierta pesadez, una disminución en el volumen, son todos síntomas
claros de que corresponde a la otra persona tomar la palabra. En cuanto
a los movimientos corporales, las señales son gestos de detenerse o
descansar. Si el individuo ha estado gesticulando, sus manos permanecerán
quietas. Si apretaba los puños o mantenía los tobillos flexionados,
será notable el cese de la tensión. Dará vuelta su cabeza hacia su
interlocutor y la mantendrá así. Duncan no registró el comportamiento
visual porque resulta muy difícil hacerlo a través de un video-tape.
No obstante, cree que en su estudio, la dirección de la mirada coincide
con la dirección de la cabeza. Parece ser que todos nosotros aprendemos
desde la más tierna infancia que cuando dirigimos nuestra cabeza hacia
otra persona, ésta reaccionará como si la estuviéramos mirando.
Por
lo general, es necesario un grupo de tres indicadores simultáneos de
que el orador está listo para ceder la palabra, para que el mensaje
llegue al destinatario. Aun así, en algunos casos se da la
circunstancia de que ambos interlocutores hablen al mismo tiempo. Duncan
cree que el sistema de hablar de a uno por vez, como la mayoría de los
otros, es susceptible de interferencias externas. Si el nivel de ruido
del ambiente es alto, si se trata de un tema delicado, si uno de los
individuos se torna demasiado emotivo y comienza a perder parte de las
señales, el sistema se interrumpe.
Parece
razonable pensar que el sistema de hablar cada uno a su turno, debe
incluir señales de que el orador mantiene la palabra -maneras de
indicar que el orador piensa seguir hablando-. Duncan mostró una de
estas claves, que parece producirse cuando el orador está casi listo
para ceder terreno, pero aparentemente no está del todo dispuesto;
comienza a dejar ver una secuencia de señales pero al mismo tiempo, sus
manos continúan gesticulando. Seguirá haciéndolo hasta haber
completado todo lo que quiere decir.
Algunas
veces, el oyente parece notar que se aproxima su turno para hablar pero
prefiere no hacerlo; en este caso se comunicará por lo que Duncan
denomina "canales indirectos". Asintiendo con la cabeza,
murmurando palabras de aprobación o aun tratando de completar algunas
frases al unísono con el que tiene la palabra, le indicará a éste que
continúe hablando. Si hace alguna pregunta para clarificar algún punto
o reafirma brevemente lo que éste acaba de afirmar, el mensaje será el
mismo.
Es
impresionante la flexibilidad de este sistema de hablar cada uno a su
tiempo. Son tantas las señales intercambiables que existen para seguir
hablando o dejar de hacerlo, que pueden emplearse aun para hablar por
teléfono, cuando no pueden utilizarse las señales corporales y sólo
sirven los signos verbales o vocales. Como muy bien señala Erving
Goffman, el trabajo de Duncan indica que es necesaria una gran capacidad
y comprensión para pasar parte del día con un amigo. Por lo tanto,
decir que un niño de una barriada pobre está "sub-socializado",
no responde a la realidad. Podrá ser analfabeto y no haber adquirido
las habilidades necesarias para progresar en una sociedad competitiva,
pero si es capaz de mantener una conversación normal, en realidad estará
"socializado". Goffman concluye diciendo que en encuentros
cara a cara, las diferencias entre los "pulidos y sin pulir"
son mucho menos importantes que las semejanzas.