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COMUNICACIÓN POR EL TACTO

Los norteamericanos no sólo son reacios a olerse entre sí, sino que tampoco son afectos a tocarse. Sin embargo, el tacto posee una clase especial de proximidad, puesto que cuando una persona toca a otra, la experiencia es fatal e inevitablemente mutua. La piel se pone en contacto con la piel, en forma directa o a través de la vestimenta, y se establece una inmediata toma de conciencia de ambas partes. Esta toma de conciencia es más aguda cuando el contacto es poco frecuente. El tacto no ha sido estudiado tan exhaustivamente como los otros canales de comunicación, pero se han realizado comparaciones entre las diferentes culturas, se han hecho algunos experimentos psicológicos y se ha obtenido una información bastante amplia a través de investigaciones orientadas inicialmente hacia otros fines. Todo lo que se conoce acerca del tacto ha sido reunido de una manera maravillosa en dos oportunidades. La primera hace quince años, en una monografía de Lawrence K. Frank; y la segunda en un excelente libro de Ashley Montagu.

Lo que el hombre experimenta a través de la piel es mucho más importante de lo que la mayoría de nosotros piensa. Prueba de ello es el sorprendente tamaño de las áreas táctiles del cerebro, la sensorial y la motora. Los labios, el dedo índice y el pulgar, ocupan una parte desproporcionada del espacio cerebral.   Se podría pensar que la piel, por ser el órgano más extenso del cuerpo humano, debería tener una representación considerable en el cerebro.   No obstante, en neurología la regla general es que no interesa el tamaño del órgano en sí, sino el número de funciones que debe cumplir cada región del cerebro.  La experiencia táctil, por lo tanto, debe considerarse muy compleja y de gran significación.

 

La piel, como señaló Frank, es la "envoltura que contiene el organismo humano". Como tal, es sensible al calor, al frío, a la presión, al dolor, aunque el grado de sensibilidad puede variar según el estado emocional del individuo y la zona del cuerpo involucrada. Todo cuerpo humano posee zonas erógenas, zonas cosquillosas y otros lugares callosos que son virtualmente insensibles.

Todo ser humano está en contacto constante con el mundo exterior a través de la piel.  A pesar de que no es consciente de ello hasta que se detiene a pensarlo, siempre existe la presión del pavimento contra la planta del pie, o la presión del asiento contra las nalgas.   En realidad, todo el medio ambiente lo agrede a través de la piel; siente la presión del aire, el viento, la luz del sol, la niebla, las ondas de sonido y algunas veces las de otros seres humanos.

El tacto es probablemente el más primitivo de los sentidos. En los peldaños inferiores de la escala animal, las pequeñas criaturas ciegas captan su camino a través de la vida. La primera experiencia, tal vez la más elemental y predominante del ser humano que no ha nacido aún es aparentemente la táctil. Cuando un embrión tiene menos de ocho semanas, antes de poseer ojos y orejas y cuando todavía mide menos de tres centímetros, desde la parte superior de la cabeza hasta las minúsculas nalgas, responde al tacto. Si se lo toca suavemente sobre el labio superior o sobre la nariz, doblará hacia atrás el pescuezo y el torso como para alejarse del cosquilleo.

Cómodamente alojado en el útero materno, el feto siente contra toda la superficie del cuerpo la presión cálida y pareja del fluido amniótico, y magnificado por éste, el rítmico latido del corazón de la madre. En el momento de nacer, el bebé es expulsado lenta pero inexorablemente desde su rítmico y abrigado refugio hacia el exterior. Sometido durante un rato a una gran presión, es luego forzado hacia el mundo exterior para sentir por primera vez en la piel, la atracción de la gravedad, la presión de la atmósfera y una temperatura que no es la del cuerpo. El "shock epidérmico", como lo llamó Margaret Mead, es uno de los mayores impactos del nacimiento. También sugiere que, como la piel de las mujeres es generalmente más sensible que la de los hombres, tanto unos como otros, comienzan a experimentar el mundo en forma diferente desde el primer momento de la vida.

El bebé recién nacido explora mediante el tacto; es así como descubre dónde termina su propio cuerpo y empieza el mundo exterior.  Cuando comienza a moverse, el sentido del tacto es su primera guía. Se encuentra con superficies que lo enfrentan y superficies que ceden; contra el calor y contra el frío; objetos ásperos y suaves. Pronto es capaz de conectar la experiencia visual a la táctil; al ver una pared, sabe que es dura.   Eventualmente da un paso hacia adelante en su educación, aprendiendo el símbolo, la palabra "duro".  Si se priva a un bebé de la primera experiencia de aprender a través del tacto, podrá no captar el producto final, el símbolo, de manera tan clara.  Esto bien podría explicar por qué los niños de un orfelinato algunas veces tienen problemas para captar ideas abstractas.   El  aprendizaje emocional también comienza a través del tacto.  La voz de la madre pasa a sustituir el contacto y sus expresiones faciales le comunicarán al bebé las mismas cosas que antes le comunicara al tenerlo en los brazos.

A medida que el bebé crece, aprende a diferenciar los objetos, toma conciencia de que existen partes de su propio cuerpo y del de las otras personas que se pueden tocar y otras no. En el transcurso de la niñez, los roles masculinos o femeninos se aprenden en cierta medida en base a las reglas que establecen cuáles partes de la piel pueden exponerse y cuáles no; qué partes del cuerpo pueden tocarse, en qué circunstancias y por quién.

A la edad de cinco o seis años, en nuestra sociedad, los niños comienzan a tocarse y a ser tocados cada vez menos; pero durante la pubertad, parecen volverse nuevamente ávidos del contacto físico, comenzando a hacerlo con amigos del mismo sexo -para los varones sólo parece posible mediante la práctica de deportes- y luego lo harán con los del sexo opuesto.

Cuando el individuo descubre las relaciones sexuales, en realidad está redescubriendo la comunicación táctil; de hecho parte de la intensa emoción que se siente a través de la experiencia sexual puede deberse a la reminiscencia que los retrotrae a un medio de expresión mucho más primitivo y poderoso. Entre madre e hijo puede existir un lenguaje de contacto y el mismo es real en el caso de la comunicación amorosa. Más aun, en las relaciones sexuales no sólo existe el contacto en sí sino que la textura misma de la piel es parte de la experiencia. El antropólogo Edward Hall escribió una vez: "La resistencia por medio del endurecimiento, como si se tratara de formar una coraza contra el contacto no deseado o las variaciones excitantes y continuas de la textura de la piel durante el acto de hacer el amor, así como la sensación como de terciopelo que se siente después de lograr la satisfacción, son mensajes que se transmiten de un cuerpo a otro y poseen un significado universal."

Esta sensibilidad al tacto continúa hasta la edad adulta. A pesar de todo lo que se ha escrito acerca de la pobreza táctil de la cultura norteamericana, y que se ha dicho que no nos tocamos suficientemente entre nosotros, Erving Goffman ha objetado: "La teoría de que la clase media norteamericana no se toca entre sí mientras habla, es una tontería. Las personas lo hacen todo el tiempo pero debemos saber verlo y estar muy atentos para notarlo."

Lo que nos permite comprobar lo dicho por Goffman es el hecho de que la gente se tocará en el lugar especial donde el contacto pueda tener solamente un significado. Por ejemplo si un hombre se encuentra con una familia -el hombre, la mujer y un niño- en una vereda angosta, resultará perfectamente normal que tome a la mujer del brazo al tratar de pasar entre el grupo. Ella está ampliamente protegida y resulta obvio que todo lo que él desea es pasar con la menor proporción de contacto corporal. Resumiendo, son simples unidades en el sistema de tráfico de la calle y no potenciales conocidos sociales. Si se interrumpe una conversación, la persona que lo hace podrá poner su mano en el brazo de su interlocutor de manera casual, ya que este gesto podrá interpretarse como el pedido de "un momento" y evidentemente forma parte del mecanismo de la conversación.

"En un lugar público -sugiere el profesor Goffman-, se puede disponer la oportunidad para que un desconocido toque a otro que se le designa, impunemente, preparando la irrupción en su comportamiento en el momento oportuno."

En cualquier intento de interpretar el contacto, la oportunidad -el contexto- es obviamente de la mayor importancia. Ser tomado de la mano en una recepción en el momento de los saludos, no tiene ningún significado, a pesar de que si esto no se produce, puede resultar una experiencia desastrosa. También resulta importante la parte del cuerpo que se toca. Una mano que reposa suavemente sobre un antebrazo tendrá un impacto completamente diferente al que tendría si se coloca sobre una rodilla.

El contacto también está relacionado con el status; cualquiera puede tocar a un niño y un médico podrá tocar accidentalmente a la enfermera y ésta a su vez a un paciente. Pero si esto se revierte, es decir; si la paciente o la enfermera tocan al médico, el efecto será diferente. Entre personas conocidas, si un individuo tiene la costumbre o no de tocar a la otra, afectará de distinta manera el mensaje que transmite. Además existen distintos tipos de contacto; la piel podrá estar fría o caliente, húmeda o seca y el contacto podrá ser áspero e insistente, suave y prolongado o abiertamente sensual. En realidad, la naturaleza del contacto y la cualidad de la piel en sí actúan en íntima correspondencia. No resulta nada agradable recibir una caricia, aunque sea con todo cariño, si proviene de una mano helada y húmeda.

El contacto -por lo menos desde un punto de vista impersonal- se produce en todo nuestro entorno, ya sea que lo percibamos o no; pero el solo hecho de que lo advertimos en tantas situaciones distintas, nos indica que nos afecta de una manera concreta. Vinculamos el contacto físico con el sexo, excepto cuando se nota claramente que no hay conexión entre ambos y en tales circunstancias lo utilizamos abiertamente para expresar amistad y afecto.   En las calles de los Estados Unidos  no suelen verse hombres  ni  mujeres que caminen del brazo. Sin embargo ésta es una costumbre bastante  común  en  Sudamérica.   A  los  norteamericanos  nos parece un indicio de homosexualidad. Aun los padres e hijos grandes tienen entre sí el contacto más superficial posible.

Hace algunos años, Sidney Jourard, profesor de psicología de la Universidad de Florida se interesó en el estudio de las costumbres que rigen el contacto físico; pretendía develar quiénes tocan a quiénes y dónde. Presentó a varios cientos de estudiantes universitarios una carta del cuerpo humano donde existían veintidós zonas numeradas y le preguntó a cada uno de ellos cuál zona de su cuerpo había sido tocada con más frecuencia por alguna razón, por su madre, padre, sus amigos más cercanos del mismo sexo y los del opuesto. Jourard también les pidió que indicaran cuáles zonas de las mismas personas habían tocado ellos y los motivos que los llevaron a hacerlo. Descubrió que tanto los estudiantes varones como las mujeres habían tenido poco contacto con sus padres y amigos del mismo sexo -la mayor parte de ellos en las manos, brazos y hombros-. Pero con las amistades del sexo opuesto fue como si "se hubieran abierto las compuertas". No todos los estudiantes disfrutaban de una relación constante con el sexo opuesto y estos pobres diablos confesaban que habían permanecido virtualmente "sin ser tocados" ni haber "tocado" a su vez.

Pareciera ser que los jóvenes norteamericanos, a no ser que se entreguen regularmente a prácticas amorosas, pueden no conocer la experiencia de sentir su cuerpo cuando lo toca otra persona, lo abraza, lo empuja o lo masajea. Hasta los peluqueros, hoy en día, tienen tendencia a emplear masajeadores eléctricos para despersonalizar el contacto de la mano sobre el cuero cabelludo. Jourard cree que todo esto tiende a confirmar el diagnóstico de R. D. Laing de que el hombre moderno está "despersonalizado" -nuestros cuerpos tienen una tendencia a desaparecer del campo de nuestra experiencia.

Jourard considera que tanto en la terapia de grupo, como en el uso de drogas, aparece el intento de volver a estar en contacto con el cuerpo. En la terapia de grupo, los participantes son estimulados a tocarse entre sí; se les enseña a estar más atentos a la existencia de sus propios cuerpos y a los de los demás. Las drogas psicodélicas despiertan en el individuo una serie de sensaciones y experiencias distintas en la percepción.

Los investigadores del comportamiento algunas veces se refieren a un fenómeno que denominan "hambre de piel". Realmente la juventud en sus grandes reuniones rituales, como la de Woodstock, parecen necesitar y sentirse reconfortados, con lo que ha sido descripto como "el calor producido por la reunión de cuerpos animales". El antropólogo Paul Byers especula señalando que son las personas de edad las que padecen en mayor grado esa "hambre de piel" en nuestra sociedad. Son tocados quizá menos que nadie; más aun, a veces pareciera que la gente temiera que la vejez fuera contagiosa. Esta pérdida de contacto debe contribuir grandemente a la sensación de aislamiento que sienten los ancianos.

La nuestra no es la única cultura en la que el contacto físico es relativamente tabú.   Los británicos y canadienses del mismo origen practican esta costumbre en forma más  severa y los alemanes más aun.  Por otra parte, los españoles, italianos, franceses, judíos, rusos, franco-canadienses y sudamericanos son gente altamente táctiles.   Dentro de los Estados Unidos los ciudadanos de origen anglo-sajón son los que resultan más reacios al contacto.   Los italianos de segunda generación,  en cambio, mantienen  los  patrones de contacto corporal de sus padres y abuelos.

El tacto, el gusto y el olfato son sentidos de corta distancia. El oído y la vista, en cambio, pueden brindar experiencia a la distancia. Tal vez por esa razón, se considera que los placeres vinculados a éstos son más cerebrales y dignos de admiración. Los norteamericanos que tienen tendencia a plantear las cosas en términos dicotómicos -blanco y negro, bueno o malo, verbal o no-verbal- en general insisten en plantear una distinción artificial entre la mente y el cuerpo. Inevitablemente consideran que todo lo que proviene de la mente es bueno, digno de fe y limpio, mientras que lo que proviene del cuerpo se hace sospechoso y susceptible de desprecio. Los malos olores, malos sabores o algo que provoque una sensación rara o viscosa, recibirán el más abierto desprecio; a su vez, los buenos olores, los gustos agradables y buenos sentimientos suelen ser objeto de desconfianza. Generalizando, lo que parece subyacer detrás de este tabú es la vieja conexión existente entre los sentidos de proximidad y el sexo, que es, en suma, la experiencia más cercana de todas.

Los hedonistas que existen entre nosotros llegarán seguramente a la conclusión de que los placeres corporales entre los norteamericanos están en franco renacimiento, gracias a la revolución sexual. Sin embargo, yo dudo que ésta reimplante automáticamente los hábitos táctiles de la cultura. Desde cierto punto de vista, tocarse es más importante que hacer el amor -evidentemente existen más oportunidades para lo primero-. Mientras que las prácticas en la crianza de los niños norteamericanos lleven involucradas una proporción limitada de contacto entre madre e hijo, parece poco probable que el comportamiento táctil de los adultos varíe de manera significativa. La nuestra es, por lo tanto, una cultura sexual pero no realmente una cultura sensual.

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