NO
HAY INDICIOS SEGUROS
Ambos
errores provienen de soslayar las diferencias existentes en la
expresividad emocional de los individuos. El cazador de mentiras será
propenso a caer en errores si no conoce la conducta emocional habitual del
sospechoso.
No
existe ningún indicio del engaño que sea válido para todos los seres
humanos
pero los diferentes indicios, ya sea en forma individual o combinados,
pueden ayudar a evaluar a la mayor parte de los sujetos.
A
ningún adulto hay que enseñarle el vocabulario de los emblemas: todos
saben cuáles de ellos son puestos de manifiesto por los integrantes de su
propia cultura. Lo que sí necesitan saber muchos adultos es que los
emblemas pueden producirse como deslices. Si los cazadores de mentiras no
están alerta ante esta posibilidad, dichos deslices emblemáticos les
pasarán inadvertidos porque son fragmentarios o porque se ejecutan fuera
de la posición de presentación.
Otro
tipo de movimiento corporal que puede ofrecer pistas sobre el embuste son
las ilustraciones. A menudo se confunden las ilustraciones con los
emblemas, pero importa distinguirlos porque estas dos clases de
movimientos corporales pueden alterarse en sentidos opuestos cuando se
miente: los deslices emblemáticos aumentarán, mientras que las
ilustraciones normalmente disminuirán.
Se
las llama así porque ilustran o ejemplifican lo que se dice. Hay muchos
modos de hacerlo: enfatizar una palabra o una frase, como si se la
acentuara al enunciarla o si se la subrayara al escribirla, seguir el
curso del pensamiento con la mano en el aire, como si se estuviera
dibujando en el espacio o se quisiera repetir o amplificar con una acción
lo que se está diciendo. Habitualmente las ilustraciones se realizan con
las manos, aunque también participan, para dar énfasis, las cejas y los
párpados superiores... y todo el tronco o hasta el cuerpo entero puede
aportar algo.
Las
ilustraciones se utilizan para explicar mejor ciertas ideas que no pueden
transmitirse fácilmente con palabras. Comprobamos que era más probable
que un sujeto ilustrase lo que decía cuando le pedíamos que nos
definiera una trayectoria en zigzag que cuando le pedíamos que nos
definiera una silla; también era más probable que lo hiciera si le pedíamos
que nos indicara cómo llegar hasta la oficina de correo más próximo,
que si le pedíamos que nos explicara el motivo de su elección
vocacional. Las ilustraciones se emplean, además, cuando alguien no
encuentra una palabra. Chasquear los dedos o alzar la mano como para
alcanzar algo en el aire parecen ser acciones que ayudan en estos casos,
como si la palabra buscada flotase por encima del individuo’ y éste
pudiera capturarla con ese movimiento. Estas ilustraciones de búsqueda de
palabras le comunican al menos al otro individuo que su interlocutor no ha
cesado esa búsqueda ni le ha cedido el uso de la palabra. Quizá las
ilustraciones cumplan un papel de autoalimentación, ayudando a reunir los
términos en un discurso coherente y razonable. A medida que nos sentimos
más comprometidos con lo que estamos diciendo, más lo ilustramos; y
tendemos a ilustrar más de lo acostumbrado cuando estamos furiosos,
horrorizados, muy agitados, angustiados o entusiasmados.
Si
un mentiroso no ha preparado su plan de antemano tendrá que obrar con
cautela, considerando cuidadosamente cada palabra antes de decirla. Los
engañadores que no han ensayado previamente y tienen poca práctica en
una mentira en particular, o los que no prevén qué se les preguntará ni
en qué momento, muestran una menor cantidad de ilustraciones. Pero aun
cuando el mentiroso haya elaborado y ensayado bien su estrategia, sus
ilustraciones pueden disminuir a causa de la interferencia de alguna emoción.
Ciertas emociones, en especial el temor, obstaculizan la coherencia del
discurso. La carga que significa controlar casi cualquier emoción fuerte
distrae el proceso propio de enhebrar una a una las palabras. Si la emoción
tiene que ocultarse y no sólo controlarse, y si es intensa, es probable
que aun el mejor preparado de los mentirosos tenga dificultades para
hablar, y sus ilustraciones menguarán.
El
cazador de mentiras debe ser más prudente en la interpretación de las
ilustraciones que de los deslices emblemáticos. Ya dijimos que las
primeras están afectadas por el error de Otelo y el riesgo de Brokaw; los
segundos, no. Si un cazador de mentiras nota una disminución de las
ilustraciones, lo lógico es que antes descarte cualquier otra razón
(aparte de la mentira) por la cual un individuo puede querer escoger con
cuidado sus palabras. Respecto de los deslices emblemáticos no hay tanta
ambigüedad; el mensaje transmitido suele ser lo suficientemente
diferenciado como para poder interpretarlo fácilmente. Tampoco es
necesario conocer de antemano al sospechoso para interpretar un desliz
emblemático, ya que en y por sí misma la acción tiene sentido; en
cambio, como los individuos varían enormemente entre sí en cuanto a su
índice normal de ilustraciones empleadas, no puede emitirse juicio si no
existe un patrón de comparación. Para interpretar las ilustraciones,
como la mayoría de los otros índices de engaño, es n tener cierto trato
previo con loe “ilustradores”. Es difícil descubrir un engaño en un
primer encuentro: los deslices emblemáticos ofrecen una de las pocas
posibilidades que existen para ello.
Debemos ahora abordar un tercer tipo
de movimiento corporal, las manipulaciones, para alertar a los
cazadores de mentiras que no caigan en el error de considerarlos signos de
engaño. Hemos visto a menudo que ciertos descubridores de mentiras juzgan
equivocadamente a una persona honesta porque pone de manifiesto
manipulaciones. Si bien las manipulaciones pueden ser un signo de
perturbación, no siempre lo son. Un aumento en la actividad manipuladora
no es en absoluto una señal confiable de que hay engaño, aunque la gente
suele creerlo.
Llamamos
“manipulaciones” a todos aquellos movimientos en los que una parte del
cuerpo masajea, frota, rasca, agarra, pincha, estruja, acomoda o manipula
de algún otro modo a otra parte del cuerpo. Las manipulaciones pueden ser
de muy corta duración o extenderse durante varios minutos. Las más
breves parecen dotadas de algún propósito: ordenarse el cabello, sacarse
una suciedad o un tapón de cera de dentro de la oreja, rascarse algún
lugar del cuerpo. Otras, en especial las que duran mucho, no parecen tener
finalidad alguna: enrollar y desenrollar infinitamente un haz de cabellos,
frotarse un dedo contra el otro, dar golpes rítmicos con el pie contra el
piso en forma indefinida. La mano es la manipuladora típica; pero puede
ser receptora de la manipulación, como cualquier otra zona del cuerpo.
Los receptores más comunes son el pelo, las orejas, la nariz, la
entrepierna. Las acciones manipuladoras pueden también llevarlas a cabo
una parte del rostro actuando contra otra (lengua contra mejilla, dientes
que muerden leve mente el labio) o una pierna contra otra pierna. Hay
objetos que pueden formar parte del acto manipulador: fósforos, lápices,
un sujetapapeles, un cigarrillo.
Aunque
a la mayoría de las personas se les enseñó al educarlas que no tenían
que realizar en público estas acciones propias del cuarto de baño, lo
cierto es que no aprendieron a detenerlas; sólo dejaron de darse cuenta
de que las hacían. No es que sean del todo inconscientes de sus
manipulaciones: cuando nos apercibimos de que alguien está observando una
de \ nuestras acciones manipuladoras, de inmediato la interrumpimos, la
moderamos o la disimulamos. A menudo encubrimos hábilmente con un ademán
más amplio otro fugaz, aunque ni siquiera esta elaborada estrategia para
ocultar una manipulación se hace muy a conciencia. Las manipulaciones están
en el borde de lo consciente. La mayoría de las personas no pueden dejar
de practicarlas durante mucho tiempo por más que lo intenten. Se han
acostumbrado a manipularse.
LAS
MENTIRAS Y EL SISTEMA NERVIOSO AUTÓNOMO