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INDICIOS SOBRE EL ACTO DE MENTIR
He
descrito indicios de conducta que pueden autodelatar información
ocultada, indicar que el sujeto no ha preparado bien su estrategia o
traicionar una emoción que no se ajusta a ésta.
Los
deslices verbales, los deslices emblemáticos y las pero ratas enardecidas
pueden dejar traslucir información ocultada de cualquier índole:
emociones, acontecimientos del pasado, planes o intenciones, fantasías,
ideas actuales, etc.
El
lenguaje evasivo y los circunloquios, las pausas, las repeticiones de
palabras o fragmentos de palabras y otros errores cometido al hablar, así
como la disminución en la cantidad de ilustraciones, pueden señalar que
el hablante no pone mucho cuidado en lo que dice, por no haberse preparado
de antemano. Son signos de la presencia de alguna emoción negativa. Las
ilustraciones menguan también con el aburrimiento.
El
tono más agudo de la voz, así como el mayor volumen y velocidad del
habla, acompañan al temor, la rabia y quizás a la excitación o
entusiasmo. Se producen las alteraciones opuestas con la triste a y tal
vez con el sentimiento de culpa.
Los
cambios notorios en la respiración o el sudor, el hecho de tragarse con
frecuencia o de tener la boca muy seca, son signos de emociones intensas,
y es posible que en el futuro se pueda averiguar, a partir de la pauta
correspondiente a estas alteraciones, a qué emoción pertenecen.
El
rostro puede constituir una fuente de información valiosa para el cazador
de mentiras, porque es capaz de mentir y decir la verdad, y a menudo hace
ambas cosas al mismo tiempo. El rostro suele contener un doble mensaje:
por un lado, lo que el mentiroso quiere mostrar; por el otro, lo que
quiere ocultar. Ciertas expresiones faciales están al servicio de la
mentira, proporcionando información que no es veraz, pero otras la
traicionan porque tienen aspecto de falsas y los sentimientos se filtran
pese al deseo de ocultarlos. En un momento dado, habrá una expresión
falsa pero convincente, que al momento siguiente será sucedida por
expresiones ocultadas que se autodelatan. Hasta es posible que lo genuino
y lo falso aparezcan, en distintas partes del rostro, dentro de una
expresión combinada única. Creo que el motivo de que la mayoría de la
gente sea incapaz de detectar mentiras en el rostro de los demás se debe
a que no sabe cómo discriminar lo genuino de lo falso.
Las
expresiones auténticamente sentidas de una emoción tienen lugar a raíz
de que las acciones faciales pueden producirse de forma involuntaria, sin
pensarlo ni proponérselo; las falsas, a raíz de que existe un control
voluntario del semblante que le permite a la gente coartar lo auténtico y
presumir lo falso. La cara es un sistema dual en el que aparecen
expresiones elegidas deliberadamente y otras que
surgen de forma espontánea, a veces sin que la persona se dé cuenta
siquiera. Entre lo voluntario y lo involuntario hay un territorio
intermedio ocupado por expresiones aprendidas en el pasado pero que han
llegado a operar automáticamente, sin ser elegidas cada vez o incluso a
pesar de cualquier elección, y en el caso típico sin que se tenga
conciencia de ello. Ejemplos de esto son los manierismos faciales y los hábitos
inveterados que indican cómo manejar ciertas facciones (por ejemplo, los
hábitos que impiden mostrar enojo delante de las figuras de autoridad).
Aquí me interesan, sin embargo, las expresiones falsas voluntarias y
deliberadas, que se muestran como parte de un esfuerzo por desorientar al
otro, y las expresiones emocionales espontáneas e involuntarias que de
vez en cuando delatan los sentimientos del mentiroso pese a su afán de
ocultarlas.
Pero,
como he dicho, el rostro no es puramente un sistema de señales
emocionales involuntarias. Ya en los primeros años de vida los niños
aprenden a controlar alguna de sus expresiones faciales, ocultando así
sus verdaderos sentimientos y fingiendo otros falsos. Los padres se lo
enseñan con el ejemplo y, más directamente, con frases del tipo de:
“No pongas esa cara de enfadado”; “¿No sonríes a tu tía que te ha
traído un regalo?”; “¿qué te pasa que tienes esa cara de
aburrimiento?”.
A medida que crecen, las personas aprenden tan bien las reglas
de exhibición que éstas se convierten en hábitos muy arraigados.
Después de un tiempo, muchas de esas reglas destinadas al control de la
expresión emocional llegan a operar de manera automática, modulando las
expresiones sin necesidad de elegirlas o incluso sin percatarse de ellas.
Aunque un individuo sea consciente de sus reglas de exhibición, no
siempre le es posible —y por cierto nunca le es fácil— detener su
funcionamiento. Una vez que se implanta un hábito, y opera automáticamente
sin necesidad de tomar conciencia de él, es muy difícil anularlo. Creo
que posiblemente los hábitos que más cuesta desarraigar son los
vinculados al control de las emociones, o sea, las reglas de exhibición.
Son
estas reglas, algunas de las cuales varían de una cultura a otra, las que
provocan en los viajeros la impresión de que las expresiones faciales no
son universales. He notado que los japoneses, al serles proyectadas películas
cinematográficas que les despertaban diversas emociones, no las
expresaban de manera distinta a los norteamericanos si estaban a solas; en
cambio, si había otra persona presente mientras veían la película (y en
particular si era una persona dotada de autoridad), se atenían, en medida
mucho mayor que los norteamericanos, a reglas de exhibición que los
llevaban a enmascarar toda expresión de emociones negativas con una
sonrisa diplomática.
Además
de estos mecanismos de control habitual automático de las expresiones
faciales, las personas pueden elegir de forma deliberada y a conciencia (y
a menudo lo hacen) censurar la expresión de sus sentimientos auténticos
o falsear la de una emoción que no sienten. La mayoría tiene éxito en
algunos de sus engaños faciales. Todos podemos recordar, sin duda, alguna
vez que nos desorientó completamente la expresión de alguien, aunque
también casi todos hemos tenido la experiencia opuesta, a saber, la de
darnos cuenta de que lo que estaba diciendo alguien era falso tan sólo
por la mirada que tenía en ese momento. ¿Qué pareja no recordará un
caso en que uno de ellos vio en la cara del otro una emoción (por lo
general, ira o temor) de la que el otro no tenía conciencia, y aun negaba
sentir? La mayoría de la gente se cree capaz de detectar las expresiones
falsas; nuestra investigación ha demostrado que la mayoría no lo es.
Hay
miles de expresiones faciales diferentes. Muchas no tienen relación con
ninguna emoción. Un gran número de ellas son, como señales de la
conversación; al igual que las ilustraciones mediante movimientos
corporales, estas señales sirven para destacar ciertos aspectos del
discurso o incluso como signos sintácticos (por ejemplo, como signos de
interrogación o de exclamación faciales). También existen algunos
emblemas faciales: el guiño, las cejas alzadas —párpado superior fláccido—
labios cerrados en forma de U invertida como señal de ignorancia
equivalente a encogerse de hombros, el escepticismo evidenciado en una
sola ceja alzada... para nombrar sólo unos pocos. También existen
manipulaciones faciales: morderse el labio, o chupárselo, o secárselo
con la punta de la lengua, inflar los carrillos Están, en fin, las
expresiones emocionales propiamente dichas, verdaderas y falsas.
No
hay una expresión única para cada emoción sino decenas de expresiones,
y en algunos casos centenares. Cada emoción cuenta con una familia de
expresiones visiblemente distintas una de otra. Y esto no debe sorprender:
a cada una no le corresponde un solo sentimiento o experiencia, sino toda
una familia. Considérese el caso de la familia de las experiencias de
ira; ésta puede variar en los siguientes aspectos
•
intensidad, desde el fastidio hasta la furia;
•
grado de control, desde la ira explosiva hasta
el enfado;
•
tiempo de arranque, desde la irascibilidad de
quienes pierden la calma en un instante, hasta los que arden a fuego
lento;
•
tiempo de descarga, desde la descarga inmediata
hasta la descarga prolongada;
•
temperatura, de caliente a fría;
•
autenticidad, desde la cólera real hasta el
enojo fingido que muestra un padre arrobado ante las encantadoras
travesuras de su hijo.
La
familia de la ira crecería más aún si se incluyesen las fusiones entre
ella y otras emociones —por ejemplo, la ira gozosa, la culpable, la
puritana, la desdeñosa—.
Las
microexpresiones son expresiones emocionales que abarcan todo el rostro y
duran apenas una fracción de lo que duraría la misma expresión en
condiciones normales, como si se la hubiese comprimido en el tiempo; son
tan veloces que por lo general no se las ve.
Tanto
las microexpresiones como las expresiones abortadas están sujetas a los
dos inconvenientes que dificultan la interpretación de la mayoría de los
indicios del engaño. Recordemos, de la sección anterior, el riesgo de
Brokaw, en el cual el cazador de mentiras no tiene en cuenta las
diferencias individuales en la expresión emocional. Dado que no todos los
que ocultan emociones van a presentar una microexpresión o una expresión
abortada, su ausencia no es indicio de verdad. Hay diferencias
individuales en el control de la expresión, y algunos individuos —los
que he llamado “mentirosos naturales”— la dominan a la perfección.
El segundo inconveniente es el que he llamado el error de Otelo: no
advertir que ciertas personas veraces se ponen nerviosas o emotivas cuando
alguien sospecha que mienten. Para evitarlo, el cazador de mentiras debe
entender que aunque alguien manifieste una microexpresión o una expresión
abortada, ello no basta para asegurar que miente. Casi cualquiera de las
emociones delatadas por éstas puede sentirlas también un inocente que no
quiere que se sepa que tiene dichos sentimientos. Una persona inocente tal
vez tenga miedo de que no le crean, o sienta culpa por alguna otra cosa, o
enojo o fuerte disgusto por una acusación injusta, o le encante la
posibilidad que se le ofrece de demostrar que su acusador está equivocado
o esté sorprendida por los cargos que se le hacen, etc. Si esta persona
desea ocultar uno de estos sentimientos, podría producirse una
microexpresión o una expresión abortada. En el próximo capítulo nos
ocuparemos de estos problemas de interpretación de las “micros” y de
las expresiones abortadas.
Sentimos
tanto rechazo hacia las mentiras que parecería un error de mi parte
llamar “mentiroso” a una persona respetable; pero como ya expliqué, no
utilizo este término con sentido peyorativo, y como explicaré más
adelante, creo que algunos mentirosos tienen la razón moral de su parte.
En
ocasiones, con gente que no era capaz de representar los movimientos
solicitados, yo les pedía que utilizasen la técnica de Stanislavski,
reviviendo sentimientos tristes o de temor; a menudo aparecían entonces
esas acciones faciales que no lograban realizar cuando se lo proponían.
También un mentiroso puede conocer y emplear la técnica de Stanislavski,
cuyo caso no habría signos de una ejecución falsa, ya que en cierto
sentido no lo sería. En la emoción falsa del mentiroso aparecerían
movilizados los músculos faciales fidedignos porque, en efecto, él estaría
experimentando de hecho tal emoción. Cuando los sentimientos se recrean
merced a la técnica de Stanislavski, la línea demarcatoria entre lo
falso y lo verdadero se desdibuja. Peor aún es el caso del mentiroso que
logra engañarse a sí mismo llegando a pensar que su mentira es verdad.
Estos mentirosos son indetectables. Sólo es posible atrapar a los
mentirosos que, cuando mienten, saben que mienten.
Hasta
ahora he descrito tres modos en que pueden autodelatarse
los sentimientos ocultos: las microexpresiones; lo que puede verse antes
de un movimiento abortado; y lo que queda presente en el rostro después
de haber fracasado en el esfuerzo por inhibir la acción de los músculos
faciales fidedignos. Mucha gente cree en una cuarta fuente transmisora de
sentimientos ocultos: los ojos. Se dicen que son “el espejo del alma”
y que pueden revelar los sentimientos genuinos más íntimos. La antropóloga
Margaret Mead citó a un profesor soviético que discrepaba con esta opinión
general: “Antes de la revolución solíamos decir que los ojos eran el
espejo del alma. Pero ellos pueden mentir... ¡y cómo! Con los ojos usted
puede expresar la más devota atención sin que, en realidad, esté
prestando ninguna. Puede expresar serenidad o sorpresa”. Esta
divergencia en cuanto a la fidelidad de los ojos puede resolverse
discriminando cinco fuentes de información en ellos. Sólo tres de las
cuales, como veremos, suministran autodelaciones o indicios del engaño.
En
primer lugar están las variaciones en el aspecto que presenta el ojo
producidas por los músculos que rodean el globo ocular. Estos músculos
modifican la forma de los párpados, la cantidad del blanco del ojo y del
iris que se ve, y la impresión general que se obtiene al mirar la zona de
los ojos. pero como ya dijimos, la acción de
estos músculos no ofrece indicios fidedignos del engaño, ya que es
relativamente sencillo mover los de forma voluntaria e inhibir su acción.
No es mucho lo que se delatará, salvo como parte de una microexpresión o
de una expresión abortada.
La
segunda fuente de información ocular es la dirección de la mirada. La
mirada se aparta en una serie de emociones: baja con la tristeza, baja o
mira a lo lejos con la vergüenza o la culpa, y mira a lo lejos con la
repulsión. No obstante, es probable que un mentiroso, por culpable que se
sienta, no aparte la vista demasiado, ya que los mentirosos saben
perfectamente que todo el mundo confía en detectarlos de esta manera. El
profesor soviético citado por Margaret Mead comentaba lo sencillo que es
controlar la dirección de la propia mirada. Sorprendentemente, la gente
sigue siendo engañada por mentirosos lo bastante hábiles como para no
desviar la vista: “Una de las cosas que llevaron a Patricia Gardner a
sentirse atraída por Giovanni Vigliotto, el hombre que llegó a casarse
tal vez con un centenar de mujeres, fue ese ‘rasgo de sinceridad’
consistente en mirarla directamente a los ojos, según declaró ella ayer
en su testimonio [en el proceso que le inició a Vigliotto por
bigamia]”.
La
tercera, cuarta y quinta fuentes de información de la zona de los ojos
son más prometedoras como signos de autodelación o indicios del engaño.
El parpadeo puede ser voluntario, pero también se produce como una reacción
involuntaria, que aumenta cuando el sujeto siente una emoción. Asimismo,
en un individuo emocionado se dilatan las pupilas, aunque no existe una vía
que permita optar por esta variante voluntariamente. La dilatación de la
pupila es producida por el sistema nervioso autónomo, el mismo que da
lugar a las alteraciones en la salivación, la respiración y el sudor ya
mencionadas, así como a otros cambios faciales que se
mencionarán luego. Si bien un parpadeo más intenso y la dilatación de
las pupilas indican que el individuo está movido emocionalmente, no
revelan de qué emoción se trata. Pueden ser signos de excitación
entusiasta, rabia o temor. Sólo son autodelatores válidos cuando la manifestación de una emoción cualquiera trasluciría que alguien miente,
y el cazador de mentiras puede desechar la posibilidad de estar ante el
temor de un inocente a ser juzgado erróneamente.
Las
lágrimas, que son la quinta y última fuente de información de la zona
ocular, también son producidas por el sistema nervioso autónomo; pero
ellas sólo son signos de algunas emociones, no de todas. Se presentan
cuando hay tristeza, desazón, alivio, ciertas formas de goce y risa
incontrolada.
Pueden
delatar tristeza o desazón si los demás signos permanecen ocultos,
aunque mi presunción es que en tal caso también las cejas mostrarían la
emoción y el individuo, una vez que le aflorasen las lágrimas, rápidamente
reconocería cuál es el sentimiento que está ocultando. Las lágrimas de
risa no se filtrarán si la risa misma ha sido sofocada.
El
SNA provoca otros cambios visibles en el rostro: el rubor, el
empalidecimiento y el sudor, todos los cuales son difíciles de ocultar,
como sucede con los demás cambios corporales y faciales que provienen del
SNA. No se sabe con certeza si el sudor, lo mismo que el aumento del
parpadeo y la dilatación de las pupilas, es un signo de que se ha
despertado una emoción cual quiera, o en lugar de ello es específico de
una o dos emociones,
Sobre
el rubor y el empalidecimiento poco y nada se sabe. Se supone que el rubor
es un signo de turbación o de embarazo, que también se presenta cuando
hay vergüenza y quizá culpa. Se dice que es más corriente en las
mujeres que en los hombres, aunque se ignora por qué. El rubor podría
delatar que el mentiroso se siente turbado o avergonzado por lo que
oculta, o podría ocurrir que ocultase la turbación misma. El rostro
también se pone rojo de rabia, y nadie sabría distinguir este
enrojecimiento del rubor propiamente dicho; presumible- mente, ambos
implican la dilatación de los vasos sanguíneos periféricos de la piel,
pero el enrojecimiento de la ira y el rubor de la cohibición o la vergüenza
podrían ser distintos ya sea en intensidad, zonas del rostro afectadas o
duración. Mi presunción es que la cara enrojece de ira sólo cuando ésta
ha quedado fuera de control, o cuando el sujeto trata de controlar una
rabia que está a punto de explotar. En tal caso, habitualmente habrá en
el rostro o la voz otras pruebas de la ira, y el cazador de mentiras no
tendrá que confiar en la coloración de la cara para discernir esta emoción.
Si la ira está más controlada, el rostro puede empalidecer o ponerse
blanco, como también ocurre cuando se siente miedo. El empalidecimiento
puede aparecer incluso cuando la mímica de esta emoción ha sido
perfectamente disimulada. Curiosamente, muy poco se han estudiado las lágrimas,
el rubor, el enrojecimiento o el empalidecimiento respecto de la expresión
u ocultamiento de determinadas emociones.
MENTIRAS
Y EXPRESIONES FACIALES