EL
TEMOR A SER ATRAPADO
En
sus formas más moderadas, este temor, en vez de desbaratar las cosas,
puede ayudar al mentiroso a no incurrir en equivocaciones al mantenerlo
alerta. Si el temor es mayor, puede producir signos conductuales que el
descubridor de mentiras avezado notará enseguida, y si es mucho mayor, el
temor del mentiroso a ser atrapado da origen exactamente a lo que él
teme. Si un mentiroso fuera capaz de calibrar cuál será su recelo a
ser detectado en caso de embarcarse en un embuste, estaría en mejores
condiciones para resolver si vale la pena correr el riesgo. Y aunque ya
haya decidido correrlo, saber estimar qué grado de recelo a ser detectado
podría llegar a sentir lo ayudará a programar medidas contrarrestantes a
fin de reducir u ocultar su temor. Esta información puede serle útil,
aSimismo, al descubridor de mentiras: si prevé que un sospechoso tiene
mucho temor de ser atrapado, estará muy atento a cualquier evidencia de
ese temor.
Un
padre que se ha mostrado suspicaz y desconfiado con su hijo y no le ha creído
cuando le dijo la verdad, despertará temor en un chico inocente. Esto
plantea un problema decisivo en la detección del engaño: es casi
imposible diferenciar el temor a que no le crean del niño
inocente, del recelo a ser detectado que siente el niño culpable: las señales
de uno y otro serán las mismas.
Estos
problemas no se presentan exclusivamente en el descubrimiento del engaño
entre padre e hijo: siempre es difícil distinguir el temor del inocente a
que no le crean, del recelo del culpable a ser detectado. Y la dificultad
se agranda cuando el descubridor de la mentira tiene fama de suspicaz, de
no haber aceptado sin más la verdad anteriormente. A éste le será cada
vez más problemático distinguir aquel temor de este recelo. La práctica
del engaño, así como el éxito reiterado en instrumentarlo, reducirá
siempre el recelo a ser detectado. El marido que engaña a su esposa con
la decimocuarta amante no se preocupará mucho porque lo atrape: ya tiene
práctica suficiente, sabe lo que puede prever que sucederá y lo que
tiene que encubrir; y lo que es más importante, sabe que puede salir
airoso. La confianza en uno mismo aminora el recelo de ser descubierto.
Por otra parte, un mentiroso que se propasa en su autoconfianza puede
cometer errores por descuido; es probable que cierto recelo de ser
detectado sea útil para todos los mentirosos.
El
detector eléctrico de mentiras, o polígrafo, opera basándose en los
mismos principios que la persona que quiere detectar mentiras a través de
señales conductuales que las traicionen, y está sujeto a los mismos
problemas. El polígrafo no detecta mentiras sino sólo señales
emocionales. Sus cables le son aplicados al sospechoso a fin de medir los
cambios en su respiración, sudor y presión arterial. Pero en sí mismos
el sudor o la presión arterial no son signos de engaño: las palmas de
las manos se humedecen y el corazón late con mayor rapidez cuando el
individuo experimenta una emoción cualquiera.
Por eso, antes de efectuar
esta prueba, la mayoría de los expertos que utilizan el polígrafo tratan
de convencer al sujeto de que el aparato nunca falla, y le administran lo
que se conoce como una “prueba de estimulación”. La técnica más
frecuente consiste en demostrarle al sospechoso que la máquina podrá
adivinar qué naipe ha extraído del mazo. Se le hace extraer un naipe y
después volver a ponerlo en el mazo; luego se le pide que conteste
negativamente cada vez que el examinador le inquiere por un naipe en
particular. Algunos expertos que emplean este aparato no cometen errores
gracias a que desconfían de él, y utilizan un mazo de naipes marcados.
Justifican la trampa basándose en dos argumentos: si el sospechoso es
inocente, importa que él crea que la máquina es perfecta, pues de lo
contrario tendría temor de que no le creyesen; si es culpable, importa
que tenga recelo de ser atrapado, pues de lo contrario el aparato no
operaría en verdad. La mayoría de los que utilizan el polígrafo no
incurren en esta trampa contra sus sujetos, y confían en que el polígrafo
sabrá decirles con exactitud cuál fue el naipe extraído.
Ocurre
lo mismo que en "Pleito de Honor": el sospechoso tiene que estar persuadido
de la habilidad del otro para descubrir su mentira. Los signos de que
tiene temor serían ambiguos si no pudiesen disponerse las cosas de modo
que únicamente el mentiroso tenga miedo, no el veraz Los exámenes con
polígrafos no sólo fracasan porque algunos inocentes temen ser
falsamente acusados o porque por algún otro motivo los perturba el hecho
de ser sometidos a un examen, sino también porque algunos delincuentes no
creen en la máquina mágica: saben que pueden burlarla, y por eso mismo
se vuelve más probable que sean capaces de lograrlo.
Hasta
ahora hemos visto de qué manera la fama del descubridor de mentiras puede
influir en el recelo a ser detectado del mentiroso y en el temor a que no
le crean del inocente. Otro factor que gravita en el recelo a ser
detectado es la personalidad del mentiroso. Hay individuos a los que les
cuesta mucho mentir, en tanto que otros lo hacen con pasmosa soltura. Se
sabe mucho más de los que mienten con facilidad que de los que no pueden
hacerlo. Algo pude descubrir sobre estos últimos en mi investigación
sobre el ocultamiento de las emociones negativas.
Hay
individuos que son especialmente recelosos de ser atrapados mintiendo; están
convencidos de que todos los que los están mirando se darán cuenta de
que miente, lo que se convierte en una profecía que termina por cumplirse
Hasta
ahora he descrito dos factores determinantes del recelo a se detectado: la
personalidad del mentiroso y, antes que esto, la fama y carácter del
descubridor de la mentira. No menos importante es lo que está en juego
al mentir. La regla es muy simple: cuanto más sea lo que está en
juego, mayor será el recelo a ser detectado. Pero la aplicación de esta
regla puede ser complicada, porque no siempre es sencillo averiguar qué
es lo que está en juego.
El
recelo a ser detectado será mayor si lo que está en juego es evitar un
castigo, y no meramente ganar una recompensa.
Un
engaño puede acarrear dos clases de castigo: el castigo que aguarda en
caso de que la mentira falle y el que puede recibir el propio acto de
mentir. Si están en juego ambos, será mayor el recelo a ser detectado. A
veces el castigo en caso de que a uno lo descubran engañando es mucho
peor que el castigo que deseaba evitar con su engaño. En ‘Pleito de
honor’, el padre le comunicó a su hijo que ésa era la situación. Si
el descubridor de mentiras puede hacerle saber con claridad al sospechoso,
antes de interrogarlo, que su castigo por mentir será peor que el que se
le imponga por su delito, tiene más probabilidades de disuadirlo de que
mienta.
Pero
aunque el transgresor sepa que el daño que sufrirá si se descubre su
mentira será mayor que el que recibirá si admite su falta, mentir puede
resultarle muy tentador, ya que confesar la verdad le provocará
perjuicios inmediatos y seguros, en tanto que la mentira contiene en sí
la posibilidad de evitar todo perjuicio. La perspectiva de eludir un
castigo inmediato puede ser tan atrayente que el impulso que lo lleva a
eso hace que el mentiroso subestime la probabilidad de ser atrapado, y el
precio que ha de pagar en caso de serlo. El reconocimiento de que la
confesión habría sido una mejor estrategia llega demasiado tarde, cuando
el engaño se ha mantenido ya por tanto tiempo y con tantas argucias, que
ni siquiera la confesión logra reducir el castigo.
Para
sintetizar, el recelo a ser detectado es mayor cuando:
•
el destinatario tiene fama de no ser fácilmente
engañable;
•
el destinatario se muestra suspicaz desde el
comienzo;
•
el mentiroso carece de mucha práctica en el
arte de mentir, y no ha tenido demasiados éxitos en esta materia;
•
el mentiroso es particularmente vulnerable al
temor a ser atrapado;
•
lo que está en juego es mucho;
•
hay en juego tanto una recompensa como un castigo; o bien, en el caso de
que haya una sola de estas cosas en juego, es el castigo;
•
el castigo en caso de ser atrapado mintiendo es
grande, o bien el castigo por lo que se intenta ocultar con la mentira es
tan grande que no hay incentivo alguno para confesarla;
•
el destinatario de la mentira no se beneficia
en absoluto con ella.
EL
SENTIMIENTO DE CULPA POR ENGAÑAR