CÓMO
DESARROLLAR LA INTELIGENCIA
INTRODUCCIÓN
Era todavía un niño cuando mis padres me llevaron al teatro para
contemplara un mago, quien, con toda clase de ingenios, asombraba, día
tras día, a un público heterogéneo que pugnaba por verlo.
Recuerdo
de lo que más me impresionó fue un alarde de memorización, que
justificaba por sí solo la fama que rodeaba a aquel hombre excepcional.
A solicitud suya le íbamos entregando palabras, y a cada una,
sucesivamente, le asignaba un número, después de unos segundos de
visible concentración.
Llegamos
hasta cincuenta. Después lo ametrallamos con números y palabras; no se
equivocó ni una vez. "Camello", decía alguno y el mago
contestaba: "Cuarenta y cinco"; "Treinta y siete";
gritaba otro desde las localidades más lejanas, y el mago respondía
con la misma rapidez: "San Francisco". Estaba seguro de que no
se trataba de ningún truco: me había correspondido pronunciar una de
esas palabras que, envueltas después en números, volaban por aquel
escenario, convertido en deslumbrante caja de misterios.
Al
día siguiente traté de repetir aquella hazaña, con sólo diez
palabras y no pude. Años después, la lectura de un libro, creo que
sobre el arte de hablar en público, me permitió, con el entrenamiento
de unas semanas, jugar hasta con cien palabras, cantidad que no fue
mayor porque algún límite era necesario establecer.
Utilicé
uno de tantos métodos nemotécnicos, basados todos ellos en el
establecimiento de una relación - cuanto más extravagante, mejor -
entre una cosa ya perfectamente recordada y otra nueva que se quiere
recordar. Escogí cien lugares situados, en orden sucesivo, en el
trayecto - que conocía perfectamente - del autobús que me conducía
cada mañana a la universidad, y a cada uno de ellos le asigné su número
respectivo: uno, dos, tres y así hasta cien.
Una
vez que fije muy bien en mi memoria la relación lugar-número, sólo
restaba establecer, en su momento, una nueva relación, ahora la relación
lugar-palabra: los conceptos que debían ser recordados los
"ubicaba" en su lugar correspondiente. Cuando alguien señalaba:
"Veintitrés", yo ya sabía que este número se había
convertido en el edificio del correo y me preguntaba: "Que fue lo
que yo coloqué en ese edificio"; de inmediato surgía la
respuesta. Y si lo nombrado era la palabra "Nabucodonosor",
contestaba a esa pregunta: "¿Dónde puse a este ilustre
personaje?".
Desde
entonces no he vuelto a hacer este ejercicio; estoy seguro de que en
este preciso momento no podría realizarlo satisfactoriamente, por una
simple razón: falta de práctica. Pero él me ha permitido pensar con
frecuencia: cuántas veces nos deslumbramos ante el fuego que vemos
desde lejos, en la oscuridad de nuestra falta de conocimiento sobre su
artificio, y, entre tanto, la verdad es la de que aquello puede ser
realizado por cualquiera. Por cualquiera que conozca el sistema y
pacientemente lo ejercite, claro está.
Consideramos
como de casi imposible realización algunos asuntos, que después de
aprendida una fórmula, algunas veces sencilla, se nos presentan sin
ninguna dificultad.
Y
algo así sucede con todos los órdenes de la realización de una obra
artística o científica, no importa cuál fuere su grado de
complejidad. Nadie puede decir si puede o no puede hacer una cosa, hasta
tanto no sepa exactamente cómo se hace esa cosa. Y cuando llega a
saberlo, ya la puede hacer.
"Conócete
a ti mismo".
Esta
frase ha sido repetida por veinticinco siglos de Historia.
Conoce
lo más íntimo de tu ser.
Conoce
las carencias, tus disposiciones, tus facultades.
Conoce,
en fin, tu vocación vital.
Conoce
tu propia interioridad, hazla aflorar a la superficie y sométela a la
luz de tu propio entendimiento. Son multitud las afirmaciones del arte,
de la filosofía, de la psicología, de la ciencia..., que, si meditamos
un poco, podremos identificar con facilidad como vinculadas al
imperativo socrático.
Se
dice una y otra vez: conoce lo que piensas y lo que quieres y lo que
realizas.
Y
yo me pregunto: ¿por qué no se ha insistido hasta ahora en el
conocimiento del mecanismo de la mente humana, en la forma como se
producen las ideas, en los recursos de la inteligencia, en las razones
por las cuales unos hombres tienen más facilidades que otros para la
invención, en las características mentales de los creadores en el
campo del arte o de la ciencia, en el funcionamiento del cerebro de
aquellos que han sido calificados en el rango de los genios?
Es
importante que conozcamos cuáles son nuestros pensamientos, pero creo
que es más importante todavía el que conozcamos la manera de poder
llegar a ellos. "Si a la orilla del mar encuentras alguien con
hambre, no le regales un pez; enséñale a pescar".
La
aplicación de esta frase, resumen de sabiduría, es universal y
constante.
Esa
es la única forma como los individuos y los pueblos pueden alcanzar el
progreso. Educar significa "sacar afuera" lo que la persona
lleva por dentro.
Al
educar, por tanto, es imprescindible el más absoluto respeto por la
personalidad de cada quien, para que sea ella misma quien logre su
propio perfeccionamiento y desarrollo.
En
la misma forma, estoy convencido de que la función del Estado es la de
contribuir con su intervención determinante de la vida política, económica
y social de la colectividad a crear el "clima", la "atmósfera",
las condiciones externas necesarias para que los ciudadanos, libremente,
puedan buscar con facilidad, por sí mismos y de acuerdo con sus
respectivas capacidades, la plena realización de su ser integral.
La
educación abarca la personalidad completa del hombre, corporal,
intelectual y espiritual, en todas sus facetas.
La
enseñanza, como parte muy importante de la educación, se dirige
principalmente a suministrar conocimientos.
Hasta
ahora la educación ha tenido por fin formar hombres moralmente mejores
e intelectuales más ilustrados.
Fin
loable, pero, sin duda alguna, incompleto.
¿Incompleto?
¿Por qué?
El
proceso
educacional de la humanidad ha sido muy largo. Comenzó el primer día
en que apareció el ser humano tal como lo conocemos hoy sobre la faz de
la tierra y ha continuado a través de la Historia, con retrocesos
transitorios, en una línea ascendente, tanto en extensión como en
calidad.
Año
tras año, es mayor el número de personas que reciben una educación
sistemática y, en términos generales, esa educación se perfecciona
cada vez más. El
resultado,
la marcha del progreso de la humanidad a lo largo de los siglos. Y sin
embargo, hay un asunto fundamental que, incomprensiblemente, se ha
pasado por alto. Hay algo de vital importancia que no ha sido enseñado
sistemáticamente hasta nuestro tiempo.
Hasta
ahora se han enseñado conocimientos, pero no se ha enseñado a pensar.
Se
ha enseñado incluso dónde y cómo encontrar todo tipo de
conocimientos, pero no se ha enseñado la manera de combinar
conocimientos para obtener otras ideas.
Se
han enseñado las reglas del pensamiento lógico, pero no se ha enseñado
las de la
producción de pensamientos nuevos.
Se
ha enseñado cultura, pero no se ha enseñado originalidad.
Se
ha enseñado los frutos de la inteligencia, pero no se ha enseñado a
tener más inteligencia.
En
lo que se refiere al tesoro más importante que poseemos en la tierra,
el pensamiento humano, a lo largo de los siglos a las gentes se les ha
dado peces, pero no se les ha enseñado a pescar.
No
es suficiente con enseñar conocimientos de diverso tipo, bien sean
generales o específicos, si no se enseña también cómo adquirir una
mayor capacidad mental para entender mejor, para pensar mejor, para
crear mejor.
CÓMO
DESARROLLAR LA INTELIGENCIA 2