EXPRESAR:
Manifestar un pensamiento por medio de uno o varios signos exteriores de
cualquier especie.
Se
expresa lo analizado,
Lo
sintetizado,
Lo
vinculado,
Lo
diferenciado,
Lo
trasladado,
Lo
juntado,
Lo
apartado,
Lo
transformado,
Lo
temporalizado,
Lo
personificado.
Los
signos pueden ser
Iguales,
Contrarios,
Mayores
O
menores
A
los exactamente adecuados a aquello que se va a expresar.
La
función de cada uno de estos Medios es procurar una relación sistemática.
Su
conjunto constituye lo que hemos llamado un Medio de Relación, nombre
que también le corresponde a cada uno considerado individualmente.
Una
persona que dominara perfectamente un Medio de Relación como el
descrito en estas páginas podría hablar ordenadamente sobre cualquier
asunto, durante doce horas al día, por un período ininterrumpido de
seis meses, pues permite enfocar un mínimo de 138.000 aspectos
diferentes de un mismo tema.
No
pretendo ser original.
Mi
único propósito es dar testimonio de un convencimiento.
Este
libro es el producto de una necesidad.
Tal
vez todos los libros lo son.
Al
menos aquellos que valen el esfuerzo de ser leídos.
Una
idea va surgiendo dentro de uno.
Lentamente.
Paulatinamente.
Igual
que la yerba.
Al
tiempo, esa idea no nos cabe ya en el entendimiento.
Y
entonces, surge la necesidad: la idea puja por salir, por tomar su
propia realidad, única e independiente.
A
veces el proceso es muy largo.
La
idea va creciendo.
Las
horas la van madurando.
Yen
su camino la idea adquiere nueva forma y color.
Es
hermoso ver esa transformación.
En
muchas ocasiones en la idea final ya no queda nada de lo que fue al
comienzo.
Ella cambia.
Y
uno va cambiando con ella.
Sí
medito profundamente, tengo que darme cuenta de que la idea es el
producto de mi propia mente, pero, que, ala vez, en mi ser actual, yo
soy el producto de todas mis ideas, que se confunden, se contradicen,
dialogan o luchan entre sí, durante todo el transcurso de mi vida
consciente y de mi sueño.
En
el momento en que ya no puedo determinar si una idea me pertenece en
mayor medida de la que yo le pertenezco es cuando surge la necesidad de
expresarla de alguna manera.
Creo
que si los conceptos fundamentales que expongo en este libro no llegaren
a tener acogida, no sería por razón de esos conceptos: estoy
persuadido de que ellos son verdaderos.
Tampoco
yo podría decir mañana que el público al cual estaban destinados no
se encontraba preparado para recibirlos o que no quisieron o no pudieron
entenderlos. Nada de eso podría consolarme, porque nada de eso sería
cierto.
La
culpa no sería de más de nadie, sino de mí mismo.
Y
en ese caso, no tendría otra salida que decir la próxima vez lo haré
mejor. Escribo frente al mar, lejos de la vorágine de la gran ciudad.
Aquí
estoy alejado, aun de mi familia y de mis amigos.
Me
acompaña una mujer negra, cuya edad no puedo determinar.
Se
llama María.
Y
no sabe leer ni escribir.
Debe
tener muchos años, por las cosas que dice.
Ella
me prepara la comida cada mañana.
Su
especialidad, una salsa de tomates con ingredientes que se cuida en no
revelar. Esa salsa es el aderezo obligado de verduras, legumbres y
granos, pero sobre todo de unos serpenteantes spaghetti que merecen todo
su esmero.
Un
día le dije: "María, hoy quiero spaghetti pero sin
spaghetti".
Por
toda respuesta contestó: "Humm".
Y
me olvidé del asunto.
Pero,
cuando me senté a comer, allí estaba sobre la mesa, como único
alimento, un amplio recipiente rebosante de salsa de tomate.
Una
semana después me preguntó: "¿Sobre qué trata el libro que
usted está haciendo?"
"Sobre
la inteligencia humana; yo creo, María, que todo el mundo puede llegar
a ser inteligente; que usted, así como podría aprender a leer y a
escribir, también podría aprender a ser inteligente."
No
dijo nada.
Me
miró fijamente y tuve la impresión de que mis palabras se habían
perdido entre sus ojos. Al rato preguntó de nuevo.
"¿Y
cómo lo va a llamar?"
Pensé
que no valía la pena contestarle, pero me acordé de los spaghetti sin
spaghetti
y con desgano le dije: la revolución de la inteligencia, nombre que
todavía barajaba entre muchos.
Las
ya amplias ventanas de sus narices se extendieron aún más mientras
hablaba: "Usted ve, sí... eso es lo que usted dice..., ahora sí
lo comprendo..."
Desde
entonces ya no tuve dudas acerca del título de ese libro.
Pero
nunca podré saber si ella lo habrá entendido.
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