Si
la inteligencia del hombre ha logrado fabricar máquinas que piensan, ¿cómo
no va a poder utilizar al máximo esa otra máquina muchísimo más
completa que es su propio cerebro?
En
unos casos necesitará más tiempo; en otros, menos; pero lo que puede
pensar una máquina lo puede pensar un hombre, e infinitamente más.
Pensemos
en que los ordenadores no pueden jugar al ajedrez con garantía absoluta
de no cometer error, mediante un método algorítmico_ teóricamente
seguro, porque, a una velocidad de cálculo de un millón de
posibilidades por segundo, un ordenador necesitará, para decidir la
primera jugada, el número de años contenido en una cifra expresada así:
un diez seguido de noventa y nueve ceros, es decir que cada partida
duraría miles de millones de siglos.
La
mayor ventaja del hombre sobre la máquina termina siendo la de que no
es tan perfecto como ella.
La
grandeza del hombre radica en su propia imperfección.
Una
de las realidades imprescindibles para el desarrollo de la humanidad es
la de que
el hombre se encuentra en condiciones de equivocarse; esto es lo que le
permite intentar nuevos caminos para ir enfrentando con éxito los
cambios que se presentan en las circunstancias en las que se desenvuelve
su existencia.
Si
no tuviéramos capacidad de equivocarnos tampoco la tendríamos para
escoger y, si éste fuera el caso, no podríamos dominar el mundo
exterior, sino que estaríamos a merced de él.
Si
no pudiéramos cometer errores tampoco podríamos progresar.
La
Historia cabalga sobre una serie ininterrumpida de rectificaciones.
La
cultura es también el fruto de nuestra radical imperfección.
Antes
podremos lograr cerebros humanos con una efectividad varias veces mayor
que la actual, que ordenadores con posibilidades creativas muchísimo
menores que las de un hombre normal.
En
todo caso, una sensación extraña, que muchas veces consiste en un no
aceptado temor, nos envuelve cada vez que nos llega una noticia acerca
de los prodigios avances que se están logrando en nuestros días en el
campo de la construcción de máquinas que "juegan", que
"traducen", que "componen música", que "pintan
cuadros", que, en fin, realizan trabajos propios de seres dotados
de una capacidad que hasta se le atribuía solamente al ser humano.
¿Hasta
donde podrá llegarse por este camino?
¿Será
posible fabricar máquinas que puedan componer poemas?
¿Y
si así fuera, eso no significaría que las máquinas podrían pensar?
¿Cuál
sería la diferencia entonces entre un hombre y una máquina?
¿Podría
alguien seguir creyendo en el alma humana?
Si
a mí me preguntaran en estos momentos: "¿Cree usted que alguna
vez se pueda construir una máquina que piense?", ¿qué respondería?
Creo
en Dios, creo en el hombre, hecho a su imagen y semejanza, con un alma
espiritual e inmoral, y creo en la resurrección de la carne y de todo
lo que existe en el Universo.
Y
a esa pregunta respondo, sin que abrigue ninguna duda: definitivamente,
sí, sí, creo que se podrán construir máquinas que piensen.
Es
más: se han construido ya.
Durante
mucho tiempo la Cristiandad se resistió a admitir- lo mismo que casi
todos los científicos de entonces- que la Tierra diera vueltas
alrededor del Sol y, segundo, de que eso no importaba; de que
absolutamente ninguno de los principios del cristianismo se veía
afectado por esa realidad. Cuántos daños se habrían evitado si desde
el primer momento se hubiera llegado a esta última conclusión.
Ojalá
los cristianos de hoy- seguros de aquello en que creemos, convencidos de
que la Verdad es una y que, por consiguiente, jamás podrá existir una
contradicción entre dos verdades- no sintamos allá en el fondo de
nuestra alma ninguna especie de temor ante los avances de la ciencia en
cualquier orden.
Una
máquina puede relacionar y por tanto, de acuerdo con lo que veremos que
es el pensamiento, una máquina puede pensar.
Podría
hacerlo aun más perfectamente que el hombre, pero dentro de los límites
y condiciones que el hombre le hubiera fijado.
El
meollo
del asunto radica en que una máquina no puede pensar libremente. Una máquina,
por definición, está programada.
Por
perfecta
que
sea, siempre estará programada.
Si
el hombre estuviera "programado", sería la más perfecta
de
las máquinas conocidas hasta ahora, pero, al fin y al cabo, una máquina
más.
Lo
que en definitiva diferencia al hombre de la máquina no es el
pensamiento, sino la libertad.
La
tarea que le corresponde al hombre y en la cual jamás podrá ser
desplazado por la máquina es la de pensar sin ninguna determinación
previa.
Su
libertad esencial consiste en la posibilidad de relacionar pensamientos
según su decisión propia.
Por
lo demás, no tiene sentido que el hombre compita con la máquina en lo
que ésta puede hacer mejor.
El
avance
del hombre se ha realizado a través de una sucesiva delegación de
funciones: para poder continuar hacia delante, cada vez que el hombre ha
logrado llevar a cabo una operación ha inventado después una máquina
para que la realice por él.
Y
así seguirá pasando en el futuro.
Cuando
un hombre hace algo que deba repetirse exactamente igual, en todos sus
principios individualizantes, está ocupando provisionalmente el sitio
que le corresponde a una máquina.
Quizá
el progreso consista justamente en el sucesivo desplazamiento del hombre
por la máquina de aquello que a él no le corresponde hacer.
Cuándo
la mayor parte del trabajo que realizan ahora los hombres sea efectuado
por máquinas a eso llegaremos antes de lo que pensamos, ¿hacia dónde
proyectarán los hombres su trabajo?
Hacia
aquello que los caracteriza y diferencia: el pensamiento como una libre
y maravillosa aventura.
CÓMO DESARROLLAR LA INTELIGENCIA 9