Los
hombres se enfadan,
las mujeres se deprimen
Los
celos son la furia del hombre: por lo tanto no se privará de ellos el día
de la venganza. PROVERBIOS
Los
celosos son los que más rápido perdonan, y todas las mujeres lo saben. DOSTOIEVSKI, LOS HERMANOS KARAMAZOV
Ron
y Carol
Cuando
Carol conoció a Ron, éste estaba divorciado desde hacía varios años y
se había dedicado a ser un swinger “para tratar de disfrutar” todo lo
que se había perdido en los veintiséis años en que había estado
casado. Poco tiempo después de que empezaran a salir, quedó claro para
los dos que en la relación había algo especial. Carol le dijo a Ron que
no estaba interesada en ser un miembro más de su harén. “Si quería
tener una relación conmigo”, afirmaba, “tenía que ser sólo
conmigo”. Ron aceptó, y le ha sido fiel. Esto, sin embargo, no le
impidió mantenerse en contacto con sus novias anteriores. Carol describe
así los crecientes problemas que esto provocó:
“Sus
novias lo llaman día y noche, sin importarles que ahora Ron está
viviendo conmigo. Cuando me atrevo a decir algo acerca de sus llamados
telefónicos o acerca de las visitas que les hace, me ataca acusándome de
ce losa, exigente e irrazonable. Ha prometido no tener relaciones sexuales
con nadie más que conmigo y dice que ha cumplido su promesa. ¿Qué más
quiero? La razón principal por la que decidimos venir a este taller fue
que ambos sentíamos la necesidad de trabajar sobre este problema, al que
Ron sigue refiriéndose como mi problema de celos. La otra razón fue
pasar una semana juntos en Esalen. [En el Instituto Esalen, en Big Sur,
California, se desarrollan una gran variedad de talleres.] Ron ha estado
aquí antes y me ha contado que era uno de los lugares más hermosos que
ha visto en su vida. Con eso, por lo menos, estoy de acuerdo.
“Cuando
llegamos aquí ayer, lo primero que hicimos fue ir a la conserjería para
registrar nos. De pronto, una mujer llamada Wendy a quien Ron conocía de
una de sus visitas anteriores se abalanzó sobre él y le dio un abrazo de
bienvenida realmente fuerte. Después empezó a masajearle el pecho con un
movimiento circular. Yo veía cómo los círculos se ha cían cada vez más
grandes, y cómo su mano se desplazaba cada vez más hacia abajo, y me
quedé ahí, de pie, preguntándome hasta dónde se propondría llegar con
esa mano.
“Mientras
se producía todo este toqueteo yo seguía ahí de pie, como una estúpida.
El ni si quiera se molestó en presentarme. No creo que tuviera que decir:
‘Wendy, te presento a Carol, la mujer que amo y con la que estoy
viviendo en este momento’. Simplemente podría haberme tomado del hombro
para dar a entender que somos una pareja, que ya no es el soltero picaflor
que era cuando ellos dos se conocieron. Pero se limitó a quedarse donde
estaba, disfrutando sin ningún disimulo del sensual masaje en el pecho
que ella le estaba dando.
“Cuando
estuvimos solos en la habitación le dije cómo me sentía, pero se lo
dije sin alterarme. Ron dijo que ver a Wendy a quien no veía desde hacía
mucho tiempo y que le gustaba mucho, lo excitó tanto que se comportó
groseramente, y que lo sentía. Acepté su disculpa y pensé que ahí
terminaría todo. Debí haberlo pensado mejor.
“Hoy,
después del almuerzo, desapareció. Lo busqué por todas partes. Al
final, después de unas dos horas, apareció en nuestra habitación y me
dijo que había tenido ‘una entrevista’ con Wendy.
“Sentí
que la sangre me subía a la cabeza. ¿Qué significa, exactamente, ‘una
entrevista’? ¿Por qué no llamarla ‘una cita’, que es lo que fue?
¿Y por qué tiene una cita con Wendy en la semana en que decidimos estar
juntos para trabajar sobre nuestra relación?”
Ron
tenía una perspectiva diferente de estos acontecimientos:
“Yo
había estado casado muchos años, y el mío no fue un matrimonio feliz.
Mi esposa y yo nos pusimos de novios en la secundaria, así que ninguno de
los dos tuvimos experiencia con otras personas antes de casarnos. Aunque
en los últimos años de nuestro matrimonio prácticamente no tuvimos vida
sexual, siempre le fui fiel a mi esposa. Supongo que no soy de los que
engañan a sus esposas.
“Después
del divorcio, que dicho sea de paso no fue iniciativa mía, descubrí a
las mujeres. También descubrí que amo a las mujeres. Tuve varias novias.
Todas ellas sabían que yo estaba viendo también a otras y lo aceptaban.
Comprendían que no estaba preparado para una relación monógama. Además,
cada una de ellas sabía que cuando estaba con ella, estaba plenamente con
ella. Sé cómo darme a las mujeres, y me encanta hacerlo. De modo que
ellas aceptaban lo que tenía para darles. Todos los pasábamos realmente
bien.
“Después,
llegó Carol a mi vida. Muy poco después de empezar a vernos regularmente
comprendí que ésta habría de ser una historia muy diferente. Cuando
Caro! me pidió que dejara de ver a otras mujeres acepté. Para mí fue un
sacrificio tremendo. Si acepté hacerlo fue por Carol, porque realmente
ella me importa mucho. Pero todas aquellas mujeres con las que durante mis
años de soltero había entablado relaciones muy estrechas y que se habían
convertido en amigas íntimas seguían estando ahí. ¿Se suponía que iba
a botanas nada más que porque ahora estaba viviendo con alguien? Le he
explicado esto a Carol cientos de veces, pero ella se niega a entenderlo.
No le he dado motivos para ponerse celosa, pero eso no hizo que las cosas
cambiaran. Es una persona celosa, eso es todo, y nada de lo que yo diga o
haga la hará cambiar.
“Siento
que el sacrificio que he hecho por la relación es mucho mayor que el que
ha hecho Carol, y le he demostrado que ella me importa. Pienso que su
pedido de que no vea a otras mujeres es injusto e irrazonable. Wendy es
una amiga muy querida, a quien no veía desde hace mucho. No hubo nada de
malo en que me encontrara con ella. Nos sentamos a charlar en su habitación
y la puerta estuvo abierta todo el tiempo. Siento que no hice nada
incorrecto. Es por eso que hablé de una ‘entrevista’: ¿eso justifica
la escena que Carol está haciendo?”.
Era
evidente que a Ron y Carol esta discusión les resultaba familiar: tan
familiar, de hecho, que en realidad no se estaban oyendo el uno al otro.
“Creo que entendemos la forma en que cada uno de ustedes está viendo la
situación”, dije. “Pero no estoy segura de que ustedes estén viendo
la perspectiva del otro con la misma claridad. Tal vez oírlo de boca de
alguna otra persona podría ayudarlos.” Me dirigí entonces al grupo y
pregunté si alguien se sentía suficientemente familiarizado con el
conflicto que Ron y Carol estaban discutiendo como para poder plantearlo
con sus propias palabras.
Se
ofrecieron Jim y Susan, que no son una pareja. Les pedí que se sentaran
frente a frente en el centro de la habitación y que plantearan las
posiciones de Ron y Carol lo mejor que pudieran.
Sin
vacilar un momento Jim y Susan continuaron la acalorada discusión. Para
todos los demás fue como si la discusión de Ron y Carol nunca se hubiese
interrumpido. “Si yo y la relación te importáramos de verdad, no andarías
dedicándole tiempo a otra mujer. Y mucho menos aquí, y esta semana. El
hecho de que esta vez no te hayas ido a la cama con ella no cambia para
nada las cosas”, dijo Susan.
“Te
he dado más que lo que le he dado a cualquier otra mujer en mi vida, pero
no es suficiente. Nada es suficiente para ti. Eres celosa, exigente e
irrazonable. Lo próximo que me pedirás es que me deshaga de mi
bicicleta, porque me quita tiempo para estar contigo”, respondió Jim.
Ron
y Carol estaban oyendo, atónitos. “¿Suena eso como algo que ustedes
dos podrían haberse dicho?”, preguntó Carol. “Esto es increíble”, dijo
Ron. “Es como si Jim estuviera dentro de mi cabeza.” “Susan lo está
diciendo aún mejor que yo”, agregó Carol. “Es porque estoy hablando
por experiencia propia”, dijo Jim. “No puedo decirte cuántas veces he
tenido esta conversación yo misma”, declaró Susan.
“Veamos
si alguien más ha tenido una experiencia similar. Si sienten que pueden
hablar por Carol o por Ron, por favor únanse a Jim y Susan.”
En
pocos minutos más los veintiún participantes del taller de celos estaban
sentados en el centro de la habitación. Las mujeres, cerca de Susan. Los
hombres (excepto uno que no cesaba de cambiar de lugar y de posición
durante la discusión), cerca de Jim. La discusión continuó: las voces
se alza ron y creció la emotividad. Las mujeres: “Si uno quiere tener
una relación verdaderamente íntima resigna parte de su libertad. ¡Bien
lo vale!”. Los hombres: “¿Quién eres tú para decir que lo vale? Si
resignas tu libertad eres un prisionero. En una buena relación la
confianza debe ser mutua. No hay por qué tener al otro prisionero. ¡Lo
que pasa es que ustedes, las mujeres, son celosas! Las mujeres: “Ustedes
piensan que nosotras somos celosas porque queremos proteger la relación.
¿Y qué pasa con ustedes cuando creen que la relación está amenazada?
Son tan celosos como nosotras, si no más. Todo lo que nosotras pedimos
son algunas garantías. Si dejamos que las cosas sean como ustedes quieren
no habría relación, o peor, ¡habría una relación que no valdría la
pena tener!”.
A
Ron y Carol les quedó claro que no estaban solos en su “problema de
celos”. Como tantos de nosotros, Carol y Ron suponían erróneamente que
la causa de su problema era alguna deficiencia innata de la personalidad
del otro. Ron le echaba la culpa a los celos de Carol. Carol le echaba la
culpa a lo mujeriego que era Ron. Oír a los hombres y las mujeres del
grupo ayudó a Ron y a Carol a desmontar la “falacia de la
singularidad”, es decir la suposición errónea de que lo que nos está
ocurriendo es algo que nos ocurre exclusivamente a nosotros y que nadie más
lo experimenta de la misma manera. La cuestión ya no se planteaba como
“Tú estás actuando desconsideradamente”, sino más bien como “Los
hombres y las mujeres miran las relaciones desde puntos de vista
diferentes y eso puede provocar problemas”.
Los
enfoques diferentes que los hombres y las mujeres tienen en las relaciones
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