El enfoque sociobiológico
La evolución de las diferencias entre los sexos fue uno de los temas
centrales de la teoría de Charles Darwin. Según la teoría, a medida que
machos y hembras ascienden en la escala evolutiva las diferencias entre
ellos se hacen más notorias, tanto desde el punto de vista biológico
como desde el de la conducta. Los machos se tornan más agresivos y más
inteligentes. Las hembras se ligan más a la crianza. Las crecientes
diferencias entre los sexos son producto de la selección natural.
Un
organismo en condiciones de sobrevivir y de reproducirse es un organismo
evolutivamente "superior". Los que ganaron en la lucha por la posesión
de las hembras fueron los machos más agresivos e inteligentes, que
pudieron así transmitir sus características a la generación siguiente.
Esos hombres fueron también los mejores cazadores, gracias a lo cual
pudieron proteger y alimentar mejor a sus mujeres y su progenie. Por
razones similares, los hijos de las madres más dedicadas a la crianza
tuvieron mejores oportunidades de sobrevivir y transmitieron las características
de estas mujeres a la generación siguiente.
Darwin
también halló una razón evolutiva para explicar los celos. Según su
razonamiento, los celos eran una defensa instintiva (o, según la definición
que propuse antes, una "respuesta protectora") del lazo que unía a la
pareja. Los sentimientos y las conductas asociados con los celos servían
para aumentar la probabilidad de que la pareja permaneciera unida y
replicara sus genes. El hecho de que los celos aparecieran también en los
animales era para Darwin una prueba de que los celos son heredados.
Los
modernos sociobiólogos también consideran que los celos cumplen una
importante función en la supervivencia genética, Los machos que se
mantienen siempre en guardia respecto de sus rivales sexuales se sienten más
inclina dos a criar su propia progenie que la de sus rivales. En
consecuencia, la probabilidad de que transmitan sus propios genes es
mayor.
En
la lengua inglesa -en español el uso es poco común-, un hombre cuya
esposa ha cometido adulterio es llamado cuclillo. El empleo del término
se debe a una identificación con el pájaro de ese nombre que pone sus
huevos en un nido ajeno. Nunca se usa esta palabra para referirse a una
mujer cuyo esposo ha cometido adulterio. ¿Por qué? Porque una mujer no
puede ser engañada de la misma manera que puede serlo un hombre: no se la
puede hacer desperdiciar su "inversión paterna" en un parásito. La
noción de "inversión paterna", un concepto clave en sociobiología,
se refiere a la energía que consumen los padres para tener y criar su
descendencia.
El
riesgo sociobiológjco que enfrentan los hombres de ser "corneados"
-como se dice más comúnmente en español-, explica por qué en la
mayoría de las sociedades humanas hay una asimetría en las leyes que
regulan la castidad: si bien el adulterio está prohibido para ambos
sexos, por lo general la mujer es más severamente penalizada que el
hombre. Un esposo apache, en la época anterior a las reservaciones, podía
golpear a su esposa adúltera, matar a ella y a su amante, o cortarle el
extremo inferior de la nariz para que quedara tan fea que nadie más
volviera a quererla. Una esposa apache cuyo marido cometiera adulterio sólo
podía apartarse de la relación, intentar recuperar a su marido, o, a lo
sumo, divorciarse. En la mayoría de las culturas conocidas, un esposo
puede castigar a su esposa más severa mente y disolver el matrimonio más
fácilmente que la esposa. Las estadísticas de homicidios muestran también
que los hombres no se toman los cuernos a la ligera.
Como
es más difícil que las mujeres corran el riesgo de ser engañadas
respecto a sus descendientes, las cosas para ellas son diferentes. Para
las mujeres lo que tiene valor en lo tocante a la supervivencia no es
necesariamente un marido fiel sino más bien una relación de pareja
estable con un hombre encariñado con ella y dispuesto a ser el sostén de
su familia y protegerla. Así, las hembras más capaces de mantener un vínculo
de pareja son las que más probabilidades tienen de transmitir sus genes.
En razón de esos diferentes riesgos evolutivos, los celos de los machos
se centran en las amenazas sexuales en tanto que la clave de los de las
hembras es el mantenimiento y mejoramiento de la relación.
Como
vemos, los sociobiólogos consideran los celos como una respuesta
comprensible, que sólo puede caracterizarse como irracional si uno dirige
su atención al individuo que los experimenta. Desde la perspectiva de los
genes de ese individuo los celos son extremadamente racionales.
Pensemos,
por ejemplo, por qué debería ser una preocupación para un hombre el
compartir a su compañera con otros si ello no afectara la satisfacción
de sus propias necesidades. Desde esta perspectiva puramente
"racional" no hay absolutamente ninguna razón que justifique las
escenas de celos y los asesinatos provocados por celos. Pero cuando se
considera la situación desde la perspectiva de la supervivencia genética
de ese hombre, hay una razón más que buena para justificar sus celos.
Ellos son una res puesta al peligro de que sus genes eventualmente no
lleguen a transmitirse a las futuras generaciones. Para una mujer, que
siempre está segura de que el bebé que anida en su vientre lleva sus
genes, los celos se centran en otro tipo de amenaza, a saber, en la
posibilidad de quedarse sin un hombre que se ocupe de ella y de su bebé.
¿Por
qué debería ser motivo de preocupación para un hombre que los
encantadores, amorosos y fieles niños que está criando no sean suyos? La
razón es que la selección genética sigue la regla de la "aptitud
inclusiva". Todos nosotros hemos nacido porque nuestros padres y los
padres de nuestros padres se comportaron de modo tal que garantiza ron que
sus genes pasaran a nosotros.
Desde
la perspectiva de la sociobiología, los celos no sólo son un componente
del sexo, sino también de la inversión que se hace en la prole. Tanto en
los hombres como en las mujeres, los celos nacen de una necesidad de
exclusividad: en los hombres es la necesidad de la exclusividad sexual, en
las mujeres la del cuidado, el sostén económico y el compromiso.
Según
los sociobiólogos, a la mujer no le importa demasiado que el hombre con
quien está casada disemine su semen por ahí en relaciones sexuales
ocasionales. Lo que le importa muchísimo más es que disemine por ahí su
compro miso. Para demostrar esta afirmación, el sociobiólogo David Buss
preguntó a hombres y mujeres cuán contrariados se sentirían si
descubrieran que su compañero tenía relaciones sexuales, o bien un
profundo vínculo afectivo, con alguna otra persona. Los resultados de su
estudio revelan que el 60 por ciento de los hombres se sentía más
contrariado por la idea de una relación sexual, mientras que el 84 por
ciento de las mujeres se sentían más contrariadas por la idea de un vínculo
afectivo profundo.
La
sociobióloga Ada Lumpart preguntó a hombres y mujeres, como parte de un
estudio acerca de la vulnerabilidad (que en el estudio fue definida como
el temor a ser abandonado y la disposición a aceptar una conducta
agresiva del propio compañero): ¿Qué haría usted si descubriera que su
compañero le es infiel?
Lumpart
descubrió que las mujeres que tenían el nivel más alto de
vulnerabilidad dijeron cosas tales como: "Lo aceptaría. ¿Qué otra
cosa podría hacer?" Las mujeres que tenían un nivel medio de
vulnerabilidad dijeron cosas como, "Le daría un ultimátum: ella o
yo". Las mujeres que tenían bajo nivel de vulnerabilidad dijeron: "Lo
abandonaría".
Según
las conclusiones del estudio, la vulnerabilidad no era una característica
innata de la personalidad de las mujeres sino un producto de las
circunstancias de vida. La vulnerabilidad era baja cuando la mujer no tenía
hijos, más alta cuando tenía hijos pequeños y otra vez baja cuan do los
hijos ya habían abandonado el hogar. La vulnerabilidad de los hombres era
similar a la de las mujeres antes de que nacieran los hijos, pero descendía
con el nacimiento de los hijos y volvía a subir después de haber
invertido tiempo y energía en ellos. Después de que los hijos
abandonaban el hogar, la vulnerabilidad de hombres y mujeres volvía a ser
similar.
Los
celos no son simétricos, aseguran los sociobiólogos. En las mujeres están
dirigidos a la capacidad del hombre para satisfacer las necesidades económicas
y hacerse cargo de la madre y los hijos. En los hombres, están dirigidos
a la capacidad de la mujer de quedar embarazada y dar a luz.
Durante
la charla de reconciliación después del descubrimiento de un amorío es
probable que un hombre diga -en un intento de desestimar la amenaza que
implicaba para la relación-: "Fue algo meramente físico. No sentía
nada por ella". (En otras palabras: "No me comprometí con ella".)
La mujer, en cambio, es probable que diga: "Fue un amor platónico. Él
nunca me tocó".
Estas
explicaciones (consciente o inconscientemente decididas) reflejan las
diferentes fuentes de angustia que el amorío hace surgir en los hombres y
las mujeres. La explicación inversa -un hombre que justifica un amorío
como un amor platónico, y una mujer que lo hace asegurando que se trataba
de algo meramente físico- es mucho menos común.
En
un relevamiento acerca de los distintos tipos de matrimonio que existen en
el mundo se determinó que de 554 sociedades en las que hay alguna clase
de matrimonio, sólo 135 practican la monogamia. La mayoría de las
sociedades practican la poligamia. En estas sociedades, los esposos pueden
tener dos o más esposas al mismo tiempo; casi no hay casos conocidos en
los que dos hombres compartan de buena gana a la misma mujer. La
poliandria es decir la práctica según la cual una esposa tiene dos o más
esposos, existe solamente en cuatro de las 554 sociedades.
En
culturas que practican la poligamia, como por ejemplo Indonesia, muchas
mujeres están dispuestas a compartir un esposo acaudalado con otras
mujeres antes que tener una relación exclusiva con un hombre pobre. Para
que una situación así se presente, la sociedad debe tener un bajo umbral
de pobreza y brechas económicas insalvables, para que de ese modo sea
posible que un hombre acaudalado compense la carencia de exclusividad.
En
el Himalaya y en la India del norte, zonas ambas donde la vida es difícil,
la poligamia se practica a veces entre hermanos y primos. Cuando es
imposible determinar con certeza la paternidad, los varones consideran
como sus herederos a los hijos de sus hermanas, invirtiendo así en un
pariente conocido que será el encargado de transmitir sus genes.
Además
de la información recogida por los antropólogos acerca de las diferentes
formas de casamiento que existen en el mundo, los sociobiólogos recurren
a pruebas provenientes de muchas otras fuentes, algunas ya mencionadas.
Entre ellas están las analogías con el mundo animal (partiendo del
supuesto de que si los celos de los animales están genéticamente
controlados entonces los de los humanos también lo estarían); la
existencia de diferencias entre los hombres y las mujeres en cuanto a las
formas en que responden a los celos; el hecho de que los celos del macho a
menudo conducen al conflicto y la violencia; pruebas de orden antropológico
tales como la represión masculina casi universal de la sexualidad
femenina; e informes psicológicos y antropológicos acerca de las
preocupaciones de los hombres con respecto a su paternidad.
De
todo lo dicho hasta aquí, queda claro por qué los sociobiólogos piensan
que los hombres y las mujeres deberían responder en forma diferente al
descubrimiento de que su compañero ha tenido un amorío. Para un hombre,
respuestas como la furia, los ataques, el tomar venganza o abandonar a la
mujer que lo traicionó son todas razonables desde una perspectiva
evolutiva. La traición no sólo afecta a la situación concreta sino
también a las futuras generaciones. Un hombre engañado que no abandona
la relación podría estar ocupándose del bienestar de los descendientes
y los genes de algún otro hombre. Desde una perspectiva evolucionista, la
mujer que ha sido traiciona da se enfrenta a una amenaza menos grave. El
hecho de que su esposo esté prodigando su semen por ahí no es una
amenaza a su propia descendencia y sus genes, en la medida en que
permanezca en la relación y siga haciéndose cargo de proveer a su
bienestar. Así, la motivación (consciente o inconsciente) de la esposa
es apartar a su marido de la otra mujer y mantenerlo ligado a ella y a la
familia.
Si
bien los sociobiólogos consideran que los celos son innatos, su enfoque
puede ayudar a eliminar la falacia de la singularidad, es decir la
suposición errónea de que cada problema de celos es singular, y
contribuir por lo tanto a los esfuerzos por hacer frente al problema.
Uno
de los ejercicios de taller que utilizo para ejemplificar esto, es un
sociodrama basado en el tema de los ce los. Comienzo por dibujar una línea
imaginaria que atraviesa la habitación. En un extremo de la línea está
la postura de que una relación íntima debe ser monógama: "No es
posible amar de verdad a más de una persona. Los celos son norma les y
naturales cuando su compañero muestra interés en otra persona". En el
otro extremo está la postura según la cual amar a más de una persona no
sólo es posible sino también natural: "Los celos no son naturales,
sino aprendidos, y por lo tanto pueden desaprenderse. Si usted ama de
verdad a alguien, quiere ver feliz a esa persona, aun si tiene que
compartirla con alguien más". Les pido a dos voluntarios del grupo que
defiendan cada uno una de estas dos posturas extremas. Después, invito al
resto del grupo a participar y buscar un punto a lo largo de ese continuo
que se ajuste a la postura de cada uno. Lo que inevitablemente ocurre es
similar a lo que les ocurrió a Ron y Carol en la dramatización que
describí antes. La mayor parte de las mujeres del grupo se arraciman en
torno del extremo "monogamia" de la línea de los celos, en tanto que
la mayoría de los hombres lo hacen en torno del extremo "el amor debería
ser libre", con lo que demuestran la exactitud del argumento básico de
la sociobiología. Cuan do las parejas descubren que su conflicto de celos
es experimentado por la mayoría del resto de los hombres y las mujeres de
una manera similar, y que realmente ello tiene sentido desde la
perspectiva evolucionista, pueden dejar de echarse la culpa mutuamente,
dejar de sentirse culpables y dedicar sus energías a tratar de hacer
frente al problema.
Una
perspectiva de poder