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APRENDER A MANEJAR 
LOS CELOS
MANUAL PRÁCTICO

Basado en las Investigaciones de Ayala Malach Pines

C22

El enfoque socio-biológico
La evolución de las diferencias entre los sexos fue uno de los temas centrales de la teoría de Charles Darwin. Según la teoría, a medida que machos y hembras ascienden en la escala evolutiva las diferencias entre ellos se hacen más notorias, tanto desde el punto de vista biológico como desde el de la conducta. Los machos se tornan más agresivos y más inteligentes. Las hembras se ligan más a la crianza. Las crecientes diferencias entre los sexos son producto de la selección natural.

Un organismo en condiciones de sobrevivir y de reproducirse es un organismo evolutivamente “superior”. Los que ganaron en la lucha por la posesión de las hembras fueron los machos más agresivos e inteligentes, que pudieron así transmitir sus características a la generación siguiente. Esos hombres fueron también los mejores cazadores, gracias a lo cual pudieron proteger y alimentar mejor a sus mujeres y su progenie. Por razones similares, los hijos de las madres más dedicadas a la crianza tuvieron mejores oportunidades de sobrevivir y transmitieron las características de estas mujeres a la generación siguiente.

Darwin también halló una razón evolutiva para explicar los celos. Según su razonamiento, los celos eran una defensa instintiva (o, según la definición que propuse antes, una “respuesta protectora”) del lazo que unía a la pareja. Los sentimientos y las conductas asociados con los celos servían para aumentar la probabilidad de que la pareja permaneciera unida y replicara sus genes. El hecho de que los celos aparecieran también en los animales era para Darwin una prueba de que los celos son heredados.

 

Los modernos sociobiólogos también consideran que los celos cumplen una importante función en la supervivencia genética, Los machos que se mantienen siempre en guardia respecto de sus rivales sexuales se sienten más inclina dos a criar su propia progenie que la de sus rivales. En consecuencia, la probabilidad de que transmitan sus propios genes es mayor.

En la lengua inglesa —en español el uso es poco común—, un hombre cuya esposa ha cometido adulterio es llamado cuclillo. El empleo del término se debe a una identificación con el pájaro de ese nombre que pone sus huevos en un nido ajeno. Nunca se usa esta palabra para referirse a una mujer cuyo esposo ha cometido adulterio. ¿Por qué? Porque una mujer no puede ser engañada de la misma manera que puede serlo un hombre: no se la puede hacer desperdiciar su “inversión paterna” en un parásito. La noción de “inversión paterna”, un concepto clave en sociobiología, se refiere a la energía que consumen los padres para tener y criar su descendencia.

El riesgo sociobiológjco que enfrentan los hombres de ser “corneados” —como se dice más comúnmente en español—, explica por qué en la mayoría de las sociedades humanas hay una asimetría en las leyes que regulan la castidad: si bien el adulterio está prohibido para ambos sexos, por lo general la mujer es más severamente penalizada que el hombre. Un esposo apache, en la época anterior a las reservaciones, podía golpear a su esposa adúltera, matar a ella y a su amante, o cortarle el extremo inferior de la nariz para que quedara tan fea que nadie más volviera a quererla. Una esposa apache cuyo marido cometiera adulterio sólo podía apartarse de la relación, intentar recuperar a su marido, o, a lo sumo, divorciarse. En la mayoría de las culturas conocidas, un esposo puede castigar a su esposa más severa mente y disolver el matrimonio más fácilmente que la esposa. Las estadísticas de homicidios muestran también que los hombres no se toman los cuernos a la ligera.

Como es más difícil que las mujeres corran el riesgo de ser engañadas respecto a sus descendientes, las cosas para ellas son diferentes. Para las mujeres lo que tiene valor en lo tocante a la supervivencia no es necesariamente un marido fiel sino más bien una relación de pareja estable con un hombre encariñado con ella y dispuesto a ser el sostén de su familia y protegerla. Así, las hembras más capaces de mantener un vínculo de pareja son las que más probabilidades tienen de transmitir sus genes. En razón de esos diferentes riesgos evolutivos, los celos de los machos se centran en las amenazas sexuales en tanto que la clave de los de las hembras es el mantenimiento y mejoramiento de la relación.

Como vemos, los sociobiólogos consideran los celos como una respuesta comprensible, que sólo puede caracterizarse como irracional si uno dirige su atención al individuo que los experimenta. Desde la perspectiva de los genes de ese individuo los celos son extremadamente racionales.

Pensemos, por ejemplo, por qué debería ser una preocupación para un hombre el compartir a su compañera con otros si ello no afectara la satisfacción de sus propias necesidades. Desde esta perspectiva puramente “racional” no hay absolutamente ninguna razón que justifique las escenas de celos y los asesinatos provocados por celos. Pero cuando se considera la situación desde la perspectiva de la supervivencia genética de ese hombre, hay una razón más que buena para justificar sus celos. Ellos son una res puesta al peligro de que sus genes eventualmente no lleguen a transmitirse a las futuras generaciones. Para una mujer, que siempre está segura de que el bebé que anida en su vientre lleva sus genes, los celos se centran en otro tipo de amenaza, a saber, en la posibilidad de quedarse sin un hombre que se ocupe de ella y de su bebé.

¿Por qué debería ser motivo de preocupación para un hombre que los encantadores, amorosos y fieles niños que está criando no sean suyos? La razón es que la selección genética sigue la regla de la “aptitud inclusiva”. Todos nosotros hemos nacido porque nuestros padres y los padres de nuestros padres se comportaron de modo tal que garantiza ron que sus genes pasaran a nosotros.

Desde la perspectiva de la sociobiología, los celos no sólo son un componente del sexo, sino también de la inversión que se hace en la prole. Tanto en los hombres como en las mujeres, los celos nacen de una necesidad de exclusividad: en los hombres es la necesidad de la exclusividad sexual, en las mujeres la del cuidado, el sostén económico y el compromiso.

Según los sociobiólogos, a la mujer no le importa demasiado que el hombre con quien está casada disemine su semen por ahí en relaciones sexuales ocasionales. Lo que le importa muchísimo más es que disemine por ahí su compro miso. Para demostrar esta afirmación, el sociobiólogo David Buss preguntó a hombres y mujeres cuán contrariados se sentirían si descubrieran que su compañero tenía relaciones sexuales, o bien un profundo vínculo afectivo, con alguna otra persona. Los resultados de su estudio revelan que el 60 por ciento de los hombres se sentía más contrariado por la idea de una relación sexual, mientras que el 84 por ciento de las mujeres se sentían más contrariadas por la idea de un vínculo afectivo profundo.

La sociobióloga Ada Lumpart preguntó a hombres y mujeres, como parte de un estudio acerca de la vulnerabilidad (que en el estudio fue definida como el temor a ser abandonado y la disposición a aceptar una conducta agresiva del propio compañero): ¿Qué haría usted si descubriera que su compañero le es infiel?

Lumpart descubrió que las mujeres que tenían el nivel más alto de vulnerabilidad dijeron cosas tales como: “Lo aceptaría. ¿Qué otra cosa podría hacer?” Las mujeres que tenían un nivel medio de vulnerabilidad dijeron cosas como, “Le daría un ultimátum: ella o yo”. Las mujeres que tenían bajo nivel de vulnerabilidad dijeron: “Lo abandonaría”.

Según las conclusiones del estudio, la vulnerabilidad no era una característica innata de la personalidad de las mujeres sino un producto de las circunstancias de vida. La vulnerabilidad era baja cuando la mujer no tenía hijos, más alta cuando tenía hijos pequeños y otra vez baja cuan do los hijos ya habían abandonado el hogar. La vulnerabilidad de los hombres era similar a la de las mujeres antes de que nacieran los hijos, pero descendía con el nacimiento de los hijos y volvía a subir después de haber invertido tiempo y energía en ellos. Después de que los hijos abandonaban el hogar, la vulnerabilidad de hombres y mujeres volvía a ser similar.

Los celos no son simétricos, aseguran los sociobiólogos. En las mujeres están dirigidos a la capacidad del hombre para satisfacer las necesidades económicas y hacerse cargo de la madre y los hijos. En los hombres, están dirigidos a la capacidad de la mujer de quedar embarazada y dar a luz.

Durante la charla de reconciliación después del descubrimiento de un amorío es probable que un hombre diga —en un intento de desestimar la amenaza que implicaba para la relación—: “Fue algo meramente físico. No sentía nada por ella”. (En otras palabras: “No me comprometí con ella”.) La mujer, en cambio, es probable que diga: “Fue un amor platónico. Él nunca me tocó”.

Estas explicaciones (consciente o inconscientemente decididas) reflejan las diferentes fuentes de angustia que el amorío hace surgir en los hombres y las mujeres. La explicación inversa —un hombre que justifica un amorío como un amor platónico, y una mujer que lo hace asegurando que se trataba de algo meramente físico— es mucho menos común.

En un relevamiento acerca de los distintos tipos de matrimonio que existen en el mundo se determinó que de 554 sociedades en las que hay alguna clase de matrimonio, sólo 135 practican la monogamia. La mayoría de las sociedades practican la poligamia. En estas sociedades, los esposos pueden tener dos o más esposas al mismo tiempo; casi no hay casos conocidos en los que dos hombres compartan de buena gana a la misma mujer. La poliandria es decir la práctica según la cual una esposa tiene dos o más esposos, existe solamente en cuatro de las 554 sociedades.

En culturas que practican la poligamia, como por ejemplo Indonesia, muchas mujeres están dispuestas a compartir un esposo acaudalado con otras mujeres antes que tener una relación exclusiva con un hombre pobre. Para que una situación así se presente, la sociedad debe tener un bajo umbral de pobreza y brechas económicas insalvables, para que de ese modo sea posible que un hombre acaudalado compense la carencia de exclusividad.

En el Himalaya y en la India del norte, zonas ambas donde la vida es difícil, la poligamia se practica a veces entre hermanos y primos. Cuando es imposible determinar con certeza la paternidad, los varones consideran como sus herederos a los hijos de sus hermanas, invirtiendo así en un pariente conocido que será el encargado de transmitir sus genes.

Además de la información recogida por los antropólogos acerca de las diferentes formas de casamiento que existen en el mundo, los sociobiólogos recurren a pruebas provenientes de muchas otras fuentes, algunas ya mencionadas. Entre ellas están las analogías con el mundo animal (partiendo del supuesto de que si los celos de los animales están genéticamente controlados entonces los de los humanos también lo estarían); la existencia de diferencias entre los hombres y las mujeres en cuanto a las formas en que responden a los celos; el hecho de que los celos del macho a menudo conducen al conflicto y la violencia; pruebas de orden antropológico tales como la represión masculina casi universal de la sexualidad femenina; e informes psicológicos y antropológicos acerca de las preocupaciones de los hombres con respecto a su paternidad.

De todo lo dicho hasta aquí, queda claro por qué los sociobiólogos piensan que los hombres y las mujeres deberían responder en forma diferente al descubrimiento de que su compañero ha tenido un amorío. Para un hombre, respuestas como la furia, los ataques, el tomar venganza o abandonar a la mujer que lo traicionó son todas razonables desde una perspectiva evolutiva. La traición no sólo afecta a la situación concreta sino también a las futuras generaciones. Un hombre engañado que no abandona la relación podría estar ocupándose del bienestar de los descendientes y los genes de algún otro hombre. Desde una perspectiva evolucionista, la mujer que ha sido traiciona da se enfrenta a una amenaza menos grave. El hecho de que su esposo esté prodigando su semen por ahí no es una amenaza a su propia descendencia y sus genes, en la medida en que permanezca en la relación y siga haciéndose cargo de proveer a su bienestar. Así, la motivación (consciente o inconsciente) de la esposa es apartar a su marido de la otra mujer y mantenerlo ligado a ella y a la familia.

Si bien los sociobiólogos consideran que los celos son innatos, su enfoque puede ayudar a eliminar la falacia de la singularidad, es decir la suposición errónea de que cada problema de celos es singular, y contribuir por lo tanto a los esfuerzos por hacer frente al problema.

Uno de los ejercicios de taller que utilizo para ejemplificar esto, es un sociodrama basado en el tema de los ce los. Comienzo por dibujar una línea imaginaria que atraviesa la habitación. En un extremo de la línea está la postura de que una relación íntima debe ser monógama: “No es posible amar de verdad a más de una persona. Los celos son norma les y naturales cuando su compañero muestra interés en otra persona”. En el otro extremo está la postura según la cual amar a más de una persona no sólo es posible sino también natural: “Los celos no son naturales, sino aprendidos, y por lo tanto pueden desaprenderse. Si usted ama de verdad a alguien, quiere ver feliz a esa persona, aun si tiene que compartirla con alguien más”. Les pido a dos voluntarios del grupo que defiendan cada uno una de estas dos posturas extremas. Después, invito al resto del grupo a participar y buscar un punto a lo largo de ese continuo que se ajuste a la postura de cada uno. Lo que inevitablemente ocurre es similar a lo que les ocurrió a Ron y Carol en la dramatización que describí antes. La mayor parte de las mujeres del grupo se arraciman en torno del extremo “monogamia” de la línea de los celos, en tanto que la mayoría de los hombres lo hacen en torno del extremo “el amor debería ser libre”, con lo que demuestran la exactitud del argumento básico de la sociobiología. Cuan do las parejas descubren que su conflicto de celos es experimentado por la mayoría del resto de los hombres y las mujeres de una manera similar, y que realmente ello tiene sentido desde la perspectiva evolucionista, pueden dejar de echarse la culpa mutuamente, dejar de sentirse culpables y dedicar sus energías a tratar de hacer frente al problema.

Una perspectiva de poder

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