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Aprender a conocer y superar
nuestras
BARRERAS
AFECTIVAS
Y EMOCIONALES

MANUAL PRÁCTICO
Basado en las
Investigaciones de
William P. Ryan y Mary E. Donovan
"PARA
MI ES MUY TARDE; MI PLAZO YA VENCIÓ"
"Paso la hora, entreguen su prueba". Para la mayoría de las personas
éstas son palabras familiares. Para muchos, también son palabras
ominosas, que les recuerdan alguna ocasión en que el reloj sonó antes de
que hubieran podido terminar un examen. Que nos dijeran que "pasó la
hora" antes de que hubiéramos terminado una prueba nos hacía
sentir muy mal, sobre todo si habíamos estudiado mucho. Tal vez nos
sintiéramos estafados, pensando que no nos habían dado el tiempo
necesario. Tal vez nos sintiéramos estúpidos y lentos y nos reprocháramos
habernos demorado tanto en la primera parte. Inevitablemente entregábamos
el examen de mala gana, quizá diciéndonos: "Si hubiera tenido más
tiempo me habría sacado un
10"
.
Para muchas personas, 'Pasó la hora' no es simplemente una frase
asociada con sus tiempos de estudiante: es también una frase que resume
su manera de sentir respecto de sus oportunidades para el amor. De acuerdo
con su visión del mundo, cuando el destino distribuye las oportunidades
para el amor, cada una lleva un sello con la fecha de vencimiento,
correspondiente a determinada época de nuestra vida. SI cumplida esa
fecha no hemos hecho uso de esas oportunidades, mala suerte: automáticamente
todos caducan.
A primera vista podría pensar que el bloqueo 'Para mí es muy tarde;
mi plazo ya venció', es idéntico al bloqueo 'Ya no tendré otra
oportunidad', examinado antes. Es cierto que a veces estos bloqueos
van de la mano. Pero en realidad son distintos el uno del otro, y
la persona que padece uno de los dos, no necesariamente padece el otro.
Para las personas que creen que habrán de consumir o malograr sus únicas
oportunidades para el amor, el mundo es un sitio donde rige el principio
de escasez y donde por lo tanto cada uno de nosotros sólo recibe una única
oportunidad, o unas pocas. Pero para quienes consideran que su plazo ya
venció, lo que está limitado no es el número de oportunidades, sino el
tiempo dentro del cual debemos utilizarlas. Los que así piensan pueden
creer que se les ha concedido un número INFINITO de oportunidades, pero
como participantes de un concurso televisivo a los que se les da un minuto
para cargar la mayor cantidad posible de productos en una carretilla,
creen que tienen un plazo determinado para utilizar sus oportunidades, y
que si no logran hacerlo antes de que suene el timbre, eso significa que
'la hora ya pasó' y todas las oportunidades desaparecen.
IMPACIENCIA
Las
personas que crecieron en medio de un clima de impaciencia suelen entrar a
la edad madura sin haber madurado en una serie de aspectos emocionales. El
niño tiene su propio reloj de desarrollo, que indica por qué etapa habrá
de atravesar naturalmente, cuando y en qué orden. En una familia ideal se
respeta el reloj interno del niño. No se lo obliga a abandonar la
mamadera cuando aún siente una gran necesidad de ella, no se espera que
forme frases cuando sólo está empezando a balbucear sus primeras
palabras. Dicho de otro modo: no se espera- ni se lo obliga a ello-
que se porte "como un chico grande" antes de que haya cumplido el
tiempo en que necesita ser un bebé. En un hogar donde la regla es la
impaciencia de los padres, la situación es muy diferente. Lo que impera
es la necesidad de dominio de los padres, y son sus expectativas, y no el
reloj interno del niño, las que marca el ritmo para el desarrollo de los
hijos.
Inevitablemente, los niños criados en hogares impacientes se ven forzados
a recorrer las fases de su desarrollo a n ritmo acelerado; antes de que
hayan tenido tiempo de completar una etapa, se los empuja hacia la etapa
siguiente.
Esas personas a menudo aprenden a enorgullecerse de ser "muy maduros
para su edad" y a tener un "equilibrio de personas mucho mayores".
Pero en un momento dado, los aspectos emocionales no elaborados en la
infancia irrumpen en la edad adulta, llevándolos en ciertos casos a
crisis graves. Si desean seguir adelante, lo único que les queda por
hacer es ir hacia atrás para identificar y finalmente completar las
tare3as tan largamente demoradas.
En la edad adulta, las personas que crecieron en un clima de impaciencia
también tienden a ser muy impacientes consigo mismo y con los demás. No
se conceden a sí mismos ni a los demás el tiempo necesario para aprender
y crecer. Tampoco conceden a sus relaciones el tiempo necesario para
desarrollarse. Tienen una necesidad urgente de establecer una intimidad
inmediata, como si ya en el primer encuentro quisieran dar el salto hasta
la mitad de la relación. Una relación que se desarrolla a un ritmo más
lento, más saludable, los frustra y los enfurece; las cosas no ocurren lo
bastante rápido y eso no pueden soportarlo.
Quienes sienten que su plazo ha vencido suelen rechazar la terapia- "Es
demasiado tarde para empezar a cambiar", creen. "¿Para qué entonces
debo tomarme la molestia de intentarlo?". Pero si entran en terapia
manifiestan la misma urgencia. Quieren experimentar cambios rotundos, y
experimentarlos ahora. Si eso no ocurre su frustración es enorme, Puesto
que la psiquis incorpora e integra el cambio gradual mucho más fácilmente
que el cambio súbito, es crucial para las personas que padecen este
bloqueo aprender a darse el premiso s sí mismos para avanzar lentamente y
no dejar que su sensación de que "mi tiempo se está acabando" los
domine hasta el punto de renunciar por completo al tratamiento.
LA
VISIÓN INFANTIL DEL TIEMPO
¿Por
qué tantas personas, por lo demás pacientes, sienten semejante pánico y
urgencia cuando esperan que alguien que les interesa las llame, venga a
verlas, les diga "la palabra justa", o satisfaga de algún otro modo
sus necesidades? El pánico surge porque cuando las necesidades
emocionales básicas de una persona son activadas y se ven luego
frustradas en una relación, la experiencia hace aflorar el recuerdo
inconsciente de aquel tiempo en que era un niño desvalido cuyos padres
tenían un poder absoluto. Y ese recuerdo es acompañado por una regresión
a la visión infantil del tiempo. Los infantes no son capaces de
distinguir entre un minuto, una hora y una semana; lo único que conocen
es el ahora, el momento presente. Cuando un bebé necesita alimento, lo
necesita ahora. Si debe esperar, no puede distribuir entre 10 minutos y
una hora; la espera siempre le parecerá eterna. Además, siente que si su
necesidad no es satisfecha ahora, no lo será nunca, y si eso ocurre sabe
que morirá. De ahí el sentimiento de pánico total aun cuando sólo se
trate de un lapso breve de espera y frustración.
'ES
INEVITABLE QUE SALGA LASTIMADO'
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