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Aprender a conocer y superar
nuestras
BARRERAS
AFECTIVAS
Y EMOCIONALES

MANUAL PRÁCTICO
Basado en las
Investigaciones de
William P. Ryan y Mary E. Donovan
"ME
SIENTO AMENAZADO CUANDO OTRA PERSONA SE ACERCA DEMASIADO"
A primera vista podría parecer paradójico que en una era en la que tanta
gente proclama abiertamente su deseo de intimidad (como lo demuestra el
auge de los llamados 'anuncios personales', tanto en los diarios como
en Internet), muchos estén al mismo tiempo tan profundamente asustados.
Es obvio que la intimidad es un valor caracterizado por la ambivalencia.
Todos la anhelan, pero cuando tienen una oportunidad de acercamiento son
muchos los que también escapan.
Algunas personas temen a la intimidad porque sus experiencias tempranas
los llevaron a equiparar ser amados con ser sobreprotegidos o dominados.
A modo de ejemplo, veamos el caso clásico del padre que con el pretexto
de "ayudar" a su hijo a hacer los deberes lo suplanta y los hace él.
Así el padre se impone de este modo a su hijo en forma habitual, el niño
no desarrollará su yo en plenitud, se sentirá minúsculo e incapaz,
eclipsado por la sombra gigantesca y siempre presente de su padre. O
tomemos la clásica situación de la madre amante que permanece de guardia
junto a la ventana mientras su hijo juega afuera, y corre en su ayuda al
menor signo de peligro. El niño constantemente sobreprotegido crecerá
sintiéndose incapaz de desenvolverse en el mundo. En ambos casos se trata
de padres cariñosos y bienintencionados, pero su comportamiento impide
que los hijos desarrollen una fuerte conciencia de sí mismos como seres
autónomos. En la edad adulta, esos hijos seguirán demasiado apegados
psicológicamente a sus padres, con un sentido de identidad
subdesarrollado y débil. Cuando otras personas comiencen a intimar con
ellos, reaccionarán como si fueran nuevamente niños pequeños
avasallados por padres todopoderosos.
Hay también quienes temen a la intimidad porque se trata de un
territorio desconocido. Muchas personas crecieron sin experimentar
nunca un sentimiento de verdadera conexión con otro ser humano. Tampoco
aprendieron con el ejemplo, dado que sus padres no tenían comunicación
entre ellos. Ya adultos, tal vez hagan algún intento de llegar a la
intimidad en ciertas relaciones, pero como no saben manejarse en esa
situación, lo más probable es que todo termine en desilusión,
sufrimiento o incluso desastre. Eso alimenta su temor de entrar en
territorio desconocido y refuerza su convicción de que lo más seguro es
mantener altas las defensas e impedir que nadie se acerque.
Una razón más de que el miedo a la intimidad sea tan corriente, es
que las relaciones íntimas obligan al individuo a descubrir y enfrentarse
con su yo más profundo, incluso sus costados más oscuros y menos
atractivos. Algo que mucha gente no puede o no quiere hacer. Muchos
crecieron desconectados de part4es enteras de su propio ser- sus
sentimientos más profundos, sus verdaderos deseos, su confusión, su ira,
su ambivalencia, sus anhelos espirituales- y fueron criados por personas
que también estaban desconectadas de su propio ser. La intimidad implica
para ellos avanzar por una zona desconocida, el territorio sin mapas del
auténtico conocimiento de una mismo. Es así como, algunos parecen
dispuestos a aprender quiénes son en realidad, suelen dar marcha atrás
cuando una relación los fuerza enfrentarse con partes de su propia
personalidad que prefieren negar o desconocer.
Como ocurre con los demás bloqueos afectivos, el bloqueo "Me siento
amenazado cuando otra persona se acerca demasiado" puede
manifestarse en grado variables y de diferentes maneras. Algunas de las
personas que lo padecen tienen tanto miedo a la intimidad que sólo
entablan relaciones muy superficiales, o pasan por la vida casi sin
establecer vínculos con los demás, salvo por los del trabajo. Otros
tienen numerosos amigos con los que se sienten cómodos y a los que confían
sus sentimientos, pero se sienten amenazados ante la perspectiva de
abrirse del mismo modo ante la persona con la que mantienen una relación
sentimental o que les interesa en ese aspecto.
En las relaciones amorosas, el miedo a la intimidad se expresa de diversas
maneras. Algunas personas se sienten cómodas en la gimnasia sexual con su
pareja pero les resulta muy incómodo confiarle sus sentimientos más
profundos. Otros son más reprimidos respecto de sus cuerpos pero no les
cuesta revelar sus sentimientos.
Si bien este bloqueo está muy difundido, hay que ser muy cauteloso antes
de concluir que alguien lo padece. A veces, escapar de la intimidad puede
ser muy saludable, ya que abunda en el mundo la gente de personalidad
invasora. Apenas conocen a alguien desean convertirse instantáneamente en
su mejor amigo o su amante, o exigen algún otro modo de fuerte compromiso
desde el primer momento. La persona asediada responderá a menudo cerrándose
en forma instintiva y apartándose, lo cual en una situación de ese tipo
constituye una reacción sana de autoprotección, y no la evidencia de un
bloqueo afectivo. La reacción es apropiada porque la amenaza que
representa la persona invasora es una amenaza real. Sólo podemos afirmar
que se está ante el bloqueo descripto cuando alguien reacciona
HABITUALMENTE a la intimidad cerrándose y apartándose, y haciéndolo
incluso cuando quien desea intimar no es una personalidad invasora.
LÍMITES
E INVASIÓN
A fin de poder relacionarse íntimamente de un modo saludable, es preciso
tener una idea clara de los límites, saber dónde termina uno y dónde
empieza el otro. Los límites claros y apropiados actúan a modo de
antenas que indican cuándo el comportamiento del otro representa una
intrusión o una amenaza. También permiten establecer el tono justo en la
relación, decir: 'No, no puedes tratarme de ese modo' o 'No, no
puedo hacer lo que quieres que haga: es demasiado pedir'. Sólo cuando
las personas establecen límites saludables son capaces de alcanzar el
delicado equilibrio entre cercanía y distancia que la intimidad requiere,
sin sentirse amenazadas ni por la cercanía ni por la distancia. Lo
cierto, sin embargo, es que muchas personas crecieron en hogares donde los
límites eran constantemente violados, y la única forma en que podían
proteger de la invasión su frágil individualidad era erigir un muro de
defensas impenetrables.
Hay dos clases de invasión corrientes en el seno de la familia.
La primera es una invasión física, que se produce cuando
existe poco o ningún respeto por la privacidad. Algunas personas
crecieron en hogares donde no se les permitía a los niños cerrar la
puerta de su dormitorio para leer o estudiar, o simplemente para estar
solos. Todo intento de hacerlo era interpretado por los padres como una
acto hostil, y el niño era acusado de 'guardar secretos', 'estar
malhumorado' o 'portarte como si fueras demasiado bueno para
nosotros'. Algunos padres interpretaban como un rechazo todo deseo de
soledad manifestado por sus hijos y se mostraban ofendidos cada vez que un
niño expresaba el deseo de hacer algo por su cuenta.
La segunda clase de invasión habitual es la psicológica. Ocurre
en familias en las que no se les permite a cada
uno de los miembros tener sentimientos, ideas y opiniones diferentes.
Muchas personas crecieron en hogares donde se consideraba impertinente o
herético que un niño expresara un sentimiento, una idea o una opinión
que no estuvieran de acuerdo, o estuvieran en contradicción, con lo que
pensaban o sentían sus padres. Los padres eran tan narcisistas que no podían
distinguir entre sus propios sentimientos y los de sus hijos. Si sentían
de determinada manera, daban por sentado que sus hijos debían sentir lo
mismo; si los niños intentaban expresar su disenso, ellos reaccionaban
con la negación. 'No digas eso, no es lo que realmente piensas',
afirmaban, o tal vez: '¿Cómo que odias las habas? No puedes odiarlas.
¡Si a mí siempre me encantaron!' O quizá preguntaban incrédulos: '¿Cómo
puedes tenerle miedo al agua?' ¡En esta familia a todo el mundo le
encanta nadar!' Y una invasión aun más sutil ocurre cuando uno le dice
al otro: 'Lee este libro, te encantará', o 'No vayas a ver esa película,
la detestarás', o 'Me compré una campera nueva pero no quiero mostrártela
porque sé que no te gustará'.
A los niños cuyo temperamento no coincide con las expectativas de sus
padres, esta clase de invasión psicológica puede llevarlos a una
autoestima muy baja. Tomemos el caso de un niño a quien por temperamento
le cuesta relacionarse con los demás. En algunas familias se respeta el
reloj interno de ese hijo y se le permite entablar relaciones siguiendo su
propio ritmo, acercándose a los demás y permitiéndoles acercarse a él
paso a paso, según le resulte cómodo. En otras familias, en cambio, ese
reloj interno no es respetado porque lo que rige las relaciones es la
impaciencia de los padres. En lugar de ver al niño como alguien que
necesita tiempo para abrirse a los demás, se lo etiqueta como 'tímido',
'solitario', 'presumido', o incluso se lo castiga por ser descortés
y 'raro'. Probablemente también se lo obliga a un acercamiento antes
de que esté preparado para ello, con lo cual se convierte en efecto en un
solitario y casi con seguridad desarrolla el bloqueo 'Me siento
amenazado cuando otra persona se acerca demasiado'. Si se le permitiera
ser él mismo, el niño seguiría siendo lento para establecer relaciones,
pero no las consideraría amenazantes.
"NO
QUIERO TENER QUE PEDIR POR LO QUE NECESITO"
(O
"¿PORQUÉ NO PUEDES LEER MIS PENSAMIENTOS?")
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