"EN
MI HORÓSCOPO NO HAY AMOR"
Las
personas que se consideran condenadas a la privación afectiva, también
suelen creerse destinadas a sufrir privaciones económicas y materiales.
Algunos provienen de hogares en los que la falta de recursos emocionales
iba de la mano con una falta de recursos económicos, por lo cual las dos
clases de privación quedaron inextricablemente ligadas en su mente. Otros
llegaron a las misma conclusiones pese a haberse criado en hogares de
buena situación económica. En estos casos, la sensación de carencia
emocional que impregnaba el clima familiar de su infancia salpicaba el
orden de las cosas materiales, coloreando la forma de ver y manejar el
dinero y haciendo que todos se sintieran pobres y que los niños crecieran
con una "mentalidad de pobreza".
Suele
suceder que una persona supere un bloqueo afectivo, sólo para descubrir
que detrás está agazapado otro bloqueo más grave y más profundamente
arraigado. Eso fue lo que le ocurrió a una paciente llamada Joyce.
Durante su primera etapa de terapia, poco después de los veinte años, la
preocupación principal de Joyce era superar su bloqueo "No necesito a
nadie, soy fuerte". En ese momento parecía que el principal obstáculo
que le impedía obtener relaciones satisfactorias era su incapacidad para
reconocer y aceptar que tenía necesidades emocionales. Pero cuando Joyce
retomó la terapia unos años más tarde se hizo evidente que detrás de
aquel bloqueo se ocultaba otro: "En mi horóscopo no hay amor".
EL
MUNDO COMO UN SITIO IMPLACABLE
Algunas
personas que creen que nunca tendrán otra oportunidad para el amor,
piensan simplemente que ya han otorgado la cuota que les corresponde. Un
ejemplo clásico es el de la viuda o viudo que no quieren ni oír hablar
de salir con una persona del sexo opuesto y mucho menos de volver a
casarse, ya que eso sería una traición al cónyuge desaparecido, 'mi
único amor verdadero'. Pero lo más común es que quienes padecen este
bloqueo sientan que han DESPILFARRADO o ARRUINADO sus oportunidades, o que
corren el riesgo de que eso les ocurra. Para los que así piensan, este
mundo no es sólo un sitio de escasez, sino también un sitio implacable.
Las
personas que creen que ya han consumido sus oportunidades para el amor,
generalmente piensan que no lograr que una relación funcione (sobre todo
el matrimonio) es un delito terrible que merece ser castigado. ¿Y qué
mejor castigo puede haber que no tener ya jamás otra oportunidad, y por
lo tanto estar condenado a la soledad perpetua? Después de un divorcio,
por ejemplo, muchas personas se culpan a sí mismos razonando de este
modo: 'Vivir solo el resto de mi vida es el castigo que merezco por
haber fracasado en mi matrimonio'.
También
aquí la influencia de la familia desempeña un papel importante. Es muy
probable que el mundo le parezca un lugar implacable a quien creció en un
hogar donde reinaba la inquina y nadie pedía perdón nunca, o donde se
arrastraban las mismas acusaciones y las mismas agresiones a lo largo de
los años. Al que creció en un hogar donde le más mínimo 'delito'
(no tender la cama, olvidar un plato sucio en la cocina, derramar la leche
en el piso) provocaba amenazas de castigo eterno ('No volveré a
hablarte nunca', 'Te daré una lección que no olvidarás jamás',
'Ve a tu cuarto y no vuelvas a salir nunca más'), probablemente le
resulte muy difícil creer que el mundo puede perdonar.
'Sólo
te dan una oportunidad, y si la malogras no habrá otras', es una clásica
experiencia infantil por la que pasan incluso las personas que se criaron
en una familia muy bien avenida. Casi no hay quien no recuerde un episodio
en el que perdió, rompió por accidente o arruinó en un berrinche un
objeto favorito. En lugar de consolarlo por la pérdida, se lo reprendía:
'¿Ves lo que pasa cuando no cuidas tus cosas? Pues bien, si esperas que
te compremos otro (juguete, vestido, muñeco, etc.), olvídalo. Eres tú
quien lo perdió (rompió, aplastó, etc.), de modo que te lo tienes
merecido'.
Las
personas que crecen con la sensación de que el mundo es un sitio
implacable desembocan en un callejón sin salida que limita su capacidad
de amarse a sí mismas. Dado que no existe un ser capaz de llegar a una
edad avanzada sin lastimar a otros aunque sólo sea ocasionalmente y sin
cometer algún acto criticable, saber perdonarse es esencial para el
bienestar psicológico. Pero quien no cree en la posibilidad del perdón
no podrá hacerlo, y por lo tanto se verá obligado a abrazar una de estas
dos imágenes distorsionadas de sí mismo: o bien se verá como una mala
persona condenada a pasar por la vida manchado por todas las malas
acciones que alguna vez cometió, o se verá como alguien que goza de un
status muy especial y elevado, alguien que es incapaz de hacer nada malo y
en consecuencia está por encima de la necesidad de perdón. Para los del
primer grupo el amor a sí mismos está fuera de la cuestión y la vida
llena de autoodio y autocastigo. Los del segundo grupo PARECEN sentir un
gran amor por sí mismos, pero se trata de un pseudoamor basado en un
concepto erróneo del propio yo y del lugar que ocupan en el mundo.
Cuando
la gente crece viendo al mundo como un sitio implacable, también tiene
tendencia a ser implacable con los demás. Esas personas responden a las
heridas y desilusiones que sufren en su relación con los demás con esta
actitud: "Aquí se acabó todo. Has arruinado todas tus chances
conmigo, y no te daré otra oportunidad de acercarte a mi y volver a
hacerlo". Es habitual que hagan balance de lo que dan y lo que reciben y
se sientan perpetuamente víctimas y explotados, lamentándose en estos términos:
"¿Por qué dar tanto para recibir tan poco?".
También
la situación económica de una familia puede hacerle sentir al niño que
el mundo es un lugar de escasez. Muchas personas criados en hogares donde
el dinero escaseaba siguen sintiéndose pobres aun cuando llegan en la
adultez a una situación económica estable incluso brillante. Ideas como
"No me alcanzará" o "Mañana me lo quitarán todo" están tan
firmemente arraigadas que es imposible eliminarlas. Estas personas pueden
también trasladar su percepción interior de escasez del terreno económico
al personal, convencidas d que si gozan de abundancia material el destino
se cobrará lo suyo estafándolos en el terreno del amor.
Muchas
culturas tienen leyendas para ayudar a la gente a manejar la ansiedad y el
miedo. A un paciente nuestro, llamado Jorge, lo ayudó una práctica
acerca de un dragón, similar a la historia india de Vichnú. Cuenta
esa leyenda que en tiempos medievales había una aldea que vivía
horrorizada por una dragón que habitaba en una cueva en las afueras.
Todos estaban dominados por el miedo al dragón, y a medida que el miedo
crecía, mudaban sus viviendas cada vez más lejos de la cueva. Pero el
dragón seguía creciendo. De los diez metros de largo que medía al
principio, pasó a los quince y luego a los veinte. Le salieron dos
cabezas en lugar de una. Grandes púas le crecieron en el lomo y empezó a
echar fuego por la boca. Cuanto más aterrados estaban los aldeano y cuánto
más trataban de alejarse, tanto más se acercaba el dragón y más lejos
llegaba su aliento ardiente.
Cierto
día, un joven aldeano que había crecido en medio del terror que
inspiraba el monstruo, decidió acercarse a la cueva para ver si la bestia
era tan feroz como todos creían. Su familia y los demás aldeanos tratan
de disuadirlo, pero él estaba decidido. Aunque el miedo hacía palpitar
aceleradamente su corazón, partió en dirección de la cueva del dragón.
A medida que se acercaba, su miedo crecía. El sudor le corría por la
cara y sus piernas casi no le sostenían. Pero siguió caminando.
Por
fin avistó la cueva. Oyó los movimientos del dragón y su terror aumentó.
Estuvo a punto de vomitar y sintió ganas de huir. Pero siguió avanzando
hacia la cueva hasta que pudo espiar el interior. Lo que vio lo sorprendió.
El dragón era grande y fiero, pero ni por asomo tan grande y fiero como
el suponía. Tenía una sola cabeza. Y ninguna púa. Arrojaba fuego, pero
las llamas apenas llegaban a un metro de distancia. Muy aliviado el
aldeano decidió sentarse a descansar. Se quedó dormido durante varias
horas, y al despertar notó algo extraño. El dragón parecía más pequeño
y menos feroz que antes. El joven decidió pasar la noche allí. Cuando
despertó por la mañana, el dragón seguía en su lugar pero era mucho más
pequeño. El aldeano se acercó a la bestia y le habló. Al hacerlo, el
dragón siguió encogiéndose hasta que no fue más grande que un lagarto.
El
joven regresó a la aldea y contó su aventura. Al principio los demás no
le creyeron, pero poco después empezaron a acercarse a la cueva, primero
de a dos y de a tres y luego en grupos mayores, para ver al dragón con
sus propios ojos. Comprobaron que el dragón era desagradable y un tanto
amenazante, pero ni tan feo ni tan feroz como ellos creían. Seguían sin
gustarles la idea de que un dragón viviera en el linde con su aldea, pero
ahora que se habían enfrentado con la bestia no les molestaba demasiado,
y con el tiempo se acostumbraron su presencia.
"PARA
MI ES MUY TARDE; MI PLAZO YA VENCIÓ"