Si consideramos más
detenidamente las dos acciones si métricas que tienen el papel
de transformar la representación o el saber adquirido, nos damos
cuenta de que estas actividades se pueden escindir en dos
procesos solidarios, pero distintos.

«Reflejo»
El primer proceso, llamado «reflejo»,
tiene la función de extraer los medios para una transformación y
de crear así una situación que permita pensar en una
modificación del estado actual de la representación o del saber
adquirido. En nuestro esquema se materializa fácilmente en los
dos casos.
Para la actividad
lógico-imaginativa (ver el esquema de la página anterior).
Este «reflejo» gobernado por
la lógica será llamado, claro está, «reflejo lógico».
Para la actividad
imaginativo-lógica

Éste dirigido por la
imaginación llevará, evidentemente, el nombre de «reflejo
imaginativo».
Reflexión
La
explotación del «reflejo» constituye la segunda parte de estas
actividades. Esta puesta en marcha, destinada a provocar una
transformación (reorganización, deducción, inducción,
generalización), es la reflexión misma. Se materia- liza por las
flechas que vienen a completarlos dos circuitos.
Hay, pues, dos variantes de
la reflexión. Para la actividad lógico-imaginativa tenemos la "reflexión
imaginativa"

Para la actividad
imaginativo-lógica, la «reflexión lógica» (ver el esquema de
la página siguiente).
En el primer caso de figura
el "reflejo", conduce a una posible transformación por
medio del trabajo de la imaginación, lo cual queda expresado al
calificar esta reflexión de imaginativa. En el segundo caso, en
el que la explotación del «reflejo» depende de la lógica, se la
llamará lógica.

Estas precisiones nos
proporcionan un medio seguro y eficaz para no mezclar
lógico-imaginativo e imaginativo-lógico: en estas dos
expresiones compuestas, el primer término indica la naturaleza
del «reflejo», el segundo término la de la reflexión.
Estos dos aspectos de la
reflexión se manifiestan en el lenguaje corriente. «Cambiar de
opinión después de una reflexión» supone un cambio en la
representación de la realidad o una modificación del saber
adquirido, si no de los dos. «Hacer una reflexión a alguien»
indica la intención de suscitar otro comportamiento o ideas
diferentes. «Decidir» o «meditar» son dos acciones en las que
las dos variantes se manifiestan en proporciones que difieren
según las situaciones. Sólo las matemáticas, como lo hemos
comprobado, ofrecen gratuitamente, pero sin demasiado éxito, la
oportunidad de reflexiones lógicas puras, como la demostración
de un teorema.
Las dos formas de reflexión
están innegablemente hechas para complementarse y enriquecerse
mutuamente. Se da el caso, no obstante, de no hacer buenas
migas. La historia de las ciencias encierra múltiples ejemplos
de esta coexistencia difícil y tumultuosa.
Cuando, a costa de un
prodigioso reflejo imaginativo, la reflexión lógica condujo a
Nicolás Copérnico a afirmar que la Tierra no era el centro del
universo, que giraba alrededor del Sol y, además, sobre sí
misma, concentró la hostilidad y se vio condenado por los
teólogos. La hipótesis imaginada satisfacía a la lógica, pero
desembocó en un inimaginable cuestionamiento de los,
conocimientos adquiridos dados como ciertos por la Iglesia.
Tiempo más tarde, Galileo vivió una desventura parecida. La
observación de las oscilaciones de un péndulo le demostró que
las posiciones de los eclesiásticos en cuanto a la organización
del universo no podían ser más que un bricolaje imaginativo sin
valor alguno y que Copérnico tenía razón. Tuvo que abjurar de
este pseudoerror. ¡Por lógica la Tierra daba vueltas, pero esto
sobre pasaba la imaginación!
Pasteur sostuvo la última
gran batalla de este género para reducir una enorme necedad, la
«generación espontánea'. La ganó demostrando el origen
microbiano de los fenómenos atribuidos a la pretendida
«generación espontánea». La biología podía nacer y desarrollarse
en el equilibrio entre lo lógico-imaginativo y lo
imaginativo-lógico que Pasteur había establecido.
Es inútil sonreír ante estas
viejas disputas. Si la fuerza del pensamiento científico ha
hecho caer en desuso querellas de este tipo, la razón profunda
de estos conflictos persiste. La desconfianza debe seguir siendo
rigurosa.
Cada reflexión choca con unos
límites específicos. La re flexión lógica no produce nada si su
resultado se opone a la imaginación, mientras que la reflexión
Imaginativa se avería en cuanto es afectada por la falta de
lógica.
Hay conflicto tan pronto como
una reflexión lógica tiene consecuencias sobre una
representación de la realidad que la imaginación no llega a
dominar (Copérnico y la Iglesia), o que la asimilación de una
reflexión imaginativa conduce a una reflexión lógica
contradictoria, lo que los lógicos denominan paradojas. «Soy un
mentiroso» es un ejemplo clásico de tal situación paradójica: si
soy un mentiroso, entonces digo la verdad, lo que es
contradictorio; si no soy un mentiroso, entonces mi afirmación
debe ser verdadera, lo cual es nuevamente una contradicción.
Esta situación constituye al
mismo tiempo la regulación del sistema y su principal fuente de
bloqueo.
Ya no existe ahora problema
alguno para definir el verbo «reflexionar». Significa,
naturalmente, producir un reflejo, sea imaginativo o lógico. La
lengua ha conservado un verbo para expresar esta acción mientras
que ha elegido un nombre para designar el acto resultante de la
acción: la reflexión.