Los terribles «conjuntos»
producto de una teoría tenida confusamente como complicada y
nacida de cerebros torturados y tortuosos, se revelan de hecho
como una representación astuta y cómoda de operaciones
conocidas: clasificar, comparar y distinguir. Su empleo, como
herramienta de visualización, ha facilitado ampliamente la
solución del «¿qué es lo que hace cada uno?». Pero, ¿dónde están
las horrorosas dificultades que temíamos? ¿Es sólo una marioneta
inofensiva el dragón esperado?
¡Que se tranquilicen los
amantes de monstruos terroríficos, porque la somnolencia de
nuestra principal atracción es sólo provisional!
En el momento en que la
paradoja se convierta verdaderamente en un misterio, vamos a
darnos cuenta de que poseemos suficientes datos como para
esclarecer todo esto. Basta con examinar más detenidamente
nuestra experiencia del «¿Qué es lo que hace cada uno?».
La utilización de una forma
visual de los conjuntos disimula todo un aspecto embarazoso de
las matemáticas: la comprensión y la práctica de un lenguaje
particular. Hemos utilizado la teoría de los conjuntos sin
definir su vocabulario básico, y sin tener que asimilarlo. Esta
etapa de asimilación (en el sentido del capítulo 2, hipótesis 5)
no es, cierta mente, propia de las matemáticas, pero se las
encuentra en todas las disciplinas que, para trabajar mejor,
crean los medios de expresión eficaces y económicos.
Existe, no obstante, una
ligera diferencia en el caso de los conjuntos, difícilmente
perceptible, pero de una significación considerable. El lenguaje
usual descansa sobre objetos palpables, en nociones concretas.
Echa raíces en la realidad física, significa una toma de
conciencia que enrique ce el saber adquirido y se convierte en
medio nuevo de representación. Esta trayectoria se identifica
con el proceso de asimilación tal como lo hemos definido.
Los términos matemáticos
básicos representan otra realidad, que existe entre nosotros
inconscientemente: la del pensamiento. Para comprender que los
conjuntos corresponden a las operaciones de clasificar, comparar
y distinguir, es necesario haber tomado conciencia del grupo de
operaciones mentales, del conjunto de factores del pensamiento
en el que él se inscribe, y evaluado la importancia de estas
tres operaciones.
Esta situación explica las
dificultades para utilizar el lenguaje matemático. Su
asimilación se ve muy perturbada por la falta de un soporte real
consciente. La aparente ausencia de relación con el saber
adquirido existente o cualquier otra realidad hace que la
integración sea difícil y aleatoria; pare ce excluida toda
adaptación a los problemas concretos. El vocabulario marginado,
rechazado, no rebasa el estadio de memorización, y desaparece en
el olvido.
Este problema del lenguaje
está profundamente enraizado en la coexistencia de dos
realidades, el «fuera-de-nosotros, consciente» y el
«dentro-de-nosotros, a la espera de conciencia», igualmente
importante los dos, pero correspondientes a ejercicios del
fenómeno de asimilación muy diferentes.
Este obstáculo contribuye de
modo considerable a dotar a las matemáticas de su lado propio de
hechicería, reserva do a algunos iniciados, mientras que ellas
son, como en el «¿Qué es lo que hace cada uno?», un complemento
del pensamiento.
Para profundizar en este
aspecto, volvemos a nuestro juego e intentamos ver que nociones
de vocabulario de la teoría de los conjuntos debiéramos haber
empleado si no hubiésemos soslayado el obstáculo.
De esta manera, podremos
saber con exactitud de qué nos hemos librado y precisar l
interés de este lenguaje específico.
Esto supone hacer el
inventario de las operaciones esenciales utilizadas para hallar
la solución del «qué es lo que hace cada uno?». Pasamos a
hacerlo de forma rápida diciendo que estas operaciones son
cuatro:
-clasificar a las personas
por categorías (lectores, oyentes, telespectadores), es decir,
ponerlas juntas,
-asociar a un conjunto el
número de elementos que lo constituyen,
-comparar dos conjuntos y
encontrar de ese modo sus elementos comunes,
-asociar varios conjuntos
para hacer de ellos uno solo (asociar telespectadores, oyentes y
lectores nos permite descubrir a los que son alérgicos a estos
tres medios de información).
Llega el momento doloroso en
el que es necesario establecer la representación matemática de
estas cuatro operaciones:
La primera supone definir el
contenido exacto del conjunto y darle un nombre (A, B, X...).
La segunda consiste en
asociar a un conjunto el número de sus elementos y en
representar este número por un símbolo sintetizado y
comprensible. Reservemos, para formar esta representación, la
letra N (como número) y, naturalmente, el nombre del conjunto
denominado, lo que nos da:
N(A) = número de elementos
del conjunto A
Las dos últimas consisten
también en elegir los símbolos que representan, por una parte,
los puntos comunes a los conjuntos y, por otra, el conjunto
obtenido por la asociación de los elementos de dos conjuntos.
Para los puntos comunes
emplearemos el signo I , que recuerda por su grafismo la parte común a dos conjuntos, y
que se lee «intersección» en homenaje a la red de
carreteras.

A I B = conjunto de los elementos comunes de A y B
Para la asociación nos
serviremos del signo U, una abreviatura de la palabra unión
(sinónimo de asociación que ex presa que. se ponen juntos el
conteni4o de dos conjuntos) y que, naturalmente, se leerá "unión".

Las matemáticas dan aquí
muestras de independencia. Por- que la «o» se emplea
habitualmente más bien en el sentido de «ya... ya...», al modo
como el encargado de un restaurante dice «queso o postre».
La «o» del encargado responde
a distinguir, mientras que la «y» expresa comparar.
La «o» en matemáticas no es
exclusiva; generosa, acepta acumulativamente el queso y el
postre. Ser «telespectador u oyente» para los conjuntos
significa que se tiene al me nos una de estas cualidades.
No hay nada en todo esto que
pudiera pasar por extraordinario: una vez que se hallan
restablecidos los lazos entre las nociones matemáticas de base y
el pensamiento, los signos pretendidamente mágicos pierden casi
totalmente su hermetismo. En el fondo, hemos elegido tres
grafismos para representar cómodamente las operaciones simples y
las re peticiones que se refieren a los conjuntos: contar,
comparar, asociar.
¿Y para qué sirve esto?
El gran interés de este
lenguaje es que permite crear conocimientos adquiridos por
encima de toda realidad física concreta. Por ejemplo, se puede
escribir:
lo que es verdadero por una
razón muy simple. Si se añade el número de elementos de A al de
B, se cuentan dos veces los elementos comunes a los dos
conjuntos. Es, pues, necesario sustraer una cantidad igual al
número de estos elementos.
Pasado éste mal momento,
constatamos que nuestro saber adquirido es 'todo terreno».
Establece una equivalencia entre dos expresiones fuera de los
objetos sobre los que ellas se aplican. He aquí la prueba:


No hay respuesta en este
caso. Nuestro saber adquirido patina. No está previsto actuar
sobre tres conjuntos. Pero, ¿es esto algo irremediable? ¿Existe
una expresión directa de este número?
Se puede, sin dificultad
alguna, reagrupar las dos prime ras categorías en una sola: los
usuarios de la radio o de la tele.
El problema se transforma.
Ahora se trata de encontrar

Permanece desconocido un solo
término;
N((radio o tele) I periódico)
Estas personas son lectores
que son también oyentes ó telespectadores. Dicho de otra manera,
lectores que oyen la radio o lectores que ven la televisión. Los
primeros constituyen el conjunto (radio I periódico), los segundos, el conjunto (tele I periódico). Los tres se agrupan en el conjunto: (radio I periódico) U (tele I periódico).
De donde obtenemos la.
constatación:
(radio o tele) I periódico = (radio I periódico) U (tele I periódico)
Esto significa claramente que
estos conjuntos son idénticos. Corresponden a dos formas
diferentes de definir la misma categoría.
Esta observación produce una
nueva transformación del problema. Contar los primeros o los
segundos dará un resultado idéntico, puesto que representan al
mismo conjunto. Lo que se expresa con nuestro lenguaje
convencional por:
N((radio o tele) I periódico) = N((radio I periódico) U (tele I periódico))
La segunda expresión tiene
una forma simpática. Reduce el cálculo a denominar los elementos
de unión de los dos conjuntos, operación que se ha hecho
familiar por la utilización de la igualdad:
N(AUB) = N(A)+N(B) - N(A I B)
De donde:
El último término de la suma
está constituido por las personas que son oyente y lector y
telespectador y lector. Mencionar dos veces la cualidad de
lector es inútil. Es suficiente la forma simplificada siguiente:
N(radio I periódico I tele)
Finalmente:
N(radio I periód.)
N((radio I periód.) U (tele I periód;)) = N(tele I periód.)
N(radio I periód. I tele)
Esto hace 30+25 - 10=45
Luego N((radio o tele) I
periódico) =45
Obtenemos, al fin, el último
dato que faltaba. El rompe cabezas está desde ahora completo.
Sabemos cuántas personas son televidentes, oyentes o lectoras:
N(tele U radio)
N(tele u radio u periód.) =
N(periód.)
N((tele U radio) I periód.)
90 + 50 - 45 = 95
Lo que corresponde al
resultado ya hallado.
¡Recobremos el sentido!
Este agitado periplo no habrá
sido en vano. Este razona miento a base de sorpresas o lances
imprevistos, lógicos y sucesivos, no se parece a los que ya
habíamos tenido. Su naturaleza deductiva no ofrece ninguna duda,
pero las deducciones no se efectúan, como anteriormente, a
través de asociaciones de elementos conocidos, que representan
una realidad precisa para producir algo nuevo.
La materia prima deductiva
proviene del saber adquirido mismo. ¡Situación, al menos, nueva!
Si observamos con más
detenimiento, nos damos cuenta de que nuestro razonamiento se
apoya enteramente (fuera del lenguaje empleado) en dos
conocimientos adquiridos.

empleado una vez para
transformar la expresión ((radio o tele) n periódico). y
encontrar una forma en la que se aplique el anterior saber
adquirido.
Por ten a accidentes
cerebrales, siempre posibles, y a modo de astucia para adormecer
al dragón, hemos conservado en los conjuntos un contenido real
explícito (oyentes, telespectadores). Hubiéramos podido
prescindir de este artificio.
Arriesguémonos a dar una
prueba de ello empleando el cuadro siguiente en el que el saber
adquirido número 1 representará:

Este, cuadro lo podemos
resumir en una figura que repite un esquema ya familiar (ver
página siguiente).