Dos
personas distintas habitan en nuestro cerebro,
unidas como mellizos siameses, a lo largo de la línea
media. Una de ellas es verbal, analítica, dominante. La
otra es artística pero muda, casi misteriosa en su
totalidad.
Estos
son el hemisferio izquierdo y derecho de nuestro cerebro,
las cápsulas gemelas que cubren el tallo central del
cerebro. En gente normal, están
conectados por millones de fibras nerviosas que forman un
grueso cable llamado cuerpo calloso.
Si se corta este cable, como debe hacerse en algunos casos
de epilepsia grave, suceden
una serie de circunstancias curiosas.
El lado izquierdo del cerebro, el del habla, ya
no sabe qué está haciendo el lado derecho,
aunque insiste en encontrar excusas para lo que haya hecho
la mitad muda, y sigue operando con la ilusión de ser una
sola persona.
A
juzgar por las apariencias, un gato o un mono con cerebro
dividido es
perfectamente normal:
puede correr, comer, aparearse, resolver problemas como si
nada le hubiera sucedido.
No
obstante, el Doctor Robert Myers prosiguió investigando, y después de cortar a través el
quiasma óptico de los gatos, también dividió su cuerpo
calloso, separando
los dos hemisferios.
Luego los entrenó como antes, con un ojo tapado. Cuando les
quitó el parche y se lo colocó en el otro ojo, hubo
un cambio dramático: los gatos reaccionaron como si nunca
hubieran visto los ejemplos.
Les tomó tanto tiempo encontrar
la diferencia entre un cuadrado y un círculo con
el segundo ojo como
lo habían hecho con el primero.
Myers estaba
alborozado, y la pregunta fue esclarecida finalmente: era
el cuerpo calloso el que transmitía la memoria y el
aprendizaje de un hemisferio al otro.
El
grueso cable de fibras quedó revelado como único medio de
comunicación entre las dos mitades de la corteza cerebral.
Sin él, los gatos podían ser entrenados separadamente con
cada ojo. Cuando Myers intentó enseñar a algunos gatos de cerebro dividido a
elegir el círculo con su ojo izquierdo y el cuadrado con el
derecho, descubrió
que aprendían esto sin la menor evidencia de conflicto.
Actuarían en formas opuestas, de acuerdo al ojo que
estuviera descubierto, como
si tuvieran dos cerebros completamente separados.
En
los animales, un cerebro dividido podría parecer de poca
importancia. Después de todo, ambos hemisferios están
comprendidos en una misma cabeza, vinculados a un solo
cuerpo, y normalmente expuestos a idénticas experiencias. Más
aún, las mitades izquierda y derecha de su cerebro efectúan
exactamente la misma tarea. Pero
esto no es aplicable a seres humanos.
Entre
los mamíferos, el
hombre es el único que ha desarrollado distintos usos para
cada mitad de su cerebro.
Esta asimetría, que todos reconocemos cuando decimos si
somos derechos o zurdos, es
el glorioso mecanismo a través del cual el hombre está
capacitado para hablar.
Es lo que nos diferencia de los simios. Al respecto hay
varias teorías sobre cómo se desarrolló y si se encuentra
presente desde el nacimiento, pero es bastante claro que en
un niño a la edad de diez años, un hemisferio,
generalmente el izquierdo, se ha hecho cargo de la tarea del
lenguaje.
Para
finalidades más simples, tales como recibir sensaciones de
la mano de uno u ordenar movimientos a su pie, el cerebro
humano permanece generalmente simétrico. Los
impulsos nerviosos que llevan mensajes de un lado del cuerpo
trepan por la médula espinal y cruzan hacia la parte
opuesta del cerebro, para formar allí una especie de imagen
reflejada de las partes que representan.
Las conexiones nerviosas involucradas se establecen desde el
nacimiento de una forma muy precisa que permite al cerebro
saber instantáneamente de dónde provienen ciertas
sensaciones y hacia dónde dirigir instrucciones específicas.
Sin
embargo, cuando las tareas se tornan más complejas, se
abandona esta representación espejada.
Luego entran en acción las áreas de asociación del
cerebro y cada una se desarrolla a su manera, de acuerdo a
la experiencia. Ya que tenemos una sola boca (distinto del
delfín, que tiene mecanismos de fonación separados para el
lado izquierdo y el derecho de su cuerpo), en el cerebro no
se necesitan centros del habla izquierdo y derecho. Por el
contrario, éstos podrían estar en pugna uno con el otro y
competir por el control de los mecanismos del habla. Por lo
tanto, en la mayoría de la gente, los
centros del habla están limitados a un solo centro del
cerebro, generalmente el izquierdo,
aunque alrededor del quince por ciento de los zurdos los
tienen en ambos lados.