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FRAGMENTOS DE  "LA EXPRESIÓN
DE LAS EMOCIONES EN EL HOMBRE
Y LOS ANIMALES" (I)

Charles Darwin

CELOS- ENVIDIA - AVARICIA - RENCOR - SOSPECHA - PERFIDIA - ASTUCIA - CULPABILIDAD - VANIDAD - 
AMBICIÓN - ORGULLO- HUMILDAD

Dudoso es que el mayor número de los estados de espíritu complejos ahora citados se revele por ninguna expresión determinada, bastante distinta para ser designada o descripta. Cuando Shakespeare dijo: 'LA ENVIDIA DEL FLACO ROSTRO, LA NEGRA O LA PÁLIDA ENVIDIA -LOS CELOS, MONSTRUO DE LOS OJOS VERDES'-, Spencer aplicó a la sospecha los epítetos de 'disforme, fea, ceñuda'. Uno y otro debieron tener conciencia de esta dificultad. Estos sentimientos pueden, al menos en su mayoría, traicionarse por la mirada. Pero en muchos casos nos dejamos guiar ante todo, y mucho más de lo que pensamos, por nuestro conocimiento anterior de las personas o de las circunstancias.

 

Los celos no se manifiestan, por el contrario, por ninguna señal visible. Cuando las observaciones se dan con algún detalle, éste casi siempre se expresa por medio de los ojos. El hombre culpable evita la mirada de su acusador, y lanza, por otra parte, miradas furtivas. Los ojos son dirigidos 'oblicuamente', o bien 'vagan de un lado a otro', o bien 'los párpados se hallan bajos y semicerrados'. Los movimientos incesantes de los ojos resultan, probablemente, como se verá cuando hablemos del rubor, de que el hombre culpable no puede soportar el encuentro de la mirada de su acusador. Puedo agregar que he observado la mirada de la culpabilidad, sin sombra de temor, en algunos de mi hijos desde una edad precoz.

  La astucia se expresa también principalmente, en mi concepto, por movimientos de los ojos o de tegumentos próximos a ellos. Estos movimientos están menos sometidos que los del cuerpo a la intervención de la voluntad, gracias a la influencia de la costumbre largo tiempo prolongada.

'Cuando tenemos ganas -dice Spencer- de mirar alguna cosa sin parecer hacerlo, en una parte del campo visual experimentamos la tendencia a suprimir la inclinación de la cabeza, que podría hacernos traición, y a ejecutar el movimiento necesario con los ojos solamente, que deben tomar una dirección lateral fuertemente pronunciada. Cuando nuestros ojos se vuelven a un lado, mientras que el semblante no acompaña su movimiento, nuestra fisonomía toma la expresión de la astucia'.

De todas las emociones complejas nombradas anteriormente, el orgullo es tal vez la que de modo más claro se expresa. El orgullo manifiesta un sentimiento de superioridad sobre otro enderezando la cabeza y el cuerpo entero. Manifiéstase 'alto' y se hace parecer tan corpulento como es posible. Por eso se dice metafóricamente: 'hinchado de orgullo'.

El pavo real, pavoneándose de un lado a otro, las plumas erizadas, es en ocasiones considerado como el emblema del orgullo. El hombre arrogante mira a los demás desde lo alto, bajo los párpados. Apenas accede a mirarles, o bien atestigua su desprecio por ligeros movimientos de las ventanas de la nariz o de los labios, análogos a los descriptos anteriormente. Por ello el músculo que dobla hacia afuera el labio inferior ha recibido el nombre de MUSCULUS SUPERBUS.


RESIGNA CIÓN - IMPOTENCIA -
ENCOGIMIENTO DE HOMBROS

Cuando un hombre quiere indicar que no puede hacer una cosa o impedir que algo se produzca, suele alzar los dos hombros con un movimiento rápido. Al mismo tiempo, para completar la actitud, vuelve los codos hacia adentro, doblados los brazos, alza las manos abiertas volviéndolas hacia fuera y apartando los dedos. La cabeza se inclina con frecuencia ligeramente a un lado. Las cejas se levantan, lo que produce arrugas transversales en la frente. Por lo general, la boca se abre. Estos diversos movimientos de las facciones son completamente inconscientes.

A menudo me ha sucedido levantar voluntariamente los hombros para observar la posición de mis brazos, sin fijarme en que mis cejas se levantaban y mi boca se abría al mismo tiempo. No lo observé sino al mirarme en el espejo. Desde entonces he notado estos mismos movimientos en el rostro de los otros.

  El encogimiento de hombros, acompañado en ciertos casos de otros movimientos especiales, es un gesto natural en la especie humana. Este gesto expresa la comprobación de un hecho que no hemos querido, que no hemos podido evitar, o bien demuestra nuestra impotencia para cumplir un acto dado o impedir a otra persona que lo cumpla.

 Va acompañado de frases como éstas: 'No es culpa mía', 'me es imposible conceder ese favor', 'que siga su camino', 'yo no puedo detenerle'. El encogimiento de los hombros expresa también la paciencia o la ausencia de toda idea de resistencia. Este es el motivo por el cual los músculos que elevan los hombros son a veces designados, según me dice un artista, con el nombre de 'músculos de la paciencia'.

Si, en general, el encogimiento de hombros significa: 'No puedo hacer esto o aquello', con una ligera modificación significa: 'No lo quiero hacer'. El movimiento indica entonces una determinación resuelta de no obrar.

  De igual modo que la separación de codos y la crispación de los puños en señal de indignación o de agresión no se encuentran universalmente en los hombres de todas las razas, la resignación o el desaliento se manifiesta en las diversas partes del mundo por un simple encogimiento de hombros, sin que las manos se abran y los codos se vuelvan hacia adentro. El hombre o el niño obstinado, así como el que se resigna a cualquier gran desgracia, no tiene, en ningún caso, el pensamiento de resistir activamente, y expresa tal estado de espíritu conservando simplemente sus hombros encogidos. Otras veces cruza sus brazos sobre el pecho.


SORPRESA - ADMIRACIÓN - TEMOR - HORROR

La elevación de las cejas, bajo la influencia de la sorpresa, debe ser un acto innato o instintivo.

Siendo la sorpresa provocada por cualquier cosa inesperada o desconocida, natural es que deseemos reconocer tan rápidamente como nos sea posible la causa que la hizo nacer. Esta es la razón por la cual abrimos mucho los ojos a fin de aumentar el campo visual y poder fácilmente dirigir la mirada en una dirección cualquiera.

De todos modos esta interpretación no explica la elevación tan pronunciada de las cejas, como tampoco la fijeza salvaje de los ojos desmesuradamente abiertos. Creo que la explicación de estos fenómenos ha de ser buscada en la imposibilidad de abrir los ojos con rapidez por un movimiento de los párpados superiores, lo cual no se consigue sino levantando enérgicamente las cejas. Trátese de abrir los ojos tan vivamente como sea posible ante un espejo. Se notará que, efectivamente, se hace este movimiento ya que la elevación enérgica de las cejas abre tanto los ojos que éstos toman una expresión de fijeza especial, debida a la aparición de la esclerótica blanca, que se muestra en torno del iris.

¿Por qué la boca se abre bajo la influencia de la sorpresa? Esta es una cuestión de las más complejas. Muchas causas parecen concurrir a producir este movimiento. Varias veces ha sido emitida la opinión de que esta actitud favorece el ejercicio del sentido del oído, aunque he observado a personas que escuchaban atentamente un ligero ruido, del cual conocían la fuente o naturaleza, y no he visto abrirse la boca en estas condiciones. Este es el motivo por el cual había supuesto que la apertura de la boca podía ser para reconocer de qué dirección proviene un sonido, permitiendo a las vibraciones penetrar hasta el oído por la trompa de Eustaquio.

  Hemos visto que el hombre indignado alza la cabeza, se encoge de hombros, empuja sus codos hacia dentro, con frecuencia aprieta el puño, frunce las cejas y cierra la boca, mientras que la actitud del hombre impotente y resignado tiene una expresión inversa en todo a la precedente. Aquí nos encontramos ante una nueva aplicación del mismo principio.

Un hombre en su estado de espíritu ordinario, no haciendo nada y no pensando en nada especialmente, por lo general deja que sus brazos descansen con libertad contra su costado, las manos semicerradas, los dedos juntos. Levantar bruscamente los brazos o los antebrazos, abrir las manos, separar los dedos, o bien estirar los brazos extendiéndolos hacia atrás con los dedos separados, son movimientos en completa antítesis con los que caracterizan el estado de espíritu indiferente, y que por lo tanto se deben imponer de un modo inconsciente al hombre sorprendido.

Con frecuencia la sorpresa va también acompañada del deseo de demostrarla de una manera manifiesta. Las actitudes antes descriptas son muy propias para llenar este objetivo. Se podría preguntar por qué la sorpresa y algunos otros estados de espíritu -pocos- son los únicos expresados por movimientos antitéticos. Responderé que este principio no debió evidentemente desempeñar un gran papel en el caso de las emociones que, como el terror, el placer, el sufrimiento, la rabia conducen naturalmente a ciertos actos y producen ciertos efectos determinados sobre el organismo. Siendo todo el sistema afectado de antemano de un modo especial, estas emociones se encuentran ya así expresadas con la mayor claridad. Hay otro gesto expresivo de sorpresa, del cual no me es posible proponer ninguna explicación. Me refiero a aquel por el cual las manos se llevan a la boca o a una parte cualquiera de la cabeza. Sin embargo, ha sido observado en tan gran número de razas humanas, que ha de tener un origen natural.


ADMIRACIÓN

Poco diré acerca de este punto. La admiración parece consistir en una mezcla de sorpresa, placer y aprobación. Cuando es viva, las cejas se elevan, los ojos se abren y se tornan brillantes, mientras que en la simple sorpresa están apagados. Por último, la boca, en lugar de abrirse de par en par, se abre ligeramente y dibuja una sonrisa.


TEMOR - TERROR

La palabra fear -ESPANTO, TEMOR- parece derivar etimológicamente de los términos que responden a las nociones de instantaneidad y peligro, según Wodgwood. La de 'terror' ha tenido asimismo por origen el temblor de las cuerdas vocales y de los miembros. Empleo la palabra terror como sinónimo de espanto extremo. A

lgunos escritores piensan que debía ser reservada para el caso en que la imaginación interviene más particularmente. El temor suele ir precedido de sorpresa. Es, por otra parte, tan vecino de este último sentimiento, que despiertan instantáneamente, uno como otro, los sentidos de la vista y del oído. En ambos casos, los ojos y la boca se abren desmesuradamente y las cejas se levantan.

El hombre espantado queda de inmediato inmóvil como una estatua, conteniendo su aliento, o bien se apelotona instintivamente, como temiendo ser visto. El corazón late con rapidez y violencia y levanta el pecho, pero es muy dudoso que trabaje más o menos que en este estado normal, es decir, que envíe mayor cantidad de sangre a todas partes del organismo. La piel se torna pálida instantáneamente como al principio de un síncope. Esta palidez de la superficie cutánea es debita tal vez, en parte, sino de un modo exclusivo, a la impresión recibida por el centro vasomotor, que provoca la contracción de las pequeñas arterias de los tegumentos. La impresionabilidad de la pie por el espanto intenso se manifiesta aun por

 el modo prodigioso e inexplicable de provocar esta emoción una inmediata transpiración. Este fenómeno es tanto más notable cuanto que, en todo momento, la superficie cutánea está fría, de donde viene el término vulgar de 'sudor frío'. Ordinariamente las glándulas sudoríparas funcionan sobre todo cuando esta superficie está caliente. Los pelos se erizan y los músculos superficiales tiemblan. A la vez que la circulación se turba, la respiración se precipita. Las glándulas salivares obran imperfectamente, la boca, seca, se abre y cierra a menudo.


ATENCIÓN FIJA EN SÍ MISMO- VERGÜENZA -TIMIDEZ - MODESTIA - RUBOR

El rubor es la más especial y la más humana de todas las expresiones. Los monos enrojecen de cólera, pero sería necesaria una evidencia extraordinaria para hacernos creer que algún animal puede 'ruborizarse', en el sentido en que esta palabra se aplica al hombre. La coloración del rostro que entonces se produce es debida al relajamiento de las paredes musculares de las pequeñas arterias, que permite a los capilares llenarse de sangre. Esta expansión vascular depende, a su vez, de la excitación de centros vasomotores apropiados. No es dudoso que si este fenómeno se produce bajo la influencia de una gran agitación, la circulación general sería turbada. Pero cuando la red de pequeños vasos que cubren el rostro se llenan de sangre bajo una impresión de vergüenza, el corazón no entra en absoluto en el fenómeno.

No hay medio físico, es decir, acción ejercida sobre nosotros que nos obligue a ruborizarnos. Se halla exclusivamente bajo la dependencia de la impresionabilidad del espíritu. Por otra parte, el rubor no sólo es involuntario, sino que el deseo que tenemos de reprimirle, atrayendo nuestra atención sobre nuestra persona, nos dispone más a él. Los jóvenes se ruborizan mucho más fácilmente que los viejos. No se puede decir lo propio de los niños, particularidad notable, puesto que sabemos que las criaturas de corta edad se ponen ya rojas de cólera.

La mujer se ruboriza mucho más que el hombre. Es raro ver ruborizarse a un anciano. Mucho menos a una anciana. Ni aun los ciegos son una excepción de esta regla.

Bueno sería saber en qué consiste que, en la mayor parte de los casos, sólo el rostro, las orejas y el cuello se ruborizan, aunque a menudo la superficie del cuerpo entero se entremezcla y acalore. Parece depender esto de que el rostro y las regiones vecinas están habitualmente expuestas al aire, a la luz y a las variaciones de la temperatura. A consecuencia de ello las arteriolas no sólo han adquirido la costumbre de dilatarse y contraerse fácilmente, sino que hasta parecen haberse desarrollado de manera más considerable que en otras partes de la superficie cutánea.


EL RUBOR EN LAS DIVERSAS
RAZAS HUMANAS

La emoción de la vergüenza llena de sangre los pequeños vasos del rostro, en casi todas las razas humanas. Pero ningún cambio de color bien distinto es visible en las razas de tinte muy pronunciado.

Van Srix y Martins, hablando de los aborígenes del Brasil, aseguran que no puede decirse que se ruboricen: 'Hasta que estuvieron algún tiempo en relación con blancos y recibieron alguna educación, no pudimos distinguir en los indios un cambio de color que expresara las emociones de su espíritu. Esto no implica creer que tal, haya sido en ellos el origen de la facultad de ruborizarse, pero sin duda la costumbre de ocuparse de su persona, que resultaba de su educación y de su nuevo género de vida, aumentó mucho una tendencia que debía, por otra parte, ser innata. Muchos observadores dignos de fe me han asegurado haber visto en el rostro de algunos negros  algo que se asemeja al rubor, bajo la influencia de circunstancias que lo hubieran excitado en los blancos. Su piel tenía, no obstante, un negro de ébano. Hay quien describe el fenómeno en cuestión diciendo que en ellos el rubor es oscuro. Por lo general se dice que su tinte negro se torna entonces más pronunciado. Parece que una mayor cantidad de sangre en la piel la oscurece más.


MOVIMIENTOS Y GESTOS QUE ACOMPAÑAN
AL RUBOR

Un vivo sentimiento de vergüenza produce un irresistible deseo de ocultarse. Se aparta el cuerpo, sobre todo el rostro, que se trata de sustraer a las miradas de todo el mundo. El individuo avergonzado no puede sostener la mirada de los que le ordenan, así es que casi siempre baja los ojos o mira a un lado. Como al mismo tiempo le ocupa un vivo deseo de ocultar su turbación, hace vanos esfuerzos para mirar de frente a la persona que le causa impresión, de lo cual resulta una lucha que nos da la clave de la singular movilidad de la mirada.


NATURALEZA DE LOS ESTADOS DE ESPÍRITU
QUE PRODUCEN EL RUBOR

Estos estados de espíritu son la timidez, la vergüenza, el pudor, cuyo elemento esencial es siempre la atención fija en sí mismo. No faltan razones para creer que la causa determinante del rubor fue, al principio, el amor propio, la preocupación por la opinión de otro respecto a nuestro exterior físico. El mismo fenómeno se reproduce en seguida, gracias a la asociación, por efecto del amor propio despertado en el lugar de la moralidad de nuestra conducta.

No es la simple acción de fijar nuestra atención en nosotros mismos, sino la inquietud de lo que los demás puedan pensar de nosotros, lo que provoca nuestro rubor. En una soledad completa el individuo más sensible no tiene ningún cuidado de su apariencia exterior. Sentimos la censura o la desaprobación más vivamente que el elogio. Las observaciones desfavorables o maliciosas sobre nuestra persona o sobre nuestra conducta nos hacen enrojecer más fácilmente que una alabanza. No es dudoso que el elogio y la admiración tengan también un gran poder. Una linda joven se ruboriza cuando un hombre la mira insistentemente, aún cuando sepa que esta atención nada tiene de malévola.

De todas las partes del cuerpo, el rostro es la más expuesta a las miradas. Cosa muy natural, puesto que es el asiento principal de la expresión y de ella parte la emisión de la voz. En el rostro es también donde principalmente se localiza la belleza o la fealdad. Es, en el mundo entero, la parte del cuerpo que se adorna con preferencia.


TIMIDEZ

La timidez tiene estrechas relaciones con el miedo -la etimología de la palabra lo expresa en varias lenguas-, pero es muy distinta del sentimiento que se designa ordinariamente con esta última voz. Cierto que el hombre tímido teme la mirada de los extraños, mas no podría decirse que le inspire miedo. Puede tener la audacia de un héroe en la guerra y sin embargo sentirse intimidado por verdaderas pequeñeces en presencia de otro hombre. Hay pocas personas que puedan tomar la palabra en público por primera vez  sin experimentar una violenta emoción, y muchos oradores no logran nunca dominarla por entero.

En los niños, es sumamente difícil distinguir el miedo de la timidez, pero con frecuencia me ha parecido que, en ellos, este último sentimiento tiene algo del salvajismo de un animal no domesticado.

Puesto que la timidez parece reconocer por origen primero la atención fija en sí mismo, cierto es que, reprimiendo a los niños que a ella están sujetos, lejos de serles útil, no se hace más que aumentar su defecto, dando una nueva fuerza a la causa misma que le hizo nacer.

Se ha dicho con razón: 'Nada es tan funesto a la infancia como el sentir sus sentimientos constantemente observados, como el ver que una mirada escrutadora vigila sus diversos movimientos y persigue sin piedad la expresión mudable de sus emociones interiores. Bajo el peso de examen tal, el niño no puede tener más que un pensamiento, el de la atención que le persigue, y un sentimiento: la confusión y el temor'.


CAUSAS MORALES - CULPABILIDAD

No es el sentimiento de la culpabilidad, sino el pensamiento de que otro la conozca o la sospeche, lo que hace subir el rubor al rostro. Un hombre puede, sin ruborizarse, estar lleno de vergüenza por haber dicho una pequeña mentira. Pero cuando llega a sospechar que su engaño está descubierto, se ruboriza, sobre todo si la sospecha parte de una persona que le merece aprecio

 

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