FRAGMENTOS DE
"LA
EXPRESIÓN DE
LAS EMOCIONES
EN
EL HOMBRE
Y LOS ANIMALES" (I)
Charles Darwin
Se ha visto que el
fruncimiento de las cejas es el movimiento expresivo que se produce
naturalmente cuando se encuentra alguna dificultad, cuando
sobreviene cualquier pensamiento o sensación desagradable. La
persona que se halla muy expuesta a impresiones de este género y se
entregue a ellas fácilmente, se hallará predispuesta a estar de
mal humor, a irritarse, a mostrarse desagradable, y manifestará su
estado de espíritu por un fruncimiento de cejas habitual.
La expresión de
mal humor resultante de este fruncimiento puede ser neutralizada por
la dulce expresión de una boca habitualmente sonriente y por ojos
brillantes y enjutos. Lo propio acontece si la mirada es clara y
resuelta, la fisonomía seria y meditativa. El fruncimiento de
las cejas, acompañado de la depresión de los extremos de la
boca, signo característico de la pena, da un aire de aspereza.
Cuando un niño frunce enérgicamente sus cejas, al llorar, sin
contraer con energía, como de costumbre, los músculos orbiculares,
su semblante toma una expresión bien marcada de cólera y aun de
rabia, con mezcla de sufrimiento. Si las cejas se fruncen y bajan al
propio tiempo fuertemente, por la contracción de los músculos
piramidales de la nariz -lo que produce arrugas o pliegues
transversales en la base de este órgano-, la expresión revela
humor melancólico.
Si
admitimos que nuestros antecesores semihumanos adelantaban sus
labios cuando estaban un poco irritados o de mal humor, como lo
hacen actualmente los monos antropoides, nada hay de inexplicable
en que nuestros hijos, bajo la influencia de análogas impresiones,
nos presenten vestigios de la misma expresión, al mismo tiempo
que una tendencia a emitir ciertos sonidos. Esto no es más que un
hecho curioso. No es raro, en efecto, ver a los animales retener de
un modo más o menos perfecto durante su edad juvenil, para
perderlos más tarde, ciertos caracteres que en su origen
pertenecieron a sus antecesores adultos y que todavía se encuentran
en otras especies distintas.
Es
natural también que los hijos de los salvajes manifiesten una más
fuerte tendencia a estirar sus labios cuando se enojan, que
los hijos de los europeos civilizados, porque la característica del
estado salvaje parece residir precisamente en esa conservación de
un estado primitivo, conservación que se manifiesta en ocasiones
hasta en las cualidades físicas.
La sorpresa ocasiona a veces un ligero adelantamiento de los
labios, y una viva sorpresa, una profunda admiración, se
manifiesta más comúnmente dejando la boca abierta de par en par.
ODIO - CÓLERA
Cuando
un individuo nos ha causado voluntariamente algún daño, nos ha
ofendido de un modo cualquiera, cuando le atribuimos intenciones
hostiles contra nosotros, experimentamos por él antipatía, que
degenera fácilmente en odio.
Estos
sentimientos, experimentados en débil grado, no se expresan
distintamente por ningún movimiento particular del cuerpo o de las
facciones, si no es tal vez por cierta rigidez en la actitud o
por los caracteres de un mal humor ligero.
Pero
pocas personas pueden detener largo rato su pensamiento en un ser
odiado sin sentir o dejar ver por señales exteriores la indignación o la cólera. No obstante, si el ofensor es
un ser ínfimo, lo que siente es desdén o desprecio.
Si
por eventualidad el ofensor es muy poderoso, el odio se
transforma en terror. Este último sentimiento es el que
experimenta el esclavo que piensa en un amo cruel, o el salvaje que
se representa una divinidad malévola o sanguinaria. La mayor
parte de nuestras emociones se encuentran tan estrechamente ligadas
a su expresión, que no pueden existir mientras nuestra organización
permanece inerte y pasiva, puesto que la naturaleza de la
expresión depende, ante todo, precisamente de la naturaleza de los
actos que hemos habitualmente cumplido bajo la influencia de tal o
cual estado particular del espíritu.
FUROR
Los
monos enrojecen también de cólera. He observado bastantes
veces en uno de mis hijos, de menos de cuatro meses, que el flujo de
sangre que enrojecía su pequeño cráneo calvo era el primer
presagio de un acceso de cólera.
En
ocasiones, por el contrario, el furor pone trabas al funcionamiento
del corazón, hasta el punto de que el semblante se torna pálido o
lívido. Con frecuencia se vio a individuos atacados de enfermedades
del corazón caer muertos a consecuencia de esta emoción poderosa. La
respiración es igualmente afectada, el pecho se levanta y las
ventanas de la nariz se dilatan y tiemblan. De ahí vienen las
expresiones: 'respirar la venganza' y 'humear
de cólera'.
La
excitación del cerebro comunica vigor a los músculos y afirma al
propio tiempo la voluntad. El cuerpo es habitualmente recto,
pronto a obrar. A veces está encorvado hacia el agresor, y los
miembros se encuentran más o menos rígidos. Ordinariamente, la boca bien cerrada expresa una determinación decidida, y los
dientes están apretados o se frotan unos con otros. Con
frecuencia, los brazos se levantan y se cierran los puños,
como para pegar a un agresor. Cuando se está muy irritado y se
invita a otro a pelear, es raro escapar de hacer el gesto de pegarle
o de empujarle hacia fuera violentamente. Más aún, este deseo
de dar golpes se torna tan imperioso, que se golpean o se tiran por
tierra objetos. Los gestos se tornan, por otra parte y con
frecuencia, completamente desordenados y frenéticos.
BURLA - AIRE DE DESAFÍO - ACTO DE
DESCUBRIR EL DIENTE CANINO DE UN LADO
La
expresión que ahora vamos a estudiar se diferencia muy poco de las
que han sido ya descriptas, y en las cuales los labios son retraídos
y los dientes, apretados, descubiertos. La única diferencia está
en el modo de elevar el labio superior, que no deja ver más que el
canino de un lado. Al propio tiempo, el rostro mira
ordinariamente un poco hacia arriba y se aparta a medias del autor
de la ofensa. Pueden faltar todos los demás síntomas característicos
del furor. Con frecuencia se observa esta expresión en el
individuo que se burla de otro o lo desafía, aun cuando no esté
encolerizado. Se ve, por ejemplo, en el rostro de una persona que
es, por broma, acusada de algo, y responde: 'Esas
imputaciones están muy por debajo de mí. Las desprecio'.
DESDÉN - DESPRECIO - DISGUSTO -
CULPABILIDAD - ORGULLO - IMPOTENCIA - PACIENCIA - AFIRMACIÓN
- NEGACIÓN
La
altanería y el desdén no se diferencian del desprecio sino por
la irritación mayor que revelan. Tampoco se las puede separar
claramente de los sentimientos anteriormente estudiados bajo el
nombre de burla y aire de desafío.
El
disgusto es una impresión de naturaleza algo mejor definida, provocada
originalmente por un objeto que repugna en el dominio del sentido
del gusto, luego, por extensión, por todo lo que puede dar
lugar a una impresión análoga, por mediación del olfato, del
tacto y aún de la vista. Sea como quiera, hay poca diferencia entre
el disgusto y el desprecio llevado a su grado más alto, que es a
veces llamado repulsión. Estos diversos estados de espíritu son
muy vecinos. Cada uno de ellos puede manifestarse de modos muy
diferentes. Diversos autores han fijado alternativamente y de un
modo especial en esta o aquella de las maneras de expresar que
llevan consigo.
Ahora
vamos a ver hasta qué punto es natural que los sentimientos de que
hablamos puedan expresarse de muchos modos distintos, en virtud del
principio de asociación, puesto que actos habituales diversos son
igualmente propios para manifestarles. La altanería y el desdén,
como la burla y el aire de desafío, pueden expresarse
descubriendo ligeramente el diente canino de un solo lado,
movimiento que parece degenerar en una especie de sonrisa. Otras
veces la burla se manifiesta por una sonrisa o por una risa
verdadera. Ocurre esto cuando el autor de la ofensa es tan ínfimo
que no puede despertar sino jovialidad, la cual no es nunca de buen
agüero. A veces una sonrisa expresa desprecio. Siendo la risa
la expresión primitiva del placer propiamente dicho, no creo que
los niños de poca edad rían nunca en señal de burla.
La oclusión parcial de los párpados, o bien la acción de apartar
los ojos y el cuerpo entero, expresan asimismo y de un modo muy
claro el desdén. Estos actos parecen significar que la persona
despreciada no es digna de que se la mire, o que su vista es
desagradable.
La
manera más ordinaria de manifestar el desprecio consiste en ciertos
movimientos de las regiones nasal y bucal. Estos últimos, cuando
son muy pronunciados, anuncian el disgusto. La nariz se eleva a
veces un poco, lo que proviene, sin duda, de la ascensión del labio
superior. Otras veces el movimiento se reduce a una simple
plegadura de la piel de la nariz. A menudos, las ventanas de ésta
son ligeramente contraídas, como para estrechar su orificio, y se
produce al propio tiempo un ligero relincho, una breve espiración.
Todos
estos actos son los mismos que los que provoca la percepción de
un olor desagradable que deseamos evitar o del que queremos
desembarazarnos. En los casos en que estos fenómenos son más
marcados, adelantamos y elevamos nuestros labios o sólo el
superior, tapando la nariz como por una especie de válvula. Al
mismo tiempo se eleva la nariz. Aparentamos dar así a entender
al individuo que le desdeñamos porque huele mal, de igual modo
que le significamos que no es digno de atraer nuestra mirada cuando
cerramos a medias los ojos o apartamos de él la cabeza. Es
necesario no creer que tales razonamientos atraviesan nuestro espíritu
en el momento mismo en que manifestamos nuestro desprecio.
La
palabra 'disgusto', en su acepción más sencilla, se aplica a
toda sensación que ofenda al sentido del gusto. Es curioso
ver hasta qué punto este sentimiento es provocado con facilidad
por todo lo que se aparta de nuestras costumbres, en el aspecto,
el olor, la naturaleza de nuestra alimentación.
En
Tierra del Fuego, habiendo un indígena tocado con el dedo un trozo
de carne fría en conserva que yo me disponía a comer, manifestó
el más profundo disgusto al notar su blandura. Por mi parte,
experimentaba yo la misma sensación viendo a un salvaje
desnudo llevar sus manos a mi comida, aún cuando estas manos no
me parecieron sucias.
Puesto
que la sensación de disgusto deriva primitivamente del acto de
comer o de gustar, natural es que su expresión consista
principalmente en movimientos de la boca. Pero como el disgusto
causa también la contrariedad, estos movimientos van acompañados
en general del fruncimiento de las cejas, y a menudo de gestos
destinados a rechazar el objeto que le provoca o a preservarse de su
contacto.
En
el rostro, el disgusto se manifiesta, cuando es moderado, de
diversas maneras. Se abre de par en par la boca, como para dejar
caer el objeto que ha ofendido el gusto, se escupe, se sopla
adelantando los labios, se produce una especie de rascadura de la
garganta como para aclararla. Su emisión es a veces acompañada de
un estremecimiento, a la vez que los brazos se aprietan contra el
tronco y los hombros se levantan, como en la expresión del horror. Un
disgusto extremo se expresa por movimientos de la boca semejantes a
los que preparan el acto del vómito. La boca se abre de par en
par, el labio superior se retrae enérgicamente, las partes
laterales de la nariz se arrugan, el labio inferior se baja y se
dobla hacia fuera tanto como es posible. Este último movimiento
exige la contracción de los músculos que atraen hacia abajo los
extremos de la boca.
El
desprecio y el disgusto parecen expresarse casi universalmente por
el acto de escupir, que representa evidentemente la expulsión
de cualquier objeto repugnante fuera de la cavidad bucal.