EL
PAPEL DE LAS EMOCIONES
EN
LAS AVENTURAS SEXUALES (I)
INFIDELIDAD
Y AVENTURAS
La
mayoría de las parejas considera que si se ama
verdaderamente siempre se es fiel, por otro lado, la
fidelidad sexual es valorada muy positivamente a la hora de
decidir mantener una relación estable. Sin embargo: ¿quién no
ha sentido el temor de ser traicionado por su pareja?; ¿quién no se ha visto tentado por una relación fuera de la
pareja?
Esto
es así porque las relaciones sexuales son un ingrediente
muy importante para muchas personas, y cuando en su vida
en pareja disminuye el interés sexual, el efecto puede ser
devastador. En ocasiones estas personas mantienen relaciones
fuera de la pareja y según ellas estas relaciones les ayudan
a mantener su vida en pareja al compensar su interés sexual.
Existen
personas que valoran especialmente la conquista, para
los que el terreno conquistado deja de tener valor y sienten
la necesidad imperiosa de una nueva conquista. En ellas
prevalece la búsqueda de aventura y la excitación de la
conquista sobre la estabilidad que aporta un proyecto en
común; de ahí que cuando cae la pasión que acompaña a las
primeras fases del enamoramiento, la relación ya no les
interese. Hay personas que buscan la novedad de forma
compulsiva, en ocasiones esta conducta esconde un miedo a la
intimidad.
Una
aventura amorosa también puede significar demostrarse a sí
mismos/as que todavía son jóvenes, y así sentirse más
atractivos/as. En estas personas prevalece más ese
sentimiento que el riesgo de poner en peligro una situación
estable. En el hombre estas circunstancias se suelen dar
alrededor de los cuarenta años, edad en la que busca
revivir emociones de la juventud. En la mujer, por su
parte, esta necesidad se manifiesta antes de la menopausia,
sobre todo si percibe que hay un cierto desgaste de la relación
y necesita volverse a sentir guapa, atractiva y que
despierta apetito sexual.
¿Por
quÉ no somos infieles?
(¿o MÁS INFIELES?)
En
esta época en que la esperanza de vida es mayor, contamos con
métodos anticonceptivos eficaces y para cada vez mayor número
de personas las consideraciones morales tradicionales tienen
menos fuerza, cabría preguntarse por qué vivimos en pareja y
nos exigimos fidelidad. Por qué renunciamos a ampliar nuestra
vida sexual y nos limitamos a compartir nuestra cama con una
persona. Sin duda, el amor romántico tiene mucho que decir
aquí, el sentimiento de pertenencia, de complicidad, de
exclusividad, el sentirse especial y único/a, la intensidad
emocional de esos sentimientos seguramente compensa la
renuncia a encuentros sexuales en los que, además, se puede
correr el riesgo de enamorarse y no estamos para tantas
emociones, con un una vida regularizada, un trabajo
regularizado y una hipoteca que pagar.
El
término aventura se utiliza comúnmente para describir
una relación sexual entre personas que no están casadas
entre sí, cuando al menos uno de los miembros de esta
relación está casado con otra persona.
En
el tipo de aventura 'para evitar conflictos', una mujer que
está muy enojada con su marido porque considera que no la ama
lo suficiente puede arrojarse en brazos de otro. Así evita
ventilar su cólera volcando su energía en una aventura y
obteniendo la atención que necesita en otra parte. Su
aventura la despoja de esa sensación de no ser considerada
y disminuye su enojo.
El
romance, del cual las fantasías sexuales pueden o no formar
parte, también se alimenta de las nociones de espontaneidad y
novedad. Así, es posible que en parte sean nuestras
expectativas sobre el matrimonio las que provoquen su
vulnerabilidad con el tiempo, cuando la novedad y la
espontaneidad ya no pueden ser más la regla.
El
matrimonio puede irse destruyendo en cualquiera de estas áreas
-los indicadores sexuales, románticos, de intimidad o
amistad- y entonces es vulnerable a las aventuras. Todo
matrimonio sufrirá subidas y bajadas en el nivel de
satisfacción con el apoyo dado, con la capacidad de
discutir cosas con franqueza y con la cantidad de tiempo
empleado en las actividades compartidas.
Además, los aspectos públicos, prácticos, emocionales y sexuales
de cualquier matrimonio se ven afectados de un modo diferente
por los hechos exteriores y, con el tiempo, todo
matrimonio sentirá una deficiencia mayor o menor en una o
varias de estas dimensiones. Por lo tanto, se puede afirmar
que todo matrimonio es vulnerable, al menos en algún momento,
a una aventura. Si se elige un matrimonio, se le da a uno de
los miembros de la pareja la oportunidad de conocer a una
persona compatible con la cual tener una aventura, se toma ese
matrimonio en un punto en el que al menos una dimensión
importante está relegada y cuando se encuentra en un momento
particularmente vulnerable del ciclo de la vida matrimonial,
veremos entonces, y muy probablemente, cómo ese cónyuge
es proclive a tener una aventura.
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