NUEVOS
EXPERIMENTOS SOBRE EL PROCESAMIENTO INCONSCIENTE
DE
LAS EMOCIONES
Los
experimentos sobre la mera exposición subliminal de Zajonc fueron de los primeros que utilizaron los nuevos métodos
que hacían indiscutible el proceso inconsciente.
Cuando nació esta metodología de investigación, se
realizaron muchos experimentos parecidos.
En
una variante experimental muy interesante de Robert
Bornstein, se llevó a los sujetos al laboratorio y se
les mostró muy brevemente imágenes de rostros. Como se
esperaba, no pudieron identificar cuáles habían visto
antes; pero, al pedirles que puntuaran cuáles les habían
gustado más, las que se les había mostrado antes fueron
las más puntuadas. La mera exposición funciona con los
rostros.
En
una segunda parte del experimento, se mostró a los sujetos
muy brevemente imágenes subliminales e inconscientes de una
persona A o de una persona B. Después se le pidió al
sujeto, así como a las personas A y B, que intentaran
determinar el sexo del autor de varios poemas. Sin que
el sujeto lo supiera, se había dispuesto que A y B se
mostraran en desacuerdo para que el sujeto tuviera que
mediar. Como la hipótesis de la mera exposición
indicaba, los sujetos tendían a apoyar a la persona cuyo
rostro habían visto inconscientemente.
Posteriormente, Bornstein realizó un metaanálisis de la investigación
sobre la mera exposición subliminal, es decir, analizó los
datos publicados de numerosos experimentos. Este trabajo lo
llevó a la conclusión de que el efecto de la mera exposición es mucho mayor cuando los estímulos se presentan
subliminalmente que cuando se dispone libremente de ellos
para la inspección consciente. Este hallazgo es
corriente en muchos tipos de experimentos sobre el procesamiento
emocional inconsciente y acentúa la importancia de un
punto que trataremos extensamente: es más fácil influir
en las emociones de un sujeto cuando éste no se da cuenta
de que la influencia está ocurriendo.
El inconsciente emocional también se ha estudiado con
el método llamado ‘activación subliminal de las
emociones’, que ha sido muy utilizado por Zajonc y su equipo en los últimos años. En este tipo de
experimento, se muestra muy brevemente (5 milésimas
de segundo, o 1/200 de segundo) un estímulo activador
con alguna connotación emocional, como un dibujo de un
rostro malhumorado o sonriente, e inmediatamente después se
muestra un estímulo enmascarador que inhibe la capacidad
del sujeto para recordar conscientemente el estímulo
activador (el estímulo enmascarador expulsa al estímulo
activador de la consciencia, básicamente eliminándolo de la memoria). Tras una
pausa, se muestra un estímulo diana que permanece
expuesto durante una cantidad de tiempo suficiente
(segundos) para que el sujeto lo perciba conscientemente.
Tras ver muchos estímulos diana de este modo, se pide al
sujeto que anote, con una escala de puntuación, si éstos
le han gustado. Zajonc observó que el hecho de que un
estímulo –por ejemplo, un ideograma chino- guste o no a
un sujeto dependía de que el estímulo mostrado
inconscientemente fuera un rostro malhumorado o sonriente.
El estímulo diana adquiría significación emocional en
virtud de su relación con un significado emocional
provocado subliminalmente a través del procesamiento
inconsciente de la imagen sonriente o malhumorada. Y, al
igual que con la mera exposición, la activación
emocional era mucho más eficaz en las presentaciones
subliminales (enmascaradas, por tanto inconscientes) que
en las presentaciones sin enmascarar y en las que era
posible el conocimiento consciente del estímulo.
En
el transcurso de las sesiones terapéuticas de sus
pacientes, el psicoanalista Howard Shevrin identificó palabras relacionadas con la experiencia consciente
que el paciente tenía de un síntoma o con el conflicto
inconsciente que subyacía en el síntoma.
Por
ejemplo, un paciente puede llegar a la consulta del analista
y decir que se encuentra muy incómodo en situaciones
sociales. El paciente es, por tanto, plenamente
consciente de su fobia social, pero no sabe conscientemente
cuál es la causa del problema. Tras las sesiones de
psicoanálisis, Shevrin elegía para cada paciente un
conjunto de palabras que, a su juicio, expresaban los
matices de su conflicto inconsciente o de los síntomas
conscientes. Después las presentaba subliminalmente
o abiertamente a los pacientes, mientras grababa sus
‘ondas cerebrales’: en el ejemplo, al exponer palabras relacionadas
con la causa subyacente de la fobia social, las ondas
cerebrales tenían más intensidad cuando ocurrían las
presentaciones subliminales, mientras que con las
palabras relacionadas al síntoma consciente (en este caso,
el miedo a las situaciones sociales) las ondas cerebrales
mostraban más intensidad cuando las palabras se percibían
conscientemente. De nuevo, la mente emocional parece
mostrarse especialmente susceptible ante los estímulos a
los que su lado consciente no tiene acceso.
Por
último, el psicólogo social John Bargh ha realizado
numerosos experimentos en los que demuestra que las
emociones, actitudes, objetivos e intenciones pueden
activarse sin que haya consciencia de ello, y que
pueden influir en el modo en que las personas piensan y actúan
en situaciones sociales.
Por
ejemplo, las características físicas, como el color de
piel o la longitud del cabello, bastan para poner en
marcha estereotipos étnicos o de sexo, con
independencia de que la persona que posee tal rasgo físico
manifieste alguna de las conductas características del
estereotipo. Este tipo de activación automática de las actitudes ocurre en muchas
situaciones diferentes y parece constituir la primera
reacción que manifestamos ante una persona. Una vez en
marcha, estas actitudes pueden influir en el modo en que
tratemos a la persona e incluso pueden influir en nuestro
comportamiento en otras situaciones.
En
un ejemplo extremo, Bargh hizo que los sujetos
participaran en lo que ellos pensaban que era una prueba de
lenguaje. Les mostraba cartulinas con palabras, y les pedía
que formaran frases con ellas. Algunos sujetos tuvieron
que formar frases sobre los ancianos, mientras que a otros
sujetos se les dieron otros temas. Tras realizar la
prueba, los sujetos salieron de la sala. Sin que lo
supieran, se midió la cantidad de tiempo que empleaban para
bajar al vestíbulo y llegar a un punto determinado. Lo
curioso fue que los sujetos que habían hecho frases sobre
ancianos tardaron más en cubrir la distancia que los otros. Las frases no expresaban específicamente que los
ancianos fueran lentos o débiles, pero el simple hecho de
pensar en ellos –y de un modo bastante directo- bastó
para poner en marcha este estereotipo e influir en su
comportamiento.
En
otros experimentos, los sujetos hicieron frases que tenían
que ver con ‘ser resuelto’ o con ‘tener educación’.
Después debían bajar al vestíbulo y buscar al jefe de
experimentación, quien, tal como se había convenido,
estaba hablando con alguien. Se grabó la cantidad de
tiempo que los sujetos tardaron en interrumpir. Los
sujetos a los que se había expuesto al tema de ‘ser
resueltos’ interrumpieron la conversación antes que
los que se habían enfrentado al tema de ‘tener educación’.
Bargh indica
que la activación automática de los procesos inconscientes tiene dos caras. Si tratamos bien a alguien, nos
tratará bien a cambio. Por otro lado, si al ver a
alguien de otro grupo étnico, se desencadena una actitud
negativa (por ejemplo, que las personas de ese grupo son
hostiles o agresivas), es probable que reaccionemos mal
hacia ellos, lo que, a su vez, provoca una reacción
negativa en ellos hacia nosotros, con lo cual se crea un
círculo vicioso que perpetúa más el estereotipo.
¿Cuál
es el mayor problema que nos plantea el procesamiento
inconsciente de nuestras emociones? Como el psicólogo
cognitivista Larry Jacoby señala: ‘¿En qué
momento se espera que las influencias inconscientes
produzcan los mayores efectos?... Cuando uno menos lo
espera’. |