LA
HERENCIA EMOCIONAL
Cuando
los equipos de investigación dirigidos por Carole Hooven y John Gottman, de la Universidad de Washington,
llevaron a cabo un microanálisis de las interacciones que se producen en las parejas sobre la forma en que los
padres trataban a sus hijos, descubrieron que los
matrimonios mejor avenidos eran también los más eficaces
cuando se trataba de ayudar a sus hijos en sus altibajos
emocionales. El estudio determinó tres estilos más
comunes de paternidad emocionalmente inepta:
Ignorar
los sentimientos en general: Tratar las aflicciones de sus hijos como algo trivial o
aburrido, algo que deben esperar que pase.
Estos
padres no logran utilizar los momentos emocionales como una
oportunidad para acercarse a su hijo o ayudarlo a aprender una
lección en el aspecto emocional.
Mostrarse
demasiado liberal: Estos padres se dan cuenta de lo que siente el niño, pero
siempre aprueban la forma que éste usa para enfrentarlo,
aunque sea inadecuada.
Mostrarse
desdeñoso y no mostrar respeto por lo que el niño siente: Estos son padres típicamente desaprobadores, duros tanto en
sus críticas como en sus castigos. Cuando el niño trata de
dar su versión de algún hecho que les molestó, suelen
gritar "¡No me contestes!".
Lo
sano es aprovechar la oportunidad de un trastorno del hijo
para actuar como un mentor o un entrenador emocional. Los
buenos padres toman las preocupaciones del hijo con seriedad, para
tratar de entender exactamente qué le preocupa y ayudarlo a
encontrar soluciones positivas. Para que los padres sean
eficaces entrenadores en este sentido, deben tener un buen
dominio de los rudimentos mismos de la inteligencia emocional.
El
impacto que este tipo de paternidad ejerce en los niños es
extraordinariamente profundo. El equipo de la Universidad
de Washington descubrió que cuando los padres son
emocionalmente expertos, sus hijos manejan mejor sus propias
emociones, son más eficaces a la hora de serenarse cuando
están preocupados y se preocupan con menor frecuencia. En el
plano biológico, son chicos más relajados, y presentan
menores niveles de estrés (una pauta que, de mantenerse,
puede augurar una buena salud para el futuro).
Otras
ventajas son de tipo social: son niños más populares, caen
mejor a sus pares y tienen menos problemas de conducta.
Finalmente, hay beneficios cognitivos: estos niños prestan
más atención y, por lo tanto, son alumnos más eficaces.
Si tomamos la constante del CI, los niños de cinco años
cuyos padres eran buenos entrenadores tenían mayor puntuación
en matemáticas y en lectura cuando llegaban al tercer grado.
Un
poderoso argumento para enseñar las habilidades
emocionales que ayudan a preparar a los niños tanto para
el aprendizaje como para la vida.
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