ORÍGENES
DE LA PROBLEMÁTICA
MENTE-CUERPO
Las
precursoras latinas de las modernas palabras ‘medicina’, ‘moderación’ y ‘meditar’ se basan en una raíz latina que significa ‘mesuradamente’,
‘acorde con una medida’.
La
palabra ‘doctor’ deriva
del verbo latino DOCERE, y
originalmente significaba maestro.
Los
primeros médicos veían al hombre como
un todo, una amalgama inseparable de cuerpo,
mente y espíritu. El hombre de ciencia moderno ha sido formado
para considerar al ser humano como un ensamblaje mecánico de sistemas y órganos. En el hospital se
convierte en un carcinoma de próstata o un infarto coronario,
mediante un proceso de pensamiento
reduccionista que ayuda a perder de vista la humanidad y las
características psicosociales únicas de cada paciente como
individuo.
La
filosofía mecanicista comenzó con los conceptos filosóficos de René
Descartes, quien escribió: ‘Considero
al cuerpo como una máquina. Mi modo de pensar compara a un hombre
enfermo y a un reloj defectuoso con la idea de un hombre saludable y
un reloj bien hecho’.
Es
obvio que la medicina se ha
beneficiado enormemente con la adopción del enfoque cartesiano, pero
para seguir su progreso debe ahora adoptar un modelo integral de
tratamiento médico.
Muchos
profesionales de la salud son hoy conscientes de los peligros
inherentes a este proceso deshumanizador, y han decidido regresar a
los principios del cuidado de la salud holístico. ‘Es
mucho más importante saber qué tipo de paciente tiene la enfermedad,
que el tipo de enfermedad que tiene el paciente’, dijo sir
William Osler, el célebre médico canadiense del siglo XIX.
Pero
este cambio de perspectiva no se logra con facilidad, porque la visión
de los científicos médicos está
condicionada por los instrumentos a través de los cuales miran.
Un gastroscopio es una excelente herramienta para detectar úlceras de
estómago, pero un instrumento inútil
para revelar las causas de la ulceración gástrica. No puede
detectar que a esta persona que sufre una erosión gástrica la
devora la ira por el tratamiento injusto que se le ha dado en el
testamento de sus padres, mientras que el siguiente no
puede digerir su fracaso laboral o ha sobrellevado tantos años de
desavenencia conyugal que está literalmente ‘cocinándose en su
propio jugo’.
De
la misma manera, el microscopio que se usa en el laboratorio del patólogo
puede revelar células malignas pero es
impotente para poner de manifiesto emociones malignas -sueños no
logrados, temores ocultos, ira contenida, conflictos no resueltos,
frustraciones, duelos, disgustos y resentimientos no expresados-. Sin
embargo, estos factores psicosociales constituyen en la actualidad una causa fundamental de
enfermedad.
Como
resultado de la adopción de un enfoque mecanicista del cuidado de la
salud, nos ocupamos obsesivamente de las causas físicas de la enfermedad -falta de ejercicio, tabaquismo, obesidad, alimentación
deficiente y consumo excesivo de alcohol- pero generalmente dejamos a
un lado los factores mentales que ahora desempeñan un rol predominante en la producción de la
enfermedad. ‘Hemos olvidado
que el espíritu del hombre es el ingrediente fundamental de su
bienestar’, dice el Dr.
Patrick Pietroni, profesor titular de Medicina
General en la Escuela de Medicina del St. Mary’s Hospital de
Londres.
Nuestros
antepasados eran atacados por epidemias que se difundían normalmente
a través de medios físicos -suciedad, alimañas que transmitían enfermedades, alimentos
infectados y la provisión de agua contaminada. El mejoramiento de las
condiciones higiénicas en gran medida ha erradicado estas antiguas
plagas. En su lugar nos hemos visto afectados por una epidemia
de enfermedades psicosomáticas y asociadas al estrés, que no
pueden curarse al cambiar el grifo de una bomba que extrae agua de un
arroyo o por la matanza masiva de colonias de ratas.
Aún
vivimos en un ambiente contaminado, peor los agentes patógenos que
infectan nuestro mundo contemporáneo no son la pasteurella
pestis y los tripanosomas, sino el
estrés, la ira, el temor,
la amargura y la ansiedad.
Por
eso la ciencia médica no fue fiel a la realidad mientras no reconoció
que la enfermedad está
vinculada con las emociones, creencias y expectativas de una persona. (Aún en 1990, la revista
informativa de la Asociación
Médica Americana interrogó a sus miembros y descubrió que sólo
un diez por ciento ´creía’ en la vinculación mente-cuerpo).
Pero
ya en 1977, George Engel había desarrollado un modelo de aproximación a la enfermedad, que
llamó biopsicosocial, en
contraposicion al enfoque médico tradicional, al que calificó de reduccionista.
Para
el modelo biomédico el problema clínico es la enfermedad que aparece determinada por leyes biológicas.
Lo que Engel plantea como
modelo biopsicosocial se ha desarrollado como un amplio
marco conceptual que integra todos los factores que intervienen
para que una persona con cierto estado de salud se convierta en
paciente.
(‘Psychosomatic
Medicine, Behavioral Medicine, Just Plain Medicine’, PSYCHOSOMATIC
MEDICINE, XVIIIL : 7, 1986).
El
reduccionismo amputa los
proyectos, deseos, vínculos sociales, emociones; pero también
desconoce la situación económica,
social y cultural del paciente. A su vez, produce un proceso de
pensamiento unicausal, mecanicista, lineal, que establece una óptica
que se centra en una enfermedad descontextualizada
y abstracta. Entonces se niega la relación
enfermo-enfermedad-medio social en el que se desarrolla el proceso de
la aparición de la enfermedad y sus efectos en el curso de la misma.
La
medicina científica se ocupa de resolver, en la medida de sus
posibilidad, por ejemplo, la leucemia del leucémico, el cáncer del
canceroso y los problemas inmunitarios de las enfermedades
autoinmunes, olvidando a la
persona a la que le pasa eso. Esta persona necesita también una atención a su forma de vivir lo que le pasa: de cómo tolerar
las angustias que condicionan el saber de su situación que, a su vez,
a través del estrés que esto produce, puede
estar incrementando el desorden somático y generando más enfermedad. En ese sentido, se condiciona un círculo vicioso que a veces tiene el
poder de neutralizar en gran medida los efectos beneficiosos del mismo
psicofármaco, quimioterápico o tratamiento inmune.
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