REFLEXIONES
DE PAUL EKMAN
Cuando
comencé a estudiar este tema, no había modo de saber con qué me iba a
encontrar. Existían afirmaciones contradictorias. Freud había dicho:
“Quien tenga ojos para ver y oídos para oír puede convencerse a sí
mismo de que ningún mortal es capaz de guardar un secreto. Lo que sus
labios callan, lo dicen sus dedos; cada uno de sus poros lo traiciona”.
No obstante, yo conocía muchos casos en que la mentira había tenido gran
éxito, y mis primeros estudios comprobaron que en la detección del engaño
la gente no tenía más éxito que si actuara al azar. Los psiquiatras y
psicólogos no eran en esto mejores que los demás. La respuesta a la que
llegué me complace: no somos, como mentirosos, perfectos ni imperfectos,
y detectar el engaño no es ni tan fácil como decía Freud, ni imposible.
La cuestión es más complicada y por ende más interesante. Nuestra
imperfecta capacidad para mentir es funda mental en nuestra existencia, y
quizá necesaria para que ésta persista.
Piénsese
en cómo sería la vida si todos supiesen mentir a la perfección o, por
el contrario, si nadie pudiera hacerlo. He reflexionado sobre esto
principalmente en relación con las mentiras vinculadas a las emociones,
que son las más difíciles; por otra parte, son las que más me
interesan. Si nunca pudiéramos saber cómo se sintió realmente alguien
en cierta oportunidad, y si supiéramos que nunca lo sabríamos, la vida
resultaría insulsa. Seguros de que toda muestra de emoción sería un
mero despliegue destinado a agradar, manipular o desorientar al otro, los
individuos estarían más a la ventura, los vínculos entre las personas
serían menos firmes. Considérese por un momento el dilema que tendría
que afrontar una madre o un padre si su bebé de un mes fuese capaz de
ocultar y falsear sus emociones c mismo modo que lo hacen la mayoría de
los adultos. Todo grito o llanto sería el de un “lobo”. Vivimos en la
certeza de que existe un núcleo de verdad emocional, de que en su mayoría
no quiere o no puede engañarnos sobre lo que siente. Si desvirtuar las
propias emociones fuese tan sencillo como desvirtuar las propias ideas, si
los gestos y ademanes pudieran disfrazarse y falsearse tanto como las
palabras, nuestra vida emocional sería más pobre y más cohibida.
Pero
si nunca pudiéramos mentir, si una sonrisa fuera el signo necesario y
confiable de que se siente alegría o placer, y jamás estuviera presente
sin estos sentimientos, la vida resultaría más difícil y mantener las
relaciones, mucho más arduo. Se perdería la cortesía, el afán de
suavizar las cosas, de ocultar aquellos sentimientos propios que uno no
querría tener. No habría forma de pasar inadvertido, no habría cómo
manifestar malhumor o lamer las propias heridas salvo estando a solas.
Imaginemos que nuestro compañero de trabajo, amigo o amante fuera alguien
que, en materia de control y encubrimiento de sus propias emociones, es
como un bebé de tres meses, aunque en todos los restantes aspectos
(inteligencia, aptitudes, etc.) es un adulto cabal. ¡Terrible
perspectiva!
No
somos ni transparentes como los bebés ni perfectamente disfrazables.
Podemos mentir o ser veraces, discernir la mentira o no notarla, ser engañados
o conocer la verdad. Podemos optar: ésa es nuestra naturaleza.
CUADRO
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