MENTIRA
Y EMOCIONES
Ponerse
una máscara es la mejor manera de ocultar una e emoción, Si uno se cubre
el rostro o parte de él con la mano o lo aparta de la persona que habla dándose
media vuelta, habitualmente eso dejará traslucir que está
mintiendo.
La
mejor máscara es una emoción falsa, que desconcierta y actúa como
camuflaje. Es terriblemente arduo mantenerse impávido o dejar las manos
quietas cuando se siente una emoción intensa: no hay ninguna apariencia más
difícil de lograr que la frialdad, neutralidad o falta de emotividad
cuando por dentro ocurre lo contrario, Mucho más fácil es adoptar una
pose, detener o contrarrestar con un conjunto de acciones contrarias a
aquellas que expresan los verdaderos sentimientos.
El
juego de póquer es otra de las situaciones en las que no puede recurrirse
al enmascaramiento para ocultar una emoción. Si un jugador se entusiasma
con la perspectiva de llevarse un pozo enorme porque ha recibido unas
cartas soberbias, deberá disimular su entusiasmo si no quiere que los demás
se retiren del juego en esa vuelta. Ponerse una máscara con señales de
otra clase de sentimiento sería peligroso: si pretende parecer
decepcionado o irritado por las cartas que le vinieron, los demás pensarán
que no tiene un buen juego y que se irá al mazo, en vez de continuar la
partida. Por lo tanto, tendrá que lucir su rostro más neutral, el propio
de un jugador de póquer. En caso de que le hayan venido cartas malas y
quiera disimular su desengaño o fastidio con un “bluff”, o
sea, una fuerte apuesta engañosa tendente a asustar a los otros, podría
usar una máscara: fraguando entusiasmo o alegría quizá logre esconder
su desilusión y dar la impresión de que tiene buenas cartas, pero es
probable que los demás jugadores caigan en la trampa y lo consideren un
novato: se supone un jugador experto ha dominado el arte de no revelar
ninguna emoción sobre lo que tiene en la mano.
Dicho sea de paso, las
falsedades que sobrevienen en una partida de póquer –los ocultamientos
o los bluffs— no se ajustan a mi definición lo que es una
mentira: nadie espera que un jugador de póquer vaya a revelar las cartas
que ha recibido y el juego en sí constituye una notificación previa de
que los jugadores tratarán de despistarse unos a otros.
En
su estilo sobre los jugadores de póquer, David Hayano describe otra de
las estratagemas utilizadas por los jugadores profesionales: “charlan
animadamente a lo largo de toda la partida para poner nerviosos y ansiosos
a sus contrincantes. (...) Dicen verdades como si fueran mentiras, y
mentiras como si fueran verdades. Junto con esta verborrea, usan gestos y
ademanes vivaces y exagerados. De uno de estos jugadores se decía que
‘se movía más que una bailarina de cabaret en la danza del vientre’
“. (“Poker Lies and Tells”, Human Behavior, marzo 1979.)
Para
ocultar una emoción cualquiera, puede inventarse cualquier otra emoción
falsa. La más habitualmente utilizada la sonrisa. Actúa como lo
contrario de todas las emociones creativas: temor, ira, desazón,
disgusto, etc. Suele elegírsela porque para concretar muchos engaños el
mensaje que se necesita es alguna variante de que uno está contento. El
empleado desilusionado porque su jefe ha promocionado a otro en lugar de
él le sonreirá al jefe, no sea que éste piense que se siente herido o
enojado. La amiga cruel adoptará la pose de bienintencionada descargando
sus acerbas críticas con una sonrisa de sincera preocupación.
Otra
razón por la cual se recurre tan a menudo a la sonrisa como máscara es
que ella forma parte de los saludos convencionales y suelen requerirla la
mayoría de los intercambios socia les corteses. Aunque una persona se
sienta muy mal, por lo común no debe demostrarlo para nada ni admitirlo
en un intercambio de saludos; más bien se supone que disimulará su
malestar y lucirá la más amable sonrisa al contestar: “Estoy muy bien,
gracias, ¿y usted?”. Sus auténticos sentimientos probablemente pasarán
inadvertidos, no porque la sonrisa sea una máscara tan excelente, sino
porque en esa clase de intercambios corteses a la gente rara vez le
importa lo que siente el otro. Todo lo que pretende es que finja ser
amable y sentirse a gusto. Es rarísimo que alguien se ponga a escrutar
minuciosamente lo que hay detrás de esas sonrisas: en el contexto de los
saludos amables, todo el mundo está habituado a pasar por alto las
mentiras. Podría aducirse que no corresponde llamar mentiras a estos
actos, ya que entre las normas implícitas de tales intercambios sociales
está la notificación previa de que nadie transmitirá sus verdaderos
sentimientos.
Otro
de los motivos por los cuales la sonrisa goza de tanta popularidad como máscara
es que constituye la expresión facial de las emociones que con mayor
facilidad puede producirse a voluntad. Mucho antes de cumplir un año, el
niño ya sabe sonreír en forma deliberada; es una de sus más tempranas
manifestaciones tendentes a complacer a los demás. A lo largo de toda la
vida social, las sonrisas presentan falsamente sentimientos que no se
sienten pero que es útil o necesario mostrar. Pueden cometerse errores en
la forma de evidenciar estas sonrisas falsas, prodigándolas demasiado o
demasiado poco. También puede haber notorios errores de oportunidad, dejándolas
caer mucho antes de la palabra o frase a la que deben acompañar, o mucho
después. Pero en sí mismos los movimientos que llevan a producir una
sonrisa son sencillos, lo que no sucede con la expresión de todas las demás
emociones.
A
la mayoría de la gente, las emociones que más les cuesta fraguar son las
negativas. Mi investigación revela que la
mayor parte de los sujetos no son capaces de mover de forma voluntaria los
músculos específicos necesarios para simular con realismo una falsa
congoja o un falso temor. El enojo y la repulsión no vivenciados pueden
desplegar- se con algo más de facilidad, aunque se cometen frecuentes
equivocaciones. Si la mentira exige falsear una emoción negativa en lugar
de una sonrisa, el mentiroso puede verse en aprietos. Hay excepciones: Hitler era, evidentemente, un actor superlativo, dotado de una gran
capacidad para inventar convincentemente emociones falsas. En una
entrevista con el embajador inglés se mostró terriblemente enfurecido,
gritó que así no se podía seguir hablando y se fue dando un portazo; un
oficial alemán presente en ese momento contó más adelante la escena de
este modo: “Apenas había cerrado estrepitosamente la puerta que lo
separaba del embajador, lanzó una carcajada, se dio una fuerte palmada en
el muslo y exclamó: ‘¡Chamberlain no
sobrevivirá a esta conversación! Su gabinete caerá esta misma
noche’“
OTRAS
FORMAS DE MENTIRA