LAS
MENTIRAS Y EL SISTEMA NERVIOSO AUTÓNOMO
Hasta
ahora hemos examinado las acciones corporales producidas por los músculos
esqueléticos. También el sistema nervioso autónomo (SNA), o gran simpático,
que regula las funciones vegetativas, da lugar a cambios notorios en el
cuerpo cuando hay una activación emocional: en el ritmo respiratorio, en
la frecuencia con que se traga saliva, en el sudor. (Los cambios
producidos por el SNA que se registran en el rostro —como el rubor, el
empalidecimiento y la dilatación de las pupilas). Estas alteraciones se caracterizan por producirse
involuntariamente cuando hay alguna emoción, ser muy difíciles de
inhibir y, por esto mismo, muy confiables como indicios del engaño.
El
detector eléctrico de mentiras o polígrafo mide estas alteraciones
derivadas del SNA, pero muchas de ellas son visibles y no exigen el uso de
ningún aparato especial. Si un mentiroso tiene miedo, rabia, culpa o vergüenza,
o si se siente particularmente excitado o angustiado, se incrementará su
ritmo respiratorio, se alzará su caja torácica, tragará saliva con
frecuencia y podrá verse u olerse su sudor. Durante décadas los psicólogos
no han logrado ponerse de acuerdo sobre si a cada emoción le corresponde
un conjunto bien definido de estos cambios corporales. La mayoría piensa
que no: creen que sea cual fuere la emoción suscitada, el sujeto respirará
más rápido, sudará y tragará saliva. Sostienen que los cambios en el
funcionamiento del SNA marcan la intensidad de una emoción pero no nos
dicen cuál es. Esta opinión contradice la experiencia de casi todos. Por
ejemplo, las personas sienten sensaciones corporales distintas cuando están
con miedo o cuando están con rabia. Según numerosos psicólogos, esto se
debe a que interpretan en forma diferente el mismo conjunto de sensaciones
corporales si tienen miedo o si tienen rabia, y no prueba que en sí misma
varíe la actividad del SNA en uno u otro caso.
Mi
investigación más reciente pone en tela de juicio este punto de vista.
Si estoy en lo cierto y las alteraciones del SNA no son las mismas para
todas las emociones sino que son específicas de cada una de ellas, esto
podría tener gran importancia para detectar mentiras. Significaría que
el cazador de mentiras podría descubrir, ya sea por medio del polígrafo
o incluso hasta cierto punto, con sólo observar y escuchar al sospechoso,
no sólo si éste siente alguna emoción en determinado momento, sino cuál
siente: ¿está temeroso o enojado, siente tristeza o repulsión? Como
explicaremos a continuación, esta información también puede
obtenerse a partir de su rostro, pero las personas son capaces de inhibir
gran parte de sus signos faciales, en tanto que el funcionamiento del SNA
está mucho menos sujeto a la propia censura.
Hasta
ahora sólo hemos dado a conocer una investigación sobre esto, y hay
eminentes psicólogos que discrepan con nuestras afirmaciones. Se ha dicho
que nuestros hallazgos son controvertibles, que no están bien fundamenta
dos; pero entiendo que los datos que ofrecemos son sólidos y con el
tiempo creo que serán aceptados por la comunidad científica.
La
técnica para obtener muestras de emociones que cuenta con mayor
popularidad ha sido la de pedir al sujeto que recuerde o imagine algo que
le provoque miedo, por ejemplo. Digamos que el sujeto imagina que lo
asaltan en la calle. El científico debe cerciorar de que además del
miedo el individuo no siente algo d enojo contra el asaltante, o contra sí
mismo por haber tenido miedo por haber sido tan estúpido como para no
tomar en cuenta que corría peligro de ser asaltado.
El mismo riesgo de
que haya mezcla de diversas emociones en vez de emociones puras se
presenta con todas las otras técnicas que tienden a suscitar emociones.
Imaginemos que el científico ha resuelto suscitar miedo en el sujeto
proyectándole una escena de la película de horror Psicosis,
dirigida por Alfred Hitchcock, en la cual
Tony
Perkins ataca por sorpresa a Janet Leigh con un cuchillo cuando ella se
está duchando. El sujeto podría sentir rabia hacia el científico por el
terror que le quiere infundir, o hacia sí mismo por sentirlo, o hacia
Tony Perkins por atacar a Janet Leigh; o la sangre que corre podría
provocar su repulsa, o la acción misma dejarlo estupefacto, o angustiarse
ante el sufrimiento de la actriz, etc. Repito: no es fácil pensar en un
procedimiento por el cual pudieran extraerse muestras de emociones puras.
La mayoría de los que estudiaron las alteraciones producidas por el SNA
han supuesto (incorrectamente, a mi entender), que los sujetos
efectivamente hacían lo que ellos le pedían en el momento en que se lo
pedían, y podían producir sin dificultad las muestras de emociones puras
desea das. No tomaban ninguna medida para verificar o garantizar que esas
muestras fuesen realmente puras.
El
segundo problema deriva de la necesidad ya mencionada de obtener estas
reacciones en un laboratorio, y es una consecuencia de los efectos de la
tecnología empleada en las investigaciones. La mayoría de los sujetos se
cohíben al atravesar la puerta del cuarto experimental, cuando piensan en
lo que harán con ellos, y esta cohibición aumenta más aún después.
Para medir la actividad del SNA
es preciso conectar cables a distintos
lugares del cuerpo del sujeto; el solo hecho de controlar la respiración,
el ritmo cardíaco, la temperatura de la piel y el sudor requiere muchas
conexiones de ese tipo. A la mayor parte de los individuos les desagrada
estar ahí preso de los cables, con los científicos que escrutan lo que
ocurre en su cuerpo y a menudo con cámaras cinematográficas que
registran toda alteración visible frente a ellos. Este desagrado o
molestia es también una emoción, y en caso de generar alguna actividad
en el SNA, los cambios producidos por ésta teñirán toda la muestra de
emociones que el científico procura obtener. Quizá suponga, en un
momento dado, que el sujeto está recordando un hecho temible, y en otro
momento un suceso capaz de enfurecerlo, cuando lo que ocurre en realidad
es que en ambos recuerdos el sujeto se ha sentido molesto. Ningún
investigador ha tomado las medidas para reducir ese sentimiento de
desagrado, ninguno ha verifica do que no arruinará sus muestras de
emociones puras.
Mis
colegas y yo suprimimos la molestia de los sujetos seleccionándolos entre
actores profesionales. Los actores están habituados a ser examinados y
escrutados, y no les molesta que el público observe cada uno de sus
movimientos. En vez de sentirse molestos por ello, más bien les gusta la
idea de que se conecten cables a su cuerpo para inspeccionar cómo
funcionan por dentro. El hecho de examinar a actores nos resolvió
asimismo el primer problema: la obtención de muestras de emociones puras.
Pudimos aprovechar la experiencia reunida por estos actores durante años
en la técnica de Stanislavski, que los vuelve diestros en el recuerdo y
reaviva las emociones, técnica que los actores practican a fin de
utilizar sus recuerdos sensoriales cuando les toca representar un papel en
particular. En nuestro experimento, les pedimos a los actores, mientras
estaban los cables conectados y las cámaras enfocando a su rostro, que
recordasen y reviviesen, lo más intensamente posible, un momento en que
hubieran sentido el mayor enojo de toda su vida; después, el momento de
mayor temor, el de mayor tristeza, sorpresa, felicidad y repulsión. Si
bien esta técnica ya había sido empleada anteriormente por otros científicos,
pensábamos que nosotros teníamos más posibilidades de lograr éxito
justamente por utilizar actores profesionales que no se sentían molestos.
Además, no dimos por sentado que iban a hacer lo que les pedíamos;
verificamos haber obtenido muestras puras y no una mezcla de emociones.
Después de cada una de sus remembranzas, les pedimos calificar la
intensidad con que habían sentido la emoción requerida, y si habían
sentido simultáneamente alguna otra. Los casos en que daban cuenta de
haber vivenciado alguna otra emoción casi con igual intensidad que la
requerida no fueron incluidos en la muestra.
Este
estudio de los actores nos facilitó la puesta a prueba de una segunda técnica
para la obtención de muestras de emoción puras, nunca empleada antes. La
descubrimos por casualidad años antes, en el curso de otro estudio. A fin
de aprender el mecanismo de las expresiones faciales (o sea, cuáles son
los músculos que generan tal o cual expresión), mis colegas y yo
reprodujimos y filmamos sistemáticamente miles de expresiones, analizando
luego de qué manera cambiaba el semblante la combinación de ciertos
movimientos musculares. Para nuestra sorpresa, cuando ejecutábamos las
acciones musculares vinculadas a una cierta emoción sentíamos de pronto
cambios en el cuerpo, debidos a la activación del SNA. No teníamos
motivos para suponer que la actividad deliberada de los músculos faciales
pudiera provocar cambios involuntarios por obra del SNA, pero lo cierto es
que así fue, una y otra vez. Sin embargo, todavía no habíamos
averiguado si la actividad del SNA difería para cada conjunto de
movimientos de los músculos faciales. En el caso de nuestros actores, les
dijimos qué músculos debían mover exactamente; les dimos seis tipos de
consignas distintas, una para cada emoción por investigar. Al no sentirse
molestos por efectuar esas expresiones a petición nuestra ni por ser
observados mientras las realizaban, cumplieron fácilmente con la
solicitud. Pero tampoco en este caso confiamos en que hubieran producido
muestras puras; filmamos en vídeo sus actuaciones faciales y solamente
empleamos aquellas en las que las mediciones de la cinta de vídeo
mostraban que, en efecto, habían producido el conjunto de acciones
faciales que se les había pedido.
Nuestro
experimento proporcionó sólidas pruebas de que la actividad del SNA
no
es la misma para todas las emociones. Las alteraciones en el ritmo cardíaco,
la temperatura de la piel y el sudor (que son las tres únicas variables
que medimos) no son iguales. Por ejemplo, tanto cuando los actores
reprodujeron los movimientos musculares del enojo como los del temor (y
recuérdese que no se les había pedido mostrar esas emociones, sino sólo
efectuar las acciones musculares específicas) su ritmo cardíaco aumentó,
pero el efecto sobre la temperatura de la piel no fue el mismo en ambos
casos: su piel se calentó con el enojo y se enfrió con el temor.
Repetimos la experiencia con distintos sujetos y obtuvimos iguales
resultados.
En
caso de que estos resultados se mantuviesen cuando otros científicos
repitan el experimento en sus laboratorios, podrían introducir una
variante en lo que el cazador de mentiras trata de averiguar con el polígrafo.
En vez de tratar de saber si el sospechoso tiene alguna emoción, podría
averiguar cuál midiendo varias acciones dependientes del SNA. Aunque no
se contase con el polígrafo, con sólo observar un cazador de mentiras
sería capaz de notar cambios en el ritmo respiratorio o bien en el grado
de sudor que le facilitasen discernir la acción de emociones bien
precisas.
Si
bien las palabras están hechas para inventar, a nadie (sea mentiroso o
veraz) le resulta fácil describir con ellas las emociones. Sólo un poeta
es capaz de transmitir todos los matices que revela una expresión.
Manifestar en palabras un sentimiento propio que no existe puede no ser más
difícil que manifestar uno real: por lo común, en ninguno de estos dos
casos uno será lo bastante elocuente, sutil o convincente. Lo que
confiere significado a la descripción verbal de una emoción es la voz,
la expresión facial, el cuerpo. Sospecho que casi todo el mundo puede
simular con la voz enojo, miedo, desazón, felicidad, repulsa o sorpresa
lo bastante bien como para engañar a los demás. Ocultar los cambios que
sobrevienen en el sonido de la voz cuando se siente estas emociones es
arduo, pero no lo es tanto inventarlos. Es probable que la voz sea la que
engañe a la mayoría de la gente.
Algunas
de las alteraciones provocadas por el SNA son fácilmente falseables.
Cuesta ocultar los signos emocionales presentes en la respiración o en el
acto de tragar saliva, mientras que falsear esos mismos signos no exige un
adiestramiento especial: basta respirar más agitadamente o tragar saliva
más a menudo. El sudor es otra cuestión: cuesta tanto ocultarlo como
falsearlo. Un mentiroso podría recurrir a la respiración y al acto de
tragar saliva como medio de transmitir la falsa impresión de estar
sintiendo una emoción negativa; sin embargo, mi suposición es que pocos
lo hacen.
También
se pensaría que un mentiroso podría aumentar el número de sus
manipulaciones para parecer incómodo o molesto, pero es probable que la
mayoría de los mentirosos no se acuerden de esto. Precisamente la
ausencia de estas manipulaciones, fácilmente ejecutables, puede
traicionar la mentira que se esconde en la afirmación —convincente en
todos los demás aspectos— de que uno siente miedo o congoja.
Podrían
fingirse ilustraciones (aunque posiblemente sin mucho éxito) para crear
la impresión de un interés y entusiasmo inexistentes por lo que dice
otro. Artículos periodísticos comentaron que tanto el ex presidente
norteamericano Nixon como el ex presidente Ford recibieron instrucción
especial a fin de aumentar su uso de ilustraciones; pero viéndolos actuar
en televisión, pensé que ese aprendizaje los había llevado a parecer a
menudo falsos. No es sencillo soltar una ilustración en el momento
preciso en que la exigen las palabras que se están diciendo; suele
adelantarse o retrasarse demasiado, o durar un tiempo excesivo. Es como
tratar de aprender a esquiar pensando en cada movimiento sucesivo a medida
que se ejecuta: la coordinación resulta deficiente... y eso se nota.
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