INTRODUCCIÓN
“Cuando
la situación semeja ser exactamente tal como se nos aparece, la
alternativa más probable es que sea una farsa total; cuando la farsa es
excesivamente evidente, la posibilidad más probable es que no haya nada
de farsa.”
Erving Goffman, Strategic Interaction.
“Si
la falsedad, como la verdad, tuviese un solo rostro, estaríamos mejor, ya
que podríamos considerar cierto lo opuesto de lo que dijo el mentiroso.
Pero lo contrario a la verdad tiene mil formas y un campo ilimitado.”
Montaigne, Ensayos.
¿Pueden
las personas controlar todos los mensajes que transmiten, incluso cuando
están muy perturbadas, o es que su conducta no verbal delatará lo que
esconden las palabras?
Mi
finalidad al escribir estos estudios no ha sido dirigirme sólo a quienes
se ven envueltos en mentiras mortales. He llegado al convencimiento de que
el examen de las motivaciones y circunstancias que llevan a la gente a
mentir o a decir la verdad puede contri buir a la comprensión de muchas
relaciones humanas. Pocas de éstas no entrañan algún engaño, o al
menos la posibilidad de un engaño. Los padres les mienten a sus hijos con
respecto a la vida sexual para evitarles saber cosas que, en opinión de
aquéllos, los chicos no están preparados para saber; y sus hijos, cuando
llegan a la adolescencia, les ocultan sus aventuras sexuales porque sus
padres no las comprenderían. Van y vienen mentiras entre amigos (ni
siquiera su mejor amigo le contaría a usted ciertas cosas), entre
profesores y alumnos, entre médicos y pacientes, entre marido y mujer,
entre testigos y jueces, entre abogados y clientes, entre vendedores y
compradores.
Mentir
es una característica tan central de la vida que una mejor comprensión
de ella resulta pertinente para casi todos los asuntos humanos. A algunos
este aserto los hará estremecerse de indignación, porque entienden que
la mentira es siempre algo censurable. No comparto esa opinión. Proclamar
que nadie debe mentir nunca en una relación sería caer en un simplismo
exagerado; tampoco recomiendo que se desenmascaren todas las mentiras. La
periodista Ann Landers está en lo cierto cuando dice, en su columna de
consejos para los lectores, que la verdad puede utilizarse como una
cachiporra y causar con ella un dolor cruel. También las mentiras pueden
ser crueles, pero no todas lo son. Algunas —muchas menos de lo que
sostienen los mentirosos— son altruistas. Hay relaciones sociales que se
siguen disfrutando gracias a que preservan determinados mitos. Sin
embargo, ningún mentiroso debería dar por sentado que su víctima quiere
ser engañada, y ningún descubridor de mentiras debería arrogarse el
derecho a poner al descubierto toda mentira. Existen mentiras inocuas y
hasta humanitarias. Desenmascarar ciertas mentiras puede provocar
humillación a la víctima o a un tercero.
En
muchos casos, la víctima del engaño pasa por alto los errores que comete
el embustero, dando la mejor interpretación posible a su comportamiento
ambiguo y entrando en connivencia con aquél para mantener el engaño y
eludir así las terribles consecuencias que tendría para ella misma
sacarlo a la luz. Un marido engañado por su mujer que hace caso omiso de
los signos que delatan el adulterio puede así, al menos, posponer la
humillación de quedar al descubierto como cornudo y exponerse a la
posibilidad de un divorcio. Aun cuando reconozca para sí la infidelidad
de su esposa, quizá coopere en ocultar su engaño para no tener que
reconocerlo ante ella o ante los demás. En la medida en que no se hable
del asunto, tal vez le quede alguna esperanza, por remota que sea, de
haberla juzgado equivocadamente, de que ella no esté envuelta en ningún
amorío.
EL
ALCANCE DE LA DEFINICIÓN DE MENTIRA