INDICIOS
DEL ENGAÑO
Definí
antes la mentira como una decisión deliberada de despistar a un
destinatario sin darle una notificación previa de dicho propósito. Hay
dos formas principales de mentira: el ocultamiento, o sea, el hecho de no
transmitir toda la información, y el falseamiento o presentación de
información falsa como si fuera verdadera. Otros modos de mentir son
despistar al otro reconociendo la emoción propia pero atribuyéndola a
una causa falsa, decir falsamente la verdad, o admitir la verdad pero de
una manera tan exagerada o irónica que el destinatario se vea
desorientado o no reciba información alguna; el ocultamiento a medias, o
admisión de una parte únicamente de la verdad, a fin de desviar el interés
del destinatario respecto de lo que todavía permanece oculto; y la
evasiva por inferencia incorrecta, o decir la verdad pero de un modo que
implique lo contrario de lo que se dice.
Hay
dos clases de indicios del engaño: indicios revelatorios que,
inadvertidamente, ponen la verdad al desnudo, y simples indicios de
mentira, cuando el comportamiento mentiroso sólo revela que lo que él
dice no es cierto.
Tanto
los indicios revelatorios (autodelación) como los simples indicios de
mentira son errores que comete un mentiroso. Pero no siempre los comete.
No todas las mentiras fallan en sus propósitos. Más adelante
explicaremos por qué algunas sí.
Lo
que aquí nos importa son los errores cometidos durante el acto mismo de
mentir contra la voluntad del que miente, conductas que llevan sus
mentiras al fracaso. La pista sobre el embuste o la autodelación puede
presentarse en un cambio de la explosión facial, un movimiento del
cuerpo, una inflexión de la voz. el hecho de
tragar saliva, un ritmo respiratorio excesivamente profundo o superficial,
largas pausas entre las palabras, un desliz verbal, una microexpresión
facial, un ademán que no corresponde. La cuestión es: ¿por qué no
pueden evitar los mentirosos e: conductas que los traicionan? A veces lo
consiguen. Hay mentiras ejecutadas hermosamente, sin que nada de lo que se
dice o hace las trasluzca. ¿Pero por qué no sucede esto en todos los
casos? Las razones son dos, una de ellas vinculada con los pensamientos y
la otra con los sentimientos.
La
falta de preparación o la imposibilidad de recordar el plan adoptado
puede ofrecer indicios en cuanto a la forma de formular el plan, aunque no
haya ninguna incongruencia en su contenido. La necesidad de pensar de
antemano cada palabra antes de decirla —de sopesar todas las
posibilidades, de buscar el término de idea exactos— se evidenciará en
las pausas, o bien, más sutilmente, en una contracción de los párpados
o de las cejas y en ciertos cambios en los gestos y ademanes (como
explicamos con más detalle más adelante). No es que la consideración
cuidadosa de cada palabra antes de pronunciarla sea siempre señal de engaño,
pero en ciertas circunstancias lo es. Cuando Jerry le inquiere a Ruth con
quién estaba hablando por teléfono, cualquier signo de que ella estaba
seleccionando minuciosamente las palabras al responder indicaría su
mentira.
A
menos que el mentiroso tenga el deseo de confesar lo que siente, no
necesita poner en palabras sus sentimientos ocultos; en cambio, le quedan
menos opciones cuando se trata de ocultar una expresión facial, una
aceleración de los movimientos respiratorios o un endurecimiento de la
voz.
Cuando
se despiertan emociones, los cambios sobrevienen automáticamente, sin dar
cabida a la opción o a la deliberación. Se producen en una fracción de
segundo. En Marry Me, cuando Jerry acusa a Ruth de mentir, ésta no
tiene dificultad en callar su “¡es cierto, he mentido!”; pero el pánico
que le da el ser sorprendida en su engaño se
adueña de ella y produce señales visibles y audibles. Ese pánico no es
algo que ella pueda elegir ni detener: está más allá de su control. Y
esto, a mi juicio, es algo fundamental, propio de la naturaleza de la
experiencia emocional.
Cuando
una emoción va surgiendo en forma paulatina y no repentina, y si comienza
en un bajo nivel (molestia en vez de furia), los cambios en la conducta
son pequeños y relativamente sencillos de ocultar si uno se da cuenta de
lo que está sintiendo. Pero la mayoría de las personas no se dan cuenta.
Cuando una emoción empieza gradualmente y se mantiene con poca
intensidad, tal vez sea más notable para los demás que para uno; y no se
la hará consciente hasta que se haya vuelto fuerte. Pero cuando se ha
vuelto fuerte, es mucho más difícil controlarla; ocultar los cambios que
entonces se producen en el rostro, el resto del cuerpo y la voz genera una
lucha interior. Aunque el ocultamiento tenga éxito y la emoción no
trascienda, a veces se advertirá la lucha misma y será una pista sobre
el embuste.
El
falseamiento se vuelve tanto más arduo cuanto mayor es la necesidad que
hay de él: para contribuir a ocultar otra emoción. Tratar de parecer
enojado no es sencillo, pero si encima el sujeto que quiere parecerlo
tiene miedo en realidad, se sentirá desgarrado por dentro: una serie de
impulsos, provenientes de su temor, lo empujarán en una dirección, en
tanto que su intento deliberado de parecer enojado lo empujará en la
dirección opuesta. Las cejas, por ejemplo, se arquean involuntariamente
cuando se siente miedo, pero si en cambio lo que se desea es simular
enojo, hay que fruncir el ceño. Con frecuencia, son los signos de esta
lucha interna entre lo que se siente de veras y la emoción falsa los que
traicionan al mentiroso.
No
todo engaño implica ocultar o falsear una emoción. La empleada de banco
que cometió un desfalco lo único que oculta es que robó dinero. El que
plagia oculta que ha tomado una obra ajena presentándola como propia. El
galán vanidoso de mediana edad oculta su edad ante su amante, se tiñe
las canas y afirma tener siete años menos. Pero aunque la mentira puede
no estar referida a una emoción, igualmente las emociones suelen
participar en ella. Al galán tal vez le moleste en el fondo su vanidad, y
para triunfar en su engaño tendrá que ocultar, no sólo su edad, sino
esa molestia. El que plagia puede sentir desdén por los lectores a
quienes ha desorientado; no tendrá entonces que ocultar únicamente el
origen de su obra y fingir un don que no posee, sino que además tendrá
que ocultar su menosprecio. La malversadora de fondos quizá se sorprenda
al enterarse de que han acusado a otro de su delito, y deba ocultar su
sorpresa, o al menos los motivos de su sorpresa.
Así
pues, a menudo intervienen emociones en mentiras que no se dijeron con el
fin de ocultar emociones. Y una vez que ellas intervienen, hay que
ocultarlas para no traicionarse. Cualquier emoción puede ser responsable
de esto, pero tres de ellas están tan asiduamente entrelazadas con el
engaño, que merecen una explicación aparte: el temor a ser atrapado, el
sentimiento de culpa por engañar y el deleite que provoca embaucar a
alguien.
EL
TEMOR A SER ATRAPADO