EL
SENTIMIENTO DE CULPA POR ENGAÑAR
El
sentimiento de culpa por engañar se refiere a una manera de sentirse
respecto de las mentiras que se han dicho, pero no a la cuestión legal de
si el sujeto es culpable o inocente. El sentimiento de culpa por engañar
debe distinguirse del que provoca el contenido mismo del engaño.
Supongamos que en Pleito de honor, Ronnie hubiese robado
efectivamente el giro postal. Quizá tendría sentimientos de culpa por el
robo en sí, se consideraría a si mismo una persona ruin por haber hecho
eso Pero si además le ocultó el robo a su padre, podría sentirse
culpable a raíz de haberle mentido: éste sería su sentimiento de culpa
por engañar.
Algunos
mentirosos no calibran como corresponde el efecto que puede tener en ellos
que la víctima les agradezca el engaño en vez de reprochárselo, porque
le parece que la está ayudando, o cómo se sentirán cuando vean que le
echan a otro la culpa de su fechoría. Ahora bien: estos episodios pueden
crear culpa a algunos, pero para otros son un estímulo, el aliciente que
los lleva a considerar que la mentira vale la pena. Analizaré esto más
adelante bajo el título del deleite que provoca embaucar a alguien. Otra
razón de que los mentirosos subestimen el grado de culpa por engañar que
pueden llegar a sentir es que sólo después de transcurrido un tiempo
advierten que una sola mentira tal vez no baste, que es menester repetirla
una y otra vez, a menudo con intenciones más y más elaboradas, para
proteger el engaño primitivo.
La
vergüenza es otro sentimiento vinculado a la culpa, pero existe entre
ambos una diferencia cualitativa. Para sentir culpa no es necesario que
haya nadie más, no es preciso que nadie conozca el hecho, porque la
persona que la siente es su propio juez. No ocurre lo mismo con la vergüenza.
La humillación que la vergüenza impone requiere ser reprobado o
ridiculizado por otros. Si nadie se entera de nuestra fechoría, nunca nos
avergonzaremos de ella, aunque sí podemos sentirnos culpables. Por
supuesto, es posible que coexistan ambos sentimientos. La diferencia entre
la vergüenza y la culpa es muy importante, ya que estas dos emociones
pueden impulsar a una persona a actuar en sentidos contrarios. El deseo de
aliviarse de la culpa tal vez la mueva a confesar su engaño, en tanto que
el deseo de evitar la humillación de la vergüenza tal vez la lleve a no
confesarlo jamás.
Supongamos
que en Pleito de honor, Ronnie había robado el dinero y se sentía
enormemente culpable por ello y también por haberle ocultado el hecho a
su padre. Quizá desease confesarlo para aliviar sus torturantes
remordimientos, pero la vergüenza que le da la presumible reacción de su
padre lo detenga. Recordemos que para estimularlo a confesar, su padre le
ofrece perdonarlo: no habrá castigo si confiesa. Reduciendo el temor de
Ronnie al castigo, aminorará su recelo a ser detectado, pero para
conseguir que confiese tendrá que reducir también su vergüenza. Intenta
hacerlo diciéndole que lo perdonará, pero podría haber robustecido su
argumentación, y aumentado la probabilidad de la confesión, añadiendo
algo parecido a lo que le dijo al supuesto asesino el interrogador que cité
páginas atrás. El padre de Ronnie podría haberle insinuado, por
ejemplo: “Comprendo que hayas robado. Yo habría hecho lo mismo de
encontrarme en una situación como ésa, tan tentadora. Todo el mundo
comete errores en la vida y hace cosas que luego comprueba que han sido
equivocadas. A veces, uno simplemente no puede dejar de hacerlo”.
No
habrá jamás mucha culpa por el engaño cuando el engañador no comparte
los mismos valores sociales que su víctima. Un individuo se siente poco o
nada culpable por mentirle a otros a quienes considera pecadores o malévolos.
Un marido cuya esposa es frígida o no quiere tener relaciones sexuales
con él no se sentirá culpable de buscarse una amante. Un revolucionario
o un terrorista rara vez sentirán culpa por
engañar a los funcionarios oficiales.
En
la mayoría de estos ejemplos la mentira ha sido autorizada: cada uno de
estos sujetos apela a una norma social bien definida que confiere
legitimidad al hecho de engañar al opositor. Muy poca es la culpa que se
siente en tales engaños autorizados cuando los destinatarios pertenecen
al bando opuesto y adhieren a valores diferentes; pero también puede
existir una autorización a engañar a individuos que no son opositores,
sino que comparten iguales valores que el engañador.
Los médicos no se
sienten culpables de engañar a sus pacientes si piensan que lo hacen por
su bien. Un viejo y tradicional engaño médico consiste en darle el
paciente un placebo, una píldora con glucosa, al mismo tiempo que le
miente que ése es el medicamento que necesita. Muchos facultativos
sostienen que esta mentira está justificada si con ella el paciente se
siente mejor, o si deja de molestar al médico pidiéndole un medicamento
innecesario que hasta lo puede dañar. El juramento hipocrático no exige
ser sincero con el paciente: se supone que lo que debe hacer el médico es
aquello que más puede ayudar a éste. El sacerdote que reserva para sí la confesión que le ha hecho un
criminal cuando la policía le pregunta si sabe algo al respecto no ha de
sentir sentimiento de culpa por engañar: sus propios votos religiosos
autorizan dicho engaño, que no lo beneficia a él sino al delincuente,
cuya identidad permanecerá desconocida.
(Si bien de un.
30 a
un 40 % de los pacientes a quienes se administra placebos obtienen alivio
a sus padecimientos, algunos profesionales de la medicina y filósofos
sostienen que el uso de placebos daña la confianza en el médico y allana
el camino para otros engaños posteriores más peligrosos. Véase Lindsey
Gruson, “Use of Placebos Being Argued on Ethical Grounds”, New
York Times, 13 de febrero de 1983, pág. 19, donde se analizan los dos
aspectos de esta cuestión y se brindan referencias bibliográficas).
Los
mentirosos que actúan presuntamente llevados por el altruismo quizá no
adviertan, o no admitan, que con frecuencia ellos también se benefician
con su engaño. Un veterano vicepresidente de una compañía de seguros
norteamericana explicaba que decir la verdad puede ser innoble si está
envuelto el yo de otra persona. “A veces es difícil decirle a alguien:
‘No, mire, usted jamás llegará a ser presidente de la empresa’ “.
La mentira no sólo evita herir los sentimientos del sujeto en cuestión,
sino que además le ahorra problemas a quien la dice: sería duro tener
que habérselas con la decepción del así desengañado, para no hablar de
la posibilidad de que inicie una protesta contra el que lo ha desengañado
considerándolo responsable de tener una mala opinión de él. La mentira,
pues, los auxilia a ambos.
Desde luego, alguien podría decir que ese
sujeto se ve perjudicado por la mentira, se ve privado de información
que, por más que sea desagradable, lo llevaría tal vez a mejorar su
desempeño o a buscar empleo en otra parte. Análogamente, podría
aducirse que el médico que da un placebo, si bien obra por motivos
altruistas, también gana con su engaño: no debe afrontar la frustración
o desilusión del paciente cuando éste comprueba que no hay remedio para
el mal que padece, o con su ira cuando se da cuenta de que su médico le
da un placebo porque lo considera un hipocondríaco. Nuevamente, es
debatible si en realidad la mentira beneficia o daña al paciente en este
caso.
Sea
como fuere, lo cierto es que existen mentiras altruistas de las que el
mentiroso no saca provecho alguno —el sacerdote que oculta la confesión
del criminal, la patrulla de rescate que no le dice al niño de once años
que sus padres murieron en el accidente—. Si un mentiroso piensa que su
mentira no lo beneficia en nada, probablemente no sentirá ningún
sentimiento de culpa por engañar
Pero
incluso los engaños movidos por motivos puramente egoístas pueden no dar
lugar a ese sentimiento de culpa si la mentira está autorizada. Los
jugadores de póquer no sienten culpa por engañar en el juego, como
tampoco lo sienten los mercaderes de una feria al aire libre del Medio
Oriente, o los corredores de bolsa de Wall Street, o el agente de la
empresa inmobiliaria de la zona. En un artículo publicado en una revista
para industriales se dice acerca de las mentiras: “Tal vez la más
famosa de todas sea ‘Esta es mi última oferta’, pese a que esta frase
falsa no sólo es aceptada, sino esperada, en el mundo de los negocios.
(...) Por ejemplo, en una negociación colectiva nadie supone que el otro
va a poner sus cartas sobre la mesa desde el principio”. El dueño de
una propiedad que pide por ella un precio superior al que realmente está
dispuesto a aceptar para venderla no se sentirá culpable si alguien le
paga ese precio más alto: su mentira ha sido autorizada. Dado que los
participantes en negocios como los mencionados o en el póquer suponen que
la información que se les dará no es la verdadera, ellos no se ajustan a
mi definición de mentira: por su propia naturaleza, en estas situaciones
se suministra una notificación previa de que nadie dirá la verdad de
entrada. Sólo un necio revelará, jugando al póquer, qué cartas le han
tocado, o pedirá el precio más bajo posible por su casa cuando la ponga
en venta.
El
sentimiento de culpa por engañar es mucho más probable cuando la mentira
no está autorizada; será grave si el destinatario como supone que será
engañado porque lo que está autorizado entre él y el mentiroso es la
sinceridad. En estos engaños oportunistas, el sentimiento de culpa que
provoca el mentir será tanto mayor si el destinatario sufre un perjuicio
igual o superior al beneficio del mentiroso. Pero aun así, no habrá
mucho sentimiento de culpa por engañar (si es que hay alguno) si ambos no
comparten valores comunes. La jovencita que le oculta a sus padres que
fuma marihuana no sentirá ninguna culpa si piensa que los padres son lo
bastante tontos como para creer que la droga hace daño, cuando a ella su
experiencia le dice que se equivocan. Si además piensa que sus padres son
unce hipócritas, porque se emborrachan a menudo pero a ella no le
permiten entretenerse con su droga predilecta, es menor aran la
probabilidad de que se sienta culpable. Por más que discrepe con sus
padres respecto del consumo de marihuana, así como de otras cuestiones,
si sigue teniéndoles cariño y se preocupa por ellos puede sentirse
avergonzada de que descubran sus mentiras. La vergüenza implica cierto
grado de respeto por aquellos que reprueban la conducta vergonzante; de lo
contrario, esa reprobación genera rabia o desdén, pero no vergüenza.
Los
mentirosos se sienten menos culpables cuando sus destinatarios son
impersonales o totalmente anónimos. La clienta de una tienda de
comestibles que le oculta a la supervisora que la cajera le cobró de
menos un artículo caro que lleva en su carrito sentirá menos culpa si no
conoce a esa supervisora; pero si ésta es la dueña del negocio, o si se
trata de una pequeña tienda atendida por una familia y la supervisora es
una integrante de la familia, la dienta mentirosa sentirá más culpa que
en un gran supermercado. Cuando el destinatario es anónimo o desconocido
es más fácil entregarse a la fantasía, reductora de culpa, de que en
realidad él no se perjudica en nada, o de que no le importa, o ni
siquiera se dará cuenta de la mentira, o incluso quiere o merece ser engañado.
Con
frecuencia hay una relación inversa entre el sentimiento de culpa por
engañar y el recelo a ser detectado: lo que disminuye el primero aumenta
el segundo. Cuando el engaño ha sido autorizado, lo lógico sería pensar
que se reducirá la culpa por engañar; no obstante, dicha autorización
suele incrementar lo que está en juego, aumentando así el recelo a ser
detectado. Si las estudiantes de enfermería se cuidaron al punto de tener
miedo de fallar en mi experimento fue porque el ocultamiento que se les
requería era importante para su carrera futura, o sea, había sido
autorizado: tenían, pues, un gran recelo a ser detectadas y muy poco
sentimiento de culpa por engañar. También el patrón que sospecha de que
uno de sus empleados le está robando, y oculta tales sospechas con el
objeto de sorprenderlo con las manos en la masa, probablemente sienta gran
recelo a ser detectado y escaso sentimiento de culpa.
Los
romances amorosos son otro caso de engaño benévolo, en que el
destinatario coopera para ser engañado y ambos colaboran para mantener
sus respectivas mentiras.
Shakespeare escribió:
“Cuando
mi amada jura que está hecha de verdades,
le
creo, aunque sé muy bien que miente,
para
que me suponga un jovencito inculto
que
desconoce las falsas sutilezas mundanas.
Mi
vanidad imagina que ella me cree joven,
aun
sabiendo que quedaron atrás mis días mejores,
y
doy crédito a las falsedades que su lengua dice.
La
verdad simple es suprimida de ambos lados.
¿Por
qué razón ella no dice que es injusta?
¿Por
qué razón yo no le digo que soy viejo?
Oh,
porque el amor suele confiar en lo aparente,
y
en el amor la edad no quiere ser medida en años.
Y
así, miento con ella y ella miente conmigo,
y
en nuestras faltas, somos adulados por mentiras”.
Para
sintetizar, el sentimiento de culpa por engañar es mayor cuando:
•
el destinatario no está dispuesto a aceptar
que lo engañen
•
el engaño es totalmente egoísta, y el
destinatario no sólo no saca ningún provecho de él sino que pierde
tanto o más que lo que gana quien lo engaña
•
el engaño no ha sido autorizado, y en esa
situación lo autorizado es sinceridad
•
el mentiroso no ha engañado durante mucho
tiempo
•
el mentiroso y su destinatario tienen ciertos
valores sociales comunes
•
el mentiroso conoce personalmente a su
destinatario
•
al destinatario no puede clasificárselo fácilmente
como un ruin o un incauto
•
el destinatario tiene motivos para suponer que
será engañado; más aún, el mentiroso procuró ganarse su confianza.
EL
DELEITE DE EMBAUCAR A OTRO