DETECTAR
MENTIRAS NO ES SIMPLE
La
gente mentiría menos si supusiese que existe un signo seguro del mentir,
pero no existe. No hay ningún signo del engaño en sí, ningún ademán o
gesto, expresión facial o torsión muscular que en y por sí mismo
signifique que la persona está mintiendo. Sólo hay indicios de que su
preparación para mentir ha sido deficiente, así como indicios de que
ciertas emociones no se corresponden con el curso general de lo que dice.
Estos son las autodelaciones y las pistas sobre el embuste. El cazador de
mentiras debe aprender a ver de qué modo queda registrada una emoción en
el habla, el cuerpo y el rostro humanos, qué huellas pueden dejar a pesar
de las tentativas del mentiroso por ocultar sus sentimientos, y qué es lo
que hace que uno se forme falsas impresiones emocionales. Descubrir el
engaño exige asimismo comprender de qué modo estas conductas pueden
revelar que el mentiroso va armando su estrategia a medida que avanza.
Detectar
mentiras no es simple. Uno de los problemas es el cúmulo de información;
hay demasiadas cosas que tener en cuenta a la vez, demasiadas fuentes de
información: palabras, pausas, sonido de la voz, expresiones, movimientos
de la cabeza, ademanes, posturas, la respiración, el rubor o el
empalidecimiento, el sudor, etc. Y todas estas fuentes pueden transmitir
la información en forma simultánea o superpuesta, rivalizando así por
la atención del cazador de mentiras. Por fortuna, éste no necesita
escrutar con igual cuidado todo lo que puede ver y oír. No toda fuente de
información en el curso de un diálogo es confiable; algunas autodelatan
mucho más que otras. Lo curioso es que la mayoría de la gente presta
mayor atención a las fuentes menos fidedignas (las palabras y las
expresiones faciales), y por ende se ve fácilmente desorientada.
Las
palabras pueden ensayarse una y otra vez antes de decirlas. Además, el
hablante tiene con respecto a ellas una realimentación permanente, pues
oye lo que él mismo dice y puede por ende ir afinando su mensaje. La
realimentación recibida por los canales del rostro, la voz y el cuerpo es
mucho menos precisa.
Después
de las palabras, lo que más atrae la atención de los otros es el rostro.
Suelen hacerse comentarios de este tipo sobre el aspecto que presenta el
rostro de alguien: “¡Pon otra cara! ¡Con esa mirada asustas!” “¿Por
qué no sonríes al decir eso?” “¡No me mires de esa manera,
insolente!” Si el rostro humano recibe tanta atención, ello se debe en
parte a que es la marca y el símbolo del ser personal, nuestra principal
señal para distinguir a un individuo de otro. Los rostros son iconos a
los que se rinde homenaje en retratos colgados de las paredes, apoyados
sobre la mesilla de noche o el escritorio y portados en carteras y
maletas) Investigaciones recientes han probado que hay un sector del
cerebro especializado en el reconocimiento de los rostros.
La
gente les presta atención también por otros motivos: la cara es la sede
primordial del despliegue de las emociones. Junto con la voz, puede
decirle al que escucha cuáles son los sentimientos del que habla acerca
de lo que dice... pero no siempre se lo dice con exactitud, ya que el
rostro puede mentir sobre los sentimientos. Si hay dificultad para
escuchar al hablante, uno se ayuda observando sus labios para figurarse lo
que está enunciando. Por otro lado, el rostro ofrece una importante señal
para saber si la conversación puede seguir adelante: todo hablante espera
que su oyente lo escuche realmente, y por eso lo mira permanentemente,
aunque esta señal no es muy confiable: oyentes corteses pero aburridos
seguirán mirando fijamente mientras su mente vaga por otro lado. Los
oyentes suelen alentar al hablante con movimientos de cabeza e
interjecciones del tipo “¡ajá!... pero también esto puede fingirse.
Por
lo común, los mentirosos vigilan y procuran controlar sus palabras y su
semblante más que su voz y el resto del cuerpo, pues saben que los demás
centrarán su interés en los primeros. Y en ese control, tendrán más éxito
con las palabras que con el semblante: es más sencillo falsear las
palabras que la expresión facial, precisamente porque, como dijimos
antes, las palabras pueden ensayarse mejor. También es más fácil en
este caso el ocultamiento, la censura de todo lo que pudiera delatar la
mentira. Es fácil saber lo que uno mismo está diciendo, mucho más difícil
saber lo que el propio rostro muestra. La precisa y neta realimentación
que brinda oír las propias palabras sólo podría tener un paralelo en
pronunciarlas con un espejo permanentemente delante, que pusiera de
manifiesto cada expresión facial. Si bien existen sensaciones del rostro
que podrían proporcionar alguna información acerca de los músculos que
se mueven o se tensionan, mis estudios revelaron que la mayoría de la
gente no hace uso de dicha información. Muy pocos se dan cuenta de las
expresiones que surgen en sus rostros, salvo cuando éstas se vuelven
extremas.
Hay
otra razón, más importante, de que el rostro brinde más indicios sobre
el engaño que las palabras, y es que él está directamente conectado con
zonas del cerebro vinculadas a las emociones, en tanto que no sucede lo
propio con las palabras. Cuando se suscita una emoción, hay músculos del
rostro que se activan involuntariamente; sólo mediante el hábito o por
propia decisión consciente aprende la gente a detener tales expresiones y
a ocultarlas, con éxito variable. Las expresiones faciales que aparecen
primitivamente junto con una emoción no se eligen en forma deliberada,
salvo que sean falsas. Las expresiones faciales constituyen un sistema
dual, voluntario e involuntario, que miente y dice la verdad, a menudo al
mismo tiempo. De ahí que sean tan complejas y fascinantes, y provoquen
tantas confusiones. Más adelante explicaré mejor la base
neurológica de la distinción entre expresiones voluntarias e
involuntarias.
La
gente siempre se sorprende cuando escucha por primera vez su propia voz en
un magnetófono, ya que la auto- verificación
de la voz sigue en parte vías de conducción óseas, que la hacen sonar
diferente.
El
cuerpo es otra buena fuente de autodelaciones y de pistas sobre el
embuste. A diferencia de lo que ocurre con el rostro o la voz, la mayoría
de los movimientos del cuerpo no están conectados en forma directa con
las regiones del cerebro ligadas a las emociones. Por otra parte, su
inspección no tiene por qué plantear dificultades. Una persona puede
sentir lo que hace su cuerpo, y a m verlo, Ocultar los movimientos del
cuerpo podría ser mucho más sencillo que ocultar las expresiones
faciales o las alteraciones en la voz debidas a una emoción. Pero lo
cierto es que la mayoría de la gente no se cuida de ello; a lo largo de
su educación aprendieron que no era necesario. Es raro que a una persona
se le atribuya la autoría de lo que revelan sus acciones corporales. El
cuerpo autodelata porque no se le da importancia: todo el mundo está muy
preocupado en observar el rostro y en evaluar las palabras pronunciadas.
Aunque
todos sabemos que las palabras pueden ser falsas, mi investigación ha
comprobado que solemos creer en las palabras de los demás... y a menudo
quedamos chasqueados. No estoy sugiriendo que no le prestemos ninguna
atención a las palabras. Es cierto que se cometen errores verbales que
pueden obrar como autodelaciones o pistas sobre el embuste; y si no
existen tales errores, con frecuencia lo que traiciona una mentira es la
discrepancia entre el discurso verbal y lo que se pone de manifiesto en la
voz, el rostro y el resto del cuerpo. Pero la mayor parte de los indicios
sobre el engaño que presentan la voz, el rostro y el resto del cuerpo son
ignorados o mal interpretados, como pude comprobar en una serie de
estudios en los que pe algunas personas que juzgaran a otras basándose en
lo que veían de éstas en una cinta de vídeo.
Los
sujetos filmados fueron las estudiantes de enfermería a que aludí
anteriormente, quienes mentían o decían la verdad acerca de lo que habían
sentido al mirar una película. Recordemos que en las entrevistas
“sinceras” habían visto un grato documental con escenas de playa, y
se les había indicado que manifestasen francamente sus sentimientos, en
tanto que en las entrevistas “insinceras” habían visto una película
con escenas médicas horrorosas, y la consigna fue que convencieran al
entrevistador de que también en ese caso estaban asistiendo a la proyección
de un hermoso film sobre jardines floridos. El entrevistador no sabía cuál
de las dos películas estaba viendo la estudiante en ese momento. Las
estudiantes se empeñaron en descaminar al entrevistador porque era mucho
lo que estaba en juego; suponían que nuestro experimento era una prueba
para determinar hasta qué punto eran capaces de controlar sus reacciones
emocionales en sala de guardia o en el quirófano.
En
nuestro estudio con las cintas de vídeo, mostramos a algunos sujetos sólo
el rostro de estas estudiantes, a otros sólo el cuerpo, a otros les
hicimos escuchar sus palabras después de haberlas pasado por un filtro qué
las volvía ininteligibles pero dejando intacta su cualidad sonora; al
resto les hicimos escuchar o leer las palabras que realmente habían
dicho. Todos los sujetos vieron en la cinta de vídeo a las mismas
estudiantes.
No
sólo nos interesaba averiguar cuál era la fuente preferida de autodelación
(el rostro, el cuerpo, la voz, las palabras), sino además silos sujetos
suspicaces acertaban más que aquellos otros que no suponían que podía
engañárselos. Para ello dividimos en dos grupos a quienes iban a ver u oír
las cintas de video; a unos los volvimos suspicaces contándoles algo por
adelantado sobre las personas a quienes iban a ver u oír, en tanto que a
los otros los mantuvimos crédulos. A estos últimos no les dijimos
absolutamente nada sobre el experimento que se estaba llevando a cabo, no
les mencionamos para nada que pudiera haber un engaño o mentira:
simplemente les comentamos que iban a ver u oír a ciertas personas
relatar sus impresiones sobre una película que veían en ese momento.
Para no despertar sus sospechas, incluimos la opinión que tenían que
formular acerca de la sinceridad de esas personas dentro de una larga
lista de otras opiniones que se les pedían, sobre si les parecían
cordiales, extravertidas, dominantes, torpes, tranquilas, etc.
Aunque
unas pocas estudiantes de enfermería eran muy malas mentirosas y fueron fácilmente
detectadas, la mayoría de ellas logró engañar a los sujetos crédulos,
en particular a los que sólo vieron su rostro o escucharon sus palabras,
quienes los consideraron sinceros, cuando en realidad, en la mayoría de
los casos mentían. Los suspicaces no lo hicieron mucho mejor. A éstos se
les relataron toda las instrucciones que se les había dado a las
estudiantes para el experimento, y se les dijo que debían evaluar únicamente
si eran sinceros o no. Muy pocos tuvieron un éxito mayor que el que se
tendría al azar para identificar a los mentirosos. El mayor éxito fue el
de quienes vieron sólo los movimientos corporales de las estudiantes,
pero incluso en este caso, sólo acertaron en un 65 % de sus juicios, y al
azar habrían acertado en un 50 %. Unos pocos sujetos tuvieron un
excelente desempeño, identificando con precisión al 85 % de los
mentirosos. Algunos de estos agudos jueces eran psicoterapeutas de mucha
experiencia y con fama de ser muy buenos clínicos. Algunos otros eran
simplemente personas de extraordinaria sensibilidad que se dedicaban a
otras profesiones.
El
más cuidadoso de los engañadores puede, empero, ser traicionado por lo
que Sigmund Freud denomina un “desliz verbal”. En su libro Psicopatología
de la vida cotidiana, Freud mostró que los actos fallidos de la vida
diaria —como los deslices verbales, el olvido de nombres propios
conocidos, los errores en la lectura o en la escritura— no eran
accidentales sino que eran sucesos plenos de significado, que revelaban
conflictos psicológicos internos. Un acto fallido de este tipo expresa
“aquello que no se quería decir; se vuelve un medio de traicionarse a sí
mismo”. Aunque a Freud no le interesó estudiar en particular los casos
de engaño, en uno de sus ejemplos muestra cómo un desliz delata una
mentira.
En
otro lugar dice Freud que “la sofocación del propósito ya presente de
decir algo es la condición indispensable para que se produzca un desliz
en el habla» . Dicha “sofocación” o
supresión podría ser delibera da si el hablante estuviera mintiendo,
pero a Freud le interesaban los casos en que el hablante no se percataba
de ella. Una vez producido el desliz, el sujeto puede reconocer lo que ha
sofocado, o quizá ni siquiera entonces tome conciencia de ello.
Sospecho
que tampoco en el futuro se descubrirán muchas más en este campo. Ya
dije que es muy fácil para un embustero ocultar y falsear palabras, por más
que de tanto en tanto se le escape algún error —errores de descuido,
deslices verbales, peroratas enardecidas o circunloquios y evasivas—.
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