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Desde hace ciento de años, en el mundo occidental se ha tenido
noticia reiterada de que en el lejano Oriente unos hombres llamados
faquires parecían estar dotados de manera incomprensible del poder de
dominar con la voluntad buena parte de lo que tradicionalmente se ha
llamado, en los textos de anatomía que se usan en las facultades de
medicina de todas nuestras universidades, el "sistema nervioso autónomo",
autónomo justamente de los dictámenes de la voluntad.
Un
hombre normal puede mover un brazo o una pierna según su deseo, pero le
es imposible controlar, en la misma forma, su presión arterial o los
latidos de su corazón: esto es lo que se creía hasta ahora.
Hoy
una de las innovaciones más interesantes en la ciencia médica consiste
en una técnica llamada "bio-realimentación" (biofeedback)
mediante
la cual se puede aprender a baja o subir la presión arterial, a cambiar
la frecuencia de los latidos cardíacos, y aun a modificar los ritmos
cerebrales, sobre todo lo cual existe ya un número de experimentaciones
suficientes para que se pueda afirmar que se trata de una realidad
indiscutible.
El
"sistema
nerviosos autónomo" ya no es autónomo, y nunca lo había sido
para esos extraños ascetas hindúes que jamás merecieron a lo largo de
tanto tiempo ninguna consideración científica especial y cuyas
misteriosas facultades, que parecían imposibles o sobrehumanas, se ha
demostrado que, mediante el entrenamiento debido, se encuentran al
alcance de cualquier hombre normal.
El
mismo
cerebro que por medio de la "bio-realimentación" puede
aprender a realizar tales prodigios, ¿no podrá aprender a ser más
inteligente?
Nos
vemos sorprendidos frecuentemente con descubrimientos de cosas que
estaban a la vista de todos desde siempre.
Disponemos
de conceptos, hoy partes constitutivas imprescindibles del progreso, que
nos parecen elementales y prácticamente manejables por un ser humano de
cualquier época.
Sin
la utilización del número "cero" no se hubiera podido lograr
el desarrollo de la humanidad en los últimos tiempos; su importancia es
tan grande, y, actualmente, su uso tan general, que nos es difícil
creer que no se hubiese inventado algo que hoy nos parece tan simple
sino en los primeros siglos de nuestra era, más de cuatrocientos años
después de la existencia de Arquímedes y miles de años más tarde de
los inicios históricos del pensamiento matemático; y que fuera sólo
en el siglo VII cuando se le comenzara a dar todo su valor.
Durante
centenares de años el mundo civilizado estuvo utilizando algo tan
absolutamente inapropiado para las operaciones matemáticas como la
numeración romana.
Hoy
los niños en los primeros años de escuela aprenden a multiplicar y a
dividir, pero hace relativamente poco, en el siglo XVI, cuando los
hombres de cultura media no podían contar sino con los dedos, esas
operaciones, particularmente la última, sólo podían ser realizadas
por especialistas, quienes eran considerados como seres dotados de
facultades poco menos extraordinarias.
Se
comenzó a contar de diez en diez simplemente porque tenemos diez dedos
en las manos y no porque el sistema decimal sea, ni con mucho, el más
perfecto; y este sistema se sigue empleando todavía.
La
ciencia de la medicina ha sido posible porque la estructura del cuerpo
humano es la misma en todos los hombres.
Cada
órgano tiene la misma composición, la misma situación y la misma
función.
Esto
lo aceptamos con facilidad, con excepción de lo que se refiere a
nuestro cerebro:
pareciera como si consideráramos que en este caso no se cumple la regla
general, cuando en relación con el órgano del pensamiento sucede algo
semejante que con los demás: no hay diversidad entre los seres humanos.
Todos
disponemos del dispositivo necesario para cualquier proceso, de la
mente.
Y ese dispositivo es el mismo y es igual.
En
los estudios de psicología de la inteligencia, ha venido tomando carta
de naturaleza la noción de que la diferencia entre un hombre
inteligente y uno que no lo es no consiste en que la mente del primero
sea capaz de entender un asunto que la del último no puede alcanzar.
De
acuerdo con esta tesis los dos pueden entender lo mismo.
Sólo
que el menos inteligente necesita más tiempo. Su cuestión consiste,
entonces, en no poder disponer del que requiera o en carecer de la
voluntad suficiente para ser constante.
Dicho
en otra forma, si tuviera la decisión necesaria y dispusiera de tiempo
ilimitado, no habría ningún problema que no pudiera ser entendido por
cualquier persona. Balzac ya pensó en algo de esto cuando dijo:
"Toda cabeza dura tiene una grieta en algún sitio".
La
inteligencia, como la vida, es una cuestión de tiempo.
Para
comprenderlo mejor, establezcamos una diferencia entre la dificultad
objetiva del
problema y la dificultad subjetiva de la persona que pretende
resolverlo.
Cuando
aumenta la dificultad objetiva de un problema, la dificultad subjetiva
aumenta en una proporción mayor.
Un
problema, v. gr., de dos elementos produce una dificultad subjetiva
determinada; si aumentan los elementos hasta cuatro, la dificultad
subjetiva no se limita a multiplicarse por dos, sino que aumentará
tres, cuatro, seis, o más veces según la efectividad del individuo.
Y
esta dificultad subjetiva puede traducirse en tiempo. En términos matemáticos
diríamos que el tiempo es función de la dificultad subjetiva, es
decir, que aquél depende de está proporcionalmente.
Y
como ella es distinta en unos seres que en otros, el tiempo necesario
para cada uno será también distinto, mayor en el torpe y menor en el
inteligente.
Nunca
podremos decir que una persona no entiende algo, sino que hasta ahora no
lo ha entendido.
A
la materia del entendimiento humano también le son aplicables en toda
su profundidad los versos de Antonio Machado:
Mas
el doctor no sabía
Que
hoy es siempre todavía
Es
más, en el proceso de aprendizaje muchas veces son lo más lentos al
comienzo los que llegan más lejos.
Las
consecuencias de todo esto son inconmensurables.
Si
los seres humanos disponemos de la misma estructura mental; si una
persona es más o menos inteligente según el tiempo que emplee en
entender, y, en consecuencia, por lo que a su capacidad mental se
refiere, los hombres no se dividen dicotómicamente en inteligentes y
torpes, sino en rápidos y lentos (o tardos, como se denomina con
sorprendente exactitud en español a los que entienden con dificultad);
Entonces
será posible que una persona logre aumentar su capacidad mental si
dispone de unas fórmulas que le permitan acelerar su pensamiento.
Y
si esas fórmulas pueden lograrse, todos tendremos la posibilidad de
llegar a ser más inteligentes.
Multitud
de test han sido preparados con el propósito de medir la inteligencia
de una persona, en términos de su mayor o menor capacidad para utilizar
los conceptos abstractos; los atinentes a los objetos sensibles; y los
necesarios para transmitir información y para recibirla.
Después
de que una persona ha sido sometida a diversos tests, adquiere un
entrenamiento especial que hace posible el que pueda mejorar su
capacidad en las respuestas hasta en unos diez puntos de Cociente
Intelectual.
Este
es un hecho tan cierto, que en los Estados Unidos, donde, como se sabe,
la utilización de los tests es muy frecuente, existe un término para
designar a quienes han adquirido esa facilidad: se les llama
"sabios en tests" (test wise).
Si
espontáneamente una persona puede convertirse en uno de estos
"sabios", cabe la
pregunta de lo que podría lograrse a través de años de una enseñanza
dirigida específicamente a eso.
Si
examinamos con cuidado uno cualquiera de estos tests, nos daremos cuenta
de que tienen una característica que les es común: en el fondo, en
todas las preguntas, lo que se exige es encontrar la relación que
existe entre varios objetos sometidos a consideración o buscar una
relación nueva entre ellos.
He
aquí la palabra clave en todo test de inteligencia:
Relacionar.
Si
se mide la inteligencia por la aptitud que posee una persona para
relacionar conceptos diversos, entonces se podrá aumentar la
inteligencia de una persona, así medida, aumentando su capacidad para
relacionar.
CÓMO DESARROLLAR LA INTELIGENCIA 6