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En la vida diaria utilizamos casi siempre las mismas frases hechas,
que, por lo general, no son más de doscientas cincuenta.
Algo
parecido sucede con las ideas: andamos una y otra vez por la misma vía
y, a veces, ni siquiera nos damos cuenta de que es la misma.
Yo
quiero escribir este libro con toda sinceridad.
Pero
estoy lleno de prejuicios que me inhiben, que siendo que me distorsionan
la mente, que me llevan por caminos distintos de los que quisiera.
Siento a veces que se interpone una especie de barrera entre mi mente y
la máquina de escribir que tengo delante de los ojos.
Y
esa barrera pareciera que interceptara las ideas tal como fluyen del
cerebro, para someterlas a un proceso en el que están presentes como
jueces todos los conocimientos, falsos o verdaderos, que he adquirido a
lo largo de mi existencia. Allí está todo lo que, a través de los
sentidos, ha llegado hasta mi mente. Las palabras expresan su propio
significado, pero también el de cada una de las que existen en el
entendimiento de quien las dice, en la espera de ser llamadas para
comparecer y representarlas a todas.
Mi
sinceridad está por mi propio pensamiento.
En
cada letra que escribo estoy yo mismo en cerebro entero.
Por
inclinación natural, tenemos una marcada tendencia hacia la comodidad.
Y quizás aquella contra la que es más difícil luchar sea la del
pensamiento. Nos sentimos confortables transitando el camino que no es
familiar.
Es
muy difícil disponerse a transitar por caminos diferentes a aquellos
que otros han trazado y uno ha recorrido más de una vez.
Pero
una disposición en ese sentido es absolutamente imprescindible para
lograr cualquier avance en lo que se refiere al pensamiento creador.
Hay
que partir de la base de que la rutina del pensamiento es su obstáculo
principal. Muchas ideas no pueden entrar al cerebro, no porque no haya
cabida para ella, sino porque otras ideas les cortan el paso.
En
mayor o menor grado todos sufrimos de "misoneísmo", horror a
la novedad, más acentuado, como es lógico, en las culturas e
individuos decadentes.
Mucho
más importante que una respuesta correcta es una pregunta formulada
antes de que nadie la haya pensado.
Nunca
se podrá responder cabalmente ninguna cuestión.
Cuando
quien contesta queda satisfecho no conoce las respuestas.
Nada
se soluciona, sino en una cierta medida.
Aun
en materia de ciencias, lo prodigiosos adelantos actuales nos deben
llevar a la conclusión de que nunca se podrá decir sobre nada la última
palabra.
La
ciencia y la filosofía se están acercando otra vez.
Hoy
los científicos se encuentran en trance de admitir que las verdades del
filósofo pueden ser aún más verdaderas que las de ellos, puesto que
hoy se considera que en ciencia la verdad no es sino un grado de
probabilidad.
Ni
siquiera la más universal y exacta de las ciencias puede aplicarse con
igual exactitud a todas las realidades.
"Dos
y
dos son cuatro".
Depende.
Dos
manzanas y dos peras son cuatro frutas, pero dos litros de agua y dos
litros de alcohol, en determinadas consecuencias, no son cuatro litros
de alcohol con agua, sino 3.995 cm3, y en un motor trifásico
dos amperios más dos amperios no son cuatro amperios, sino 3,4641
amperios.
Todo
aquello que es verdaderamente importante para la ciencia actual no llega
a nosotros a través de ninguno de nuestros sentidos.
No
lo podemos ver ni tocar, pero, sin embargo, sabemos que está allí.
Para
las tareas de investigación, para descubrir, para inventar se requiere
de un permanente acto de fe, que las convierte en una aventura cada día
más hermosa. La ciencia, por ser ciencia, ya ha alcanzado la grandeza
del misterio.
Y
avanza en medio de sus propias contradicciones, en la esperanza de que
algún día ellas tengan alguna aceptable explicación.
Y
no deja de avanzar por eso.
Quien
frente a la naturaleza y a la vida comience a preguntar, dispuesto a
seguir adelante después de cada respuesta, es posible que nunca
encuentre la que busca, pero alguna encontrará.
No
sé dónde leí una idea parecida a ésta: si al mediodía salgo de mi
casa a buscar una estrella, estoy seguro de que no regresaré por la
tarde con las manos vacías. Muchas veces es la intuición de una
respuesta lo que suscita una pregunta. La intuición siempre procede ala
certeza.
El
investigador,
antes de experimentar, piensa y, pensando, atisba, intuye, vislumbra. Y
para ello se necesita un algo de ingenuidad.
En
las sienes de un sabio aletean un niño y un poeta.
Quien
no tenga el don y el coraje de la profecía jamás podrá ser un sabio.
Antes de resolver un problema hay que ver el problema ya resuelto.
Por
eso, los pasos de la ciencia son las hipótesis.
El
científico
es un hombre cargado de audacia para formular conjeturas y de paciencia
para someterlas a un riguroso estudio.
Todo
descubrimiento no es sino una suposición comprobada.
Y
las experiencias, demostraciones de un pensamiento previo.
Ellas
no guían el pensamiento del científico, lo que hacen es confirmar lo
que anteriormente se ha pensado, o demostrar que es necesario comenzar a
pensar de nuevo.
Descubrir
es un juego de azar en el que hay que apostar muchas veces. Siempre hay
que estar dispuesto a dar otra vuelta.
CÓMO DESARROLLAR LA INTELIGENCIA 15