LA ADMINISTRACION DEL TIEMPO Y LAS
GRANDES FIGURAS
DE LA HISTORIA
Quizá
no haya excepciones a esta regla: todo hombre que ha dejado
una huella en el mundo, vivió su vida con intensidad,
usando el tiempo al máximo
de sus posibilidades.
Por
citar sólo un ejemplo, vaya el del gran científico Charles
Darwin.
"Un
rasgo de su carácter - contó el hijo
de Darwin refiriéndose a su padre - era su respeto
al tiempo. Jamás olvidada cuán precioso es..., nunca desperdiciaba algunos minutos, si se
le presentaban, aun creyendo que no merecían
la pena de dedicarlos al trabajo...; todo lo ejecutaba rápidamente,
con una especie de contenido ardor". (Vie ET CORRESPONDENCE DE CHARLES DARWIN)
Solemos
pensar o decir : 'Sólo
faltan diez minutos para ir a comer y no hay tiempo de hacer nada'.
Sin embargo, con los momentos que el común de las gentes
desperdicia, labraron su porvenir grandes figuras de la historia.
Enriqueta
Beecher Stowe escribió su obra maestra, LA
CABAÑA DEL TIO TOM, entre
los cotidianos apremios de la vida de familia, y leía
diariamente una página de la INGLATERRA,
de Froude, mientras ponían
la mesa para comer.
El
gran poeta y escritor norteamericano Henry
Longfellow, cuya producción artística es muy numerosa, tradujo
el INFIERNO del Dante a intervalos de
diez minutos, mientras se calentaba el café, y en esta tarea
perseveró años enteros, hasta terminarla.
El
gran filósofo y economista John
Stuart Mill era dependiente de la 'Casa
de la India Oriental', y en esas condiciones encontró
tiempo para escribir sus más celebradas obras.
Cuando Michael Faraday trabajaba en el oficio de encuadernador, empleaba
los descansos en experimentos científicos. Cierta vez escribió
a un amigo suyo : 'Lo que yo necesito es tiempo, y ojalá
pudiese comprar por poco precio las horas, o mejor dicho, los días
que los modernos caballeretes malgastan en la ociosidad'.
El
naturalista alemán Alejandro
de Humboldt estuvo tan
atareado durante toda su
vida, que le era preciso ocuparse por
la noche y de madrugada en sus trabajos científicos, mientras
los demás dormían.
George
Stephenson,
el inventor de la locomotora, aprovechaba
los instantes como si fuesen granos de oro. Se educó
a sí mismo y muchos de sus mejores inventos se engendraron en
ratos hurtados al ocio, y aprendió la aritmética por
las noches, cuando era maquinista.
El
médico Mason Good tradujo al poeta romano Lucrecio
mientras iba en su mula a visitar a los enfermos. Darwin aprovechó, para la mayor parte de sus obras, los pensamientos
que escribía en pedacitos de papel, dondequiera
que se encontrase. Jacobo
Watt, el célebre inventor de la máquina de vapor, aprendió química
y matemáticas mientras
estuvo de operario en el taller de un fabricante de instrumentos
de precisión.
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